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Poesía

 

Estos poemas de Jesús Orta Ruiz nos ofrecen la paradójica visión de un poeta ciego que, con sinestesias mágicas, el sexto sentido de su espíritu, el sueño, el recuerdo y un creacionismo de pequeño dios, logra visualizar el mundo desde la neblina. La vejez y la enfermedad, con sus fealdades inevitables, hacen aparecer por primera vez el grotesco en la poética de Orta. Todo, en un logrado contrapunto de verso libre con ritmo interior, combinación de diferentes métricas afines y estructuras clásicas.





Pequeño dios
La misma estrella
De una parte consciente del crepúsculo, III, V, IX, X
Magia
Madrigal de la neblina
La fuga del ángel
El huésped
El amor en los tiempos de prosa
La clave de lo eterno

PEQUEÑO DIOS

A la memoria de Vicente Huidobro

Los hombres y mujeres que me tratan
no se presentan como son,
sino como la sombra de sus cuerpos,
             bípedas nubes
             humo coloquial,
pero a cada uno yo doy fisonomía.
A mis viejos amigos, que me conocieron
con el día en los ojos
los sigo viendo como entonces
porque el tiempo no pasa para ellos
             en mi mundo interior.
A los nuevos amigos
que vienen con su luz
             a mi eclipse total,
invento caras y estaturas
por yo no sé que asociaciones
con sus manos, sus voces,
sus risas y sus pasos.

!Oh mágica ilusión creacionista
que me convierte en un pequeño dios!


LA MISMA ESTRELLA

"(...) polvo será, mas polvo enamorado."
Francisco de Quevedo

Cuando te miro sin tener mirada
no veo la que eres, sino aquella
que fuiste. Para mí, la misma estrella
que permanece como eternizada.

Por tu gracia de china dibujada
en porcelana, te seguí la huella
y se ha quedado en mí tu imagen bella
como si el tiempo no mellase nada.

Los de clara visión que les refleja
la realidad, pueden llamarte vieja;
pero a mí, que te vi rosa encendida

y hoy no te veo, me tocó la suerte
de perpetuar tu juventud florida
y andar enamorado hacia la muerte.

III

Estoy, con el paisaje cara a cara,
contemplando la tarde que agoniza.
Hay una estrella que espiritualiza
al horizonte, como si pensara.

Reina una sombra todavía clara.
El día es una terquedad rojiza.
¡Qué lenta rapidez en la plomiza
hora que de la noche me separa!

Todo se queda en un recogimiento:
los cálices, los pájaros, el viento,
la luz que sosegada se retira,

la yerba leve y el palmar mayúsculo,
y yo –la tarde que a la tarde mira–
soy la parte consciente del crepúsculo.

V

Me queda por decir no sé que cosa
que me parece inusitada y bella.
He gastado palabras como estrella,
rocío, rosicler, sonrisa, rosa...

Y en lo pobre del verso y de la prosa
no he logrado apresar el alma de ella.
La he visto: fugitiva mariposa
o pájaros con alas de centella.

Cuando callo, la escucho y la medito,
pero se pierde en el poema escrito.
Me queda poco tiempo de palabra.

Me desespera la que nunca encuentro.
¿Y he de morir sin que mi mano abra
puertas al ave que me canta dentro?

VIDEO

Poema V
(fragmento)

declama:
Jesús Orta Ruiz
(7,5 MB, MPEG)

IX

No me asusta morir... Sólo lamento
no tener ojos para ver las cosas
que se transformarán: zarzas en rosas,
lobos en hombres, polvo en monumento.

No me asusta morir... Sólo lamento
ser sordo como el frío de las losas
cuando vengan las músicas gloriosas,
cuando una larga risa sea el viento.

Sólo lamento no tener mi tacto
cuando sea concreto el mundo abstracto
que en crisoles de sueño se moldea.

No me asusta morir... Sólo lamento quedarme quieto cuando todo sea
la perfecta expresión del movimiento.


VIDEO Poema IX
(fragmento)
declama:
Jesús Orta Ruiz
6,2 MB, MPEG

X

Vendrá mi muerte ciega para el llanto,
me llevará, y el mundo en que he vivido
se olvidará de mí, pero no tanto
como yo mismo, que seré el olvido.

Olvidaré a mis muertos y mi canto.
Olvidaré tu amor siempre encendido.
Olvidaré a mis hijos, y el encanto
de nuestra casa con calor de nido.

Olvidaré al amigo que más quiero.
Olvidaré a los héroes que venero.
Olvidaré las palmas que despiden

al Sol. Olvidaré toda la historia.
No me duele morir y que me olviden,
sino morir y no tener memoria.

(manuscrito)


MAGIA

Estoy viendo, como quien
sueña en una noche triste,
paisaje que ya no existe
con ojos que ya no ven.

Magia de supremo bien
hay en el recuerdo mío,
cuyo visual poderío
desde un mirador profundo,
está repoblando el mundo
que se me quedó vacío.


MADRIGAL DE LA NEBLINA

No hay iris. Se difumina
el color de las violetas
y convivo con siluetas
en un mundo de neblina.
Una mujer me encamina
y de guijarros y abrojos
va librando mis pies flojos...

¡Ay, quién me diría que
los ojos que ayer canté
hoy fueran mis propios ojos!


LA FUGA DEL ÁNGEL

Adónde fuiste, ángel mío,
en la última travesura?
Tal vez quiso tu ternura
mudarse para el rocío.
Te fuiste como en el río
un pétalo de alelí;
y has dejado tras de tí
una estela de cariño,
recuerdo que, como un niño
sin cuerpo, va junto a mí.

Eres, pues, un niño abstracto
y vienes cuando te invoco,
vida intocable que toco
en una ilusión del tacto.
Te veo vivo y exacto
andando a mi alrededor,
y escucho tu voz –rumor
como de ala que se aleja–:
¡qué zumbido sin abeja!
¡qué trino sin ruiseñor!

Es que estás, aunque no estás,
cual vuelo de mariposa
sin mariposa, cual rosa
de perfume nada más.
Te fuiste y conmigo vas,
aunque el mundo no te ve,
ni sabe como yo sé
que, diluido en la brisa,
aún vives, como sonrisa
sin boca, y paso sin pie.
Es todo lo que me queda
de tí: verdad sin verdad;
una como suavidad
de seda, pero sin seda;
aroma de rosaleda
sin más presencia que aroma;
donaire de la paloma,
pero no más que donaire;
niño pintado en el aire
hablándome sin idioma.
Una piedad de la muerte
hay en esto de mirarte
sin mirarte, y de palparte
sin palparte, ni tenerte;
pues evocarte, traerte
por la ruta de un clamor,
es endulzar el dolor
de la ausencia más glacial,
con un sabor de panal
que sólo fuera sabor.

VIDEO

La fuga del ángel
declama: Jesús Orta Ruiz
7,5 MB, MPEG



EL HUÉSPED

Hay un huésped que viene al cuarto mío
transformando mi océano en laguna.
Tiene lo suave de la piel gatuna
y da el encanto de un morir sin frío.

Me ausenta de la vida por un río
sin ruido leve y sin razón alguna.
Viene con traje de silencio y luna
y con breves chinelas de rocío.

Siempre no viene solo: al mediodía
vino con el amor, con la alegría,
pues me trajo esta vez a mi pequeño;

me lo dejó abrazar a mis antojos...
Luego se fue con él. Yo abrí los ojos,
y di las gracias a mi amigo el Sueño.



EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE PROSA

a Gabriel García Márquez

Junto a mi cabecera
una mujer marchita,
celosa de la muerte,
está velando día y noche,
atenta a mis orines y mis heces fecales,
sustituyendo con los ojos suyos
los míos obsoletos,
dándome el alimento como a un niño,
bañándome, vistiéndome, besándome,
acariciándome las manos.

En un ambiente así
–no luna, no balcón, no prímola–,
si Romeo y Julieta
no hubieran decidido suicidarse
y hubiesen arribado a la vejez
ella, caído el seno y desdentada,
poniéndole un enema a su galán
montesco;
él, enferma la próstata
y consumido el falo,
¿se mantendría la promesa del amor eterno?
No sé:
pero el amor en las postrimerías
es más prueba de amor que el suicidarse
una joven pareja enamorada,
pues los muertos no ven su pudrición.
Nosotros, sin embargo, pudriéndonos en vida,
palpando nuestras ruinas como los jaramagos,
continuamos amándonos,
cambiamos la pasión por la ternura
y reafirmamos que es posible
la eternidad en el amor.


LA CLAVE DE LO ETERNO

Tiene forma de cráneo el firmamento
y todo está ordenado tan simétricamente,
tan familiar, que hay relaciones
entre la luna y la pleamar,
entre un grano de arena y un planeta lejano.
Las nebulosas
             son el semen de Dios,
de donde nacen mundos;
             y, de igual sustancia,
nacen la planta, el animal y el hombre.

Todo cohabita en tierra y cielo,
todo vence a la muerte
haciéndose el amor.

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Créditos...  
Actualizado: 05/05/04