Con relación al padre, procedente de Infiesto, Asturias, quien siendo un muchacho todavía, allá por el 1900, llegó a la isla soñada, donde edificaría su casa y sus ilusiones de poeta en hechos, escribió Eliseo Diego:

Don Constante de Diego González

Nació en Infesto, a mediados del siglo pasado.
Casi un adolescente, emigró a Cuba donde por su integridad y dedicación al trabajo llegó a ser dueño de la mejor mueblería joyería y casa de antigüedades de La Habana, llamada la Casa Borbolla.

Contaba que de niño vio salir del puerto de Gijón —aunque debió ser el de Cádiz, y él o mi memoria me traicionan— parte de la Escuadra de Cervera. Él y sus amiguitos se entusiasmaron pensando en la paliza que darían a los norteamericanos. Fue un trauma del que nunca consiguió reponerse.

Fue poeta, cuentista, novelista, aun cuando carecía de la necesaria preparación. Su mejor poesía la hizo con su vida y sus actos. Por ejemplo, cuando un empleado suyo se enfermaba, le pagaba el salario entero, los gastos de hospitalización y las medicinas hasta que se reintegraba al trabajo. Su mejor poema fue el jardín que diseñó y construyó alrededor de su casa en el pueblecito de Arroyo Naranjo. Mi hija Josefina acaba de escribir sus reminiscencias de niña de este lugar. En una prosa transparente que ya quisiera yo para mí.

Debió tener un hermano en Buenos Aires, pues siempre contaba de su sobrino Joaquín que quiso iniciar su carrera como boxeador profesional en La Habana y la terminó en el segundo asalto persiguiendo con la banqueta de la esquina a su contrario y al árbitro por todo el estadio.

Por los años cincuenta —algunos después de su muerte— visitó nuestra casa en Arroyo Naranjo una prima hermana suya de nombre Esperanza. La recuerdo como una pequeña bola de grasa y agilísima. Vivía en Ribadesella, pero sus hijos vivían en Venezuela.

No sé cómo se las arregló para localizar a todos sus parientes de La Habana y reunirnos en un fabuloso banquete después del cual, y a su partida, volvimos a dispersarnos. Se llamaba Esperanza González.

Aunque de procedencia campesina, mi padre fue siempre un hombre pulcro de una elegancia cabal.