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Ponolani
Yo
no creo que Dora Alonso haya escrito un libro más suyo que éste
(...) Ponolani (...) este libro de Dora donde la poesía tiene en
su suave voz de evocada ternura, una acusación profunda por el
crimen de la trata cometido.
ONELIO JORGE CARDOSO. Unas palabras. En: ALONSO, DORA. Ponolani,
La Habana, Editorial Gente Nueva, 1978, pp. 7, 9, 10.
Ese libro fue creado por la necesidad que sentí de referir a nuestros
muchachos la hermosa aventura de la búsqueda y captura de un ejemplar
de la llamada gaviota negra que, efectivamente, realicé en unión
de un modesto científico y amigo, por los mismos lugares de la
costa norte de Cuba que se describen. Todo resultó fácil
y muy lejos de la elaboración intelectual. Entendí que los
niños no disponían de un libro de esa característica
y sentí profundo gozo al ofrecérselo, llevándoles,
con la aventura el interés por la ciencia y el conocimiento de
los logros obtenidos por el pueblo a partir del triunfo de la Revolución.
Emilia me refería de su abuela paterna, que era mandinga. De su
abuelo, gangá. De su madre, nativa de una aldea llamada Sama Guenguení.
Su madre era macuá.
Otros dicen que era macuá?yambaní. No sé... Yo soy
criolla.
Seguía contando Emilia:
-Allá en su pueblo ellos comían, mi abuela, mi abuelo, todos
ellos, guías de calabaza, malanga, maní, namuñé
y ají con pescaditos secos machacados juntos.
Emilia continuaba:
-Mi abuela estaba embarazada de ocho meses cuando mandó a mi madre
a buscar agua al río en un calabazo...
Ponolani, la negrita macuá, obediente, con sus pies descalzos y
ágiles donde se enredaban bejucos y florecitas silvestres, caminó
los trillos húmedos hace más, mucho más de cien años.
Los húmedos trillos de una escondida aldea del continente lejano.
Tal vez era la mañana y se entretuvo con las mariposas o mirando
algún vuelo de colores violentos. O sintiendo el ruido de la cascada
donde las piedras se adivinaban mojadas, mojadas...
Los ojos de la niña serían muy brillantes y reflejarían
todo lo que se movía en la selva. Y en el agua limpia. Y en el
aire donde la luz ponía signos de pájaros cada nueva mañana.
Quizá si Ponolani se sentaría un momento sobre un tronco
a sonreír y a pensar en los cuentos que la noche antes oyera referir
a un abuelo de mota nevada, mientras la Luna salía redonda y grande
y lenta Luna de agua madura, por encima de la choza africana, derramándose
sobre la selva dormida y poniéndose en los ojos de las leonas.
El güiro iba en su hombro oscuro, de piel fina, estirada. La manita
niña lo abarcaba, sujetándolo firme. Otra vez Ponolani echaba
a andar con su paso sin ruido, con sus dos pies finos que eran amigos
de la tierra y de las hojas caídas, viendo danzar las ramas sobre
su cabeza y sintiendo por la frente menuda el paso de los cuentos y de
las maravillas de los diez años.
La hija de la tribu no vio nada distinto aquel día. Su oído
negro, su pequeña oreja de cristal no sintió ruido diferente:
que pasaba el río y pasaba, murmurando en su corriente y haciendo
avanzar ramitas, yerbas, algún lomo de cocodrilo fugaz. O anchas
flores nacidas del corazón del agua.
Y, sin embargo, allí cerca, más que fiera y que colmíllo,
y garra, escondido en el río y en la selva de siempre y de luna,
la acechaban...
Cuando quiso huir, ya era tarde. Cuando quiso gritar, ya era tarde. A
golpes de palo de monte, de duro palo de hierro, le partieron un brazo.
Como ala de pájaro quedó colgando el brazo de la niña
africana de la aldea de Sama Guenguení.
Y en su ala mutilada sin respeto ni justicia de ángeles, enredaron
cadenas los hombres de la trata, que la apresaron. Que se la llevaron.
El mar azul de Yemayá mecía después la niña
y el barco, robándosela a los trillos y a las mariposas y a la
voz de la madre, que clamaba por ella, abriendo anchos círculos
de silencio y de miedo en la selva intranquila:
¿Ponolani, ¡ay, Ponolani!...
Y el alma sola, acongojada. Sin respuesta.
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