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"Dulce María
Loynaz en Sevilla y Granada"
Llegó a Sevilla el 20 de noviembre, sintiéndose
rendida de cuerpo, saltándole la emoción
del encuentro con un lugar predilecto en su corazón.
El mismo día de arribo, una comisión del
Ateneo visitó a Dulce María y a Pablo para
darles la bienvenida a su legendaria ciudad, rogándole
a la primera les concediera el honor de dar un recital
de su poesía en esta sociedad, cuya tribuna había
sido tantas veces prestigiada por la elocuencia de Villaespesa,
los Machado, García Lorca, y la interminable teoría
de poetas levantinos, así como el cubano Gustavo
Sánchez Galarraga.
(...)En 1953 retorna a España para la publicación
de sus libros Poemas sin nombre
y Carta de Amor al rey de Tut-Ank-Amen.
Invitada por la Universidad de Salamanca asiste a la celebración
del V Centenario del nacimiento de los Reyes Católicos.
Como especial deferencia le ofrecen la cátedra
de Fray Luis de León que hasta entonces nadie había
ocupado, donde diserta sobre el tema "Influencia
de los poetas cubanos en el modernismo", conferencia
magistral de referencia obligada para todo investigador
sobre tema tan controvertido, que mantiene toda su vigencia.
(...)El 24 de noviembre llegó a Granada, siendo
recibida por las personalidades más importantes
de la época. Sin descansar un solo momento se dirigió
a la Alhambra, en una serena tarde «casi como hecha
de encargo» -dijo. Se emocionó al reencontrarse
con el Generalife, el maravilloso palacio y Jardines de
los Reyes Moros, bella muestra de la arquitectura árabe
en Granada. Ella que amó el agua y admiró
la gallardía del ciprés, se sintió
rodeada de esos entrañables amigos. La mirada curiosa
de Dulce María se prendó y prendió
de cada surtidor, fuente o canalillo de agua como una
enamorada, porque ella fue llamada «la poetisa del
agua».
"Cómo
se escribió Jardín"
Una vez le escribí a Dulce María Loynaz
dándole una opinión sobre la novela, que
desde 1951 me acompaña a todas partes. Ella me
respondió el 24 de septiembre de 1988: su juicio
sobre Jardín, dicho en
varias palabras, me parece no solo acertado, sino también
original. Son cuatro palabras nada más y sin embargo
las más cercas de definirla: «Romántica
y realista, barroca y surrealista».
(...)Opino que Jardín tiene
una marcada influencia del primero de los cubanos, haciendo
hincapié en «Lucía Jerez», por
su tratamiento cinematográfico sin que Martí
conociera el séptimo arte. Pura intuición
genial que en Dulce María cobra una dimensión
insólita.
(...)Al final de la libreta quinta escribe: «Me
asombra pensar que he podido escribir todo esto sin ninguna
esperanza. ¿Pero cuando hice algo con esperanzas?»
De todos sus libros este fue el más amado y el
más odiado. Con Un verano en Tenerife,
estaba tranquila por considerarlo «el de mejor lenguaje,
el mejor equilibrado, el más ameno», pero
Jardín la mantuvo inquieta,
expectante ante una valoración negativa. A veces
no permitía que se le preguntara, ni siquiera se
la nombrara. Cada tres o cuatro años lo leía
y cuando careció de visión obligaba a que
se lo leyeran.
(...)Jardín, que es eminentemente
cinematográfica. Hay capítulos cuya sucesión
vertiginosa de imágenes pide a gritos la visualización
y el dinamismo propio del cine. El rejuego espacio -temporal
da pie a originales retrospectivas, como la que se produce
en el momento en que Bárbara contempla las fotografías
de su infancia. O cuando la joven de 19 años ciñe
a su cuerpo el vestido de la muerta en el polvoriento
pabellón del Jardín. Aquí hay disolvencias
explícitas que indican a través de la descripción,
hasta los movimientos de una cámara. ¿No
declaró Dulce María su devoción desde
niña por el cine, sobre todo por el mudo? ¿Y
no es el mejor cine mudo la expresión absoluta
de la imagen en movimiento? ¿No es Jardín
mudo y movible?
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"Dulce María
Loynaz, el ala oscura de su rebeldía"
Dulce María Loynaz (...)figura apartada, sólida
en su apartamiento, extraña en un mundo que se
asomaba a ella con la intención de quien observa
un animal mitológico; escogió para definir
una de sus obras más insólitas, la novela
lírica Jardín,
un calificativo que le cabe a ella toda: extemporánea.
No se ha leído del todo la fuerza que el tema del
tiempo, o antes bien, la inadecuación a su tiempo,
tiene en la obra de esta mujer, que en uno de sus primeros
poemas no duda en afirmar, justamente: “¡me
quedé fuera del tiempo!”. Un tiempo que Lezama
redescubrió, al leer la ya nombrada novela, como
el tiempo del Jardín, de esa suerte de Edén
terrible en el cual la autora, como Bárbara, se
cree a salvo. Olvidada durante décadas, encerrada
en su palacete de 19 y E, no dudó en enfrentarse
a Nicolás Guillén cuando este definió
en plumazo burdo a la mal sobreviviente Academia Cubana
de la Lengua que ella albergaba en su mansión,
a falta de una verdadera sede. Respondió con silencio
al silencio que le ofrendaron, y abrió con recelo
y luego sorpresa sus puertas ante la curiosidad que su
nombre levantó como renovado mito en los años
90. “¿Quién coño es esta vieja?”,
se dice que preguntaron algunos periódicos españoles
cuando se le concedió el premio Cervantes en el
mismo país que publicara sus libros a fines de
los cincuenta, y al cual regresó en busca de Dios
sabe qué. Uno de los más gruesos volúmenes
de la serie Valoración Múltiple
de la Casa de las Américas fue preparado
por Pedro Simón sobre su obra y figura, al tiempo
que Aldo Martínez Malo turbaba a quien quisiera
oírlo con cuentos de sus asedios a la repentinamente
redescubierta escritora.
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"La dama del agua"
El libro (se refiere al poemario Juegos de
agua, 1947) posee una estructura geométrica
muy definida: tres partes -«agua de mar»,
«agua de río», «agua perdida»-
con 19 poemas cada una de ellas y que, a su vez, quedan
agrupados de cinco en cinco con tres poemas cada subparte
y separados entre sí por prosas. Si añadimos
el poema que sirve de introducción, tendríamos,
en consecuencia, un total de 58 unidades poemáticas.
(...)Cuando en el poema introductorio se habla de juegos
de agua, que sirve de título al libro, sabemos
que ahí se destierra toda ambigüedad para
precisar una historia con doble sentido. Uno real: el
de esas fuentes monumentales con surtidor a cuyas combinaciones
de distintos chorros -maravillosa proyección geométrica-
se las llama en jardinería juegos de agua. Y otro
ontológico: el rumbo inesperado de una sustancia,
aparentemente endeble y figurativa, que enfila motivos
existenciales y refuerza lo que realmente somos: una mutación
de tiempo y eternidad, un estupor de vida y muerte, una
sucesión de formas como expresión del mundo.
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"Dulce María
Loynaz"
(...)Dulce María Loynaz nos conduce con su poesía
a esas instancias señaladas: unidad, semejanza,
otredad, crecimiento, multiplicación, metáfora,
religiosidad.
(...)El amor proporciona el conocimiento del alma. Esta
en Dulce María se resuelve en la tradición
occidental. Ella es el origen de los actos. Estos hacen
brillar el destino, el indescifrable fin. El alma se despliega
en el mundo: sea mártir, amante o madre. Todos
colocan el hechizo de lo invisible, de aquello que asalta
a la memoria y la sangre sobre el tiempo en el que el
alma transcurre. Ella está dirigiendo el mundo
porque habita el suceder, la memoria.
(...)En Dulce María Loynaz la espera, la salvación,
se van formando por el ritual de la invocación
y de la evocación. Se evoca el tiempo ido, el paraíso
no del todo perdido porque todavía tiene su marca,
su señal, su hálito que duele. Se invoca
el invisible Espíritu para que asista el acto.
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"Estudio de condecoraciones
recibidas por Dulce María Loynaz"
(...)Dulce María Loynaz, mujer universal, poesía
en sí misma. Pocas como ella en nuestro tiempo
han embellecido la lengua española, y no sólo
a través de la poesía y la novela, sino
también en ensayos, artículos, conferencias,
charlas, pletóricas de elocuencia magistral en
el manejo del idioma castellano, claridad y sencillez,
la contención, y sobriedad en la expresión
lírica, sus versos sin sesgo alguno de feminismo
fanático, poseen la fragilidad del cristal de roca.
Tiene Dulce María Loynaz un exacto domino del lenguaje.
La riqueza de su léxico se advierte a las claras
en la plasticidad con que moldea las imágenes,
reales o ensoñadas, que confirman un texto, elaborado
y complejo. Estas peculiaridades apuntadas por los críticos
la llevaron a recibir homenajes, honores en diferentes
instituciones del país y de España en los
cuales ofreció lo mejor de sí, lleno de
magia, con una mezcla de cubanía y de universalidad.
(...)Dulce María Loynaz se mantiene como una de
las más importantes figuras de la lengua hispana.
En su lírica, el fenómeno adquiere de pronto
caracteres definidos porque es mujer que se caracteriza
por expresar sus vivencias con una pupila directa y sensorial.
Su poesía tiene el encanto de la entrega total,
en fin, poesía descarnada, lírica y audaz.
Ideas e imágenes brotando de agua cálida
y siempre viva bañando el fértil cauce de
la mejor poesía cubana; facultades que pueden hacerla
merecedora de nuevas condecoraciones y a la vez ser ejemplo
de integridad para la nueva generación.
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"Un verano en Tenerife:
el viaje como tropo"
Es curioso el hecho de que varias autorizadas
opiniones de intelectuales españoles en la década
de publicación de este libro remitiesen con insistencia
a la cualidad de libro de viajes de esta obra y, solo
tangencialmente, se refiriesen a la funcionalidad de la
prosa o al montaje de la historia, lo que ajuntado a una
comprensión cabal del canario o el isleño,
analizada con profundidad su psicología, hacen
que el texto resista con sobriedad, pero firme, el paso
de medio siglo y pueda leerse hoy con una total actualidad
técnica. Articulistas como Eusebio García-Luengo
no dudan en calificar al libro, aunque quizás de
manera epidérmica, con una connotación turística
evidente (...) no obstante su insistencia en ver en el
libro una bella guía literaria, a insertar en el
cuerpo de su trabajo un pequeño párrafo
que da cuenta cabal de algo muy evidente, el principal
logro estilístico del libro: la calidad de la prosa.
Un verano en Tenerife es un
libro poético, una interpretación lírica
de las Islas Canarias, pero no un suspiro nostálgico,
aunque, metafóricamente, pudiéramos definir
así la obra de Dulce María Loynaz poemática,
en primer término y en alto grado, pero utilísima
en cuanto es capaz de llevarnos allí y de conducirnos
a lo largo de las costas y tierra adentro, del valle a
las cumbres, con el increíble saber de un «cicerone»
inverosímil. |
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"Los últimos
silencios de una casa"
Dulce María Loynaz publicó su poema,
Últimos días de una casa,
en Madrid, Colección Palma, Serie Americana, 31
de diciembre de 1958. Quizás, en el momento de
hacerlo, no tenía conciencia de que sería
éste el fin de su carrera como poetisa. (...)acercarse
entonces a este poema es hacerlo también a una
despedida, pero a una despedida en soledad(...)
En Últimos días de una casa,
la Loynaz traspasa las fronteras entre la poesía
y la prosa (...) esta subversión genérica
es advertida (...)pero esta vez desde un lenguaje poético
(...)donde el marcado interés de la autora por
marcar el tiempo y el espacio, el transcurrir de la historia
hace que se sienta con fuerza el diálogo, la narración.
La casa necesita contar su historia y entonces el llamado
sujeto lírico se convierte en un sujeto que dialoga
con el lector o con todo aquel que quiera oír contar
su historia.
Porque hay que decirlo de una vez: ella era la casa. Recinto
en soledad y tristeza permanente. Atada a un pasado que
le nutría un presente en ocasiones hostil. Digna
en su vetustez. Erguida y firme, a quien ninguna pica
pudo derrumbar. Porque ella era historia, memoria conservada,
raíz fundacional de una isla: su Isla. |
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