PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
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Ha ido surgiendo en mí una especie de apertura, de incorporación de todos los elementos que nos rodean, de asimilación de maneras de hacer que pueden venir de cualquier modo de la poesía, tanto de la social como de la supuestamente hermética. Creo en la impureza de la poesía, una impureza que para mí es tan libre y abierta que incluye hasta las purezas de la poesía pura, desde las secuencias más desenfadadas y coloquiales hasta las expresiones más exquisitas.

César López: «Mi compromiso es absoluto» (Ent. de Ciro Bianchi Ross),
en Cuba Internacional. No. 244, La Habana, abril de 1990, p. 53

I II III IV V VI VII (6.9 MB, MPEG)
Fragmento de video
Poemas Ilustrados Poemas en su voz

Alicia ante el espejo mágico
  
parte I      parte II

I

   
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Penetran la ciudad, extiéndense, habitan luego
las más estrechas calles, las distantes
casas de los extremos, la viuda los esconde
o entre velos y frascos la vieja solterona: Eduviges
Almánzaga remueve la cascarilla y el agua de Florida
y de vez en cuando, púdicamente,
hace a sus dedos resbalar por los lugares prohibidos.
Inundados rincones, los recuerdos tropiezan el hastío;
que es solamente el hastío quien preside: sus fantasmas
o espectros
penetran la ciudad, extiéndense, la habitan luego,
y como los viejos tranvías desaparecen
y dejan nada más sus raíles o sus sombras,
marcan los silencios, la infancia común y los primeros
indicios de otros tiempos cuando se insinúan;
marcan también los bordes del mercado, el mercado
es el lugar y concurrencia donde la ciudad se despereza.
La ruda y la hierbabuena cerca de las palomas y los granos
del más dorado maíz, el jaboncillo o el desparramado
cundeamor;
el hombre que camina naturalmente agobiado, lleva
su canasta, la mujer de enfrente armada
con las más esparcidas tetas municipales, una calabaza
para uso concorde a sus ideas personales, la cómica
y gorda o esplendorosa pimienta y la tímida nuez moscada
para saborear sumergida en lo dulce de las calurosas tardes;
el pasado persiste, su peso todavía de pasado al presente,
su molestia que se pavonea inevitable
entre los vericuetos húmedos del mercado, de la ciudad entera;
mientras el dependiente cantonés escama los pescados más
frescos,
la plaza del mercado desde su alto escalón vigila, determina
una parte del ritmo de la ciudad plena, hinchada de tantas cosas innombrables, innombrada ella misma, ciudad
de algas, y de aguas malas y de parejas vigilada también;
los amantes transcurren cuando la fría e irónica neblina
acuña la noche que se escapa. Putas y maricones cortan
cintas y papeles viejos, y desdentados conciertan sus esperanzas matutinas.
¡Oh noche y la ciudad! ¿Quién eres, qué dueño tienes que te
obliga,
te atolondra y oculta tu futuro? Entrégale la llave, préstale
acaso el pregón o el muro antiguo
de la catedral mancillada. Pero no dejes
que aquella niña de retorcido pelo sea violada en la presencia
del universo tuyo; álzate. Estas son las palomas y no existen
maravillosas águilas, fabulosos acantos, sierpes,
tigres sonoros de elegancia agresiva y sigilosa, tienes
ese olor ácido y doméstico de las cebollas y el sudor
de las negrísimas axilas o el vinagre listo para las herejías.
La guerra es del hastío. Como los fantasmas
de tus carnavales arruinados o los legendarios tamarindos
de tus hirsutos patios. Ciudad, enseñoreada
vas por el amo y sus sicarios. Llegan por mar, las naves
oscurísimas derraman sus aceites, atracan, desembarcan,
penetran la ciudad, habitan luego todo sitio o vacío disponible.

César López: «Penetran la ciudad», en Primer libro de la ciudad.
Ediciones Unión, La Habana, 1967, p. 13.

 

II

   
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La lluvia limpia la ciudad, por Rey Pelayo
corre, ruge, resiste al tiempo (el agua) y también forma
un fango resbaladizo que pone en peligro
las narices, las piernas y otras partes delicadas de los muchachos;
los muchachos brincan, corren, saltan como si fueran chivos.
El agua límpida que se entrega y crea
ríos fabulosos donde habitan
peces legendarios (inexistentes pero legendarios), cáscaras,
hojas policromadas, misteriosos papeles, gatos muertos
y algún que otro descubrimiento inconfesable.
Los niños son los niños, lo sabemos, y la ciudad aguarda.
Aguarda por ellos mientras los arrulla y marca. «Ya
vienen las brujas, por el arenal; le quitan al niño
su gran torre real»
y quién conoce o define la esbeltez de una
torre,
que, ilusionada, bellamente entre trazos reta al cielo.
Cuando llueve aparecen muchachos, no es que sin la lluvia
no existan los muchachos, sino que cuando llueven aparecen
(hay una diferencia nada sutil entre un niño y un muchacho,
al menos
así decía la abuela y mataperros, puñeteros y etcétera...),
cunden sus gritos por las calles de tierra, por los extremos
proclamados de la ciudad, salen a sus orillas. Y qué hacer
con la lluvia
sino botes de sueños, balsas
pecaminosas o catarros para marcharse rápido al país de lo
posible.
¡En ese tiempo se imaginan cosas! En ese tiempo
adornado por Tarzán y por Roldán conquista el universo:
porque las tardes del Rialto eran inasequibles para los
muchachos.
Los niños, ya se sabe, podían hacer las más sonadas atrocidades
en los cines hasta que luego, por referencias y desplantes,
los muchachos eran enterados y no les quedaba más remedio
que partirse los brazos en los árboles o esperar a la lluvia.
¡Niño,
no juegues con negro!
Mira que después, el futuro, en la universidad, por las calles,
o luego, no sabrás cómo quitártelos de encima si por casualidad,
siendo doctor, te topas a uno de ellos!:
los muchachos alegres apedrean los tejados, arrancan los
jazmines
y han puesto una sonora lata en el rabo de un perro
en el momento en que los del Colegio de Dolores
coronaban al Rey de los Inocentes. Entre dorados, cirios,
un falso papa gordito y rubio, caballeritos de pomposas
órdenes,
terciopelos y plumas: aparecía al rey de los inocentes, rosadito, mariconcito él y tembloroso, que hubiera querido (ese es
un dato imaginario)
salir corriendo y divertirse un poco... Los jesuitas
forman y deforman pero también informan el estado del tiempo,
y en la ciudad está lloviendo a gritos. Esa
es la oportunidad para que los muchachos se bañen
o para que en los barrios viejos se inunden muchas casas,
griten las viejas y vayan los bomberos. Quién no sabe
que en San Pedrito no había paraguas, capas y generalmente
faltaba el techo o en su defecto el piso.
Los niños ignoran y protestan de una relación entre el agua
y el fuego
que vaya más allá de apagar este último; y no aceptan
que los carros de bomberos puedan servir para algo en las
inundaciones,
cuando lo emocionante es un incendio en la ferretería
o en el teatro Oriente.
Las madres de los niños, las señoras, tejen, conversan,
y hasta las hay que rezan o preparan
una tómbola para los damnificados. Juegan canasta, lloran
extrañas lágrimas y toman un Tom Collins o dos, pues hay que
serenarse.
Es la ciudad que está lloviendo y las ventanas
y las gotas de las goteras suenan;
El niño sueña a ser muchacho, el muchacho
no sueña porque en la ciudad, por esa época,
estaba estrictamente prohibido.

César López: «La lluvia limpia la ciudad», en Primer libro de la ciudad.
Ediciones Unión, La Habana, 1967, p. 29.

 

III

   
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Para René Portocarrero y Raúl Milián


Todavía entre las sombras del tiempo y del
verano
la ciudad despereza sus andanzas, su profusión de
hojas,
enredaderas apenas florecidas, raicillas levantadas que
penetran en sus pálidas tierras,
manchas frescas de sangre.
Toda su historia se abre con las puertas, imaginarias
puertas construidas,
donde los años han dejado sus marcas y los niños
su estancia en las molduras.
Como las altas torres, como las tiranías,
estrepitosamente se derrumban esbirros y potencias.
No hubo necesidad de ceremonias, y acaso
los supuestos oficiantes
se quedaron perplejos, algo desconcertados
ante el fragor de los acontecimientos. No silbaron
sus flautas.
Ni sonaron los pífanos, laúdes y tamboriles,
porque esas cosas en la ciudad no existen.
La ciudad, ya se sabe, se ha extendido de golpe,
se desborda entre lomas y cantares, se ha quitado
una máscara,
ya no sólo recorta al aire sus montañas y sus mares,
sino que en cada uno se asienta y se proclama. Publica
su mandato.
Para que comience, para que los siglos se desmoronen
o se alcen,
sus gentes le han construido el jubileo.
¿Dónde están las extrañas premoniciones y conjuras,
ahora
cuando caen los cuarteles y toda fortaleza se
derrumba,
cuando parece que el misterio se revela? Y el agua
limpia
resbala más sonora por sus rajadas calles, ahogando
enloquecidos animales,
desempercude añosos establecimientos, arrasa
telarañas.
Como un jardín, como una rosa más o menos única,
comienzan las imágenes, se inicia al mundo en lo
posible.
Pero ocurre, está ocurriendo el tránsito, ciudad,
tu inexperiencia te transporta al delirio.
Los mercaderes levantan sus mugrientas tiendas, pues
saben
que ha llegado la hora del traslado: y junto con los
puros
de corazón celebran los contaminados.
El gran barullo cunde.
Qué difícil será, con precisión, mantener la alabanza
(¡Cuídate del leal ciento por ciento!); que nadie
estorbe, torpe, tu destino.
(¡Cuídate de los nuevos poderosos!); ni que
tampoco el llanto venga a anegar tu hueco
(¡Cuídate de la víctima a pesar suyo!);
que las cosas sucedan solamente en tu nombre
(¡Cuídate del futuro!);
por la boca frenética de tus moradores se elevan
las victorias y las imprecaciones.
Algunos organizan la coartada, y el pecho cotidiano
se golpea
para saltar de gozo, para echar fuera
las baratijas del embullo que los aprovechados
quincalleros te han colgado.
No es el momento de la pena, no ha de ser éste el
lloro ni el crujir de dientes.
Los escalones de tus casas trepidan, se desconchan,
y se proponen toda clase de planes y proyectos.
(No hay que negar que algunos, descabellados,
ruedan desde el inicio.)
Pero prosigue airosa, ciudad, enero te descubre, te
vuelve temblorosa,
Ruptura, o roca firme, algo más; te abre para siempre
en el tiempo.
¡Conmuévase y despierte el encerrado! ¡Quite
los centinelas y barrotes! Los otros ya se agitan.
La ciudad ha borrado límites y fronteras,
y las poderosas mujeres tutelares
amplias despliegan sus chales y pañuelos, protejen
la entrañable algarabía. La pesadilla pasa.
Y la ciudad, entonces, persistirá por ella misma
diferente, sola.

César López: «Todavía entre las sombras», en Segundo libro de la ciudad. Ediciones Unión, La Habana, 1989, p. 9.

 

IV

   
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Ahora medita, con telón de fondo hecho a golpes, años
y consignas.
Quiere saber lo que ocurre. El tiempo, el tiempo
transcurrido lo envejece
Y ridículo afirma imaginarios instrumentos de una orquesta
perpetua.
—Cómo volver atrás, si tanto impulso pasado lo empuja hacia
delante.
Ciudad involucrada, invocada, imborrable
más allá del recuerdo, cómo vienes
convertida en metáfora libresca a inquietar en las horas
que recuentan
Del error y el espanto la tristeza
en la dulce esperanza desvaída de alegrías incontables,
duelos acumulados (di el antro, di las veredas
oscuras, del tirano y del error).

Pero error, antro, veredas, tiranos,
son algo más que nombres en un torpe guión
voluntariamente transcrito y anotado,
supuestos del destino o de los vacilantes,
testarudos protagonistas de historias e historietas.

Así que reflexiona y se confunde, no en el espacio
—que lo sabe suyo—, sino en el tiempo
que es irrecuperable
y unas notas de Eliot lo harían irredimible.
Pero cómo, señor, ahora usted se arrepiente
si cualquier selección significa el rechazo
de múltiples y tal vez infinitas
posibilidades posibles. Non,
rien de rien, non,
je ne regrette rien...

Cantan los cantarines silenciosos:
no me avergüenzo de mi gran fracaso.

—Qué ruido con estridencia y cuánto estrépito
condenan o absuelven a aquel que se interroga, baila
el baile de los ahorcados en la historia,
independientemente del bien y del mal o la manzana
que acotan los interesados, los sugerentes
y las comadres prestas a una ayuda de barrio
no solicitada y temida, pero anhelada a un tiempo.

Es cierto, tiene el tema
notas, abismales combinaciones,
carga silencios como fardos graves,
obliga a los desgarramientos y al traspiés. Espanta.
Recorta la sombra en perfil impreciso.
pero es algo forzoso. —No quieras escapar, viajero
inveterado.
Romper la maquinaria que no pudiste ver o no quisiste,
en esa ceguera habitual de los creyentes
o de los textos supuestamente lúcidos.
Extraños presumidos presuntuosos
que van alborotando por la ciudad y el mundo.
¡Ah, cómo bailan y saltan cual peces en el agua
(no agregues nota al margen pues no sólo en las orlas
hay carestía de peces; recursos de sibila,
imbecilidades oportunas en la hora
de terremotos y tinieblas;
no caigas en la tardía y absurda tentación
de los barcos que pasan en la alta noche
por la (equívoca) azul epidermis de los mares,
pues la noche es un hueco sin bordes
y mientras, las tinieblas
siguen siendo suficientemente luz; isla mía,
tan joven, divinamente retórica,
no sabes relatar, no sabes ordenar...
y tampoco sabes
nadar ni paladear mariscos ni pescados!

Pide, clama, que nadie acudirá
para cumplimentar tus tristes quejas.
Papeles de abogados, juegos ya superados
en las hileras de computadoras.
Eres un trasnochado que nunca pudo o supo
abiertamente disfrutar del día.
Alguien impidió el advenimiento pleno de la luz y apostaste
a un futuro improbable, aplaudiendo y alegre,
a veces tristemente, en la ringlera
patética e ilusa de la comparsa.
Compórtate, fantoche, y pregunta,
demanda e interroga,
increpa a las alturas o al abismo,
no hay otra cosa ya sino tú solo,
rumiándote los años, reflejado en los otros.
Solo y acompañado, en multitud
y sin embargo único,
como si fueras a morir tu muerte.
Contesta entonces y sin actuar actúa.
¿Sabías antes, quieres saber ahora?

Mamá perferta, deja a tus hijos bailar.
Mamá perferta, deja a tus hijos bailar.
Que no.

Mamá perferta, deja a tus hijos bailar.
Que no.


Porque ustedes los muchachos cuando se juntan.
Porque ustedes los muchachos cuando se juntan.
Porque ustedes los muchachos...

Que no, que no, que no.

César López: «I», en Tercer libro de la ciudad.
Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, p. 7.

V

   
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"Mañana le abriremos, respondía,
Para mañana responder mañana. "
LOPE DE VEGA

 

Han llamado a su puerta, un toque quedo
revela la timidez de quien intenta o clama,
de aquel que quiere quebrar esa clausura
donde se oculta o guarda otro destino.
¡Qué indecisión preside el paso en la empinada
escalera decrépita y oscura...!

Los olores son turbios y remotos,
nada remite a cotidiano ajetreo familiar,
a gritos infantiles, al jadeo
entusiasmado del amor. Silencio más que opaco, congelado.
Sin embargo, la mirilla establece, en su condena,
la distancia y el diálogo.
¿Qué sucede en el aire?,
¿quién increpa al vacío?,
¿cuál espacio así arde?
Dentro o fuera es acaso
lo mismo o en el minuto de forzar el encuentro.

Adentro una figura se recorta entre sombras,
mueve miembros ya rígidos, va emitiendo sonidos
como murmuraciones reiteradas. El tiempo
le ha pasado, ha transcurrido en cada una
de las irreconocibles estancias imposibles.
Ella prosigue su marcha o su estatismo
y se cree protegida en la penumbra, sin velas ni milagros,
es entonces cuando hastiada escucha
la llamada a su puerta. Sabe que no es un cuervo
y que no es medianoche y que no puede
repetir ritornellos traducidos. Acaso cree que llueva.
Afuera la criatura no vacila.
Se decide y avanza y se detiene.
Llueve efectivamente. Ráfagas de agua
atraviesan y mojan las paredes. Han pasado
los días y los años, el tiempo, las ventanas, los variados
fragmentos que hunden en frenesí sus pasos.
También habían pasado los temblores de tierra.
El aire no penetra, se retira. El tiempo, el tiempo,
el tiempo que se funde y se diluye.

El encuentro es posible, balbucea
y reitera sus toques. ¿Qué ha ocurrido allá dentro?
Puede ser que los muros descubran su secreto.
Nadie sabe, ella ignora que se siente cansada.
Si tuviera un espejo, si mirara un florero,
si dispusiera acaso de un perrito,
una cadena de plata, una aspirina...
Dentro, y ella fuera. Fuera, y ella dentro.
Como si pudiera de una vez por siempre
hacer girar las aguas reflejadas, oh cristalina fuente,
y el cielo que me tienes prometido, infierno
tan temido.
Hay una puerta, qué extraño desvarío,
La madera carcomida y reacia sin embargo. No se abre.
¡Ah de la casa y nadie me responde...
¡Ah de la casa y nadie...
¡Ah de la casa...
¡Ah de la...
¡Ah...

Un corazón oscuro que no activa su aroma y su contorno.

César López: «Han llamado a su puerta», en Tercer libro de la ciudad.
Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, p. 39.

 

VI

   
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"No me avergüenzo de mi gran fracaso."
E
MILIO BALLAGAS

Estrépitos inundan la ciudad, cacharros viejos,
maquillaje altamente interesado y el agua que recorre el
espacio,
la suciedad e impera
como un extraño, impuesto, deslucido atributo.
Ya nadie reconoce el ámbito, su origen
quedó mezclado en tardes añoradas, recuerdos,
chismes, crónicas que unos pocos van hojeando,
tal vez recuentos de acontecimientos
imaginarios, imaginados, imaginativos.

Cabeza de ratón o cola de león.
Cabeza de león o cola de ratón.

Alborotos vacíos de sentido, sólo el grito
o chirrido de otras épocas, y la soberbia
de la repetición, la mueca dolorosa
que perpetúa la máscara y desgarra
mujeres, hombres, niños y sillerías.
Como una vieja parecida a un viejo.
Iguala a todos en inercia apagada y quejumbrosa.

Vengo cortando rabo y oreja.
Vengo cortando rabo y oreja.


De tanto anhelo se quedó en el aire
El globo aquel, con sus colores vivos,
Patria —dos patrias— y la nocturna, clara
visión se ha ido enturbiando, ya sin clavel
desconcertando a todos.

La amada en el amado transformada.
Así, sin ser notada o quizás al contrario,
llegó al punto crucial del desconocimiento;
y quien se quedó aislado
a dónde entonces se dirige,
cual ánima sola, en pena,
recordando aquello que no fue, lo que no pudo
ser, y se soñaba; entregadas las rosas
hubo transformación de tulipanes.
—Dame tu cuerpo, intensamente,
para no darte el alma entre las olas;
y ridículas brisas de palmeras, el palmiche
alimenta a los cerdos mucho mejor
que perlas, ya sean puras,
falsas o cultivadas. ¡Qué diferencia
entre estos alimentos, el almendro,
el almendrón y el Almendares! Aunque
afirmes enfático o sencillo
Pero es mi río, mi país, mi sangre.
Extraño el lecho que quedó vacío,
la arena de la playa, el rayo
de la guerra, las movilizaciones incesantes
y la carencia nupcial de lo extranjero.

Amo, amor, los amantes
desconocen no sólo su destino,
sino también se embrollan recordando el pasado.
Nada hay ahora que hacer, como no sea
rumiar, escribir un bolero sin cantarlo,
observar el desastre.
El fracaso distinto a la derrota.
Aquél se inventa, se organiza o se desorganiza
en el quehacer constante de las décadas.
La derrota viene de afuera, pero también de adentro.
Tiemblan las páginas de los calendarios,
los dibujitos de los almanaques. Las campanas
sonando no corresponden a la cópula loca
de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos
y nos desesperamos

huecos, volcados o revueltos...
Es imposible imaginar siquiera cómo pudo ocurrir...

Cabeza de ratón o cola de león.
Cabeza de león o cola de ratón.

Únicamente que ocurrió y que aún sigue ocurriendo
como un rostro marcado, divina mujer,
la obsesión se convierte casi en bolero,
que no se canta, que se desentona,
murmullo de murmurios repetidos
me traen a la mente recuerdos de ayer.

Ciudad, no te equivoques nuevamente.
De qué ayer se trata. Qué lejanía
convocas en el tiempo si el crimen te sostiene.
No vuelvas a dormirte. Los pajaritos cantan.
Las aves se levantan. Pero ya
debías saber la diferencia entre un pajarito
y un ave. La modista y la costurera.
El vestido y el túnico de Virgilio.
Que llueva, que llueva. Que caiga un chaparrón.

Estrépitos inundan la ciudad, cacharros viejos...

César López: «Estrépitos inundan la ciudad», en Tercer libro de la ciudad.
Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, p. 72.

 

VII

   
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Recosta'o en el quicio (¿de la mancebía?)
más flaco que la tradicional e inexistente
vara de tumbar gatos, miraba encenderse las noches
de mayo,
como si astro y luceros
no se alumbraran siempre, no estuvieran
a la disposición de los que observan y escudriñan
con atención en la ciudad reciente,
y a la vez eterna, la inmensidad de su cielo estrellado.
El muro paradójico la ensancha, no la limita,
vuelve con tantos años, es el tiempo
que no sabe descifrar ese poeta arrogante y humillado:
juega con cuentas de colores, tiraflechas
y un incipiente arcoiris lo lastima;
algo pidió prestado a sus vecinos que ahora
exigen su devolución y ganancia.
Es como si nunca, como si siempre,
como si la vida inmóvil hubiera permanecido allí,
en el calor y la falsa frescura del anhelado invierno.

A ese hombre le tiemblan las manos
por su torpe quehacer de levantar ladrillos
para sólo llevarlos tontamente de un lado a otro,
sin siquiera lograr construir una torre, una escalera,
en la repetición de estrofas y sílabas contadas.
Aunque sea un tejadillo para evitar el viento.

Vio tantas cosas, imaginó las lágrimas, fingió
la risa y hasta el mismo entusiasmo
y quiso ser; se desgarró en tremendo desafío. Astuto
en la carencia del padre y los abuelos
se fue inventando una inquietante galería de retratos
y acomodó la voz desafinada, sin darse cuenta
de lo turbio, lo inútil y de la soledad,
la lluvia, los caminos.
La ronda,
no lo sabe (o tal vez lo sabía),
era imaginaria.Voces, chasquidos, chispas
que saltan de los cascos del caballo,
cabriola y desespero. Sordo para la música.
No se atrevió al asalto de los campos hermosos.
Las muchachas de entonces despreciaban sus dientes y
sus pelos,
mientras que los hombres contados y furiosos codiciaban
su sexo no estrenado.

Adivinaban prodigios, se insinuaban. Y el alma del poeta
sin comprender, sorda a los ayes, insensible
al ruego,
desconocía lúbricas cataratas,
estremecimientos, suspiros secretos, charquitos de agua
sucia.
Ahora regresa como si en realidad alguna vez
hubiera partido, como si fuera cierto;
y al paso de las gentes se descubre
falsamente impasible, displicente, caduco.
Ajusta su dicción, su palabra
que presume impecable aunque conoce
y afirma, no sin un trazo de coquetería,
la quiebra de la perfección; espera aplausos,
al menos algún gesto comedido de aceptación;
un reguilete. Peregrino sentado, se pregunta
de qué sirven los barcos, los aviones, medallas
o ataúdes y los nombres pomposos de las calles.
No hubo besos robados, ni fruteros, ni acaso
caracolas rosadas o rozadas, aventuras ecuestres.

Un cura, un pastor, una santera
y los chinos vendedores de hortalizas, pescados y mariscos
se enredan en el desfile militar sin brillo.
Trastruecan la memoria y el recuerdo
—¡Señor, tenga cuidado, en la ciudad
la lluvia es peligrosa... y a su edad
no es conveniente resfriarse! ¡Evite las fracturas!

¡Ah, qué preocupada y distante es esta gente
que ya no conoce al niño o al jovencito,
al hombre aquel que, mozo, rompía los espejos!
Los cines han cerrado sus puertas, la banda
de música municipal ya no toca en el parque
sus melodías y ritmos aburridos, sus imaginarias
y bailables disonancias. Ni siquiera hay hastío.
Y el poeta intenta tararear, mas desentona.
No es posible para él otra cosa que rumiar en silencio
todo lo que no fue. Lo que se escapa
o se fugó veloz por las ventanas rotas
de la ciudad. Por claraboyas. Por los cortejos
hacia el cementerio. Desdibujado en la ambición ilusa.
¡Qué puede hacer entonces recostado
al quicio antiguo y cursi (¿de la mancebía?)!

—¡El señor está loco o es un bobo, babieca
o bucólico actor que nunca supo
su papel y se ha quedado mudo y absorto y de rodillas!

Petrificado. Sordo. Tal vez ciego. En calzoncillos.
No importa. Entra y sale un perro triste.
Canta allá dentro una voz.
Sí importa. Lo que cuenta es el tiempo
Aunque no lo comprende. Los años
Se han perdido sin lustre y están resquebrajados.
El hueco en la memoria. El sudor y el salitre.

¡Si tuviera un espejo! O al menos una grabadora
que acumulara el olvido y el paso de los meses
más allá de las calles y de las novias muertas.
Como no puede girar siquiera el cuello rígido
y contemplar la casa que no le pertenece
sólo le queda reconstruir a tientas
lo que no pudo ser: —Y aún guardo las dos blancas azucenas
que me diste, que me diste
al despedirme de ti.
Ciudad, ciudad, ciudad,
remordimiento aparte, repite, recostado,
rememora y recuerda roncamente,
que me diste, que me diste
al despedirme de ti.

César López: «El poeta en la ciudad», en Tercer libro de la ciudad.
Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, p. 105.

 
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LXX ceremonia

Para José Omar Torres, pintor

Hace ya varios siglos que Leonardo da Vinci
mezcló sus colores con el tiempo, que escribió
su legado
en textos, en signos terriblemente indescifrables,
en el entrecruzamiento de sus figuras. Con el
soplo
del diablo. ¿Existe el diablo? ¿O sólo
es un invento complaciente? Los pintores
americanos, apenas los de ayer,
interrogan el mundo de las destrucciones
mientras el color estalla y ciega al desterrado.

Pero el hermano
conoce el pasadizo oculto, el plano
secreto de la ciudad, los vericuetos de los sueños
dormidos.
Si deambula por aquellos paisajes condenados,
sabe su rumbo cierto, lo adivina.
Nadie se atreva a detenerlo. Hay que guardar
silencio, la poesía
va a surgir, como es sabido, entre estremecimientos y
cacharros.
Una mancha se extiende y se convierte
en un espacio abierto en cuyo centro
la vida se refleja. Se hace sufrimiento. Rueda.
En el mismo precipicio han construido el palacio,
la escuela del futuro.
Abierto, aguardas, sin dejar de fabricar sobre
las ruinas,
aterradoras ruinas de los otros, que no cesan en
su labor frenética.
¿Quién estará a tu lado cuando todo reviente,
en el momento en que comience el verdadero
jubileo?
Mezcla de azul, de un rojo intenso y breve,
sobre los tonos ocres de tus tierras, las líneas,
buen amigo,
van encendiendo el horno que consume. ¡Ah,
cuidado,
la gallina naranja está dormida,
que nadie ose borrar sus manchas pardas,
porque en cualquier momento, sin saberlo,
puede emprender el vuelo!, y solamente
el desdichado habitante de la ciudad
interpretada
será capaz de comprender ese vacío, ese sitio
sin nombre, ese hueco de espanto.
Pero silencio, he aquí a la bella Ofelia, que
ahora viene
con otro nombre, envuelta en sus perfumes.
Enloquecida.

«LXX Ceremonia», en Oráculos Ceremoniales (Poesía,Grabados).
Taller de Serigrafía René Portocarrero del Fondo Cubano de Bienes Culturales. La Habana, 1997, ejemplar # III/X firmados y numerados en romano.



Canción tercera

Le preside la sombra
como un sombrero.
.Le proclama su rango
de maravillas.
Le adelanta el regusto
que da el almíbar.
Gentil el girasol
su garbo ofrece
a la fruta que equívoca
desplaza el nombre.

Qué rumboso el mamey
y qué meloso.
Abanica la flor
y se embriaga la fruta.
Abre su pulpa y dulce
el mamey cándido.
Y el girasol ya guarda
un silencio cromado
por una vez.

«Canción tercera», en Seis canciones ligeramente ingenuas (Edición que consta de 50 ejemplares numerados y firmados, cuyas ilustraciones iluminadas a mano por varios pintores son reproducciones facsímiles de dibujos de cada autor, impresos en papel Guarro-Biblos). Taller Tórculo, C.M.C., Getafe, 1992.

 
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   parte I      parte II   

Alicia Alonso ante el espejo mágico

I

Delicias del espejo
Su figura convoca y distribuye
Graciosa al tiempo gráciles piruetas,
Al aire se estremece, rasga el velo
De otro misterio más cercano al mito,
Espanta a la palabra y al profeta,
Desciende hasta el abismo de las bodas
Con el tiempo o demonio que destruye.

Su extremo delicado, casi rosa,
Se alarga o se somete,
Voluptuosa,
A voluntad precisa o maravilla
Que esculpe breve realidad hermosa.

Clásico el gesto, ¿antiguo?
Engendra el ademán o la imperiosa
Furia de la locura enamorada,
Transgrede toda ley,
Queda prendada la historia tras su paso
De mujer o muñeca
O de soldado. Amorosa visión,
Denuncia alada contra la gravedad que la
Acaricia:
Gasa de luz surgiendo entre la brisa

II

Devuélvele la figura
Trémula y pura.

Qué desplante lanza o reto
Al esqueleto.

Reiteración de cuchillos,
Sus anillos.

Baila ardiente el caracol
A pleno sol.

La sostiene tres diablejos
Desde lejos.

Nadie se atreve a explicar
El origen de sus pasos.

Plaza sitiada.
Milagro del reguilete.
Contrapartida.

Amor que cabalga amando.
Dulce y madura.

Encanto de madreselvas.
Junco y palmera
Dura.
Suave.
Erguida.
Altiva.

El espejo no resiste
Su arrogancia
Y se quiebra en mil pedazos
Con delirancia.

Ella gira, vuela, eleva,
Corta la vida,
En medio de la ceniza
Sigue bailando
Danza que hasta los cristales
Van envidiando.

César López: «Alicia Alonso ante el espejo mágico», en Quiebra de la perfección. Ediciones Unión, 1983, p. 88.

Galería de imágenes
Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de Cuba.
Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de Cuba.
Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de Cuba.

Catedral
de Santiago de Cuba. Cortesía de la Fototeca de Cuba.
 
El malecón habanero (I), del pintor cubano José Omar Torres.
 
Ilustración iluminada a mano para «Canción Tercera».
 
  Cortesía del Museo de la Danza.
  Cortesía del Museo de la Danza.
   
  Cortesía del Museo de la Danza.
Redacción Editorial: Yamilé Padrón Corrección editorial: Nora Lelyen Diseño Web: Pavel Alfonso Créditos...