Tiempoi
 



100000

El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro...
¡Quién lo pudiera tornar
-y en tu boca... -otra vez beso!

200000

Quién pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
Partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco...

300000

Es tarde para la rosa.
Es pronto para el invierno.
Mi hora no está en el reloj...
¡Me quedé fuera del tiempo!...

400000

Tarde, pronto, ayer perdido...
mañana inlogrado, incierto
hoy... ¡Medidas que no pueden
fijar, sujetar un beso!...

500000

Un kilómetro de luz,
un gramo de pensamiento...
(De noche el reloj que late
es el corazón del tiempo...)

600000

Voy a medirme el amor
con una cinta de acero:
Una punta en la montaña
La otra... ¡clávala en el viento!

 




Eternidadoi
 


i

 

No quiero, si es posible
que mi beneficio desaparezca
,
sino que viva y dure toda la
vida de mi amigo.

000000000000000 Séneca
 
 


En mi jardín hay rosas:
Yo no te quiero dar
las rosas que mañana...
Mañana no tendrás.

En mi jardín hay pájaros
con cantos de cristal:
No te los doy, que tienen
alas para volar...

En mi jardín abejas
labran fino panal:
¡Dulzura de un minuto...
no te la quiero dar!

Para ti lo infinito
o nada; lo inmortal
o esta muda tristeza
que no comprenderás...

La tristeza sin nombre
de no tener que dar
a quien lleva en la frente
algo de eternidad...

Deja, deja el jardín...
no toques el rosal:
Las cosas que se mueren
no se deben tocar.





Canto a la mujer estérili
 




Madre imposible: Pozo cegado, ánfora rota,
catedral sumergida...
Agua arriba de ti... y sal. Y la remota
luz del sol que no llega a alcanzarte. La Vida
de tu pecho no pasa; en ti choca y rebota
la Vida y se va luego desviada, perdida,
hacia un lado -hacia un lado...-
¿Hacia dónde?...
Como la Noche, pasas por la tierra
sin dejar rastros
de tu sombra; y al grito ensangrentado
de la Vida, tu vida no responde,
sorda con la divina sordera de los astros...


0

¡Púdrale Dios la lengua al que la mueva
contra ti; clave tieso a una pared
el brazo que se atreva
a señalarte; la mano obscura de cueva
que eche una gota más de vinagre en tu sed!...
Los que quieren que sirvas para lo
que sirven las demás mujeres,
no saben que tú eres
Eva...
¡Eva sin maldición,
Eva blanca y dormida
en un jardín de flores, en un bosque de olor!
¡No saben que tú guardas la llave de una vida!...
¡No saben que tú eres la madre estremecida
de un hijo que te llama desde el Sol!...

 








Juegos de agua
 

Los juegos de agua brillan a la luz de la luna
como si fueran largos collares de diamantes:
Los juegos de agua ríen en la sombra... Y se enlazan
y cruzan y cintilan dibujando radiantes
garabatos de estrellas...
Hay que apretar el agua Hay que apretar el agua
para que suba fina y alta... Un temblor de espumas
la deshace en el aire; la vuelve a unir... desciende
luego, abriéndose en lentos abanicos de plumas...

Pero no irá muy lejos... Ésta es agua sonámbula
que baila y que camina por el filo de un sueño,
transida de horizontes en fuga, de paisajes
que no existen... Soplada por un grifo pequeño.

¡Agua de siete velos desnudándote y nunca
desnuda! ¡Cuándo un chorro tendrás que rompa el broche
de mármol que te ciñe, y al fin por un instante
alcance a traspasar como espada, la Noche!

 





El remanso
 

Río cansado se acogió a la sombra
de los árboles dulces..., de los árboles
serenos que no tienen que correr...
Y allí se quedó en gracia de recodo.

Ya está el remanso. Mínimas raíces
lo fijan a la orilla de su alma:
Reflejando las luces y las sombras,
se duermen con un sueño sin distancias...

Es mediodía: Por el cielo azul
una paloma pasa...
El río está tan quieto
que el gavilán, oculto entre las ramas,
no sabe ya por un instante
dónde tender el vuelo con la garra:
Si al fino pájaro del aire
o al pájaro, más fino aún, del agua...

 





Últimos días de una casa
(fragmentos)


A mi más hermana que prima,
Nena A. Echeverría


No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días
este extraño silencio:
silencio sin perfiles, sin aristas,
que me penetra como un agua sorda.
Como marea en vilo por la luna,
el silencio me cubre lentamente.

Me siento sumergida en él, pegada
su baba a mis paredes;
y nada puedo hacer para arrancármelo,
para salir a flote y respirar
de nuevo el aire vivo,
lleno de sol, de polen, de zumbidos.

He dormido y despierto. O no despierto
y es todavía el sueño lacerante,
la angustia sin orillas y la muerte a pedazos.
He dormido y despiértome al revés,
del otro lado de la pesadilla,
donde la pesadilla es ya inmutable,
inconmovible realidad.

He dormido y despierto. ¿Quién despierta?
Me siento despegada de mí misma,
embebida por un
espejo cóncavo y monstruoso.
Me siento sin sentirme y sin saberme,
entrañas removidas, desgonzado esqueleto,
tundido el otro sueño que soñaba.

 





Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen
(1929)(192

Joven Rey Tut-Ank-Amen, muerto a los diecinueve años: déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.
A ti las digo, Rey adolescente, también quedado para siempre de perfil en su juventud inmóvil, en su gracia cristalizada... Quedado en aquel gesto que prohibía sacrificar palomas inocentes, en el templo del terrible Ammon-Ra.
Así te seguiré viendo cuando me vaya lejos, erguido frente a los sacerdotes recelosos, entre una leve fuga de alas blancas...
Nada tendré de ti, más que este sueño, porque todo me eres vedado, prohibido, infinitamente imposible. Para los siglos de los siglos tus dioses te guardaron en vigilia, pendientes de la última hebra de tus cabellos.
Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche... Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus diecinueve años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor.
Pero no me esperaste y te fuiste caminando por el filo de la luna en creciente; no me esperaste y te fuiste hacia la muerte como un niño va a un parque, cargado de los juguetes con que aún no te habías cansado de jugar... Seguido de tu carro de marfil, de tus gacelas temblorosas...
Si las gentes sensatas no se hubieran indignado, yo habría besado uno a uno estos juguetes tuyos, pesados juguetes de oro y plata, extraños juguetes con los que ningún niño de ahora -balompedista, boxeador- sabría ya jugar.
Si las gentes sensatas no se hubieran escandalizado, yo te habría sacado de tu sarcófago de oro, dentro de tres sarcófagos de madera, dentro de un gran sarcófago de granito, te hubiera sacado de tanta siniestra hondura que te vuelve más muerto para mi osado corazón que haces latir... que sólo para ti ha podido latir, ¡oh, Rey dulcísimo!, en esta clara tarde del Egipto -brazo de luz del Nilo.
Si las gentes sensatas no se hubieran encolerizado, yo te habría sacado de tus cinco sarcófagos, te hubiera desatado las ligaduras que oprimían demasiado tu cuerpo endeble y te hubiera envuelto suavemente en mi chal de seda...
Así te hubiera yo recostado sobre mi pecho, como un niño enfermo...Y como a un niño enfermo habría empezado a cantarte la más bella de mis canciones tropicales, el más dulce, el más breve de mis poemas.






Envidia
 


Alguien dijo: -Tuyo es el vino. Y yo miré las viñas rojas, moradas de racimos, con hojas delicadamente labradas. Eran las viñas que dijeron ser mías, y a su tiempo, cada uno bebió su copa bien colmada.
Alguno dijo de nuevo: -Tuyo es el camino. Y yo planté árboles a un lado y a otro. Y la sombra era ancha y hubimos todos sombra de mi mano.
Volvieron a decir: -Tuyo es el canto. Y la canción se fue por el camino, por el vino...
Y yo que me sabía pobre, de una pobreza sin nombre. Y triste, de una tristeza sin derechos, sin quejas y sin fin, rasgué mi ropa y les mostré mi herida.
Y aún les oí decir con los ojos turbios de envidia:
-¡Maravilloso rubí!






La novia de Lázaro
(1993)


A mi hermana Flor

"(...)y el que había estado muerto, salió
atadas las manos y los pies con vendas
y su rostro estaba envuelto en un sudario.
"
(Vers. 44, Cap. 8, Evang. S. Juan)

I

Vienes por fin a mí, tal como eras, con tu emoción antigua y tu rosa intacta, Lázaro rezagado, ajeno al fuego de la espera, olvidado de desintegrarse, mientras se hacía polvo, ceniza, lo demás.
Vuelves a mí, entero y sin jadeos, con tu gran sueño inmune al frío de la tumba, cuando ya Martha y María, cansadas de esperar milagros y deshojar crepúsculos, bajaban en silencio lentamente la cuesta de todas las Bethanias.
Vienes; sin contar con más esperanza que tu propia esperanza ni más milagro que tu propio milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida todavía al último beso.
Vienes todo de flor y luna nueva presto a envolverme en tus mareas contenidas, en tus nubes revueltas, en tus fragancias turbadoras que voy reconociendo una por una...
Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo y la distancia, a salvo del silencio: y me traes como regalo de bodas, el ya paladeado secreto de la muerte.
Pero he aquí que como novia que vuelvo a ser, no sé si alegrarme o llorar por tu regreso, por el don sobrecogedor que me haces y hasta por la felicidad que se me vuelca de golpe. No sé si es tarde o pronto para ser feliz. De veras no sé; no recuerdo ya el color de tus ojos.

II

Tú dices que no es tarde y que la muerte no tiene más sabor que tiene el agua. Dices que fue apenas en la reciente lunada cuando te dejamos tras la terrible piedra del sepulcro y aún no segaron en la mies el trigo que estaba verde la mañana aquella en que salimos a castrar colmenas y nos besamos por la vez última...
Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes. Sólo cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé a morirme bajo los números y las horas y los días que en mi cuenta se hicieron infinitos como son infinitas las angustias que caben en un instante de mal sueño.
¿Por qué quieres que cuente bien ahora, que tengo prisa ahora, cuando ya con los dientes le gasté todos sus filos a la prisa? Yo esperé un siglo sin esperar nada. ¿Y tú no puedes esperar un minuto esperándolo todo?
Dime, Lázaro: ¿Acaso no era más difícil resucitar que quedarte, cuando mi alma se abrazaba a la tuya forcejando hasta desangrarse, con la muerte?
Vamos, refrena ahora los corceles de tu estrenada sangre y ven a sentarte junto a mí, ven a reconocerme.
Yo también soy ya nueva de tan vieja: de los milenios que envejecí mientras el trigo maduraba en la misma mies, mientras lo tuyo era tan sólo una siesta de niño, una siesta inocente y pasajera.
Y no te impacientes, amado mío, que yo aprendí paciencia como letra con sangre, bien entrada.






Poema VI
 

Vivía- pudo vivir- con una palabra apretada entre los labios.
Murió con la palabra apretada en los labios.
Echaron tierra sobre la palabra.
Se deshicieron los labios bajo la tierra.
Y todavía quedó la palabra apretada no sé dónde!
 





Poema XIX
 

Las hojas secas, ¿vuelan o se caen? ¿O es que en todo vuelo la tierra queda esperando, y en toda caída hay un estremecimiento de ala?





Poema XXIII
 

Los ojos miran las azules estrellas; los pies, humildemente junto al suelo, sostienen un pedestal a los ojos que miran las azules estrellas.






Poema XXIX
 

En cada grano de arena hay un derrumbamiento de montaña.
 





Poema LXXIII
 

¿Y esa luz?
-Es tu sombra.

 





Poema CXVII
 

Poesía y amor piden paciencia. Amor es espera y sajadura. Poesía es sajadura y espera. Y los dos, una vigilia dolorosa por unas gotas de resina…
Esa preciosa, aromática resina que sólo cae muy lentamente, mientras arriba el sol o la ventisca devoran la cabeza de los pinos.





Lección primera
Tegernaria doméstica
(Araña común)
 



La Araña gris de tiempo y de distancia
tiende su red al mar quieto del aire,
pescadora de moscas y tristezas
cotidianas...

Sabe que el amor tiene
un solo precio que se paga
pronto o tarde: la Muerte.
Y Amor y Muerte con sus hilos ata...

 





Lección cuarta
Apis Mellifica
(Abeja)
 


00Visión dinámica:
000000000000000Embriaguez de rosa,
miel en tránsito y oro en grano vivo;
hélices para el vuelo de algún sueño…

00Visión estática:
000000000000000Panal labrado,
catedral gótica de cera…

 





Sumisión

Porque ataron mis huesos
unos con otros, soy.
Porque algún día los desatarán
ya no seré.
Soy y no soy sólo a través
de este poco de cal y de artilugio.
Camino y no me aparto de una vida
hecha ya de antemano
para la eterna inmovilidad,
de una muerte
enderezada brevemente.
Camino todavía,
pero mi propia muerte me cabalga:
Soy el corcel de mi esqueleto.

Para el que sabe ver la sombra es sólo tránsito de luz a luz.

¿Te deshilaron de las neblinas boreales, o te hicieron con zumo de violetas en una concha de nácar?...

 





XXIII
 

De amar mucho el lirio, viene uno a ser lirio también.
 





LXI
 

El que yo amo es blanco como los lirios de la montaña; más que los lirios…
El que yo amo es como un marfil exquisito, como una rosa de plata, como un vaso de alabastro.
El que yo amo es blancura de sal, de la sal virgen en los bloques deslumbrantes.
Blanco de sal es, blanco de nardo, el que yo amo.
Ni la sombra de un ala ha pasado un instante sobre su blancura; ni la sombra de un ala, ni la más tenue sombra del ala más delgada.
El que yo amo, lo amo en el sol y allí se está alto, solo y erguido como un gran lirio maravilloso.
¡Como un gran lirio, él solo bajo el cielo!






LXXXII
 

Melancolía de otoño en mi jardín: El viento de la tarde esponja los árboles mojados de la reciente lluvia y las rosas deshojadas dejan un reguero de pétalos sobre la tierra negra.
- Un piano a lo lejos… -
Sueñan las cosas en la hora lila y yo pienso dulcemente que me baña el resplandor que se va y me hace como una joven reina lánguida, dueña de todo este último oro…
Melancolía de otoño en mi jardín
.





La última hora
 

Por mísero cinismo compelido
se encuentra Judas en aquella cena
y aunque la envidia y el temor refrena
entorna las pupilas confundido.

Cristo, de sus ensueños abstraído,
y con palabra de dulzura plena
sin ira dice, con quietud serena:
“¡Uno que aquí se encuentra, me ha vendido!”

Entonces los apóstoles temblaron;
mirándose con miedo, vacilaron…
y Pedro, levantándose exclamó:

-¡Di quién es de nosotros el culpable
para escupir el rostro al miserable!-
y Cristo nada dijo. Sonrió.