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Tiempoi
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100000
El beso que no te di
se me ha vuelto estrella dentro...
¡Quién lo pudiera tornar
-y
en tu boca... -otra vez beso!
200000
Quién
pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
Partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco...
300000
Es
tarde para la rosa.
Es pronto para el invierno.
Mi hora no está en el reloj...
¡Me quedé fuera del tiempo!...
400000
Tarde,
pronto, ayer perdido...
mañana inlogrado, incierto
hoy... ¡Medidas que no pueden
fijar, sujetar un beso!...
500000
Un
kilómetro de luz,
un gramo de pensamiento...
(De noche el reloj que late
es el corazón del tiempo...)
600000
Voy
a medirme el amor
con una cinta de acero:
Una punta en la montaña
La otra... ¡clávala en el viento!
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Canto
a la mujer estérili
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Madre
imposible: Pozo cegado, ánfora rota,
catedral sumergida...
Agua arriba de ti... y sal. Y la remota
luz del sol que no llega a alcanzarte. La Vida
de tu pecho no pasa; en ti choca y rebota
la Vida y se va luego desviada, perdida,
hacia un lado -hacia un lado...-
¿Hacia dónde?...
Como la Noche, pasas por la tierra
sin dejar rastros
de tu sombra; y al grito ensangrentado
de la Vida, tu vida no responde,
sorda con la divina sordera de los astros...
0
¡Púdrale
Dios la lengua al que la mueva
contra ti; clave tieso a una pared
el brazo que se atreva
a señalarte; la mano obscura de cueva
que eche una gota más de vinagre en tu sed!...
Los que quieren que sirvas para lo
que sirven las demás mujeres,
no saben que tú eres
Eva...
¡Eva sin maldición,
Eva blanca y dormida
en un jardín de flores, en un bosque de olor!
¡No saben que tú guardas la llave de
una vida!...
¡No saben que tú eres la madre estremecida
de un hijo que te llama desde el Sol!...
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Últimos
días de una casa
(fragmentos)
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A mi más hermana que prima,
Nena A. Echeverría
No sé por qué se ha hecho desde hace tantos
días
este extraño silencio:
silencio sin perfiles, sin aristas,
que me penetra como un agua sorda.
Como marea en vilo por la luna,
el silencio me cubre lentamente.
Me siento sumergida en él, pegada
su baba a mis paredes;
y nada puedo hacer para arrancármelo,
para salir a flote y respirar
de nuevo el aire vivo,
lleno de sol, de polen, de zumbidos.
He dormido y despierto. O no
despierto
y es todavía el sueño lacerante,
la angustia sin orillas y la muerte a pedazos.
He dormido y despiértome al revés,
del otro lado de la pesadilla,
donde la pesadilla es ya inmutable,
inconmovible realidad.
He dormido y despierto. ¿Quién
despierta?
Me siento despegada de mí misma,
embebida por un
espejo cóncavo y monstruoso.
Me siento sin sentirme y sin saberme,
entrañas removidas, desgonzado esqueleto,
tundido el otro sueño que soñaba.
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Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen (1929)(192
Joven
Rey Tut-Ank-Amen, muerto a los diecinueve años:
déjame decirte estas locuras que acaso nunca
te dijo nadie, déjame decírtelas en
esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad
de las paredes compartidas con extraños, más
frías que las paredes de la tumba que no quisiste
compartir con nadie.
A ti las digo, Rey adolescente, también quedado
para siempre de perfil en su juventud inmóvil,
en su gracia cristalizada... Quedado en aquel gesto
que prohibía sacrificar palomas inocentes,
en el templo del terrible Ammon-Ra.
Así te seguiré viendo cuando me vaya
lejos, erguido frente a los sacerdotes recelosos,
entre una leve fuga de alas blancas...
Nada tendré de ti, más que este sueño,
porque todo me eres vedado, prohibido, infinitamente
imposible. Para los siglos de los siglos tus dioses
te guardaron en vigilia, pendientes de la última
hebra de tus cabellos.
Pienso que tus cabellos serían lacios como
la lluvia que cae de noche... Y pienso que por tus
cabellos, por tus palomas y por tus diecinueve años
tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya
no seré nunca: un poco de amor.
Pero no me esperaste y te fuiste caminando por el
filo de la luna en creciente; no me esperaste y te
fuiste hacia la muerte como un niño va a un
parque, cargado de los juguetes con que aún
no te habías cansado de jugar... Seguido de
tu carro de marfil, de tus gacelas temblorosas...
Si las gentes sensatas no se hubieran indignado, yo
habría besado uno a uno estos juguetes tuyos,
pesados juguetes de oro y plata, extraños juguetes
con los que ningún niño de ahora -balompedista,
boxeador- sabría ya jugar.
Si las gentes sensatas no se hubieran escandalizado,
yo te habría sacado de tu sarcófago
de oro, dentro de tres sarcófagos de madera,
dentro de un gran sarcófago de granito, te
hubiera sacado de tanta siniestra hondura que te vuelve
más muerto para mi osado corazón que
haces latir... que sólo para ti ha podido latir,
¡oh, Rey dulcísimo!, en esta clara tarde
del Egipto -brazo de luz del Nilo.
Si las gentes sensatas no se hubieran encolerizado,
yo te habría sacado de tus cinco sarcófagos,
te hubiera desatado las ligaduras que oprimían
demasiado tu cuerpo endeble y te hubiera envuelto
suavemente en mi chal de seda...
Así te hubiera yo recostado sobre mi pecho,
como un niño enfermo...Y como a un niño
enfermo habría empezado a cantarte la más
bella de mis canciones tropicales, el más dulce,
el más breve de mis poemas.
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La novia de Lázaro (1993)
A mi hermana
Flor
"(...)y
el que había estado muerto, salió
atadas las manos y los pies con vendas
y su rostro estaba envuelto en un sudario."
(Vers. 44, Cap. 8, Evang. S. Juan)
I
Vienes
por fin a mí, tal como eras, con tu emoción
antigua y tu rosa intacta, Lázaro rezagado,
ajeno al fuego de la espera, olvidado de desintegrarse,
mientras se hacía polvo, ceniza, lo demás.
Vuelves a mí, entero y sin jadeos, con tu gran
sueño inmune al frío de la tumba, cuando
ya Martha y María, cansadas de esperar milagros
y deshojar crepúsculos, bajaban en silencio
lentamente la cuesta de todas las Bethanias.
Vienes; sin contar con más esperanza que tu
propia esperanza ni más milagro que tu propio
milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida
todavía al último beso.
Vienes todo de flor y luna nueva presto a envolverme
en tus mareas contenidas, en tus nubes revueltas,
en tus fragancias turbadoras que voy reconociendo
una por una...
Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo
y la distancia, a salvo del silencio: y me traes como
regalo de bodas, el ya paladeado secreto de la muerte.
Pero he aquí que como novia que vuelvo a ser,
no sé si alegrarme o llorar por tu regreso,
por el don sobrecogedor que me haces y hasta por la
felicidad que se me vuelca de golpe. No sé
si es tarde o pronto para ser feliz. De veras no sé;
no recuerdo ya el color de tus ojos.
II
Tú
dices que no es tarde y que la muerte no tiene más
sabor que tiene el agua. Dices que fue apenas en la
reciente lunada cuando te dejamos tras la terrible
piedra del sepulcro y aún no segaron en la
mies el trigo que estaba verde la mañana aquella
en que salimos a castrar colmenas y nos besamos por
la vez última...
Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes. Sólo
cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé
a morirme bajo los números y las horas y los
días que en mi cuenta se hicieron infinitos
como son infinitas las angustias que caben en un instante
de mal sueño.
¿Por qué quieres que cuente bien ahora,
que tengo prisa ahora, cuando ya con los dientes le
gasté todos sus filos a la prisa? Yo esperé
un siglo sin esperar nada. ¿Y tú no
puedes esperar un minuto esperándolo todo?
Dime, Lázaro: ¿Acaso no era más
difícil resucitar que quedarte, cuando mi alma
se abrazaba a la tuya forcejando hasta desangrarse,
con la muerte?
Vamos, refrena ahora los corceles de tu estrenada
sangre y ven a sentarte junto a mí, ven a reconocerme.
Yo también soy ya nueva de tan vieja: de los
milenios que envejecí mientras el trigo maduraba
en la misma mies, mientras lo tuyo era tan sólo
una siesta de niño, una siesta inocente y pasajera.
Y no te impacientes, amado mío, que yo aprendí
paciencia como letra con sangre, bien entrada.
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