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Cecilia Valdés o la Loma del Ángel (fragmento)

La Peña Blanca (fragmentos)

Casa de San Dionisio


Copiado en el álbum de una señorita

I
La tradición

Veintiséis o más leguas de esta ciudad y en su parte occidental, hacia las costas del norte, existe un pueblecillo, acaso sin un nombre bastante rotundo hoy, tal que haga fijar en él la atención del historiador presunto de la Isla; pero no por eso menos digno que otro, quizá de más valía y poblados, para que nos desdeñemos de sacar a la luz pública, revestidas con el carácter romanesco, algunas fechorías de que han sido ya parte, ya espectadores, sus sencillos habitantes. Bien conocida es la extensa cordillera de lomas que corren paralelamente, con algunas pocas interrupciones, a los largo de la Isla (E. A O.)

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En una de esas montañas, la que sirve de límites a la hacienda de S. Blas, hay un peñasco suspendido sobre un precipicio, el cual desde el pueblo se mira distintamente, que por su color blanquizco durante el día, se le conoce vulgarmente con el nombre de Peña Blanca. ¡Oh! y en las noches de luna el efecto es mágico, sobrecoge el ánimo, exalta la imaginación, nos infunde tristeza, ora respeto, admiración estúpida.

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Sucede con frecuencia que en medio del más claro día, se oscurece la peña repentinamente; y ese solo hecho, debido al pase de alguna nube por delante de los rayos solares, se mira por aquellos sencillos habitantes como un suceso sobre natural y de siniestro agüero. Corre entre ellos muy válida la opinión de que no ha habido vez que se haya encapotado el peñasco, sin que alguna desgracia sucediera en el pueblo.

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Pero mirad, mirad hacia el sur a la falda de aquella sierra que se pierde a lo lejos entre los densos vapores -¿no reparáis en un paño de tierra cuadrado de u hermoso azul, con alguna que otra mancha de bermejo y blanquizco?- pues ese es un cafetal. ¡Un cafetal! ¿Sabéis lo que es un cafetal? ¡oh! Un paraíso acá en el suelo, si no los poblasen tantos infelices que sufren y gimen, y lloran perpetuamente -por lo demás con los perfumes, las armonías, los encantos de una mansión celestial. Allí, más cerca, reparad en una pajiza cabaña, y más allá otra: fijad toda su atención en la primera que se ofrece a los ojos hoy está medio derribada por tierra, las lluvias calan su techo, los pájaros fabrican sus nidos en el alero, los bejucos trepan y se entretejen por las paredes de yagua, los panales de las avispas penden de sus umbrales- ¡ayer cobijaba un matrimonio feliz! Su historia, que en parte escuchamos de boca de un anciano respetable de aquel pueblo, con algunas variantes y coloridos que nosotros hémosle agregado, hela aquí:

 

II

La niña

Pero esas horas felices
Arrebatadas violaron
Y mil fantasmas rodearon
De espinas tu blanca sien
J.Q.Suzarte.

"Del pueblo de Guanajay vino a hacer mansión aquí, por los años de ...4, un tal D. N..., hombre raro en verdad por sus costumbres y el sombrío carácter que le dominaba. Trajo consigo una niña de bien tierna edad que parecía un grano de oro. Decíase que habiendo quedado viudo, había querido mudar de domicilio para distraerse del dolor que le causaba la irreparable pérdida de su esposa, y probar fortuna en otros pueblos, pero a aquel hombre extraño nunca se le vio reír, ni acariciar a su niña, ni mezclarse en las reuniones de los demás hombres. Cuando alguno iba a visitarle, por lo general lo encontraba retirado en algún rincón de su casa, pensativo y alicaído, como se suele decir.
"Crecía la niña y crecía con ella su gracia y su hermosura. Era tan mona, tan juguetona, con su pelo castaño y ensortijado que le caía por la espalda trigueña del sol, con sus ojos vivos y parduzcos, con su boquita encendida, su talle redondeado y sus pies chiquitos... ¡qué! Era una delicia aquella criatura. Le decíamos por sobrenombre: Tacita. Sí, porque era una tacita de oro ni más ni menos. Su nombre de pila era el de Elena. Los mozos más apuestos y galantes de aquí, estaban perdidos enamorados de Tacita: los tiples mejor templados sonaron en sus ventanas, y las voces de cantores las más melosas, le cantaron décimas llenas de amor y de ternura. -¡Qué! si tenía alborotado a todo el mundo el dianche de muchacha. -Todo era bailes, serenatas, carreras de caballos, pendencias, peloteras- un jubileo. Si bailaba llovían pintados pañuelos sobre sus hombros; si iba a la valla para ver las peleas, la nombraban reina del desafío, y a muchos de los gallos contendientes les ponían su nombre.
"Pero su padre, su maligno padre, su demonio, casi siempre venía con su presencia, y sus modos groseros a amargar los placeres de la joven y de todos sus admiradores. Hubo vez que con aquel aire de desenfado que le era tan natural, entró al baile, donde Tacita recogía radiosa nuestros aplausos y nuestros encomios, y la arrebató bruscamente de allí, dejándonos a todos maguados y estupefactos. Otras la encerraba, sin dejarla salir en buenos días, sólo porque sin su previo consentimiento se hubiese ido a bañar con sus amigas - ¡que la querían tanto! - Una noche... estaba yo sentado... aquí mismo, señor, donde le refiero esta historia... En ese portal... cuando a deshora, oí unos gritos lastimeros, como de quien le maltratan, y pugna por escaparse; gritos penetrantes que aún los tengo clavados en el corazón; porque nunca puede olvidárseme una ocurrencia como esa. Corrí solícito a donde el clamor se oía: -Era de Elena, cuya voz sofocada y renca conocí, que pedía socorro

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Estaban las puertas y las ventanas cerradas de firme. -De repente sentí un cuerpo que caía pesadamente, cuya cabeza, o los pies toparon con las yaguas, - Después un ¡ay! Casi apagado. No pude contenerme: de un empellón violento eché la puerta abajo, y toda la casa se estremeció. Entro de un salto hasta el medio de la sala -todo quedó en el mayor silencio, a oscuras. Trajeron luces...
Un hombre había desaparecido por una ventana del costado opuesto a el que por donde yo entré. Esta era el padre de Elena según pienso. Al cabo de algunos días díjose que se había ahogado en el río Tibisi, según unos; según otros que lo habían muerto y después lo arrojaron al agua: algunos pocos que el cadáver encontrado en el río no era el de N...lo cierto es: que desde entonces no se supo más de él.
"Por lo que hace a Elena, la pobre jovencita, llorosa, sumergida en el mayor dolor, apesadumbrada profundamente, no encontró más otro padre que yo, en dos años que la tuve a mi abrigo. Cuando le noticiaron la muerte de su padre, lloró amargamente - y si sucedía que le recordaban la ocurrencia de aquella noche, por saber de su boca, única que podía descifrar el enigma, el motivo cede su atropellamiento, se ponía encendida, luego pálida, se avergonzaba en seguida y prorrumpía al fin en llanto desesperado, de sentimiento. Se mantuvo así, tristonaza, por mucho tiempo; pero al cabo volvieron los bailes, las serenatas, las corridas de caballo, y con más petulancia, que por cierto me tenían ya rota la cabeza. Ella volvió a sonreírse, y ellos a enloquecerse de júbilo. Como faltaba su coco, desatábanse los enamorados, y cate usted aquí a mi Tacita, reina otra vez de los desafíos, y el sol del pueblo. Pero ella siempre conservó una cierta tintura de melancolía, de suma tristeza por el recuerdo de su malaventura, que en medio de las mayores diversiones, la obligaba a bajar la cabeza coronada de flores, para enjugarse una sola lágrima que le saltaba a los ojos sin quererlo la infeliz niña. Hasta que se casó con un mancebo de quien se enamoró y el de ella, muy a disgusto mío, porque el tal era de allá... de la Habana... muy galante y todo, eso sí; mas yo no le conocía, ni lo había visto mucho - aunque últimamente me hube dado mil parabienes, pues con frecuencia les hice mis visitas, y siempre los encontré tan uniditos, tan contentos, tan alegres... que se llevaban a las mil maravillas..."
Aquí el anciano conmovido y lloroso interrumpió su narración para continuarla otro día; pero nosotros, curiosos de saber en lo que había parado el matrimonio de la "niña abandonada", recurrimos en la hora a otros informes, y hé los pormenores con sus puntos y señales.

 

III

Los esposos

...¡Oh! si pudiera
Hacer que me adoraras cual te adoro,
¡Cuál fuera yo feliz! ¡Cómo viviera
De mundo en un rincón, desconocido,
Contigo y la Virtud......!
J. M. Heredia

... -A las orillas del arroyo y sobre las raíces de un frondoso cedro, estaban sentados Elena y su marido, en aquel abandono que produce la vista del objeto querido, con quien nos une un amor sincero, y en que se depositan toda la fe, y todas las creencias de un alma entusiasta.
Callaban, pero impaciente Casimiro (nombre del esposo) porque su mujer había desviado de él los ojos y e entretenía en contemplar otro objeto, removiéndola dulcemente, le dice,
-¿Por qué lanzas, hermosa mía, una mirada tan lánguida hacia ese arroyuelo? - ¿qué ves?
-Así pasa nuestra vida al presente: silenciosa, ignorada... ¡Dios nos lleve del mismo modo hasta el otro mundo! - sin dolores, sin amarguras, sin tropiezos.
-¡Qué triste estás hoy!
-No puedo remediarlo - yo te veo a mi lado, te siento, te oigo entusiasmada tal vez; pero luego que a tu voz se sucede el tristísimo ruido de los árboles y el arroyo, me parece que te has desvanecido... como el humo... y solo tu voz repiten los ecos de estas grutas.
-¡Melancólica! Sombreada está tu frente por las nubes del pesar ¿qué es eso amor mío? Tus cabellos desatados, en desorden esparcidos ¿por qué? Tu seno en esa agitación -¿no encuentras la calma en ninguna parte? Yo debiera quejarme de ti...
-¿Quejarte? -tú no tienes motivos para quejarte. - ¿Te causa extrañeza verme el pelo así? Mira, me lo suelto para que el viento lo mueva sobre tu frente y te despierte; porque tú también te duermes cuando estás a mi lado.
-¡Yo dormir!
-Al menos cierras los ojos.
-Para que tú me los abras con tus labios, desdeñosa.
-¡Ay! Si yo supiera que cuando tú te murieras te los podía abrir y que me vieses, entonces sí que te daba mil besos; pero ahora, me contento con que pienses en mí, aunque el sueño te importune -Y cuando yo me muera, ¿Qué harás tú, Casimiro mío?
-¡Oh! ¡tú no te vas a morir nunca!
-Yo sí, e ir a otro mundo mejor - ¿no es verdad?
-Sin duda.
-Al menos así lo he leído en un libro: que el que no ha hecho mal a nadie, y cree, y espera en Dios, se salvará.
-Efectivamente.
-Pues bien, cuando yo me muera -porque yo me he de morir primero que tú - tú mismo me vas a enterrar en una sepultura muy honda, y envolverás mi cuerpo con muchas sábanas, y lo cubrirás bien para que los gusanos no mele roan y me desguacen ¡lo sabes?- Luego, sobre la tierra, has de derramar flores para que embalsamen mi lecho eterno.
- ¿me prometes hacerlo así?
-Sí, Elena.
-Porque yo, en el caso que tú, haría lo mismo contigo. ¡Ah! Y el crucifijo pequeñito mío, me lo colgarás del cuello.
-Bien, bien. Pero mudemos de conversación.
-Y ¿me negarás un beso aquí... sobre la frente?
-Por Dios , Elena, Hablemos de otra cosa.
-Y tú cuidarás del niño y lo llevarás todas las tardes al sepulcro de su madre.
-Por la virgen, Tacita, cambiemos el asunto de nuestra conversación, que me hace sufrir mucho, mucho amiga mía. Tú no sabes lo que es la idea de la muerte cuando se está a tu lado - ¡es horrible!
-¡Caramba! Y te pones convulso para decírmelo.
Mira, mira el sol como se oculta: bien pronto es de noche. La hora esta no la olvidaré nunca -Era entre dos luces cuando conseguí de ti la primera gracia, la de colocar una flor en tu cabellera y tomar de ella otra. Una hora después, hábil y graciosa bailarina, rodeé tus trigueños hombros con un pañuelo morado, en premio de tu saber. A las doce de la noche, me juraste amor eterno. Rabiaba de celos la noche venidera - pero he vencido a todos mis contrarios - obtuve el triunfo mayor sobre tu corazón, por mi amor ardiente, la ternura con que siempre lisonjeé tu alma, y por los sacrificios con que arrastré la repugnancia de tu guardador a que nos amáramos.
-Y cuando me pongo a meditar sola en que nos hemos casado me parece mentira.
-¿Y por qué, cielo mío?
- Por muchos motivos. - De seguro que no reflexioné lo bastante para un sí tan exigido. Yo no sabía quien tú eras: no sabía más sino que pertenecías a una familia rica, que se había esmerado en darte buena educación: que te habías metido en el monte por no sé que desgracia - y bien pronto.

 
Redacción editorial: Mercedes Melo/ Diseño: Edgar Sánchez/ Edición web: Ruth Lelyen
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