Once caballos.
La Habana,
Ediciones Unión, 1970, 98 pp. (Colección Contemporáneos)
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Once caballos
Más
que un libro de cuentos, para los narradores de mi generación, aquel texto
(Once caballos) fue una lección de madurez. Lo leímos tan entusiasmados
que a partir de entonces se convirtió en uno de mis libros de cabecera.
EDUARDO HERAS LEON. Dora. Letras Cubanas (La Habana) (2): 135; octubre-diciembre
1986.
Once caballos partió también de una experiencia cercana:
yo visitaba el Zoológico asiduamente; una costumbre de años.
Le tengo mucha pena a los animales, mucho más a esos que viven
eternamente encerrados, privados del aire libre, convertidos muchas veces
en caricaturas; y lo que es peor, hay algunos que hasta se burlan de ellos.
A mí los animales nuevos, esos que nacen sin conocer la alegría
de la libertad, me duelen mucho. Y lo que he hecho en ese libro es aproximarme
a ellos, a su estado de deformación; un acercamiento por la vía
intelectual. Para mí, quien maltrata a un animal es lo mismo que
si maltratara a un niño, a un inocente de todo. Y esas vivencias,
como muchas otras son desgarradoras e imperecederas también.
La serpiente y el Jockey
[...]Un solo grito dio el pato y empezó a luchar en silencio contra
la serpiente, sacudiéndose, golpeándola con las alas. Bullía
el agua; se derramaba corriendo por el piso. Nunca estuvo más vivo
el pato azul; cada gota de su sangre, cada pedazo del cuerpo y los pulmones
que se inflaban con un aire mortal, peleaban con fiereza, defendiéndole.
La "Mai d'agoa", pegada al fondo, anudaba su presa, que estiraba
el cuello pugnando por sacar la cabeza para respirar. Acabó soltando
un chorro de burbujas por el pico entreabierto. La última subió
lentamente y estalló muerta al borde del espejo.
Al primer intento de festín se demostró la torpeza de la
cabeza chata, ayudada por la lengua bífida, activa. El gran cuerpo
acomodaba al pato entre sus anillos, soltando y aflojando...
El tope ciego cesó al encontrar el pico, comenzando entonces el
placer animal, devorador. Afirmadas las seis hileras de movibles dientes,
la entreabierta cápsula amarilla, el ojo vidrioso cubierto a medias
por el párpado, la cabeza lacia, el largo cuello, eran sorbidos
lentamente entre brillo de laca manada de las fauces. El hocico de la
Anaconda dilataba su elástica dimensión, mostrando los rojizos
alveolos. Avanzaban por turno las mandíbulas, mordiendo para afirmar
y engullir.
Se removía el reptil, ondulaba sobre las alas entreabiertas, plegándolas.
Las absorbía con el grueso del cuerpo en las fauces atascadas.
Al desaparecer las patas por el hueco devorador, el Jockey, ahito, se
apartó del reptiliario[...]
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