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| La obra
ensayística de Cintio Vitier, así como su narrativa, es parte de su
obra poética. Sirva de ejemplo de ello este fragmento de su imprescindible
estudio Lo cubano en la poesía. |
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El nombre heráldico de José María de
Heredia, plantado en Costa Firme desde la fundación de Cartagena de
Indias, suavizado por el aroma de los cafetales y el tambo manso de
las olas antillanas; el nombre liso, humilde, húmedo siempre del agua
bautismal, movido a la brisa ondeante como el güín de la caña, de Gabriel
de la Concepción Valdés; el nombre que parece mentira de tan fino, que
es puro cuento romántico y coloquio en la penumbra de las mecedoras,
de José Jacinto Milanés; el nombre gigantón y deslavazado por el haz,
del inverosímil Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, y demasiado corto por
el envés, cresta de gallo, sota y brisas encintadas del Cucalambé; el
nombre blando, armonioso y remoto en su esbelto desmayo de ocaso otoñal,
vago bosque o playa sonante y sola, de Juan Clemente Zenea; el nombre,
en fin, que se diría apócrifo y legendario de Julián del Casal, personaje
trunco de qué novela perdida; todos esos nombres vacilantes, anhelantes,
incompletos, temblando en la frontera indecisa de la neblina y la luz,
rematan de pronto, como un rayo solar que se descerraja entero, en el
realísimo, encarnado y categórico nombre de José Martí.
Con su muerte se cierra nuestra época
trágica. Un destino aciago, algo como la suerte de los atridas, azota
a la poesía cubana durante todo el siglo XIX. Martí resume ese fatum,
pero ya no es su víctima sino su dueño. Él es el primero entre nosotros
que, asumiéndolo desde la raíz, posee al destino. Por eso está capacitado
para que nuestra naturaleza y nuestro hombre reciban de su mirada la
iluminación espiritual. Pero, como si nuestro signo fuera lo imposible,
tan pronto él toca la tierra suya para redimirla, muere en un misterioso
paisaje de aguas. Y es arrastrado, y se pudre bajo la lluvia. Pero ese
contacto de sus últimos días, ese encuentro casi increíble de su amor
inaudito, en el pleno bosque insular, con los cubanos humildes, oscuros,
que él enciende, es la semilla más dura de nuestra realidad, el tesoro
mayor que tenemos.
DISCURSO DE LA INTENSIDAD
En algún lugar Lezama dijo que la capacidad histórica
de un país no se debe a su extensión sino a su intensidad. Aludía, desde
luego, a Cuba, y es una idea en la que tenemos que detenernos porque
está brillando con vehemencia en los ojos de Varela, Luz, Céspedes,
Martí. ¿Qué significa esa intensidad con que miran y nos miran? Algo
precioso están viendo, o queriendo ver, a través del discurso filosófico,
pedagógico, político, poético. Ese algo precioso es aquello por lo que
clamaban los indígenas fantasmas que Plácido oyó entre los arremolinados
y mudos jirones de neblina del Pan de Matanzas: "¡Cuba...! ¡Cuba...!"
No es ciertamente un mito ni, en principio, una utopía, aunque ambas
cosas pueden construirse con sus destellos. Es exactamente eso, una
concentración de destellos que lleva a Varela a pensar solitario, con
el puño en la barbilla, rumoreado por La Habana circundante: "la idea
más exacta es la que no se puede definir." Intensísimo rayo que cruza
sus ojos, no metafísico, solar. Es exactamente eso que lleva a Luz a
descubrir, "como un relámpago", dice él, no las operaciones mentales
que tan bien estudiara y conocía, sino la "aparición", dice él, de lo
que sin disculpas llamara, para nosotros, "la razón caliente". No sólo
la razón que lo llevó a poner el estudio de la Física antes que el de
la Lógica, lección de la que todavía tenemos que sacar las mejores consecuencias,
sino también la que exclama: "¡Bienaventurada oscuridad, que alumbra
nuestro entendimiento y templa nuestro corazón!" Quien recorría el mundo
buscando luces y adquiriendo aparatos para su laboratorio de Física
experimental no elogiaba el oscurantismo, sino la oscuridad, la intensidad
donde estaban los destellos. ¿Y qué decir de los ruiseñores que Céspedes
en su Diario testimonia como ariscos y hechiceros? Ellos eran
su intensidad cubana, la de su saludo caballeroso, en San Lorenzo, a
las negras esclavas, que por él ya no lo eran. Pero nuestra intensidad
un día se hizo hombre y se llamó José Martí.
La física antes que la lógica significa, más allá de
una cuestión de método, incluyéndola, que la fuente de nuestros argumentos,
no sólo de nuestros conocimientos, está en la naturaleza. ¿Qué significa
esa aspiración a pensar como la naturaleza? No hay maestra mejor, repetía
el padrecito rodeado hasta el techo de cajas de azúcar, tasajos, cueros
y esclavos, pero la luz que brillaba en sus ojos, ¿no era la luz del
espíritu? ¿Y quién dijo que el espíritu en el hombre es otra cosa que
la concentración, alquimia si se quiere, de la naturaleza? Empezaba
el diálogo arrobador entre el cubano y su paisaje, que fue encantamiento
revolucionario de Heredia, lo que no entienden los que pesquisan en
parte de su poesía, en su teatro afrancesado y en su concepción misma
de la historia, el peso muerto de sus ideas neoclásicas y conservadoras,
que nada puede, que nada pudo ya en la recepción martiana, frente a
la intensidad que descubrió, que lo descubrió, que casi diríamos que
lo utilizó inflamándolo hasta la ceniza de la mujer, de la palma, del
torrente, del océano. Si dejáramos de pensar literariamente, entenderíamos
mejor la literatura. Si Heredia fue, como después Zenea, "El laúd del
desterrado", ello se debió a que en él se encendiera la ardiente y dulcísima
chispa, la lógica del paisaje, el argumento de la tierra. La tierra
desterrada es ya una dialéctica histórica, primitiva si se quiere, pero
fundadora, y contra sus gritos soterrados, contra sus tardes inmensas,
contra los desgarrados encantamientos de sus clamores de patria, justicia
y libertad, nada pudieron las circunspecciones del magistrado Heredia,
padre e hijo; y nada pudo para nuestra futuridad, la angustiada ceniza,
que fue brasa, de su exilio. Heredia solo, en la facticidad de su transcurso,
no es Heredia. El Heredia real y operante de nuestra naturaleza histórica
es Heredia abrazando sin saberlo a Martí, abrazado por Martí. Lo demás
son pesquisas académicas, bibliografía al pie. Con ese abrazo empieza
la lógica de nuestra physis, el argumentar de nuestra naturaleza,
el argumento de nuestra historia.
Historia poética si las hay, ya lo hemos dicho muchas
veces, sin estar seguros de que esto se entienda como ahora queremos
precisarlo, como physis de nuestra lógica, naturaleza de nuestra
historia, intensidad cuyos incandescentes puntos discontinuos fueron
creando una tradición tan rápida como el relámpago que ilumina toda
la casa. Después del relámpago, de triple raíz criolla, cristiana e
iluminista y penacho romántico, tenía que venir el tronar de la guerra,
de las guerras. Pero cuando la más importante de ellas va a empezar,
José Martí levanta una balanza en cuyos dos platillos dos palabras -Revolución
y Reflexión- extrañamente se equivalen, como si el "Himno del desterrado"
y "En el teocalli de Cholula" se hubieran alquímicamente reducido a
esas dos palabras. Sin el fuego físico-espiritual no hay destilación
de "espíritus", dijo la alquimia. El aforístico Diario de Luz
está hecho de destilaciones más necesarias para nosotros que
los Pensamientos de Pascal, aunque por estos debamos pagar
gustosos el más alto precio en la alta noche. Luz concentra la suya
en las "apariciones" de la "razón caliente". Martí dirá, hiperbolizando,
que "si Europa es el cerebro, América es el corazón". El corazón es
"la razón caliente", donde no hay que ver sólo la temperatura sino también
la lógica, la otra ala del calor. Las dos batiendo juntas echan a volar
un ave insólita: La Revolución de la Reflexión, lo que nos hace entrever,
más allá del contexto anecdótico, incluyéndolo, la posibilidad de una
Revolución -pues ya sabemos que es sólo una en sus diversos "períodos
de guerra"- que llegue a ser un estado nacional pensante. Estado operativamente
jurídico, pero sobre todo, es lo esencial, protoplasmáticamente histórico,
según lo inspiró Martí en Orígenes a través de Lezama cuando dijo para
estos días que hoy vivimos, y ojalá para siempre: "Quizá somáticamente
cada generación rompe con la anterior, pero desde el punto de vista
del germen, del protoplasma histórico, cada generación son todas las
generaciones, las dadas, las que se disfrutan, y las que se desconocen
y nos interrogan despiadadamente." También nos decía que la única generación
a que debíamos aspirar a pertenecer era la generación de José Martí,
entendiendo por tal, desde luego, la de la creación histórica, y pienso
ahora, también, la de ese entrevisto estado martiano de la Revolución
de la Reflexión.
En esta radiante fórmula veo además, hoy, dos aspectos:
el de una Revolución que no meramente se institucionaliza, sino que
llega a equivaler a su propia reflexion cambiante y creadora con el
desafío de los tiempos, y el de una Revolución que no es algo sucedido
a, sino constitutivo de. Los dos aspectos tienden a fundirse allí donde
empezamos a distinguir las revoluciones metropolitanas de las que ocurren
en países de origen colonial. Hacer este paralelo excede mis conocimientos
historiográficos, pero a simple vista se nota que los enciclopedistas
y sus terribles ejecutores no se proponían crear a Francia: se proponían,
sencillamente, modernizarla, mientras nuestros libertadores estaban
literalmente obligados a crear naciones en un continente sin rostro
político. La diferencia es tan enorme que tiene que generar inesperadas
consecuencias, al menos allí donde el proceso de liberación, aunque
por modo discontinuo y subiendo a tropezones el calvario de la historia,
no se ha detenido, es decir, en Cuba. De la supuesta revolución norteamericana
no vale hablar en este caso, porque su contenido de justicia social
fue tan discreto que dejó en pie a millones de esclavos, y cuando este
problema se planteó como cuestión nacional, ya la nación estaba configurada.
Fue, pues, algo que le sucedió a, no constitutivo de, al extremo que
hasta hoy parece que la guerra racial en ese país, sordamente extendida
a los estratos "hispanos" que ya también lo constituyen, no termina
nunca. Entre nosotros, por el contrario, al enlazarse la liberación
política con la liberación social surgió como una "aparición" de la
"razón caliente", de la lógica de nuestra naturaleza espiritual -abastecida
o provocada también por razones económicas-, el proyecto de la nación
cubana. La nación surgió de, en y por la Revolución. ¿Será posible,
entonces, extraerle la Revolución a la nación sin que ésta se desvanezca?
Esta pregunta empezó a brillar en los ojos más videntes del llamado
Grupo Minorista.
En pocos meses del año 1923, el mismo en que irrmpe
la primera generación histórica de la seudorrepública, el mismo de la
Protesta de los Trece y del Primer Congreso Nacional de Estudiantes
presidido por Mella, la febril poesía de Rubén Martínez Villena pasa,
como de un polo eléctrico a otro, hasta la incandescencia, de la intensidad
negativa casaliana a la positiva martiana, de "la inercia del alma/
que no siente ni espera ni rememora nada" y de los "Motivos de la angustia
indefinida", a la "fuerza / concentrada, colérica, expectante" que desde
el fondo de su organismo exige "crecer, crecer hasta lo inmensurable",
y al fin se clava vibrante en un punto histórico concreto: esa "carga
para matar bribones, / para acabar la obra de las revoluciones" que
centellea en su "Mensaje lírico civil". Es un ejemplo fulgurante y profundo
de los giros aciclonados de la intensidad cubana. Y no en vano llamamos
a aquella muchachada antimachadista y antimperialista que encabezaran
Julio Antonio, Rubén, Pablo y finalmente Guiteras, una generación histórica:
fue ella a su vez imantada por la que enseñó a Lezama que "lo que
en una generación interesa no es su perfil consumado o su escándalo
momentáneo, sino en qué forma potenció su protoplasma o acreció su levadura",
norma igualmente válida para la expresión como para la acción, las que
entre nosotros, desde Varela y Heredia, vienen pisándose los talones
como la sombra al cuerpo, y viceversa. Porque lo que intuyeron aquellos
jóvenes fue que "la obra de las revoluciones", que para nosotros
Martí configuró como una Revolución, tiende a convertirse en la hechura
misma de la patria, no algo que puede sucederle o no sino aquello que
realmente la constituye. No se lanzaron, pues, como iconoclastas políticos,
a destruir, sino a rescatar y a "acabar aquella obra", que sin
embargo hoy presentimos inacabable precisamente por consustancial. Y
cuando decimos esto no olvidamos a sombras históricas importantes como
José Antonio Saco, que con haber denunciado los vicios coloniales, haber
escrito la historia de la esclavitud y haber sido antianexionista fue
lo más revolucionario que podía ser, o como Rafael Montoro, capaz de
transmutar sus ideas reaccionarias en melodías oratorias fascinantes
para oídos mambises como los de Manuel Sanguily y Manuel de la Cruz.
Uno de los trabajos que tenemos que hacer en favor de
la patria es el de reconocer el entrecruzamiento de la acción y la expresión
en nuestra historia, sin esos rencorosos distingos que nos vinieron,
paradójicamente, de la tesis europea del intelectual "comprometido".
Comprometido o no, en lo explícito, con la realidad social y la acción
política, todo creador nuestro lo ha sido siempre de la historia de
su pueblo, y como delegado suyo en el mundo de los símbolos. El hombre
de las metáforas es quizás, incluso, el más histórico y político de
los hombres, porque sus significaciones, al hundirse en lo inagotable,
protegen esa oscura continuidad irreductible a los esquemas, que es
lo caedizo de la historia. El hombre de las metáforas, al entrar en
lo naciente, sólo dice palabras perdurables, palabras seminales que
todos los días amanecen como pájaros que lo fueran a la vez de la naturaleza
y de la historia. El hombre de las metáforas es siempre el amigo del
héroe de la acción, a él se debe en su noche silenciosa, y a veces lo
equivale. Si tuvimos de pronto, en el más intenso de los cubanos, a
un protagonista de la expresión y de la historia, no dudemos que a esa
fusión tienden los ríos invisibles de la patria. Sin los poetas, los
artistas, los pensadores, que son lo más pueblo del pueblo, y no otra
cosa, no habría patria que defender. El pueblo mismo es un poeta, un
artista, un pensador que está incesantemente creándose y pensándose
a sí mismo. No propongo una hipóstasis del pueblo, aunque de todas las
hipóstasis posibles tal vez sería la mejor, sino sencillamente una vivienda.
La poesía de Luisa Pérez la he visto en muchos rostros de cubanas. Los
lentes de Zenea fueron recogidos del polvo ensangrentado, no de las
manos de ningún cónsul, por un joven que vi en una ráfaga, al pasar.
Tristán de Jesús Medina está sentado, solitario, en un parque de Bayamo.
Todos saben, sabemos, lo que hay que defender. Y que no es, por cierto,
lo que llamara doña Tula un "ídolo", sino la intensidad que nos sustenta.
¿Será por la delgadez y apretura de la isla entre dos
masas continentales, la una amenazante hasta con el grotesco índice
fálico de la Florida, la otra demasiado ensimismada en la extensión
de su tragedia? ¿Será por su surgimiento, dicen, no derivada de aquellas
cantidades, sino nacida sola del fondo de las aguas? ¿Será por la costumbre
insular de resistir y esplender a solas? Soledad nunca egoísta, nunca
splendid isolation por cierto, soledad abierta a todos los
vientos del mundo, o como le dijeron unos indios a Colón, que "era tierra
infinita de que nadie había visto el cabo, aunque era isla". ¿Una isla
infinita, desafío a la razón, o hecha de infinito, de deseo de infinito,
como la poesía? "La ínsula distinta en el Cosmos, o lo que es lo mismo,
la ínsula indistinta en el Cosmos", dirá Lezama, quien ya había convertido
un verso prehistórico, "Dorada Isla de Cuba o Fernandina", en un verso
universal: "Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo." Apretura, concentración,
y a la vez, destellantes remolinos, soberanía de la luz, apertura con
cierta inocente majestad inocultable. Una vez lo oímos en la Plaza de
la Revolución, ante Martí: "¡Cuba! al fin te verás libre y pura / como
el aire de luz que respiras..." En ese momento estamos, tomando nuevamente
conciencia, más que nunca antes, de pertenecer a esa "marcha unida"
de las generaciones de la expresión y de la acción que llevó a Lezama
a decir en enero de 1959: "Albricias, aquí revolución es creación."
¿Dejará de serlo por eso que un descreído, al despedirse, llamó 'la
erosión de la historia'? Si la historia para nosotros fuera únicamente
el tiempo sucesivo, ese fatum sería incontrastable. Pero creemos
en otra historia, la protoplasmática, la inspiradora, la creadora, la
de "la infinita posibilidad" que surgió precisamente de nuestro sucesivo
"imposible" histórico, y que viene saltando como Euforión, joven eterno,
de roca en roca hasta nosotros. A los desvaríos, desarrollos y miserias
de lo sucesivo hacemos frente con la martiana "virtud modesta y extraordinaria,
que vive en el mérito y las entrañas de la oscuridad", con la martiana
"genial moderación", con la Revolución de la Reflexión que ha de convertirse
en un estado nacional pensante.
Para llegar a ello, y creo que en ese camino estamos,
debemos poner en las sucesivas generaciones, sin que pierda su específico
sabor imprevisible, su irradiación de iniciativas propias, al servicio
de lo histórico fundacional y no permitir que el hilo, la melodía, ese
no sé qué que hemos alcanzado por ventura en medio de tantas desventuras,
sea roto por las malacrianzas de una modernidad fabricada a nuestra
costa y contra las leyes de nuestro corazón. Esas leyes existen, son
las leyes de lo que venimos llamando nuestra intensidad que, bien pensada,
no es otra cosa que la concentración de un sentido. Si nos apretamos
a ellas no habrá tentaciones que puedan con nosotros. Es más, seremos
capaces de trocar las tentaciones en armas contra ellas, en armas inesperadas
de la resistencia y la libertad. El secreto es uno: jamás perder de
vista la justicia y el amor entre los hombres. Con esa brújula no perderemos
nunca el rumbo. No perderemos nunca el sentido, que es lo que está destellando
en los ojos cubanos desde Varela, Heredia, Luz, Martí, que es lo que
resultó de nuevo en la segunda generación histórica de la seudorrepública,
la Generación del Centenario. Que era lo que, por el lado de la expresión,
imantaba a los jóvenes de Orígenes.- el sentido de la patria, la patria
como sentido de la historia universal, la universalidad de la patria,
y, para llegar a ello, lo fiel intenso, lo intenso extensionable, la
chispa que dura en el poema, lo que sólo encarna en un nacimiento. Si
no sé cómo decirlo es porque formo parte del discurso que lo dice, del
discurso que nos constituye, del discurso de la Revolución que ya es
la reflexión de su propia identidad, de su propio ser nacional y su
propio suceder, el discurso de su propio sentido, de su propia intensidad.
Refiriéndose a los títulos de aquellos cuadernos casi
clandestinos de su generación, preguntaba Lezama en 1956: "¿No eran
todos nombres dinámicos como verbo, clavileño, espuela de plata, la
fuerza indivisa de los orígenes, los que parecen arremolinarla?" Cincuenta
años después de fundada la mayor de aquellas revistas, no nos sorprende
que los jóvenes sigan sintiendo la temperatura de sus páginas, porque
allí se reunieron ondas de energía que venían tan lejos y tan hondo
que no pueden perder su vigencia cuando de salvar esas ondas precisamente
se trata.
Lo que está en peligro, lo sabemos, es la nación misma.
La nación ya es inseparable de la Revolución que desde el 10 de octubre
de 1868 la constituye, y no tiene otra alternativa: o es independiente
o deja de ser en absoluto. Si la Revolución fuera derrotada caeríamos
en el vacío histórico que el enemigo nos desea y nos prepara, que hasta
lo más elemental del pueblo olfatea como abismo. A la derrota puede
llegarse, lo sabemos, por la interrelación del bloqueo, el desgaste
interno, y las tentaciones impuestas por la nueva situación hegemónica
del mundo. Esa posibilidad es nuestro imposible. En el Zanjón, en el
98, a la caída de Machado, nuestro imposible era la liberación. Ahora
nuestro imposible es la no liberación. No pudimos aceptar el Zanjón,
ni la intervención norteamericana, ni la frustración del 30. Se dirá
factográficarnente que sí, pero en realidad no pudimos aceptarlo. La
Revolución fue acumulando esas no aceptaciones, que la fortalecieron
y profundizaron hasta identificarla con el país, con el pueblo, con
la historia y con la geografía misma. Estamos hechos de no aceptación,
de desobediencia soberana. Si luchamos contra todos los imposibles,
cómo rendirnos ahora que todo lo hemos hecho posible. De nosotros depende,
sin duda. Al fatalismo de la derrota no podemos oponer la predestinación
de la victoria. Sería demasiado cómodo, demasiado irreal, demasiado
peligroso. Pero sí podemos oponer la fe en la victoria. La fe, que es
"la sustancia de lo que esperamos", si bien la historia, no lo olvidamos,
no es el reino de los valores absolutos. En ella se juegan o pelean,
sin embargo, los valores absolutos hasta donde el hombre los puede divisar.
Y si la fe en la victoria no nos abandona, es porque en ella va la lección
y la vida de los mejores de nosotros. La fidelidad a ellos es la única
garantía de nuestra fe en la victoria. Si no somos dignos de ellos,
no mereceremos ninguna victoria, ni sobrevivir siquiera. Y lo que ellos
nos dicen es lo mismo que han dicho siempre los espirituales más esclarecidos:
que sin obras no vale fe, que obras son amores y no buenas razones.
A la obra, pues, estamos, en el momento más difícil
de nuestra historia, cuando hasta los caminos de salvación se revelan
llenos de peligros, cuando la lucidez le disputa al coraje la primera
línea de defensa. Lucidez y coraje tienen que unirse con aquella imaginación
que Martí llamara "hermana del corazón". Una imaginación aliada de la
ciencia y de la técnica, de la agricultura y de la industria, de la
defensa militar y la política, al servicio de la justicia y la fraternidad
entre los hombres, no del éxito egoísta, no del consumismo devastador,
no del lucro. Tampoco de la irrealidad de una tecnología que pretende
desustanciar al hombre. Nunca mayores fuerzas se emplearon tan mal.
Obligada a batirse con la insensatez del mundo a que fatalmente pertenece,
amenazada siempre por las secuelas de oscuras lacras seculares, implacablemente
hostilizada por la nación más poderosa del planeta, víctima también
de torpezas importadas o autóctonas que nunca en la historia se cometen
impunemente, nuestra pequeña isla se aprieta y se dilata, sístole y
diástole, como un destello de esperanza para sí y para todos. Destello,
concentración, intensidad. El bajo del son, el colibrí, la flor de la
mariposa. La Sacra, Palo Seco, las Guásimas. Vamos a cambiar la vida,
trabajando y bailando. Vamos a confiar en nosotros mismos. Vamos a seguir
a José Martí que en la deslumbrada apretazón, como de hojazas, cocuyos,
espinas y estrellas, de su Diario de campaña,
por donde quiera que lo abramos, nos relata la fábula real de nuestro
perenne nacimiento. Allí, texto sagrado, leemos:
Zefí dice que por ahí trajo él a Martínez Campos, cuando
vino a su primera conferencia con Maceo: "El hombre salió colorado como
un tomate, y tan furioso que tiró el sombrero al suelo, y me fue a esperar
a media legua." Andamos cerca de Baraguá. Del camino salimos a la sabana
de Pinalito, que cae, corta, al arroyo de las Piedras, y atrás loma
de La Risueña, de suelo rojo y pedregal, combada como un huevo, y al
fondo graciosas cabezas de monte, de extraños contornos: un bosquecillo,
una altura que es como una silla de montar, una escalera de lomas. Damos
de Heno en la sabana de Vio, concha verde, con el monte en torno, y
palmeras en él, y en lo abierto un cayo u otro, como florones, o un
espino solo, que da buena leña: las sendas negras van por la yerba verde,
matizada de flor morada y blanca. A la derecha, por lo alto de la sierra
espesa, la cresta de pinos. Lluvia recia. Adelante va la vanguardia,
uno con la yagua a la cabeza, otro con una caña por el arzón, o la yagua
en descanso, o la escopeta. -El alambre del telégrafo se revuelca en
la tierra.
Palabras operantes, encarnadas, que saltan del lenguaje
a la naturaleza y a la historia en el punto en que destellan juntas.
Qué nombre, Zefí, en su pluma sobre el tablón de palma, como relumbre
de la intemperie, a la vez huraño y amparador. Qué palabra de arroyo,
de guijarro, de risa, de gentiles e invitantes formaciones, de verbo
natural histórico, puntuación poética del camino, música enjuta de qué
paisaje cerrado, abierto, vehemente, topografía girando, fiera
y piadosa, nunca vista antes, inmemorial, creada para nosotros. Qué
ternura en la pisada, en la mirada, en las sílabas. No queremos mas
que esa "flor morada y blanca", esa "cresta de pinos", esa "lluvia recia".
Pero tenemos que seguir con la vanguardia, con la caballería. ¿Somos
muchos o pocos? No importa, somos todos. Que se revuelque como culebra
el telégrafo cortado. Sí, "andamos cerca de Baraguá".
16 de diciembre de 1993
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