RONSARD, NI MÁS NI MENOS

 

Al universo secreto de la poesía, a ese reino de espiras que guarda la perla serenísima de un silencio "traspasado de mundos y de ángeles", no podrá llegarse más que a la manera de la "dama enclaustrada" de que nos habla el bello "lai" de María de Francia. El amigo se le aparece en la forma de un azor que viene a traer consolación a su alma solitaria. El enemigo prepara una trampa de garfios acerados en donde el ave se enreda y hiere. Pero como el amor es la hazaña de la audacia, de la santa audacia que siempre sale triunfante aunque llagada, huye el azor herido y el alma enloquecida se lanza por el balcón de la ventana que es la escena para el ininterrumpido dialogar de los amantes, mientras se escucha el ruiseñor que mezcla su protesta enamorada que es la misma alma del poeta en su nocturna soledad, seguirá igualmente al Amado, caminando sobre las huellas de su sangre, y atravesará con él la muralla de un reino del cual el amigo es señor y monarca.
En su universo platónico la alegoría del "lai" cierra un ciclo en que amante y amado se confunden en el abrazo de la muerte. Pero en este mundo de acá sin arquetipos, el poeta tiene que conformarse con menos y aun pagar a precio altísimo las luces que recibe. Ha de seguir esas rosas de sangre sangrando él mismo, deslumbrado; equivocándose en cada etapa del camino, al modo del cruzado que cree estar ya en Tierra Santa y aún no está en la mitad del viaje.
Para distraer su prolongada soledad, el poeta escucha cantar a los dos ruiseñores de la chinesca evocación de Andersen, el del canto natural al que nosotros mismos le prestamos un alma, y el ruiseñor artificial, primor de relojería, ingenioso juguete, pequeño y monstruoso autómata, cuyo canto depurado consta de un repertorio fijo, y cuyo eficaz funcionamiento exige todo un cuerpo de mecánicos puestos al servicio de la cuerda y de las ruedecillas. A los efectos de una concepción poética diferenciada, el primer ruiseñor no es mejor que el segundo, pues todo lo bello y amorfo de la naturaleza está pidiendo su organizador. La materia parece anhelar la forma y no será ocioso que observemos que el ruiseñor natural congela su canto. Como que canta por instinto, encuentra al cabo un límite a la perfección, la encierra en una forma que más que al individuo pertenece a la especie y a la cual podría darse una expresión algebraica. "Canta mal" en el sentido de que es una fuerza de la naturaleza, un cantor natural. Pero si el ruiseñor natural congela el canto, el ruiseñor artificial no canta; es su ingenioso fabricante el que le pone el canto; encierra esa música en un diminuto robot de pluma y hoja de lata que lo mismo podría tener la forma de un ratoncillo: Ni canta ni es un ruiseñor. El monarca niño que en el cuento del artista danés desprecia al ruiseñor natural para preferir al ruiseñor mecánico, pronto se aburre de éste, aunque no acabe de darse cuenta en qué consiste el fraude de que ha sido víctima. En el ruiseñor natural encuentra por lo menos un ser viviente y alado, una resonancia de su animada condición. Aunque la imagen no sea del todo exacta, he aquí una pista para conocer al poeta nato: hallamos en él una misteriosa e indubitable resonancia nuestra, nos identificamos con él por lo esencial de su condición animada y viviente.
Pero en el caso de la poesía hay que tener en cuenta que desde que el hombre se convierte en un ente de la cultura, la canción se torna también flor de cultura. Y aquí es donde interviene el ruiseñor artificial.
Falta decir que sólo por rigurosa abstracción encuentra uno los dos extremos puros, el de la canción natural y el de la canción cultivada, conseguida como una rosa radiante y extrañamente nueva, gracias a la más paciente y honrada jardinería. Se llega a lo sencillo, a la estudiada naturalidad, a través de un complicado proceso de trabajo. Así se alcanza la "forma" que la considera como una cáscara o como un molde donde se ha de vaciar el contenido.
Juan Ramón Jiménez, que tuvo el acierto de leer a Ronsard en comunión con la naturaleza, al lado de Platero supo resumir todo esto incomparablemente al afirmar que "así es la rosa". Y ya que hemos tocado el tema de la rosa, no abandonemos la alegoría del ruiseñor. Si hay un ruiseñor que dialoga con la rosa, ese es ni más ni menos Pierre de Ronsard. Pierre, la paradoja aparente de la delicadeza en la piedra, pues su obra en definitiva fue la de esculpir el verso, o una hazaña más difícil, porque la palabra es cosa abstracta y mucho más esquiva que la piedra. Veamos pues como dialoga el ruiseñor que hay en el pecho de Ronsard con esa rosa que es motivo predilecto de su poesía, aunque no el único; veamos cómo ese pecho trémulo se hiere con la espina más aguda a medida que el poeta modula su canción:
Et ja le rossignol doucement jargonné
Dessus l'espine assis sa complainte amoureuse

Todo poeta, aún aquel que desborda la forma como Villon, o el que la sobrepasa como Hugo, se produce en alguna medida a través de cierta forma. Acabamos de decir que no existen los polos opuestos de una poesía del todo instintiva y de una poesía absolutamente elaborada, consecuencia del artificio. Es cierto que Fray Luis alaba el canto natural cuando quiere que lo despierten las aves del campo "con su cantar suave no aprendido", pero para aprender esta manera sencilla de decir sus sentimientos, ha tenido que pasar por el ejercicio de traducir a Horacio, a Virgilio, a Píndaro, a Tibulo; trasiego de melodías, de ritmos y sentimientos modulados de una garganta a otra; laboreo difícil para arrancar la chispa adamantina al genio de la lengua propia, porque en poesía, como en música siempre hay algo que descubrir y el poeta del lado de acá de lo natural se quedará siempre en un juego simple de ritmos que hasta ejecutados en la cuerda equivalen en su sencillez a la misma percusión. El poeta culto -si despojamos la palabra de toda implicación pedantesca- busca, como el orquestador, llegar a todas las posibilidades presupuestadas por una matemática del sonido; quiere llegar a una seguridad en el procedimiento que es el resumen de un trabajo de siglos en la historia de la humanidad y de la consagración de toda una vida en el individuo artista.
No está entonces demás que coloquemos a Pierre de Ronsard en la línea francesa de los trabajadores del verso, línea que partiendo de este poeta pasará por Chénier, por Théophile Gautier; por Baudelaire y Mallarmé hasta llegar a Valéry , el último Ronsard o el penúltimo, si lo encontráis. Son los poetas de la intención y del método, los que para hacer felices los oídos ajenos, despojan su arte de toda facilidad y no precisamente de toda emoción, sino de toda emoción desordenada. No queremos decir que el concepto expresado por Valéry sobre la creación poética naciera ya hecho y derecho de la cabeza de Ronsard, sino que ésta es una de sus consecuencias, y que en todo creador de raza como el poeta que nos ocupa, hay junto al creador un implacable ordenador, un ser que saca la luz del caos, fundando, identificando en lo posible la esencia con la existencia; adelgazando los accidentes para que transparenten la sustancia en la medida posible siempre distante de la meta propuesta.
Este trabajo de equilibrio, este no ser ni más artificial ni menos natural es lo que dentro de su época y para ejemplo de los siglos intenta Ronsard y lo deja logrado en el testimonio de su poesía. Algo se quedó también en la pura intención, mas nunca será hipérbole el subrayar la grandísima importancia de esa intención.
Hasta Clément Marot los poetas franceses pertenecían a la tónica de la Edad Media en que la imaginación colectiva popular y el sentido religioso (que Ronsard no perderá) prevalecen sobre el arte y sobre lo inventivo individual. Marot no inventó, en el sentir de Lemercier, ni un género ni un ritmo ni un metro. "Todo, salvo su genio, le llega del Medioevo."
Estaba reservado al Renacimiento, cuyos frutos no han sido siempre lozanos, el desenterrar la gracia y la naturalidad del arte antiguo. Esta gracia se desnuda en la poesía a través de los gramáticos de Alejandría que habían compilado las poesías de Alcman, de Alceo y de Safo; de Stesicoro, Ibico, Anacreonte, Píndaro y Baquílides.
Italia fue la conductora de ese movimiento rejuvenecedor hacia la libertad y la naturaleza. En las artes plásticas y en el pensamiento el hálito impulsor viene de Italia y en cuanto a poesía se refiere, cada nación mira también a Italia: Inglaterra por los ojos de Edmundo Spencer; Espafia por los de Garcilaso; Francia a través de la Pléyade y especialmente desde Ronsard, para fundar con la palabra una poesía que conservando el sello francés se universaliza y enriquece gracias a la perspectiva de la antigüedad clásica y bajo la luz que le viene del país de frutas de oro y de eterna primavera. La lengua materna del soneto es la italiana; pronto el soneto hablaría inglés, por boca de Sidney; francés por boca de Ronsard y español en la garganta de Garcilaso. Pero de nada valdría la forma, sino fuera porque es el aflorar del contenido. Ese contenido estriba principalmente en una Grecia y una Roma evocadas, y más embellecidas aún por el tono dorado de la evocación que se nos aparece como un fondo de pintura alegre y nostálgico a la vez. Hay nostalgia y para llenarla los príncipes muníficos gastarán tesoros en revivir en sus cortes el recuerdo de esa antigüedad pagana, dando la primacía al jardín sobre el claustro, a lo mundano sobre lo religioso; a la corte sobre la plaza, y exaltando las fuerzas de la vida por encima de la meditación de la muerte. Compárese la muerte punzadoramente real de François Villon con la dorada muerte pagana en el soneto elegíaco de Ronsard que viene helénicamente a la tumba de la joven con el vaso lleno de leche y la cesta colmada de flores, para que en la muerte, al igual que en la vida, su cuerpo sea rosas.
Uno de los triunfos de Enrique III contra las fuerzas de la reforma se celebra con un banquete en los jardines de Chennonceaux. Consistió en un ágape servido por bellas damas de la corte vestidas de paje o transformadas en ninfas de sueltos cabellos. He aquí como ese amor a la naturaleza que hay en Pierre de Ronsard, esa devoción al espíritu pagano y al arte que lo representa, no se producen como actitud aislada sino como santo y seña de los tiempos. El universal Ronsard no va a ser una excepción dejando de ser hombre de su tiempo; es poeta nuevo allá en el Renacimiento, con la responsabilidad y la aceptación de las consecuencias de lo que representa ser un poeta nuevo, recibiendo por esto los más grandes honores y las más sumisas devociones al par que todas las diatribas y censuras, suscitando también las más enconadas enemistades en tanto que su novedad está vigente; cuando ésta declina, viene el olvido; más tarde, la incomprensión; por último, el acatamiento general que no está en la estatua que le alzan en la villa natal, sino en la decidida influencia de su ejemplo y de su obra sobre los demás poetas.
Ronsard creía él mismo en su ancestro imaginario venido de las orillas del Danubio a guerrear con Felipe VI. La investigación parece probar que procedía de abuelos vendomeses que por generaciones se trasmitieron de padres a hijos la condición de vasallos del conde de Vendôme. El que fue agricultor debió creer en la eficacia de los cruces sanguíneos como revitalizadores. Aunque las cruzadas no siempre cruzaron las sangres, cruzaron las ideas. En este galo tan afirmadamente galo ¿no hay algo que lo distingue, un matiz de híbrido refinamiento?
Los últimos serán los primeros. Ronsard es el menor de seis hermanos, de los cuales él solo entra en la inmortalidad entendida en el sentido terreno.
Nace el poeta en el primer cuarto del siglo XVI, según él, el mismo año en que Francisco I fue preso en Pavía. Hoy se da como fecha de su nacimiento la de 1524. Por un problema del calendario de la época no coinciden ambos hechos en la fecha, ya que la batalla de Pavía se dio en febrero de 1525. Quince años antes de que el siglo finalice muere Ronsard. Su vida y su obra se realizan precisamente en el período sangriento de las guerras de religión, en plena Reforma sin que estas tempestades ajenas al corazón de la poesía dejen de soplar sobre su vida con el mismo ímpetu con que avasallan a todos los hombres por igual.
Dice Rilke que la poesía está hecha de experiencia, de recuerdos, cuando ya éstos se convierten en sangre nuestra. Veamos cómo esta ley se da en Ronsard. Ronsard habita durante sus primeros años cerca de Vendôme en Loire-et-Cher, algunos de cuyos parajes se consideran por el clásico Reclus como los más bellos y característicos de la campiña típicamente francesa. Cuán poco puede pensar un niño a tan corta edad, pero cuánta intuición puede acumular como una dínamo en su ámbito emocional. La nostalgia de esta naturaleza, el contraste posterior con paisajes tan diferentes como los de Escocia e Inglaterra, lo llevaron tal vez a la nostalgia de un paisaje campestre como el de las Geórgicas y las Églogas. El investigador no obstante, puede plantearse la pregunta de si lo que buscaba Ronsard, lo que echaba de menos y revivía en su ideal poético era tan sólo el tipo de naturaleza que tan vivamente le habría impresionado en su infancia.
Esas líneas torcidas en que Dios escribe derecho, al decir del proverbio, dejan que la posteridad lea sin trabajo, cómo las cosas fueron disponiéndose para que Ronsard viniera a ser uno de los grandes poetas de Francia. Casi siempre los padres en vez de trasmitir a la sociedad la carta sellada de la vocación que los hijos traen, intentamos leerla y en definitiva leemos mal. Loys de Ronsard, el mayordomo de Francisco I, se persuadió de que lo mejor era darle a su hijo una sólida instrucción que le preparase para los altos cargos de la magistratura y de la iglesia. Se equivocó el prudente varón, porque el sistema educativo de la época, todavía medioeval en la práctica, no dio los mejores resultados en el muchachito y hubo que apartarlo de la labor escolar. Pero es el caso, que también los padres acertamos por el amor y por el deseo de acertar. Al buen mayordomo le pareció esta vez que el camino más fácil era llevar a su hijo a Avignon para darlo como paje al segundo hijo del Rey. Éste a su vez lo cede a Jacobo V de Escocia. A Escocia va el jovenzuelo y es allí donde comienza su educación poética. Otro de los pajes del séquito del Rey, un gentilhombre francés admirador de la literatura latina, se da a la agradable tarea de iniciarlo en el disfrute de tanta refinada belleza. En los ratos ociosos ambos traducen a Virgilio ya Horacio. Ronsard identifica en sí la cuerda escondida que empieza a vibrar al unísono de aquellos plectros sabiamente pulsados.
En la Epístola a Jena Lescot ha quedado recogida poéticamente la etapa de sus años de aprendizaje y también una muestra de ese don mágico que Ronsard tenía de animar lo inanimado; de resucitar la mitología con la propia ingenuidad de un pagano:

No contaba yo más que doce años cuando en lo profundo de los valles y en las vastas florestas no frecuentadas por los hombres -En los secretos antros de pavor invadidos -Sin cuidarme de nada mis versos pergeñaba -Eco me respondía y las simples Dríadas -Faunos, Sátiros, Panes, Oreadas y Napeas -Egipanes con frentes por los cuernos ornadas -Que bailaban saltando como cabras monteses -Y el rebaño gentil de fantásticas hadas -Danzando en torno mío -Sus blusas desceñían.

Detrás de lo convencional y artificioso de tanta mitología, pugna, borrándolo, la exaltación dionisíaca de aquel anticipado al "hombre natural" de Rousseau. El mestizaje mitológico es particularmente curioso. En una misma estrofa se con funden las deidades mayores y menores de la mitología clásica con las hadas de la imaginación celta. ¿No le llegaba a Ronsard un aporte de sangre celta por su propia ascendencia francesa? ¿O esas hadas eran nada más que bacantes, que conservaban de hadas tan sólo el nombre? Sin embargo, las hadas de un celta póstumo, de Buttler Yeats se caracterizan porque danzan. Esta barroca convivencia de mitologías pudo escandalizar a Malherbe, a Fenelón y especialmente al académico Boileau, tan lejos de Ronsard como lo está la poesía de la preceptiva.
Ronsard ha regresado a Francia después de tres años y medio de estancia en Escocia y en Inglaterra. Es ya paje del delfín Enrique que algunos años después subirá al trono. Compartirá la afición a la poesía con la dorada telaraña de la diplomacia... si Dios no dispone otra cosa. Y parece que sí, que ha dispuesto otra cosa; trazar una línea más, tan aparentemente torcida como las otras, para dibujar sin embargo, con toda nitidez al poeta. A los diecinueve años una enfermedad lo incomunica con el mundo de los sonidos. Como que para la moderna sicología de los impedidos es falsa la teoría del vicariato de los sentidos, podemos afirmar que Ronsard no encontrará esa clase de compensación a su sordera. No se hará ni más visual ni más táctil; pero la parcial soledad a que la sordera lo condena cambiará su inclinación y dejando la diplomacia se entregará por entero a la búsqueda de la única perla, a la talla de un sonoro diamante de transparencia impar.
Pero su época no había avanzado tanto en materia de sicología experimental que pudiera distinguir entre la acuidad real de un sentido y el ejercicio disciplinado de éste. Tampoco comprendió su época la función de la memoria, las reacciones de la experiencia. La leyenda, como en el caso de Homero ciego, ha trazado con líneas exageradas el dibujo increíble que sitúa a Ronsard dentro de una legión de personajes fabulosos cuyas nociones no tuvieron necesidad de llegar al espíritu por la puerta de los sentidos. Por eso se le comparó con el Júpiter cretense cuya estatua, despojada de orejas nos muestra que sólo era deudor a sí mismo de todo cuanto sabía, sin necesidad de recibir la instrucción por los oídos ni de boca de los otros. Es que Ronsard suscita una tan grande admiración que se le diviniza hasta en su mismo mal. Cuando Du-Bellay, el otro poeta insigne de la Pléyade, enferma también de sordera, dirá que ha sido atacado "de la divina enfermedad de Ronsard".
Sea por un ensimismamiento natural en hombre de tan afinada espiritualidad; sea como reacción inmediata a esa pérdida parcial del sentido auditivo, Ronsard se aísla voluntariamente en esta etapa de todo aquello que no sea la poesía. Diríase que en vez de angustiarse a causa de la sordera, la cultiva apasionadamente. Son ilustradores al respecto, aquellos versos alusivos a la lectura ideal de Homero en que ordena a su sirviente:
Je veus lire en trois jours l'Iliade d'Homere
Et pour ce, Corydon, ferme bien l'huis sur moi.

Au reste, si un Dieu vouloit pour moi descendre
Du ciel ferme la porte et ne le laisse entrer.

Es posible, digo yo, que el estado ideal del poeta sea la sordera, o al menos aquellas paredes de corcho que la chismografía artística atribuye al fervor poético de Juan Ramón Jiménez.
Sólo el rayo de luz del mensaje de Casandra entrará por la hendija de esta auditiva oscuridad. Casandra es su fuente inicial de inspiración; su fuente, y el poeta siempre podrá decir como el místico: "que bien sé yo la fuente -que mana y canta- aunque es de noche": Casandra. Ronsard ha visto en Blois a esta jovencita. La sangre del poeta, según él mismo nos dice en versos de patente sinceridad, como las canciones y sonetos amorosos de Dante y de Petrarca, afluye más abundante a su corazón. Este adolescente, cuya pluma vacila cuando intenta testimoniar de manera fiel su propia embriaguez amorosa, "encuentra la lengua francesa demasiado pobre y como si se arrastrara trabajosamente sobre la tierra" para expresar esa transformación que el amor obra en él. El amor de Casandra preside, según parece, la desinteresada revolución que Ronsard acometió; reforma trascendente porque no tenía como objeto inmediato la conquista de la hembra sino el hechizo del corazón de una mujer.
Como hará en su día el Abate Mendel, el sonetista de "Les Amours", hará los más pacientes injertos y cruzamientos lingüísticos para lograr las rosas más peregrinas o tal vez la rosa única a través de todas las rosas. En la corte invadida de fervor renacentista encontrará adecuado estímulo para sus estudios y para el alto fin poético que se había propuesto. Pero esto no le basta. Ronsard prefiere enclaustrarse en el Colegio de Coqueret, como si fuera a profesar para poeta, él, que según la obra de Froger, recibiría por fin las órdenes, aunque otros sólo admiten que fuera beneficiario de diversas abadías.
Hasta altas horas de la noche vela el poeta y con la peculiar inclinación de la cabeza con que nos lo presenta el busto que coronaba su tumba, parece poner oído a la canción del ruiseñor, sólo que el ruiseñor está en sí mismo, hiriéndose, depurándose en el coloquio constante con la rosa. Velaba Ronsard hasta la alta madrugada y no se iba al lecho hasta dejar en su lugar a Baíf, ardiendo como llama votiva ante el altar de la poesía. En esta consagración de la brigada a la más alta causa espiritual, se gesta hasta que toma forma de manifiesto de la Pléyade, La defensa e ilustración de la Lengua Francesa que redactó Du-Bellay bajo la estelar inspiración de Ronsard. Había lo que siempre hay de capilla en estos grupos escogidos que cumplen la ley de renovación poética, negando el pasado, aislándose aristocráticamente para trabajar con más eficacia. Ya se sabe que éste es un fenómeno que ocurre en cada época y en cada país. No sólo compartían una especie de lenguaje común producto de idéntica información cultural, sino que había parentesco de sangre entre algunos de ellos para que la vinculación los hiciera sentirse como personas que están en el secreto; un secreto que se habría querido decir a voces a los contemporáneos si no diera cabalmente la casualidad de que la generación anterior cumplía también su misión olímpica de no creer demasiado en la juventud aunque posiblemente, y como sucede por regla general, le temía. Como que no podemos detenernos en lo anecdótico, enumeramos tan sólo los puntos luminares de la constelación ronsardista. El núcleo lo formaron Pierre Ronsard, la estrella de primera magnitud y Jean Antoine Baíf traductor de la Electra de Sófocles. En torno, Jean Dorat, maestro de humanismo; Joachim Du-Bellay, el autor de Les Regrets; Pontus de Tyard, autor de un impecable soneto al sueño que André Gide acoge acertadamente en su antología; Remy Bellau, traductor de Anacreonte y Etienne Jodelle, lo que llamaríamos hoy un teatrista.
El Manifiesto de la Pléyade tiene la fuerza y el tono combativo de cualquiera de los manifiestos poéticos redactados en el período comprendido entre las dos últimas guerras mundiales, el de Dadá y el de los Surrealistas, para no citar otros más viejos o más nuevos. En tono francamente agresivo aconseja adornar los templos y altares galos con los despojos de Grecia y Roma vencidas; no temer a los gritos de los gansos del Capitolio como antaño habían hecho los temerarios jefes galos; saquear sin piedad los tesoros del templo délfico, sin miedo del mudo Apolo, de sus falsos oráculos y de sus flechas embotadas. Hasta entonces la lengua francesa sólo poseía la frescura, la gracia, la ligereza y el ingenio. Ronsard y la escuela apresurarían su madurez por el injerto de neologismos; por la recuperación de palabras de la antigua lengua caída en desuso. Los apasionados hugonotes que con buenísimas razones de libertad sacaron contra él inscripciones insultantes y llevaron a cabo un atentado contra su vida, a causa de su vinculación a esa corte en que intrigaba Catalina de Médicis, ignoraban del todo que aquel sordo estaba dándole una lengua a Francia, uno de los elementos esenciales que sirven a un pueblo para diferenciarse como nación, una lengua que en la posteridad podrían utilizar por igual los descendientes de los Guisa y de los Coligny, es decir el pueblo entero de Francia. No sabían los débiles soberanos de su país, ni la fastuosa virago de Inglaterra, ni la reina mártir de Escocia, cuando colmaban a Ronsard de honores, de presentes, pensiones, abadías y beneficios, que en verdad rendían su grandeza política ante la fuerza inconmensurable del poder de la inteligencia y la grandeza del corazón. Pensemos que más que el valioso diamante que Isabel le enviara como simbólico regalo, el más alto homenaje que obtuvo Ronsard fue el de recibir la visita de Torcuoato Tasso para leerle varios de los cantos de su Jerusalem libertada.
Por su parte la reacción tradicional iba a levantarse impetuosa por los únicos medios de que se disponía entonces, las reuniones en la corte y con el mismo procedimiento usado en estos casos: la burla intencionada, la desfiguración caricaturesca de los rasgos característicos de la hueva escuela. Mellín de Saint Gelais viene a ser el Castillejo de este Garcilaso francés, y como sucede siempre, los rivales no pueden ocultar su susto ante la novedad. El triunfo completo de la escuela no quita que todavía la posteridad, sin negarle el hondo sentimiento de la naturaleza, la vinculación del paisaje a la pasión humana, la vigorosa armonía, el aliento original y la increíble variedad de ritmos, señalen casi con alegría los defectos que hay en toda iniciación. El fracaso de la Franciada de Ronsard, no deja de hacernos pensar a los hijos de esta época en que no todo lleva el sello de la improvisación o la marca del ingenioso y deleznable material plástico; cuánto respeto merece el intentar su imposible; cuánto amor debe de profesar a su "métier" el que trabaja durante veinte años en una obra de la que sólo realiza cuatro cantos. Esto también se parece al silencio de Valéry. Pero los alguaciles del lenguaje, los que nunca supieron trazar un renglón de poesía o un párrafo de prosa original, señalan aún, puntero en ristre, la copia de neologismos, la presencia de otros poetas interfiriendo su propia inspiración, la marca erudita y, sobre todo, la oscuridad. La escuela enriquece el diccionario con los términos "ronsardizar", "ronsardismo" y "ronsardista", que a pesar de su connotación rebajadora, son un homenaje, el otro homenaje, a la grandeza del poeta. Lo de la oscuridad es puro miedo de sensibilidades romas. Los niños y cierta fauna crítica se espantan en la oscuridad, en cambio, el alma grande de Miguel Ángel proclama que la sombra "es el único sitio digno de plantar al hombre": "¡Santa, santa es la noche y su profunda entraña! "
A su vez los jóvenes entusiastas, fanatizados por la novedad, se comportan como mariposas deslumbradas por los resplandores de esta poética original y van a pulverizar sus alas atraídos por el brillo de la nueva escuela. Pierre de Ronsard, una vez consagrado por el favor real que no admite la diatriba de Saint-Gelais y sus amigos, queda dueño del campo como verdadero príncipe del nuevo gay trinar. No será menester que hagamos el relato íntegro de esta peripecia sino en sus detalles indispensables. En tiempos de Enrique III y después de la muerte de Carlos IX, ocurre el ocaso de la fama de Ronsard, transcurre la última etapa de su vida hasta que se retira de la corte. Sus más angustiosos acentos pertenecen a este dorado otoño. Son de esta etapa los Sonetos a Helena, la fría Helena, "el último y más grande de todos sus amores" en opinión de Windham Lewis, autor de uno de los estudios más completos y penetrantes sobre Ronsard y su época.
Las luchas de religión habían hecho de Ronsard ese típico artista francés de preocupación trascendente, un vocero del escándalo de la verdad al modo como lo serán más tarde Bernanos y Mauriac; o quizás un héroe egotista a la manera de André Gide. Este es el Ronsard de los "Discours sur les miseres du temps" y "Remontrances au peuple de France" que, en vigorosos versos, muy distintos de sus madrigales y elegías, dice su indignación contra los excesos de los reformados; hace al Rey severas advertencias y amonesta a los clérigos responsables. "Vosotros, príncipes y vosotros reyes, habéis cometido la falta por la cual gime ahora toda la Iglesia." Al modo como también lo hizo el español Quevedo, no calla sus reproches y se dirige a los sacerdotes convictos de avaricia y sed de lujo: "Prelados, vosotros los primeros reformaos -y como verdaderos pastores, haced la guerra a los lobos"; "desechad la ambición de riqueza excesiva": "sed más virtuosos y vestid menos sedas." Predicando también la paz y la tolerancia se codea en alteza de miras con su contemporáneo Montaigne. El hacer esto en medio del más furibundo fanatismo engrandece más aún a ambas figuras.
Podríamos saltar ahora sobre el acontecimiento de su muerte, sobre la imponente ceremonia fúnebre celebrada en París en la capilla del colegio Boncourt, también sobre el duelo del Rey y de la corte y sobre la oración fúnebre pronunciada por un obispo; sin embargo, sería conveniente que antes de terminar, y para poner un poco de orden en estas palabras, más fervorosas que meditadas, señalemos sin demasiados comentarios las distintas épocas poéticas de Ronsard. En su primer período el poeta escribe odas en las que se ha advertido el acento y la influencia de Píndaro; himnos en los que imita a Calímaco; por último, "Los amores de Casandra" en los que Ronsard atempera la concepción petrarquista del amor, aunque en algunas de estas composiciones se eleva y ahonda la expresión de ese platonismo trascendente y místico. El llamado segundo período de la poesía de Ronsard incluye dos maneras diferentes. En la primera manera de este segundo período ronsardino, se ejerce marcadamente sobre el poeta la influencia de Horacio y también la de Anacreonte. Es dentro de esta manera que se escribe la delicada pieza titulada "Mignonne" de movimiento grácil y delicado, y por lo mismo tan difícil de traducir. El poeta ha adquirido experiencia y soltura; ha asimilado el petrarquismo y por eso parece más ingenuo y natural; escribe entonces "Los amores de María", al que pertenece ese tierno soneto elegíaco parecido a la escena de un vaso griego. El acento elegíaco se hace más melancólico en el poema "A la Elección de su Sepulcro", que no falta ni debe faltar en las antologías. En la segunda manera del segundo período, Ronsard está en el apogeo de su gloria, es definitivamente el poeta de la corte, el poeta nacional. Ya hemos hablado de su ocaso en que se escriben además, los Sonetos a Helena.
No tenemos al pie de la letra esa cosa demasiado profesoral que es el casarse con las etapas y divisiones; en esto hay que atenerse a lo imprescindible e ir siempre a la poesía misma para disfrutarla con fruición. Lo que de Ronsard queda para la inmortalidad es esa frescura pánica o panida soplada en melodiosa siringa; ese amor a la naturaleza que ya le señalamos, como cuando le escuchamos llorar por la tala de un bosque:

Escucha leñador, detén el brazo.
No es el frondoso bosque eso que echas abajo.
¿No ves como gotea la sangre de esas ninfas
Que habitan escondidas en su corteza dura?
Sacrílego, si cuelgan al ladrón por llevarse
Un pequeño botín en las manos audaces.
¿Cuánto más fuego y muerte, más hierros y torturas
No mereces tú, pérfido, por herir a esas diosas?
Foresta, alta mansión de pájaros esquivos,
El solitario ciervo y las cabras monteses
¿No pacieron un día felices a tu sombra?
Y tus penachos verdes, oh, selva milenaria,
¿No volverá a encender la luz del sol de estío?

Y el pastor amoroso al tronco recostado
Soplando el caramillo de acento sonoroso,
A los pies el mastín y en reposo el cayado,
¿No cantará el amor de su ardiente pastora?
Todo quedará mudo; Eco, sin voz, ausente,
Y será campo yermo lo que antes era un bosque
Donde la sombra incierta lentamente se muda.
Sentiráis el arado, la reja y la carreta.
Perderás el silencio que antes era tu hechizo
y arrasada, desnuda y jadeante de espanto,
Triste echarás de menos a Sátiros y Panes,
Que no frecuentarán como antaño tu suelo. (1)

Oímos cuando leemos estos trozos de Ronsard, la resonancia de Virgilio y de Teócrito, mas nos llega con tal acento de sinceridad que nos conmueve con su encanto diferente y personal. Pero a este Ronsard dionisíaco, anticipado al romanticismo y por eso mismo grato a John Keats que adapta uno de sus sonetos al inglés, se opone el Ronsard cristiano y triste que funde a la ligereza anacreóntica la angustiada preocupación por la brevedad de la rosa, de la mujer y del amor. El matiz delicado sí que no le abandona nunca; a veces parece acercarse al siglo XVIII plástico de Watteau, al XVIII musical de Mozart siendo tan ajeno al XVIII satírico y antipoético de Voltaire.
He dejado para este instante la lectura de algunas versiones de poemas de Ronsard. No es accesible o no existe, mejor dicho, una colección completa de los poemas de Ronsard en castellano. En el original se citan: la Colección de Obras Completas de 1506; la de 1867, editada por Prosper Blanchemain; y la de 1887, edición de Lemerre en seis tomos, y las ediciones actuales tanto corrientes como de lujo. En la Anthologie de la Poésie Française, de André Gide, el poeta está muy bien representado con más de treinta poemas y fragmentos. De esta obra y de la sencilla selección de Auguste Dorchain hemos escogido cuatro sonetos y las conocidas estrofas que comienzan con el verso "Mignone allons voir si la rose", de manera que tres de las mujeres inspiradoras del poeta -Casandra, María y Helena- sean recordadas y homenajeadas con su cantor.

A CASANDRA (2)
(Variación de John Keats sobre el tema de Ronsard)

Natura sujetó a Casandra a los cielos
Para con su hermosura mil años adornados.
De ellos tomó purísima esencia de Belleza
Y el secreto matiz de los tintes dorados.
Así la modeló y doró de esplendores
Para que sobre todos sin par ella luciera.
En tanto que el Amor al guardarla en sus alas
Enriqueció de sombras sus ojos heridores.
Los que del alto Olimpo habitan en la altura
Reyes que entre las nubes ocultan su pavura.
Suspiraron de admiración sobrecogidos.

Cuando por vez primera descender de los cielos
La vi, mi corazón, se incendió de repente
Y cambié mis ardientes placeres en desvelos.
Son ahora las penas la meta de mi vida
Pues en mis venas vierte Amor continuamente
Una hermosura extraña, dulce y desconocida.

AMORES DE MARÍA

Sal del lecho, María, durmiendo perezosa
Porque la alegre alondra ya en el cielo ha gorjeado
Y el dulce ruiseñor en la espina posado
Pone fin al susurro de su queja amorosa.
¡Arriba! Ven a ver la yerbecita acuosa
Y tu rosal de tiernos capullos coronado,
Y los lindos claveles a los que riego has dado
Ayer al caer la tarde con mano cuidadosa.

Anoche cuando el sueño tus ojos oprimía
Juraste despertar temprano esta mañana,
Salir antes que yo a saludar el día
Pero el sueño del alba los sella todavía.
Cien veces los besara y aún más de buena gana
Y su seno hermosísimo de besos colmaría.

Para que compitiendo con la rosada aurora
Aprendas desde hoy a ser madrugadora.
(3)

Hemos preferido traducir este soneto directamente en lugar de escoger, por demasiado conocido, aquél que comienza "Comme on voit sur le branch, o mois de mai la rose". Compárese con la imagen referida a la alondra en el soneto que acabamos de leer, las expresiones de Shakespeare: "Was not the lark it was the nightingale" en Romeo y Julieta; en la canción "lark, lark, the lark" de Cymbeline y esta otra del soneto XXIX: "like to the lark at break of day arising -from sullen earth, sings hymns at heavens gate".
Todas aluden al amanecer personificado en la alondra que llama a las puertas del cielo o confunde su canto mañanero con el del cantor nocturno.

A HELENA (4)

En tu honor planto un pino, este árbol de Cibeles
Donde podrá leerse tu elogio cada día.
He grabado en su tronco nuestros nombres que fieles
con la nueva corteza crecerán a porfía.
Faunos que hacéis morada de mi solar paterno,
que a este valle traéis vuestra danza embriagada;
Cuidad que en el estío y velad que en invierno
No se abrase esta planta ni la mustie la helada.
Pastor que guiarás a pacer tu rebaño
Al compás de la égloga que silbas en tu avena,
Agregad a este pino un cuadro cada año.

Que cuente al caminante mi amor, mi dulce pena.
Luego rociando sangre y leche, sacro baño
Del cordero que el campo con su balido llena,
Proclamad que esta planta se consagra a mi Helena.

En lo referente a Helena hemos prescindido, pero no debemos dejar de mencionarlo, del conocidísimo soneto que comienza "Quand vous serez bien vielle au soir de la chandelle"... Obsérvese de paso el tono pastoral que mucho más tarde aparece en el simbolista Mallarmé cuando canta:

Nombradme de esas risas que en partida frambuesa
tímida nieve asoman de corderos, Princesa,
prodigando en delirio su más tierno balido.
Nombradme, sí, que amor en abanico alado
con su flauta arrullándolas me dejará pintado
Pastor de tus sonrisas quiero ser elegido.

ROSAS (5)

Aquí te mando una guirnalda entretejida
De botones y rosas que en el atardecer
A recoger viniera cuando aún frescos lucían.
(La aurora los verá mustios palidecer).
Sabrás por esta muestra que tus bellezas todas
Que en esplendor perfecto contemplas florecer
Caerán pétalo a pétalo tan sólo en una hora,
Y al fin flores, bien pronto, verás su perecer.

¡Ah! Cómo vuela el tiempo, Señor, ¡qué apresurado!
¡Más no es el tiempo! Somos tú y yo los que nos vamos
Y muy en breve iremos a dormir bajo un pino.
Nadie el coloquio nuestro oirá cuando muramos;
Todos ignorarán que en esta llama ardimos.

Y pues al polvo iremos lo mismo que la rosa,
Sed amable, amor mío, mientras que seáis hermosa.

A CASANDRA (6)

Mignonne, acércate curiosa
Conmigo a ver si aquella rosa
Que desplegara esta mañana
Al sol su veste empurpurada
No pierde a la hora vespertina
El suave olor y la divina
Tez que por fresca y por lozana
De la tuya parece hermana.
Mira que un instante solo
Goza esta rosa de su trono
Bajo la luz que la envolvía
Y al marchitarse hoja por hoja
De su belleza se despoja
Abdicando su lozanía.

No llames Madre a la Natura
Que descuidada en demasía
Deja morir a su criatura:
A aquella flor que sólo dura
El breve espacio de este día.

Así, tanto como la rosa
Tu reino ha de durar, hermosa,
Y haz de gozar mientras florezca
En tu rostro la risa fresca
De la juventud armoniosa.
Anda aprisa y en la mañana
Antes que la tarde decrete
Que perezca la flor lozana
Haz un fragante ramillete
De tanta púrpura de olor.

Pues al igual que a nuestra rosa
Ha de llegarte la vejez
Y tu mejilla primorosa
Apagará la palidez.

Hemos dejado para el final la fina canción "A Casandra", porque la clave de ésta como la de muchas de sus poesías amorosas está en la breve joya lírica de uno de los poemas de la Antología griega, obra que por cierto se asegura que fue traducida por Ronsard. Es el poema de Argentario que dice:

A pesar de que tu soplo mientras duermes sea una brisa embriagadora, apresúrate a despertarte para recibir la corona que te hacen mis manos; sus flores están abiertas, no dejes que se marchiten sin gozar de ellas, como se marchita la juventud en el espacio de un instante.

Tal vez en este punto padezca Ronsard el defecto de la insistencia sobre un tema; la monotonía de un motivo sobre el que vuelve a menudo para expresar que siendo la vida corta, la juventud es más corta aún; recurriendo inevitablemente a la imagen de la caducidad de las rosas; rosas que, como en Calderón, se sitúan en un tiempo abstracto y ahistórico, al revés de la concreta sucesión histórica y verdadero movimiento con que Jorge Manrique pintara el perecer de todo.
Dejemos estas investigaciones a pluma más perspicaz. Y quede mejor aquí el testimonio de nuestra alabanza al poeta, a la lengua armoniosa que cultivó; a lo mucho que ha enseñado a los poetas que vinieron después. Tal vez nuestras reflexiones fueron el pretexto para decir con garganta hispánica sus versos inmortales.
Quitad lo que ha habido de más; suplid lo que ha habido de menos y tendréis para vosotros un Ronsard sin más y sin menos. El que seguramente tuve la intención de entregaros sin conseguirlo.

Notas al pie:
1. Elegía contra los leñadores de la selva de Gatine
2.Del inglés, traducido por Emilio Ballagas

3. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.
4. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.
5. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.
6. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.


 
 
 
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