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Ha
ido surgiendo en mí una especie de
apertura, de incorporación de todos
los elementos que nos rodean, de asimilación
de maneras de hacer que pueden venir
de cualquier modo de la poesía, tanto
de la social como de la supuestamente
hermética. Creo en la impureza de
la poesía, una impureza que para mí
es tan libre y abierta que incluye
hasta las purezas de la poesía pura,
desde las secuencias más desenfadadas
y coloquiales hasta las expresiones
más exquisitas.
César
López: «Mi compromiso es absoluto»
(Ent. de Ciro Bianchi Ross),
en Cuba Internacional. No.
244, La Habana, abril de 1990, p.
53
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Penetran
la ciudad, extiéndense,
habitan luego
las más estrechas calles,
las distantes
casas de los extremos,
la viuda los esconde
o entre velos y frascos
la vieja solterona: Eduviges
Almánzaga remueve la cascarilla
y el agua de Florida
y de vez en cuando, púdicamente,
hace a sus dedos resbalar
por los lugares prohibidos.
Inundados rincones, los
recuerdos tropiezan el
hastío;
que es solamente el hastío
quien preside: sus fantasmas
o espectros
penetran la ciudad, extiéndense,
la habitan luego,
y como los viejos tranvías
desaparecen
y dejan nada más sus raíles
o sus sombras,
marcan los silencios,
la infancia común y los
primeros
indicios de otros tiempos
cuando se insinúan;
marcan también los bordes
del mercado, el mercado
es el lugar y concurrencia
donde la ciudad se despereza.
La ruda y la hierbabuena
cerca de las palomas y
los granos
del más dorado maíz, el
jaboncillo o el desparramado
cundeamor;
el hombre que camina naturalmente
agobiado, lleva
su canasta, la mujer de
enfrente armada
con las más esparcidas
tetas municipales, una
calabaza
para uso concorde a sus
ideas personales, la cómica
y gorda o esplendorosa
pimienta y la tímida nuez
moscada
para saborear sumergida
en lo dulce de las calurosas
tardes;
el pasado persiste, su
peso todavía de pasado
al presente,
su molestia que se pavonea
inevitable
entre los vericuetos húmedos
del mercado, de la ciudad
entera;
mientras el dependiente
cantonés escama los pescados
más
frescos,
la plaza del mercado desde
su alto escalón vigila,
determina
una parte del ritmo de
la ciudad plena, hinchada
de tantas cosas innombrables,
innombrada ella misma,
ciudad
de algas, y de aguas malas
y de parejas vigilada
también;
los amantes transcurren
cuando la fría e irónica
neblina
acuña la noche que se
escapa. Putas y maricones
cortan
cintas y papeles viejos,
y desdentados conciertan
sus esperanzas matutinas.
¡Oh noche y la ciudad!
¿Quién eres, qué dueño
tienes que te
obliga,
te atolondra y oculta
tu futuro? Entrégale la
llave, préstale
acaso el pregón o el muro
antiguo
de la catedral mancillada.
Pero no dejes
que aquella niña de retorcido
pelo sea violada en la
presencia
del universo tuyo; álzate.
Estas son las palomas
y no existen
maravillosas águilas,
fabulosos acantos, sierpes,
tigres sonoros de elegancia
agresiva y sigilosa, tienes
ese olor ácido y doméstico
de las cebollas y el sudor
de las negrísimas axilas
o el vinagre listo para
las herejías.
La guerra es del hastío.
Como los fantasmas
de tus carnavales arruinados
o los legendarios tamarindos
de tus hirsutos patios.
Ciudad, enseñoreada
vas por el amo y sus sicarios.
Llegan por mar, las naves
oscurísimas derraman sus
aceites, atracan, desembarcan,
penetran la ciudad, habitan
luego todo sitio o vacío
disponible.
César
López: «Penetran
la ciudad», en Primer
libro de la ciudad.
Ediciones Unión, La Habana,
1967, p. 13.
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La
lluvia limpia la ciudad,
por Rey Pelayo
corre, ruge, resiste al
tiempo (el agua) y también
forma
un fango resbaladizo que
pone en peligro
las narices, las piernas
y otras partes delicadas
de los muchachos;
los muchachos brincan,
corren, saltan como si
fueran chivos.
El agua límpida que se
entrega y crea
ríos fabulosos donde habitan
peces legendarios (inexistentes
pero legendarios), cáscaras,
hojas policromadas, misteriosos
papeles, gatos muertos
y algún que otro descubrimiento
inconfesable.
Los niños son los niños,
lo sabemos, y la ciudad
aguarda.
Aguarda por ellos mientras
los arrulla y marca. «Ya
vienen las brujas, por
el arenal; le quitan al
niño
su gran torre real»
y quién conoce o define
la esbeltez de una
torre,
que, ilusionada, bellamente
entre trazos reta al cielo.
Cuando llueve aparecen
muchachos, no es que sin
la lluvia
no existan los muchachos,
sino que cuando llueven
aparecen
(hay una diferencia nada
sutil entre un niño y
un muchacho,
al menos
así decía la abuela y
mataperros, puñeteros
y etcétera...),
cunden sus gritos por
las calles de tierra,
por los extremos
proclamados de la ciudad,
salen a sus orillas. Y
qué hacer
con la lluvia
sino botes de sueños,
balsas
pecaminosas o catarros
para marcharse rápido
al país de lo
posible.
¡En ese tiempo se imaginan
cosas! En ese tiempo
adornado por Tarzán
y por Roldán conquista
el universo:
porque las tardes del
Rialto eran inasequibles
para los
muchachos.
Los niños, ya se sabe,
podían hacer las más sonadas
atrocidades
en los cines hasta que
luego, por referencias
y desplantes,
los muchachos eran enterados
y no les quedaba más remedio
que partirse los brazos
en los árboles o esperar
a la lluvia.
¡Niño,
no juegues con negro!
Mira que después, el futuro,
en la universidad, por
las calles,
o luego, no sabrás cómo
quitártelos de encima
si por casualidad,
siendo doctor, te topas
a uno de ellos!:
los muchachos alegres
apedrean los tejados,
arrancan los
jazmines
y han puesto una sonora
lata en el rabo de un
perro
en el momento en que los
del Colegio de Dolores
coronaban al Rey de los
Inocentes. Entre dorados,
cirios,
un falso papa gordito
y rubio, caballeritos
de pomposas
órdenes,
terciopelos y plumas:
aparecía al rey de los
inocentes, rosadito, mariconcito
él y tembloroso, que hubiera
querido (ese es
un dato imaginario)
salir corriendo y divertirse
un poco... Los jesuitas
forman y deforman pero
también informan el estado
del tiempo,
y en la ciudad está lloviendo
a gritos. Esa
es la oportunidad para
que los muchachos se bañen
o para que en los barrios
viejos se inunden muchas
casas,
griten las viejas y vayan
los bomberos. Quién no
sabe
que en San Pedrito no
había paraguas, capas
y generalmente
faltaba el techo o en
su defecto el piso.
Los niños ignoran y protestan
de una relación entre
el agua
y el fuego
que vaya más allá de apagar
este último; y no aceptan
que los carros de bomberos
puedan servir para algo
en las
inundaciones,
cuando lo emocionante
es un incendio en la ferretería
o en el teatro Oriente.
Las madres de los niños,
las señoras, tejen, conversan,
y hasta las hay que rezan
o preparan
una tómbola para los damnificados.
Juegan canasta, lloran
extrañas lágrimas y toman
un Tom Collins o dos,
pues hay que
serenarse.
Es la ciudad que está
lloviendo y las ventanas
y las gotas de las goteras
suenan;
El niño sueña a ser muchacho,
el muchacho
no sueña porque en la
ciudad, por esa época,
estaba estrictamente prohibido.
César
López: «La lluvia
limpia la ciudad»,
en Primer libro de
la ciudad.
Ediciones Unión, La Habana,
1967, p. 29.
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Para
René Portocarrero y Raúl
Milián
Todavía entre las sombras
del tiempo y del
verano
la ciudad despereza sus
andanzas, su profusión
de
hojas,
enredaderas apenas florecidas,
raicillas levantadas que
penetran en sus pálidas
tierras,
manchas frescas de sangre.
Toda su historia se abre
con las puertas, imaginarias
puertas construidas,
donde los años han dejado
sus marcas y los niños
su estancia en las molduras.
Como las altas torres,
como las tiranías,
estrepitosamente se derrumban
esbirros y potencias.
No hubo necesidad de ceremonias,
y acaso
los supuestos oficiantes
se quedaron perplejos,
algo desconcertados
ante el fragor de los
acontecimientos. No silbaron
sus flautas.
Ni sonaron los pífanos,
laúdes y tamboriles,
porque esas cosas en la
ciudad no existen.
La ciudad, ya se sabe,
se ha extendido de golpe,
se desborda entre lomas
y cantares, se ha quitado
una máscara,
ya no sólo recorta al
aire sus montañas y sus
mares,
sino que en cada uno se
asienta y se proclama.
Publica
su mandato.
Para que comience, para
que los siglos se desmoronen
o se alcen,
sus gentes le han construido
el jubileo.
¿Dónde están las extrañas
premoniciones y conjuras,
ahora
cuando caen los cuarteles
y toda fortaleza se
derrumba,
cuando parece que el misterio
se revela? Y el agua
limpia
resbala más sonora por
sus rajadas calles, ahogando
enloquecidos animales,
desempercude añosos establecimientos,
arrasa
telarañas.
Como un jardín, como una
rosa más o menos única,
comienzan las imágenes,
se inicia al mundo en
lo
posible.
Pero ocurre, está ocurriendo
el tránsito, ciudad,
tu inexperiencia te transporta
al delirio.
Los mercaderes levantan
sus mugrientas tiendas,
pues
saben
que ha llegado la hora
del traslado: y junto
con los
puros
de corazón celebran los
contaminados.
El gran barullo cunde.
Qué difícil será, con
precisión, mantener la
alabanza
(¡Cuídate del leal
ciento por ciento!);
que nadie
estorbe, torpe, tu destino.
(¡Cuídate de los nuevos
poderosos!); ni que
tampoco el llanto venga
a anegar tu hueco
(¡Cuídate de la víctima
a pesar suyo!);
que las cosas sucedan
solamente en tu nombre
(¡Cuídate del futuro!);
por la boca frenética
de tus moradores se elevan
las victorias y las imprecaciones.
Algunos organizan la coartada,
y el pecho cotidiano
se golpea
para saltar de gozo, para
echar fuera
las baratijas del embullo
que los aprovechados
quincalleros te han colgado.
No es el momento de la
pena, no ha de ser éste
el
lloro ni el crujir de
dientes.
Los escalones de tus casas
trepidan, se desconchan,
y se proponen toda clase
de planes y proyectos.
(No hay que negar que
algunos, descabellados,
ruedan desde el inicio.)
Pero prosigue airosa,
ciudad, enero te descubre,
te
vuelve temblorosa,
Ruptura, o roca firme,
algo más; te abre para
siempre
en el tiempo.
¡Conmuévase y despierte
el encerrado! ¡Quite
los centinelas y barrotes!
Los otros ya se agitan.
La ciudad ha borrado límites
y fronteras,
y las poderosas mujeres
tutelares
amplias despliegan sus
chales y pañuelos, protejen
la entrañable algarabía.
La pesadilla pasa.
Y la ciudad, entonces,
persistirá por ella misma
diferente, sola.
César
López: «Todavía
entre las sombras»,
en Segundo libro de
la ciudad. Ediciones
Unión, La Habana, 1989,
p. 9.
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Ahora
medita, con telón de fondo
hecho a golpes, años
y consignas.
Quiere saber lo que ocurre.
El tiempo, el tiempo
transcurrido lo envejece
Y ridículo afirma imaginarios
instrumentos de una orquesta
perpetua.
Cómo volver atrás,
si tanto impulso pasado
lo empuja hacia
delante.
Ciudad involucrada, invocada,
imborrable
más allá del recuerdo,
cómo vienes
convertida en metáfora
libresca a inquietar en
las horas
que recuentan
Del error y el
espanto la tristeza
en la dulce esperanza
desvaída de alegrías incontables,
duelos acumulados (di
el antro, di las veredas
oscuras, del tirano y
del error).
Pero error, antro, veredas,
tiranos,
son algo más que nombres
en un torpe guión
voluntariamente transcrito
y anotado,
supuestos del destino
o de los vacilantes,
testarudos protagonistas
de historias e historietas.
Así que reflexiona y se
confunde, no en el espacio
que lo sabe suyo,
sino en el tiempo
que es irrecuperable
y unas notas de Eliot
lo harían irredimible.
Pero cómo, señor, ahora
usted se arrepiente
si cualquier selección
significa el rechazo
de múltiples y tal vez
infinitas
posibilidades posibles.
Non,
rien de rien, non,
je ne regrette rien...
Cantan los cantarines
silenciosos:
no me avergüenzo de
mi gran fracaso.
Qué ruido con estridencia
y cuánto estrépito
condenan o absuelven a
aquel que se interroga,
baila
el baile de los ahorcados
en la historia,
independientemente del
bien y del mal o la manzana
que acotan los interesados,
los sugerentes
y las comadres prestas
a una ayuda de barrio
no solicitada y temida,
pero anhelada a un tiempo.
Es cierto, tiene el tema
notas, abismales combinaciones,
carga silencios como fardos
graves,
obliga a los desgarramientos
y al traspiés. Espanta.
Recorta la sombra en perfil
impreciso.
pero es algo forzoso.
No quieras escapar,
viajero
inveterado.
Romper la maquinaria que
no pudiste ver o no quisiste,
en esa ceguera habitual
de los creyentes
o de los textos supuestamente
lúcidos.
Extraños presumidos presuntuosos
que van alborotando por
la ciudad y el mundo.
¡Ah, cómo bailan y saltan
cual peces en el agua
(no agregues nota al margen
pues no sólo en las orlas
hay carestía de peces;
recursos de sibila,
imbecilidades oportunas
en la hora
de terremotos y tinieblas;
no caigas en la tardía
y absurda tentación
de los barcos que pasan
en la alta noche
por la (equívoca) azul
epidermis de los mares,
pues la noche es un
hueco sin bordes
y mientras, las tinieblas
siguen siendo suficientemente
luz; isla mía,
tan joven, divinamente
retórica,
no sabes relatar, no sabes
ordenar... y tampoco
sabes
nadar ni paladear mariscos
ni pescados!
Pide, clama, que nadie
acudirá
para cumplimentar tus
tristes quejas.
Papeles de abogados, juegos
ya superados
en las hileras de computadoras.
Eres un trasnochado que
nunca pudo o supo
abiertamente disfrutar
del día.
Alguien impidió el advenimiento
pleno de la luz y apostaste
a un futuro improbable,
aplaudiendo y alegre,
a veces tristemente, en
la ringlera
patética e ilusa de la
comparsa.
Compórtate, fantoche,
y pregunta,
demanda e interroga,
increpa a las alturas
o al abismo,
no hay otra cosa ya sino
tú solo,
rumiándote los años, reflejado
en los otros.
Solo y acompañado, en
multitud
y sin embargo único,
como si fueras a morir
tu muerte.
Contesta entonces y sin
actuar actúa.
¿Sabías antes, quieres
saber ahora?
Mamá perferta, deja
a tus hijos bailar.
Mamá perferta, deja a
tus hijos bailar.
Que no.
Mamá perferta, deja
a tus hijos bailar.
Que no.
Porque ustedes los
muchachos cuando se juntan.
Porque ustedes los muchachos
cuando se juntan.
Porque ustedes los muchachos...
Que no, que no, que no.
César
López: «I»,
en Tercer libro de
la ciudad.
Editorial Letras Cubanas,
La Habana, 1998, p. 7.
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"Mañana
le abriremos, respondía,
Para mañana responder
mañana. "
LOPE
DE
VEGA
Han
llamado a su puerta, un
toque quedo
revela la timidez de quien
intenta o clama,
de aquel que quiere quebrar
esa clausura
donde se oculta o guarda
otro destino.
¡Qué indecisión preside
el paso en la empinada
escalera decrépita y oscura...!
Los olores son turbios
y remotos,
nada remite a cotidiano
ajetreo familiar,
a gritos infantiles, al
jadeo
entusiasmado del amor.
Silencio más que opaco,
congelado.
Sin embargo, la mirilla
establece, en su condena,
la distancia y el diálogo.
¿Qué sucede en el aire?,
¿quién increpa al vacío?,
¿cuál espacio así arde?
Dentro o fuera es acaso
lo mismo o en el minuto
de forzar el encuentro.
Adentro una figura se
recorta entre sombras,
mueve miembros ya rígidos,
va emitiendo sonidos
como murmuraciones reiteradas.
El tiempo
le ha pasado, ha transcurrido
en cada una
de las irreconocibles
estancias imposibles.
Ella prosigue su marcha
o su estatismo
y se cree protegida en
la penumbra, sin velas
ni milagros,
es entonces cuando hastiada
escucha
la llamada a su puerta.
Sabe que no es un cuervo
y que no es medianoche
y que no puede
repetir ritornellos
traducidos. Acaso cree
que llueva.
Afuera la criatura no
vacila.
Se decide y avanza y se
detiene.
Llueve efectivamente.
Ráfagas de agua
atraviesan y mojan las
paredes. Han pasado
los días y los años, el
tiempo, las ventanas,
los variados
fragmentos que hunden
en frenesí sus pasos.
También habían pasado
los temblores de tierra.
El aire no penetra, se
retira. El tiempo, el
tiempo,
el tiempo que se funde
y se diluye.
El encuentro es posible,
balbucea
y reitera sus toques.
¿Qué ha ocurrido allá
dentro?
Puede ser que los muros
descubran su secreto.
Nadie sabe, ella ignora
que se siente cansada.
Si tuviera un espejo,
si mirara un florero,
si dispusiera acaso de
un perrito,
una cadena de plata, una
aspirina...
Dentro, y ella fuera.
Fuera, y ella dentro.
Como si pudiera de una
vez por siempre
hacer girar las aguas
reflejadas, oh cristalina
fuente,
y el cielo que me tienes
prometido, infierno
tan temido. Hay una
puerta, qué extraño
desvarío,
La madera carcomida y
reacia sin embargo. No
se abre.
¡Ah de la casa y nadie
me responde...
¡Ah de la casa y nadie...
¡Ah de la casa...
¡Ah de la...
¡Ah...
Un corazón oscuro que
no activa su aroma y su
contorno.
César
López: «Han llamado
a su puerta», en
Tercer libro de la
ciudad.
Editorial Letras Cubanas,
La Habana, 1998, p. 39.
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"No
me avergüenzo de mi gran
fracaso."
EMILIO
BALLAGAS
Estrépitos
inundan la ciudad, cacharros
viejos,
maquillaje altamente interesado
y el agua que recorre
el
espacio,
la suciedad e impera
como un extraño, impuesto,
deslucido atributo.
Ya nadie reconoce el ámbito,
su origen
quedó mezclado en tardes
añoradas, recuerdos,
chismes, crónicas que
unos pocos van hojeando,
tal vez recuentos de acontecimientos
imaginarios, imaginados,
imaginativos.
Cabeza de ratón o cola
de león.
Cabeza de león o cola
de ratón.
Alborotos vacíos de sentido,
sólo el grito
o chirrido de otras épocas,
y la soberbia
de la repetición, la mueca
dolorosa
que perpetúa la máscara
y desgarra
mujeres, hombres, niños
y sillerías.
Como una vieja parecida
a un viejo.
Iguala a todos en inercia
apagada y quejumbrosa.
Vengo cortando rabo
y oreja.
Vengo cortando rabo y
oreja.
De tanto anhelo se quedó
en el aire
El globo aquel, con sus
colores vivos,
Patria dos patrias
y la nocturna, clara
visión se ha ido enturbiando,
ya sin clavel
desconcertando a todos.
La amada en el amado
transformada.
Así, sin ser notada
o quizás al contrario,
llegó al punto crucial
del desconocimiento;
y quien se quedó aislado
a dónde entonces se dirige,
cual ánima sola, en pena,
recordando aquello que
no fue, lo que no pudo
ser, y se soñaba; entregadas
las rosas
hubo transformación de
tulipanes.
Dame tu cuerpo,
intensamente,
para no darte el alma
entre las olas;
y ridículas brisas de
palmeras, el palmiche
alimenta a los cerdos
mucho mejor
que perlas, ya sean puras,
falsas o cultivadas. ¡Qué
diferencia
entre estos alimentos,
el almendro,
el almendrón y el Almendares!
Aunque
afirmes enfático o sencillo
Pero es mi río, mi
país, mi sangre.
Extraño el lecho que quedó
vacío,
la arena de la playa,
el rayo
de la guerra, las movilizaciones
incesantes
y la carencia nupcial
de lo extranjero.
Amo, amor, los amantes
desconocen no sólo su
destino,
sino también se embrollan
recordando el pasado.
Nada hay ahora que hacer,
como no sea
rumiar, escribir un bolero
sin cantarlo,
observar el desastre.
El fracaso distinto a
la derrota.
Aquél se inventa, se organiza
o se desorganiza
en el quehacer constante
de las décadas.
La derrota viene de afuera,
pero también de adentro.
Tiemblan las páginas de
los calendarios,
los dibujitos de los almanaques.
Las campanas
sonando no corresponden
a la cópula loca
de esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos
y nos desesperamos
huecos, volcados o revueltos...
Es imposible imaginar
siquiera cómo pudo ocurrir...
Cabeza de ratón o cola
de león.
Cabeza de león o cola
de ratón.
Únicamente que ocurrió
y que aún sigue ocurriendo
como un rostro marcado,
divina mujer,
la obsesión se convierte
casi en bolero,
que no se canta, que se
desentona,
murmullo de murmurios
repetidos
me traen a la mente
recuerdos de ayer.
Ciudad, no te equivoques
nuevamente.
De qué ayer se trata.
Qué lejanía
convocas en el tiempo
si el crimen te sostiene.
No vuelvas a dormirte.
Los pajaritos cantan.
Las aves se levantan.
Pero ya
debías saber la diferencia
entre un pajarito
y un ave. La modista y
la costurera.
El vestido y el túnico
de Virgilio.
Que llueva, que llueva.
Que caiga un chaparrón.
Estrépitos inundan la
ciudad, cacharros viejos...
César
López: «Estrépitos
inundan la ciudad»,
en Tercer libro de
la ciudad.
Editorial Letras Cubanas,
La Habana, 1998, p. 72.
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Recosta'o
en el quicio (¿de la mancebía?)
más flaco que la tradicional
e inexistente
vara de tumbar gatos,
miraba encenderse las
noches
de mayo, como si astro
y luceros
no se alumbraran siempre,
no estuvieran
a la disposición de los
que observan y escudriñan
con atención en la ciudad
reciente,
y a la vez eterna, la
inmensidad de su cielo
estrellado.
El muro paradójico la
ensancha, no la limita,
vuelve con tantos años,
es el tiempo
que no sabe descifrar
ese poeta arrogante y
humillado:
juega con cuentas de colores,
tiraflechas
y un incipiente arcoiris
lo lastima;
algo pidió prestado a
sus vecinos que ahora
exigen su devolución y
ganancia.
Es como si nunca, como
si siempre,
como si la vida inmóvil
hubiera permanecido allí,
en el calor y la falsa
frescura del anhelado
invierno.
A ese hombre le tiemblan
las manos
por su torpe quehacer
de levantar ladrillos
para sólo llevarlos tontamente
de un lado a otro,
sin siquiera lograr construir
una torre, una escalera,
en la repetición de estrofas
y sílabas contadas.
Aunque sea un tejadillo
para evitar el viento.
Vio tantas cosas, imaginó
las lágrimas, fingió
la risa y hasta el mismo
entusiasmo
y quiso ser; se desgarró
en tremendo desafío. Astuto
en la carencia del padre
y los abuelos
se fue inventando una
inquietante galería de
retratos
y acomodó la voz desafinada,
sin darse cuenta
de lo turbio, lo inútil
y de la soledad,
la lluvia, los caminos.
La ronda,
no lo sabe (o tal vez
lo sabía),
era imaginaria.Voces,
chasquidos, chispas
que saltan de los cascos
del caballo,
cabriola y desespero.
Sordo para la música.
No se atrevió al asalto
de los campos hermosos.
Las muchachas de entonces
despreciaban sus dientes
y
sus pelos,
mientras que los hombres
contados y furiosos
codiciaban
su sexo no estrenado.
Adivinaban prodigios,
se insinuaban. Y el alma
del poeta
sin comprender, sorda
a los ayes, insensible
al ruego, desconocía
lúbricas cataratas,
estremecimientos, suspiros
secretos, charquitos de
agua
sucia.
Ahora regresa como si
en realidad alguna vez
hubiera partido, como
si fuera cierto;
y al paso de las gentes
se descubre
falsamente impasible,
displicente, caduco.
Ajusta su dicción, su
palabra
que presume impecable
aunque conoce
y afirma, no sin un trazo
de coquetería,
la quiebra de la perfección;
espera aplausos,
al menos algún gesto comedido
de aceptación;
un reguilete. Peregrino
sentado, se pregunta
de qué sirven los barcos,
los aviones, medallas
o ataúdes y los nombres
pomposos de las calles.
No hubo besos robados,
ni fruteros, ni acaso
caracolas rosadas o rozadas,
aventuras ecuestres.
Un cura, un pastor, una
santera
y los chinos vendedores
de hortalizas, pescados
y mariscos
se enredan en el desfile
militar sin brillo.
Trastruecan la memoria
y el recuerdo
¡Señor, tenga cuidado,
en la ciudad
la lluvia es peligrosa...
y a su edad
no es conveniente resfriarse!
¡Evite las fracturas!
¡Ah, qué preocupada y
distante es esta gente
que ya no conoce al niño
o al jovencito,
al hombre aquel que, mozo,
rompía los espejos!
Los cines han cerrado
sus puertas, la banda
de música municipal ya
no toca en el parque
sus melodías y ritmos
aburridos, sus imaginarias
y bailables disonancias.
Ni siquiera hay hastío.
Y el poeta intenta tararear,
mas desentona.
No es posible para él
otra cosa que rumiar en
silencio
todo lo que no fue. Lo
que se escapa
o se fugó veloz por las
ventanas rotas
de la ciudad. Por claraboyas.
Por los cortejos
hacia el cementerio. Desdibujado
en la ambición ilusa.
¡Qué puede hacer entonces
recostado
al quicio antiguo y cursi
(¿de la mancebía?)!
¡El señor está loco
o es un bobo, babieca
o bucólico actor que nunca
supo
su papel y se ha quedado
mudo y absorto y de
rodillas!
Petrificado. Sordo. Tal
vez ciego. En calzoncillos.
No importa. Entra y
sale un perro triste.
Canta allá dentro una
voz.
Sí importa. Lo que cuenta
es el tiempo
Aunque no lo comprende.
Los años
Se han perdido sin lustre
y están resquebrajados.
El hueco en la memoria.
El sudor y el salitre.
¡Si tuviera un espejo!
O al menos una grabadora
que acumulara el olvido
y el paso de los meses
más allá de las calles
y de las novias muertas.
Como no puede girar siquiera
el cuello rígido
y contemplar la casa que
no le pertenece
sólo le queda reconstruir
a tientas
lo que no pudo ser: Y
aún guardo las dos blancas
azucenas
que me diste, que me diste
al despedirme de ti.
Ciudad, ciudad, ciudad,
remordimiento aparte,
repite, recostado,
rememora y recuerda roncamente,
que me diste, que me
diste
al despedirme de ti.
César
López: «El poeta
en la ciudad», en
Tercer libro de la
ciudad.
Editorial Letras Cubanas,
La Habana, 1998, p. 105.
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LXX ceremonia
Para José
Omar Torres, pintor
Hace ya varios siglos que Leonardo
da Vinci
mezcló sus colores con el tiempo,
que escribió
su legado
en textos, en signos terriblemente
indescifrables,
en el entrecruzamiento de sus
figuras. Con el
soplo
del diablo. ¿Existe el diablo?
¿O sólo
es un invento complaciente?
Los pintores
americanos, apenas los de ayer,
interrogan el mundo de las destrucciones
mientras el color estalla y
ciega al desterrado.
Pero el hermano
conoce el pasadizo oculto, el
plano
secreto de la ciudad, los vericuetos
de los sueños
dormidos.
Si deambula por aquellos paisajes
condenados,
sabe su rumbo cierto, lo adivina.
Nadie se atreva a detenerlo.
Hay que guardar
silencio, la poesía
va a surgir, como es sabido,
entre estremecimientos y
cacharros.
Una mancha se extiende y se
convierte
en un espacio abierto en cuyo
centro
la vida se refleja. Se hace
sufrimiento. Rueda.
En el mismo precipicio han construido
el palacio,
la escuela del futuro.
Abierto, aguardas, sin dejar
de fabricar sobre
las ruinas,
aterradoras ruinas de los otros,
que no cesan en
su labor frenética.
¿Quién estará a tu lado cuando
todo reviente,
en el momento en que comience
el verdadero
jubileo?
Mezcla de azul, de un rojo intenso
y breve,
sobre los tonos ocres de tus
tierras, las líneas,
buen amigo,
van encendiendo el horno que
consume. ¡Ah,
cuidado,
la gallina naranja está dormida,
que nadie ose borrar sus manchas
pardas,
porque en cualquier momento,
sin saberlo,
puede emprender el vuelo!, y
solamente
el desdichado habitante de la
ciudad
interpretada
será capaz de comprender ese
vacío, ese sitio
sin nombre, ese hueco de espanto.
Pero silencio, he aquí a la
bella Ofelia, que
ahora viene
con otro nombre, envuelta en
sus perfumes.
Enloquecida.
«LXX Ceremonia»,
en Oráculos Ceremoniales
(Poesía,Grabados).
Taller de Serigrafía René Portocarrero
del Fondo Cubano de Bienes Culturales.
La Habana, 1997, ejemplar #
III/X firmados y numerados en
romano.
Canción
tercera
Le preside la sombra
como un sombrero.
.Le proclama su rango
de maravillas.
Le adelanta el regusto
que da el almíbar.
Gentil el girasol
su garbo ofrece
a la fruta que equívoca
desplaza el nombre.
Qué rumboso el mamey
y qué meloso.
Abanica la flor
y se embriaga la fruta.
Abre su pulpa y dulce
el mamey cándido.
Y el girasol ya guarda
un silencio cromado
por una vez.
«Canción
tercera», en Seis canciones
ligeramente ingenuas (Edición
que consta de 50 ejemplares
numerados y firmados, cuyas
ilustraciones iluminadas a mano
por varios pintores son reproducciones
facsímiles de dibujos de cada
autor, impresos en papel Guarro-Biblos).
Taller Tórculo, C.M.C., Getafe,
1992.
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parte
I
parte
II
Alicia
Alonso ante el espejo mágico
I
Delicias del espejo
Su figura convoca y distribuye
Graciosa al tiempo gráciles
piruetas,
Al aire se estremece, rasga
el velo
De otro misterio más cercano
al mito,
Espanta a la palabra y al profeta,
Desciende hasta el abismo de
las bodas
Con el tiempo o demonio que
destruye.
Su extremo delicado, casi rosa,
Se alarga o se somete,
Voluptuosa,
A voluntad precisa o maravilla
Que esculpe breve realidad hermosa.
Clásico el gesto, ¿antiguo?
Engendra el ademán o la imperiosa
Furia de la locura enamorada,
Transgrede toda ley,
Queda prendada la historia tras
su paso
De mujer o muñeca
O de soldado. Amorosa visión,
Denuncia alada contra la gravedad
que la
Acaricia:
Gasa de luz surgiendo entre
la brisa
II
Devuélvele la figura
Trémula y pura.
Qué desplante lanza o reto
Al esqueleto.
Reiteración de cuchillos,
Sus anillos.
Baila ardiente el caracol
A pleno sol.
La sostiene tres diablejos
Desde lejos.
Nadie se atreve a explicar
El origen de sus pasos.
Plaza sitiada.
Milagro del reguilete.
Contrapartida.
Amor que cabalga amando.
Dulce y madura.
Encanto de madreselvas.
Junco y palmera
Dura.
Suave.
Erguida.
Altiva.
El espejo no resiste
Su arrogancia
Y se quiebra en mil pedazos
Con delirancia.
Ella gira, vuela, eleva,
Corta la vida,
En medio de la ceniza
Sigue bailando
Danza que hasta los cristales
Van envidiando.
César
López: «Alicia Alonso
ante el espejo mágico»,
en Quiebra de la perfección.
Ediciones Unión, 1983,
p. 88.
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Galería
de imágenes |
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Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de
Cuba.
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Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de Cuba. |
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Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de Cuba. |
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Catedral de Santiago de Cuba. Cortesía
de la Fototeca de Cuba. |
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El
malecón habanero (I), del
pintor cubano José Omar Torres. |
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Ilustración
iluminada a mano para «Canción Tercera». |
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Cortesía del Museo de la Danza. |
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Cortesía del Museo de la Danza. |
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Cortesía del Museo de la Danza. |
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