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Dos amores, como todas las lucubraciones del señor Villaverde, es un documento precioso para el conocimiento de la génesis y desarrollo del género en nuestra literatura, y también para el estudio de la evolución del perseverante y laborioso escritor, que ha consagrado todas sus energías a recabar la independencia de la novela, dándole tono y caracteres genuinamente locales.

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Cecilia, una obra maestra del género, señala el grado máximo de perfeccionamiento que hasta ahora ha alcanzado nuestra literatura.

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Villaverde fue siempre apasionado hasta la exageración, y este exceso ha sido uno de los elementos más activos y preciosos de su arte. El prurito de reproducir lo real sin mutilarlo ni ponerle máscaras ni afeites, lo ha hecho aparecer como un producto del realismo contemporáneo.


No hay obra verdaderamente grande que no sea expresión de un sentimiento poderoso. El soplo de inspiración que anima las páginas de Cecilia Valdés es soplo de patriotismo, de amor compasivo a la colonia desgraciada, cuya imagen horrible se traza no obstante con segura mano, y de amor apasionado a la Cuba nueva que pugna por alzarse, por erguirse y caminar.


....dio Villaverde en sus apuntes de Excursión a Vueltabajo (...) gallarda muestra de sus dotes superiores, considerado como narrador, distinguiéndose en la animada descripción de tipos y lugares. Páginas ligeras, escritas sin grandes pretensiones, deleitan, sin embargo, por su naturalidad y frescura.


La trama de su Cecilia Valdés se complicó, el escenario se amplió, y la que había de ser, en la primera intención de su autor, mera novela de costumbres, se convirtió por la intensidad de la emoción, la riqueza de los recuerdos y la profundidad escrutadora de la mirada del artista patriota, en evocación maravillosa, en exteriorización palpitante de la vida íntima de un grupo humano. Cecilia Valdés es la historia social de Cuba.


.... aunque el argumento de El espetón de oro no sea en el fondo original, es una novela nueva en su género y sobre todo muy cubana. No puede confundirse esta obra (...) con ninguna de otro país: las escenas tienen todo el aspecto, colorido y especialidad locales: los personajes llevan el carácter distintivo de la sociedad, y el diálogo es eminentemente cubano y natural.


Publicada en 1843, Dos amores es un instrumento de gran utilidad para medir la evolución de Cirilo Villaverde en cuanto novelista, lo que vale decir la evolución de la novela cubana en el siglo XIX. Una vez más, hay que buscar los valores de la obra narrativa de este autor, en el logro de ambientes, en las descripciones (como las de la tienda de don Rafael y la casa de las beatas), en el dibujo de algunos personajes secundarios, en la intención de hallar asuntos propios cubanos. Una vez más, como en casi toda la obra de Villaverde, nos parece encontrarnos con bocetos de novelas que, de haberse desarrollado, hubieran podido tener una magnífica calidad. ¿No es esto lo que le ocurre a casi toda la narrativa cubana de la primera mitad del siglo XIX?


Ha muerto tranquilo, al pie del estante de las obras puras que escribió, con su compañera cariñosa al pie, que jamás le desamó la patria que él amaba, y con el inefable gozo de no hallar en su conciencia, a la hora de la claridad, el remordimiento de haber ayudado, con la mentira de la palabra ni el delito del acto, a perpetuar en su país el régimen inextinguible que le degrada y le ahoga.


Como creación artístico literaria no me conformo con Cecilia Valdés.(,,,) si la novela es obra de arte que ha de satisfacer el buen gusto, conteniendo a la vez un fondo de útil enseñanza, un fin moral, tendente al perfeccionamiento social, Cecilia Valdés o La Loma del Ángel no es una novela, o, por lo menos, no es tan buena como se la supone.

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Ahora, por lo que respecta a El Penitente, aún cuando vale bien poco, no vale más Dos Amores. A ser posible diría que la última vale menos. En El Penitente siquiera encuentra el lector movimiento, vida, algo, en fin, que revela cierto temperamento, bien que un tanto flojo, en el autor; pero en Dos Amores no encontrará otra cosa que sosera y monotonía insufribles en cada una de sus páginas.

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Y tengo para mí que Cecilia Valdés debe su desaprobación, demostrada por una tibia popularidad, más que a su imperfección artística al espíritu retrógrado que la informa. Que cuando todo en nuestros tiempos tiende a reformar, a democratizar las sociedades, y a enaltecer el sentimiento popular, claro está que no ha de recibirse con verdadera complacencia una obra que, no obstante de iniciar un plausible período de mejoramiento literario, ostenta en su fondo un marcadísimo apego a las más detestables vejeces de una época de maldición.

 
Redacción editorial: Mercedes Melo/ Diseño: Edgar Sánchez/ Edición web: Ruth Lelyen
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