
Cuarta parte. Capítulo VII.
...Volado
había el tiempo con inconcebible rapidez. Afines de agosto tuvo Cecilia
un hermosa niña, suceso que antes de alegrar a Leonardo, parece que le
hizo sentir todo el peso de la grave responsabilidad que se había echado
encima en un momento de amoroso arrebato. Aquella con era su esposa, mucho menos
su igual. ¿Podría presentarla sin sonrojo, magüer que bella
como un sol, en ninguna parte? No había descendido tanto todavía
por la cuesta suave del vicio, que hiciese del sambenito gala.
Se desvanecía, sin duda, la ilusión
de fácil posesión del objeto codiciado
que consistía tan solo en la cualidad deleznable
antes mencionada. Al amor hizo en breve lugar
la vergüenza. Tras esta debía presentarse
luego el arrepentimiento, y se presentó
al galope, mucho antes de lo que era de esperarse,
supuestas las condiciones de alma fría
y moral laxa de que había dado pruebas
el joven Gamboa.
Los primeros síntomas del cambio no tardó Cecilia en descubrirlo
con dolor; en pos vino el tropel de los celo a complicar la situación
de las cosas. A los tres o cuatro (¿meses?) de unión ilícita
fueron menos frecuentes las visitas de Leonardo a la casa de la calle Damas.
¿De qué valía que él colmase de regalo a la querida,
que se adelantase atodos sus gustos y sus caprichos, si era cada vez más
frío y reservado con ella, si no mostraba orgullo ni alegría por
la hija, si no pudo lograr jamás que trocara siquiera por una noche la
casa de sus padres por la suya propia?
Explícase la extraña conducta de Leonardo con Cecilia, por la
grande influencia que sobre él ejercía su enérgica madre.
Porque era cosa cierta que si del mozo habían huido todas las virtudes
a la temprana edad de 22 años, como huyen las tímidas plomas del
palomar herido por el rayo, no era menos cierto que aún calentaba su
corazón marmóreo por el dulce amor filial.
Doña Rosa se había averiguado por
aquellos días la historia verdadera del
nacimiento, bautizo, crianza y paternidad de Cecilia
Valdés, contado ahora por María
de Regla con el objeto de obtener el completo
perdón de su pecados y alguna ayuda a favor
de Dionisio, que seguía en estrecha prisión.
Espantada dicha señora por el abismo a
que había empujado a su hijo, le dijo con
aparente calma:
-Estaba pensando, Leonardito, que es hora que sueltes el peruétano de
la muchachuela... ¿Qué te parece?
-¡Jesús, mamá! - replicó
escandalizado el joven -. Sería una atrocidad.
-Sí, es preciso - añadió
la madre en tono resuelto -. Ahora, a casarte
con Isabel.
-¿También esa? Isabel ya no me quiere.
Tu has leído sus últimas cartas.
En ellas no me habla de amores, habla únicamente
de monjío.
-¡Disparate! No hagas caso. Yo arreglo el
negocio en dos palotadas. Han cambiado las cosas.
Conviene que se case temprano el mayorazgo, siquiera
no sea con otro fin que el de asegurar sucesión
legítima para el título. A casarte
con Isabel, digo.
Por carta de don Cándido Tomás Ilincheta,
pidió doña Rosa la mano de Isabel
para su hijo Leonardo, heredero presunto del condado
de Casa Gamboa.
En respuesta, la presunta novia, acompañada de su padre, hermana y tía,
vino a su tiempo a La Habana y desmontó en casa de sus primas, las señoritas
Gámez. Quedó, pues, aplazado el matrimonio para los primeros días
de noviembre , en la pintoresca Iglesia de Ángel, por ser la más
decente, si no la más cercana a la feligresía propia. La primera
de las tres velaciones regulares se corrió el primer día del mes
de octubre, pasadas las ferias de San Rafael. No faltó quien comunicara
a Cecilia la nueva del próximo enlace de su amante con Isabel Ilincheta.
Renunciamos a pintar el tumulto de pasiones que despertó en el pecho
de la orgullosa y vengativa mulata, Baste decir que la oveja, de hecho, se transformó
en leona.
Al oscurecer del 10 de noviembre llamó a la puerta de Cecilia un antiguo
amigo suyo, a quien no veía desde su concubinaje con Leonardo.
-¡José Dolores! -exclamó ella
echándole los brazos al cuello, anegada
en lágrimas-. ¿Qué buen ángel
te envía a mí?
-Vengo -repuso él con hosco semblante y
tono de voz terrible-, porque me dio el corazón
que Cecilia podía necesitarme.
-¡José Dolores! ¡José
Dolores de mi alma! Ese casamiento no debe efectuarse.
-¿No?
-No.
-Pues cuente mi Cecilia que no se efectuará.
Sin más se desprendió él
de sus brazos y salió a la calle. Cecilia,
a poco, con el pelo desmadejado y el traje suelto,
corrió a la puerta y gritó de nuevo:
-¡José! ¡José Dolores!
¡A ella, a él no!
Inútil advertencia. El músico ya había doblado la esquina
de la calle de las Damas.
Ardían numerosos cirios y bujías
en el altar mayor de la Iglesia del Santo Ángel
Custodio. Algunas personas se veían de
pie, apoyadas en el pretil de la ancha meseta
en que terminan las dos escalinatas de piedra.
Por la mira de la calle Compostela subía
un grupo numeroso de señoras y caballeros
cuyos carruajes quedaban abajo. Ponían
lo novios el pie en el último escalón,
cuando un hombre que venía por la parte
contraria, con el sombrero calado hasta las orejas,
cruzó la meseta en sentido diagonal y tropezó
con Leonardo, en el esfuerzo de ganar antes que
este el costado sur de la Iglesia, por donde al
fin desapareció.
Llevóse el joven la mano al lado izquierdo,
dio un gemido sordo, quiso apoyarse en el brazo
de Isabel, rodó y cayó a sus pies,
salpicándole de sangre el brillante traje
de seda blanco. Rozándole el brazo a la
altura de la tetilla, le entró la punta
del cuchillo camino derecho al corazón.
Conclusión.
Lejos de
aplacar a Doña Rosa el convencimiento de que Cecilia Valdés era
hija adúltera de su marido y medio hermana por ende de su desgraciado
hijo, eso mismo pareció encenderla en ira y en el deseo desapoderado
de venganza. Persiguió, pues, a la muchacha con verdadero encarnizamiento,
y no le fue difícil hacer que la condenaran como cómplice en el
asesinato de Leonardo, a un año de encierro en el hospital de Paula.
Por estos caminos llegaron a reconocerse y a abrazarse la hija y la madre, habiendo
esta recobrado el juicio, como suelen los locos, pocos minutos antes de que
su espíritu abandonase la mísera envoltura humana.
Por lo que hace a Isabel Ilincheta, desengañada
de que no encontraría la dicha ni la quietud
del alma en la sociedad dentro de la cual le tocó
nacer, se retiró al convento de las monjas
Teresas o carmelitas, y allí profesó
al cabo de un año de noviciado.
|