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Al universo secreto de la poesía,
a ese reino de espiras que guarda la perla serenísima
de un silencio "traspasado de mundos y de ángeles",
no podrá llegarse más que a la manera
de la "dama enclaustrada" de que nos habla
el bello "lai" de María de Francia.
El amigo se le aparece en la forma de un azor que
viene a traer consolación a su alma solitaria.
El enemigo prepara una trampa de garfios acerados
en donde el ave se enreda y hiere. Pero como el amor
es la hazaña de la audacia, de la santa audacia
que siempre sale triunfante aunque llagada, huye el
azor herido y el alma enloquecida se lanza por el
balcón de la ventana que es la escena para
el ininterrumpido dialogar de los amantes, mientras
se escucha el ruiseñor que mezcla su protesta
enamorada que es la misma alma del poeta en su nocturna
soledad, seguirá igualmente al Amado, caminando
sobre las huellas de su sangre, y atravesará
con él la muralla de un reino del cual el amigo
es señor y monarca.
En su universo platónico la alegoría
del "lai" cierra un ciclo en que amante
y amado se confunden en el abrazo de la muerte. Pero
en este mundo de acá sin arquetipos, el poeta
tiene que conformarse con menos y aun pagar a precio
altísimo las luces que recibe. Ha de seguir
esas rosas de sangre sangrando él mismo, deslumbrado;
equivocándose en cada etapa del camino, al
modo del cruzado que cree estar ya en Tierra Santa
y aún no está en la mitad del viaje.
Para distraer su prolongada soledad, el poeta escucha
cantar a los dos ruiseñores de la chinesca
evocación de Andersen, el del canto natural
al que nosotros mismos le prestamos un alma, y el
ruiseñor artificial, primor de relojería,
ingenioso juguete, pequeño y monstruoso autómata,
cuyo canto depurado consta de un repertorio fijo,
y cuyo eficaz funcionamiento exige todo un cuerpo
de mecánicos puestos al servicio de la cuerda
y de las ruedecillas. A los efectos de una concepción
poética diferenciada, el primer ruiseñor
no es mejor que el segundo, pues todo lo bello y amorfo
de la naturaleza está pidiendo su organizador.
La materia parece anhelar la forma y no será
ocioso que observemos que el ruiseñor natural
congela su canto. Como que canta por instinto, encuentra
al cabo un límite a la perfección, la
encierra en una forma que más que al individuo
pertenece a la especie y a la cual podría darse
una expresión algebraica. "Canta mal"
en el sentido de que es una fuerza de la naturaleza,
un cantor natural. Pero si el ruiseñor natural
congela el canto, el ruiseñor artificial no
canta; es su ingenioso fabricante el que le pone el
canto; encierra esa música en un diminuto robot
de pluma y hoja de lata que lo mismo podría
tener la forma de un ratoncillo: Ni canta ni es un
ruiseñor. El monarca niño que en el
cuento del artista danés desprecia al ruiseñor
natural para preferir al ruiseñor mecánico,
pronto se aburre de éste, aunque no acabe de
darse cuenta en qué consiste el fraude de que
ha sido víctima. En el ruiseñor natural
encuentra por lo menos un ser viviente y alado, una
resonancia de su animada condición. Aunque
la imagen no sea del todo exacta, he aquí una
pista para conocer al poeta nato: hallamos en él
una misteriosa e indubitable resonancia nuestra, nos
identificamos con él por lo esencial de su
condición animada y viviente.
Pero en el caso de la poesía hay que tener
en cuenta que desde que el hombre se convierte en
un ente de la cultura, la canción se torna
también flor de cultura. Y aquí es donde
interviene el ruiseñor artificial.
Falta decir que sólo por rigurosa abstracción
encuentra uno los dos extremos puros, el de la canción
natural y el de la canción cultivada, conseguida
como una rosa radiante y extrañamente nueva,
gracias a la más paciente y honrada jardinería.
Se llega a lo sencillo, a la estudiada naturalidad,
a través de un complicado proceso de trabajo.
Así se alcanza la "forma" que la
considera como una cáscara o como un molde
donde se ha de vaciar el contenido.
Juan Ramón Jiménez, que tuvo el acierto
de leer a Ronsard en comunión con la naturaleza,
al lado de Platero supo resumir todo esto incomparablemente
al afirmar que "así es la rosa".
Y ya que hemos tocado el tema de la rosa, no abandonemos
la alegoría del ruiseñor. Si hay un
ruiseñor que dialoga con la rosa, ese es ni
más ni menos Pierre de Ronsard. Pierre, la
paradoja aparente de la delicadeza en la piedra, pues
su obra en definitiva fue la de esculpir el verso,
o una hazaña más difícil, porque
la palabra es cosa abstracta y mucho más esquiva
que la piedra. Veamos pues como dialoga el ruiseñor
que hay en el pecho de Ronsard con esa rosa que es
motivo predilecto de su poesía, aunque no el
único; veamos cómo ese pecho trémulo
se hiere con la espina más aguda a medida que
el poeta modula su canción:
Et ja le rossignol doucement jargonné
Dessus l'espine assis sa complainte amoureuse
Todo poeta, aún aquel que desborda la forma
como Villon, o el que la sobrepasa como Hugo, se produce
en alguna medida a través de cierta forma.
Acabamos de decir que no existen los polos opuestos
de una poesía del todo instintiva y de una
poesía absolutamente elaborada, consecuencia
del artificio. Es cierto que Fray Luis alaba el canto
natural cuando quiere que lo despierten las aves del
campo "con su cantar suave no aprendido",
pero para aprender esta manera sencilla de decir sus
sentimientos, ha tenido que pasar por el ejercicio
de traducir a Horacio, a Virgilio, a Píndaro,
a Tibulo; trasiego de melodías, de ritmos y
sentimientos modulados de una garganta a otra; laboreo
difícil para arrancar la chispa adamantina
al genio de la lengua propia, porque en poesía,
como en música siempre hay algo que descubrir
y el poeta del lado de acá de lo natural se
quedará siempre en un juego simple de ritmos
que hasta ejecutados en la cuerda equivalen en su
sencillez a la misma percusión. El poeta culto
-si despojamos la palabra de toda implicación
pedantesca- busca, como el orquestador, llegar a todas
las posibilidades presupuestadas por una matemática
del sonido; quiere llegar a una seguridad en el procedimiento
que es el resumen de un trabajo de siglos en la historia
de la humanidad y de la consagración de toda
una vida en el individuo artista.
No está entonces demás que coloquemos
a Pierre de Ronsard en la línea francesa de
los trabajadores del verso, línea que partiendo
de este poeta pasará por Chénier, por
Théophile Gautier; por Baudelaire y Mallarmé
hasta llegar a Valéry , el último Ronsard
o el penúltimo, si lo encontráis. Son
los poetas de la intención y del método,
los que para hacer felices los oídos ajenos,
despojan su arte de toda facilidad y no precisamente
de toda emoción, sino de toda emoción
desordenada. No queremos decir que el concepto expresado
por Valéry sobre la creación poética
naciera ya hecho y derecho de la cabeza de Ronsard,
sino que ésta es una de sus consecuencias,
y que en todo creador de raza como el poeta que nos
ocupa, hay junto al creador un implacable ordenador,
un ser que saca la luz del caos, fundando, identificando
en lo posible la esencia con la existencia; adelgazando
los accidentes para que transparenten la sustancia
en la medida posible siempre distante de la meta propuesta.
Este trabajo de equilibrio, este no ser ni más
artificial ni menos natural es lo que dentro de su
época y para ejemplo de los siglos intenta
Ronsard y lo deja logrado en el testimonio de su poesía.
Algo se quedó también en la pura intención,
mas nunca será hipérbole el subrayar
la grandísima importancia de esa intención.
Hasta Clément Marot los poetas franceses pertenecían
a la tónica de la Edad Media en que la imaginación
colectiva popular y el sentido religioso (que Ronsard
no perderá) prevalecen sobre el arte y sobre
lo inventivo individual. Marot no inventó,
en el sentir de Lemercier, ni un género ni
un ritmo ni un metro. "Todo, salvo su genio,
le llega del Medioevo."
Estaba reservado al Renacimiento, cuyos frutos no
han sido siempre lozanos, el desenterrar la gracia
y la naturalidad del arte antiguo. Esta gracia se
desnuda en la poesía a través de los
gramáticos de Alejandría que habían
compilado las poesías de Alcman, de Alceo y
de Safo; de Stesicoro, Ibico, Anacreonte, Píndaro
y Baquílides.
Italia fue la conductora de ese movimiento rejuvenecedor
hacia la libertad y la naturaleza. En las artes plásticas
y en el pensamiento el hálito impulsor viene
de Italia y en cuanto a poesía se refiere,
cada nación mira también a Italia: Inglaterra
por los ojos de Edmundo Spencer; Espafia por los de
Garcilaso; Francia a través de la Pléyade
y especialmente desde Ronsard, para fundar con la
palabra una poesía que conservando el sello
francés se universaliza y enriquece gracias
a la perspectiva de la antigüedad clásica
y bajo la luz que le viene del país de frutas
de oro y de eterna primavera. La lengua materna del
soneto es la italiana; pronto el soneto hablaría
inglés, por boca de Sidney; francés
por boca de Ronsard y español en la garganta
de Garcilaso. Pero de nada valdría la forma,
sino fuera porque es el aflorar del contenido. Ese
contenido estriba principalmente en una Grecia y una
Roma evocadas, y más embellecidas aún
por el tono dorado de la evocación que se nos
aparece como un fondo de pintura alegre y nostálgico
a la vez. Hay nostalgia y para llenarla los príncipes
muníficos gastarán tesoros en revivir
en sus cortes el recuerdo de esa antigüedad pagana,
dando la primacía al jardín sobre el
claustro, a lo mundano sobre lo religioso; a la corte
sobre la plaza, y exaltando las fuerzas de la vida
por encima de la meditación de la muerte. Compárese
la muerte punzadoramente real de François Villon
con la dorada muerte pagana en el soneto elegíaco
de Ronsard que viene helénicamente a la tumba
de la joven con el vaso lleno de leche y la cesta
colmada de flores, para que en la muerte, al igual
que en la vida, su cuerpo sea rosas.
Uno de los triunfos de Enrique III contra las fuerzas
de la reforma se celebra con un banquete en los jardines
de Chennonceaux. Consistió en un ágape
servido por bellas damas de la corte vestidas de paje
o transformadas en ninfas de sueltos cabellos. He
aquí como ese amor a la naturaleza que hay
en Pierre de Ronsard, esa devoción al espíritu
pagano y al arte que lo representa, no se producen
como actitud aislada sino como santo y seña
de los tiempos. El universal Ronsard no va a ser una
excepción dejando de ser hombre de su tiempo;
es poeta nuevo allá en el Renacimiento, con
la responsabilidad y la aceptación de las consecuencias
de lo que representa ser un poeta nuevo, recibiendo
por esto los más grandes honores y las más
sumisas devociones al par que todas las diatribas
y censuras, suscitando también las más
enconadas enemistades en tanto que su novedad está
vigente; cuando ésta declina, viene el olvido;
más tarde, la incomprensión; por último,
el acatamiento general que no está en la estatua
que le alzan en la villa natal, sino en la decidida
influencia de su ejemplo y de su obra sobre los demás
poetas.
Ronsard creía él mismo en su ancestro
imaginario venido de las orillas del Danubio a guerrear
con Felipe VI. La investigación parece probar
que procedía de abuelos vendomeses que por
generaciones se trasmitieron de padres a hijos la
condición de vasallos del conde de Vendôme.
El que fue agricultor debió creer en la eficacia
de los cruces sanguíneos como revitalizadores.
Aunque las cruzadas no siempre cruzaron las sangres,
cruzaron las ideas. En este galo tan afirmadamente
galo ¿no hay algo que lo distingue, un matiz
de híbrido refinamiento?
Los últimos serán los primeros. Ronsard
es el menor de seis hermanos, de los cuales él
solo entra en la inmortalidad entendida en el sentido
terreno.
Nace el poeta en el primer cuarto del siglo XVI, según
él, el mismo año en que Francisco I
fue preso en Pavía. Hoy se da como fecha de
su nacimiento la de 1524. Por un problema del calendario
de la época no coinciden ambos hechos en la
fecha, ya que la batalla de Pavía se dio en
febrero de 1525. Quince años antes de que el
siglo finalice muere Ronsard. Su vida y su obra se
realizan precisamente en el período sangriento
de las guerras de religión, en plena Reforma
sin que estas tempestades ajenas al corazón
de la poesía dejen de soplar sobre su vida
con el mismo ímpetu con que avasallan a todos
los hombres por igual.
Dice Rilke que la poesía está hecha
de experiencia, de recuerdos, cuando ya éstos
se convierten en sangre nuestra. Veamos cómo
esta ley se da en Ronsard. Ronsard habita durante
sus primeros años cerca de Vendôme en
Loire-et-Cher, algunos de cuyos parajes se consideran
por el clásico Reclus como los más bellos
y característicos de la campiña típicamente
francesa. Cuán poco puede pensar un niño
a tan corta edad, pero cuánta intuición
puede acumular como una dínamo en su
ámbito emocional. La nostalgia de esta naturaleza,
el contraste posterior con paisajes tan diferentes
como los de Escocia e Inglaterra, lo llevaron tal
vez a la nostalgia de un paisaje campestre como el
de las Geórgicas y las Églogas. El investigador
no obstante, puede plantearse la pregunta de si lo
que buscaba Ronsard, lo que echaba de menos y revivía
en su ideal poético era tan sólo el
tipo de naturaleza que tan vivamente le habría
impresionado en su infancia.
Esas líneas torcidas en que Dios escribe derecho,
al decir del proverbio, dejan que la posteridad lea
sin trabajo, cómo las cosas fueron disponiéndose
para que Ronsard viniera a ser uno de los grandes
poetas de Francia. Casi siempre los padres en vez
de trasmitir a la sociedad la carta sellada de la
vocación que los hijos traen, intentamos leerla
y en definitiva leemos mal. Loys de Ronsard, el mayordomo
de Francisco I, se persuadió de que lo mejor
era darle a su hijo una sólida instrucción
que le preparase para los altos cargos de la magistratura
y de la iglesia. Se equivocó el prudente varón,
porque el sistema educativo de la época, todavía
medioeval en la práctica, no dio los mejores
resultados en el muchachito y hubo que apartarlo de
la labor escolar. Pero es el caso, que también
los padres acertamos por el amor y por el deseo de
acertar. Al buen mayordomo le pareció esta
vez que el camino más fácil era llevar
a su hijo a Avignon para darlo como paje al segundo
hijo del Rey. Éste a su vez lo cede a Jacobo
V de Escocia. A Escocia va el jovenzuelo y es allí
donde comienza su educación poética.
Otro de los pajes del séquito del Rey, un gentilhombre
francés admirador de la literatura latina,
se da a la agradable tarea de iniciarlo en el disfrute
de tanta refinada belleza. En los ratos ociosos ambos
traducen a Virgilio ya Horacio. Ronsard identifica
en sí la cuerda escondida que empieza a vibrar
al unísono de aquellos plectros sabiamente
pulsados.
En la Epístola a Jena Lescot ha quedado recogida
poéticamente la etapa de sus años de
aprendizaje y también una muestra de ese don
mágico que Ronsard tenía de animar lo
inanimado; de resucitar la mitología con la
propia ingenuidad de un pagano:
No contaba yo más que doce años
cuando en lo profundo de los valles y en las vastas
florestas no frecuentadas por los hombres -En los
secretos antros de pavor invadidos -Sin cuidarme
de nada mis versos pergeñaba -Eco me respondía
y las simples Dríadas -Faunos, Sátiros,
Panes, Oreadas y Napeas -Egipanes con frentes por
los cuernos ornadas -Que bailaban saltando como
cabras monteses -Y el rebaño gentil de fantásticas
hadas -Danzando en torno mío -Sus blusas
desceñían.
Detrás de lo convencional y artificioso de
tanta mitología, pugna, borrándolo,
la exaltación dionisíaca de aquel anticipado
al "hombre natural" de Rousseau. El mestizaje
mitológico es particularmente curioso. En una
misma estrofa se con funden las deidades mayores y
menores de la mitología clásica con
las hadas de la imaginación celta. ¿No
le llegaba a Ronsard un aporte de sangre celta por
su propia ascendencia francesa? ¿O esas hadas
eran nada más que bacantes, que conservaban
de hadas tan sólo el nombre? Sin embargo, las
hadas de un celta póstumo, de Buttler Yeats
se caracterizan porque danzan. Esta barroca convivencia
de mitologías pudo escandalizar a Malherbe,
a Fenelón y especialmente al académico
Boileau, tan lejos de Ronsard como lo está
la poesía de la preceptiva.
Ronsard ha regresado a Francia después de tres
años y medio de estancia en Escocia y en Inglaterra.
Es ya paje del delfín Enrique que algunos años
después subirá al trono. Compartirá
la afición a la poesía con la dorada
telaraña de la diplomacia... si Dios no dispone
otra cosa. Y parece que sí, que ha dispuesto
otra cosa; trazar una línea más, tan
aparentemente torcida como las otras, para dibujar
sin embargo, con toda nitidez al poeta. A los diecinueve
años una enfermedad lo incomunica con el mundo
de los sonidos. Como que para la moderna sicología
de los impedidos es falsa la teoría del vicariato
de los sentidos, podemos afirmar que Ronsard no
encontrará esa clase de compensación
a su sordera. No se hará ni más visual
ni más táctil; pero la parcial soledad
a que la sordera lo condena cambiará su inclinación
y dejando la diplomacia se entregará por entero
a la búsqueda de la única perla, a la
talla de un sonoro diamante de transparencia impar.
Pero su época no había avanzado tanto
en materia de sicología experimental que pudiera
distinguir entre la acuidad real de un sentido y el
ejercicio disciplinado de éste. Tampoco comprendió
su época la función de la memoria, las
reacciones de la experiencia. La leyenda, como en
el caso de Homero ciego, ha trazado con líneas
exageradas el dibujo increíble que sitúa
a Ronsard dentro de una legión de personajes
fabulosos cuyas nociones no tuvieron necesidad de
llegar al espíritu por la puerta de los sentidos.
Por eso se le comparó con el Júpiter
cretense cuya estatua, despojada de orejas nos muestra
que sólo era deudor a sí mismo de todo
cuanto sabía, sin necesidad de recibir la instrucción
por los oídos ni de boca de los otros. Es que
Ronsard suscita una tan grande admiración que
se le diviniza hasta en su mismo mal. Cuando Du-Bellay,
el otro poeta insigne de la Pléyade, enferma
también de sordera, dirá que ha sido
atacado "de la divina enfermedad de Ronsard".
Sea por un ensimismamiento natural en hombre de tan
afinada espiritualidad; sea como reacción inmediata
a esa pérdida parcial del sentido auditivo,
Ronsard se aísla voluntariamente en esta etapa
de todo aquello que no sea la poesía. Diríase
que en vez de angustiarse a causa de la sordera, la
cultiva apasionadamente. Son ilustradores al respecto,
aquellos versos alusivos a la lectura ideal de Homero
en que ordena a su sirviente:
Je veus lire en trois jours l'Iliade d'Homere
Et pour ce, Corydon, ferme bien l'huis sur moi.
Au reste, si un Dieu vouloit pour moi descendre
Du ciel ferme la porte et ne le laisse entrer.
Es posible, digo yo, que el estado ideal del poeta
sea la sordera, o al menos aquellas paredes de corcho
que la chismografía artística atribuye
al fervor poético de Juan Ramón Jiménez.
Sólo el rayo de luz del mensaje de Casandra
entrará por la hendija de esta auditiva oscuridad.
Casandra es su fuente inicial de inspiración;
su fuente, y el poeta siempre podrá decir como
el místico: "que bien sé yo la
fuente -que mana y canta- aunque es de noche":
Casandra. Ronsard ha visto en Blois a esta jovencita.
La sangre del poeta, según él mismo
nos dice en versos de patente sinceridad, como las
canciones y sonetos amorosos de Dante y de Petrarca,
afluye más abundante a su corazón. Este
adolescente, cuya pluma vacila cuando intenta testimoniar
de manera fiel su propia embriaguez amorosa, "encuentra
la lengua francesa demasiado pobre y como si se arrastrara
trabajosamente sobre la tierra" para expresar
esa transformación que el amor obra en él.
El amor de Casandra preside, según parece,
la desinteresada revolución que Ronsard acometió;
reforma trascendente porque no tenía como objeto
inmediato la conquista de la hembra sino el hechizo
del corazón de una mujer.
Como hará en su día el Abate Mendel,
el sonetista de "Les Amours", hará
los más pacientes injertos y cruzamientos lingüísticos
para lograr las rosas más peregrinas o tal
vez la rosa única a través de todas
las rosas. En la corte invadida de fervor renacentista
encontrará adecuado estímulo para sus
estudios y para el alto fin poético que se
había propuesto. Pero esto no le basta. Ronsard
prefiere enclaustrarse en el Colegio de Coqueret,
como si fuera a profesar para poeta, él, que
según la obra de Froger, recibiría por
fin las órdenes, aunque otros sólo admiten
que fuera beneficiario de diversas abadías.
Hasta altas horas de la noche vela el poeta y con
la peculiar inclinación de la cabeza con que
nos lo presenta el busto que coronaba su tumba, parece
poner oído a la canción del ruiseñor,
sólo que el ruiseñor está en
sí mismo, hiriéndose, depurándose
en el coloquio constante con la rosa. Velaba Ronsard
hasta la alta madrugada y no se iba al lecho hasta
dejar en su lugar a Baíf, ardiendo como llama
votiva ante el altar de la poesía. En esta
consagración de la brigada a la más
alta causa espiritual, se gesta hasta que toma forma
de manifiesto de la Pléyade, La defensa
e ilustración de la Lengua Francesa que
redactó Du-Bellay bajo la estelar inspiración
de Ronsard. Había lo que siempre hay de capilla
en estos grupos escogidos que cumplen la ley de renovación
poética, negando el pasado, aislándose
aristocráticamente para trabajar con más
eficacia. Ya se sabe que éste es un fenómeno
que ocurre en cada época y en cada país.
No sólo compartían una especie de lenguaje
común producto de idéntica información
cultural, sino que había parentesco de sangre
entre algunos de ellos para que la vinculación
los hiciera sentirse como personas que están
en el secreto; un secreto que se habría querido
decir a voces a los contemporáneos si no diera
cabalmente la casualidad de que la generación
anterior cumplía también su misión
olímpica de no creer demasiado en la juventud
aunque posiblemente, y como sucede por regla general,
le temía. Como que no podemos detenernos en
lo anecdótico, enumeramos tan sólo los
puntos luminares de la constelación ronsardista.
El núcleo lo formaron Pierre Ronsard, la estrella
de primera magnitud y Jean Antoine Baíf traductor
de la Electra de Sófocles. En torno,
Jean Dorat, maestro de humanismo; Joachim Du-Bellay,
el autor de Les Regrets; Pontus de Tyard, autor
de un impecable soneto al sueño que André
Gide acoge acertadamente en su antología; Remy
Bellau, traductor de Anacreonte y Etienne Jodelle,
lo que llamaríamos hoy un teatrista.
El Manifiesto de la Pléyade tiene la
fuerza y el tono combativo de cualquiera de los manifiestos
poéticos redactados en el período comprendido
entre las dos últimas guerras mundiales, el
de Dadá y el de los Surrealistas, para no citar
otros más viejos o más nuevos. En tono
francamente agresivo aconseja adornar los templos
y altares galos con los despojos de Grecia y Roma
vencidas; no temer a los gritos de los gansos del
Capitolio como antaño habían hecho los
temerarios jefes galos; saquear sin piedad los tesoros
del templo délfico, sin miedo del mudo Apolo,
de sus falsos oráculos y de sus flechas embotadas.
Hasta entonces la lengua francesa sólo poseía
la frescura, la gracia, la ligereza y el ingenio.
Ronsard y la escuela apresurarían su madurez
por el injerto de neologismos; por la recuperación
de palabras de la antigua lengua caída en desuso.
Los apasionados hugonotes que con buenísimas
razones de libertad sacaron contra él inscripciones
insultantes y llevaron a cabo un atentado contra su
vida, a causa de su vinculación a esa corte
en que intrigaba Catalina de Médicis, ignoraban
del todo que aquel sordo estaba dándole una
lengua a Francia, uno de los elementos esenciales
que sirven a un pueblo para diferenciarse como nación,
una lengua que en la posteridad podrían utilizar
por igual los descendientes de los Guisa y de los
Coligny, es decir el pueblo entero de Francia. No
sabían los débiles soberanos de su país,
ni la fastuosa virago de Inglaterra, ni la reina mártir
de Escocia, cuando colmaban a Ronsard de honores,
de presentes, pensiones, abadías y beneficios,
que en verdad rendían su grandeza política
ante la fuerza inconmensurable del poder de la inteligencia
y la grandeza del corazón. Pensemos que más
que el valioso diamante que Isabel le enviara como
simbólico regalo, el más alto homenaje
que obtuvo Ronsard fue el de recibir la visita de
Torcuoato Tasso para leerle varios de los cantos de
su Jerusalem libertada.
Por su parte la reacción tradicional iba a
levantarse impetuosa por los únicos medios
de que se disponía entonces, las reuniones
en la corte y con el mismo procedimiento usado en
estos casos: la burla intencionada, la desfiguración
caricaturesca de los rasgos característicos
de la hueva escuela. Mellín de Saint Gelais
viene a ser el Castillejo de este Garcilaso francés,
y como sucede siempre, los rivales no pueden ocultar
su susto ante la novedad. El triunfo completo de la
escuela no quita que todavía la posteridad,
sin negarle el hondo sentimiento de la naturaleza,
la vinculación del paisaje a la pasión
humana, la vigorosa armonía, el aliento original
y la increíble variedad de ritmos, señalen
casi con alegría los defectos que hay en toda
iniciación. El fracaso de la Franciada de Ronsard,
no deja de hacernos pensar a los hijos de esta época
en que no todo lleva el sello de la improvisación
o la marca del ingenioso y deleznable material plástico;
cuánto respeto merece el intentar su imposible;
cuánto amor debe de profesar a su "métier"
el que trabaja durante veinte años en una obra
de la que sólo realiza cuatro cantos. Esto
también se parece al silencio de Valéry.
Pero los alguaciles del lenguaje, los que nunca supieron
trazar un renglón de poesía o un párrafo
de prosa original, señalan aún, puntero
en ristre, la copia de neologismos, la presencia de
otros poetas interfiriendo su propia inspiración,
la marca erudita y, sobre todo, la oscuridad.
La escuela enriquece el diccionario con los términos
"ronsardizar", "ronsardismo" y
"ronsardista", que a pesar de su connotación
rebajadora, son un homenaje, el otro homenaje, a la
grandeza del poeta. Lo de la oscuridad es puro
miedo de sensibilidades romas. Los niños y
cierta fauna crítica se espantan en la oscuridad,
en cambio, el alma grande de Miguel Ángel proclama
que la sombra "es el único sitio digno
de plantar al hombre": "¡Santa, santa
es la noche y su profunda entraña! "
A su vez los jóvenes entusiastas, fanatizados
por la novedad, se comportan como mariposas deslumbradas
por los resplandores de esta poética original
y van a pulverizar sus alas atraídos por el
brillo de la nueva escuela. Pierre de Ronsard, una
vez consagrado por el favor real que no admite la
diatriba de Saint-Gelais y sus amigos, queda dueño
del campo como verdadero príncipe del nuevo
gay trinar. No será menester que hagamos el
relato íntegro de esta peripecia sino en sus
detalles indispensables. En tiempos de Enrique III
y después de la muerte de Carlos IX, ocurre
el ocaso de la fama de Ronsard, transcurre la última
etapa de su vida hasta que se retira de la corte.
Sus más angustiosos acentos pertenecen a este
dorado otoño. Son de esta etapa los Sonetos
a Helena, la fría Helena, "el último
y más grande de todos sus amores" en opinión
de Windham Lewis, autor de uno de los estudios más
completos y penetrantes sobre Ronsard y su época.
Las luchas de religión habían hecho
de Ronsard ese típico artista francés
de preocupación trascendente, un vocero del
escándalo de la verdad al modo como lo serán
más tarde Bernanos y Mauriac; o quizás
un héroe egotista a la manera de André
Gide. Este es el Ronsard de los "Discours sur
les miseres du temps" y "Remontrances au
peuple de France" que, en vigorosos versos, muy
distintos de sus madrigales y elegías, dice
su indignación contra los excesos de los reformados;
hace al Rey severas advertencias y amonesta a los
clérigos responsables. "Vosotros, príncipes
y vosotros reyes, habéis cometido la falta
por la cual gime ahora toda la Iglesia." Al modo
como también lo hizo el español Quevedo,
no calla sus reproches y se dirige a los sacerdotes
convictos de avaricia y sed de lujo: "Prelados,
vosotros los primeros reformaos -y como verdaderos
pastores, haced la guerra a los lobos"; "desechad
la ambición de riqueza excesiva": "sed
más virtuosos y vestid menos sedas." Predicando
también la paz y la tolerancia se codea en
alteza de miras con su contemporáneo Montaigne.
El hacer esto en medio del más furibundo fanatismo
engrandece más aún a ambas figuras.
Podríamos saltar ahora sobre el acontecimiento
de su muerte, sobre la imponente ceremonia fúnebre
celebrada en París en la capilla del colegio
Boncourt, también sobre el duelo del Rey y
de la corte y sobre la oración fúnebre
pronunciada por un obispo; sin embargo, sería
conveniente que antes de terminar, y para poner un
poco de orden en estas palabras, más fervorosas
que meditadas, señalemos sin demasiados comentarios
las distintas épocas poéticas de Ronsard.
En su primer período el poeta escribe odas
en las que se ha advertido el acento y la influencia
de Píndaro; himnos en los que imita
a Calímaco; por último, "Los amores
de Casandra" en los que Ronsard atempera la concepción
petrarquista del amor, aunque en algunas de estas
composiciones se eleva y ahonda la expresión
de ese platonismo trascendente y místico. El
llamado segundo período de la poesía
de Ronsard incluye dos maneras diferentes. En la primera
manera de este segundo período ronsardino,
se ejerce marcadamente sobre el poeta la influencia
de Horacio y también la de Anacreonte. Es dentro
de esta manera que se escribe la delicada pieza titulada
"Mignonne" de movimiento grácil y
delicado, y por lo mismo tan difícil de traducir.
El poeta ha adquirido experiencia y soltura; ha asimilado
el petrarquismo y por eso parece más ingenuo
y natural; escribe entonces "Los amores de María",
al que pertenece ese tierno soneto elegíaco
parecido a la escena de un vaso griego. El acento
elegíaco se hace más melancólico
en el poema "A la Elección de su Sepulcro",
que no falta ni debe faltar en las antologías.
En la segunda manera del segundo período, Ronsard
está en el apogeo de su gloria, es definitivamente
el poeta de la corte, el poeta nacional. Ya hemos
hablado de su ocaso en que se escriben además,
los Sonetos a Helena.
No tenemos al pie de la letra esa cosa demasiado profesoral
que es el casarse con las etapas y divisiones; en
esto hay que atenerse a lo imprescindible e ir siempre
a la poesía misma para disfrutarla con fruición.
Lo que de Ronsard queda para la inmortalidad es esa
frescura pánica o panida soplada en melodiosa
siringa; ese amor a la naturaleza que ya le señalamos,
como cuando le escuchamos llorar por la tala de un
bosque:
Escucha leñador, detén el brazo.
No es el frondoso bosque eso que echas abajo.
¿No ves como gotea la sangre de esas ninfas
Que habitan escondidas en su corteza dura?
Sacrílego, si cuelgan al ladrón por
llevarse
Un pequeño botín en las manos audaces.
¿Cuánto más fuego y muerte, más
hierros y torturas
No mereces tú, pérfido, por herir a
esas diosas?
Foresta, alta mansión de pájaros esquivos,
El solitario ciervo y las cabras monteses
¿No pacieron un día felices a tu sombra?
Y tus penachos verdes, oh, selva milenaria,
¿No volverá a encender la luz del sol
de estío?
Y el pastor amoroso al tronco recostado
Soplando el caramillo de acento sonoroso,
A los pies el mastín y en reposo el cayado,
¿No cantará el amor de su ardiente pastora?
Todo quedará mudo; Eco, sin voz, ausente,
Y será campo yermo lo que antes era un bosque
Donde la sombra incierta lentamente se muda.
Sentiráis el arado, la reja y la carreta.
Perderás el silencio que antes era tu hechizo
y arrasada, desnuda y jadeante de espanto,
Triste echarás de menos a Sátiros y
Panes,
Que no frecuentarán como antaño tu suelo.
(1)
Oímos cuando leemos estos trozos de Ronsard,
la resonancia de Virgilio y de Teócrito, mas
nos llega con tal acento de sinceridad que nos conmueve
con su encanto diferente y personal. Pero a este Ronsard
dionisíaco, anticipado al romanticismo y por
eso mismo grato a John Keats que adapta uno de sus
sonetos al inglés, se opone el Ronsard cristiano
y triste que funde a la ligereza anacreóntica
la angustiada preocupación por la brevedad
de la rosa, de la mujer y del amor. El matiz delicado
sí que no le abandona nunca; a veces parece
acercarse al siglo XVIII plástico de Watteau,
al XVIII musical de Mozart siendo tan ajeno al XVIII
satírico y antipoético de Voltaire.
He dejado para este instante la lectura de algunas
versiones de poemas de Ronsard. No es accesible o
no existe, mejor dicho, una colección completa
de los poemas de Ronsard en castellano. En el original
se citan: la Colección de Obras Completas
de 1506; la de 1867, editada por Prosper Blanchemain;
y la de 1887, edición de Lemerre en seis tomos,
y las ediciones actuales tanto corrientes como de
lujo. En la Anthologie de la Poésie Française,
de André Gide, el poeta está muy bien
representado con más de treinta poemas y fragmentos.
De esta obra y de la sencilla selección de
Auguste Dorchain hemos escogido cuatro sonetos
y las conocidas estrofas que comienzan con el verso
"Mignone allons voir si la rose", de manera
que tres de las mujeres inspiradoras del poeta -Casandra,
María y Helena- sean recordadas y homenajeadas
con su cantor.
A CASANDRA (2)
(Variación de John Keats sobre el tema de Ronsard)
Natura sujetó a Casandra a los cielos
Para con su hermosura mil años adornados.
De ellos tomó purísima esencia de Belleza
Y el secreto matiz de los tintes dorados.
Así la modeló y doró de esplendores
Para que sobre todos sin par ella luciera.
En tanto que el Amor al guardarla en sus alas
Enriqueció de sombras sus ojos heridores.
Los que del alto Olimpo habitan en la altura
Reyes que entre las nubes ocultan su pavura.
Suspiraron de admiración sobrecogidos.
Cuando por vez primera descender de los cielos
La vi, mi corazón, se incendió de repente
Y cambié mis ardientes placeres en desvelos.
Son ahora las penas la meta de mi vida
Pues en mis venas vierte Amor continuamente
Una hermosura extraña, dulce y desconocida.
AMORES DE MARÍA
Sal del lecho, María, durmiendo perezosa
Porque la alegre alondra ya en el cielo ha gorjeado
Y el dulce ruiseñor en la espina posado
Pone fin al susurro de su queja amorosa.
¡Arriba! Ven a ver la yerbecita acuosa
Y tu rosal de tiernos capullos coronado,
Y los lindos claveles a los que riego has dado
Ayer al caer la tarde con mano cuidadosa.
Anoche cuando el sueño tus ojos oprimía
Juraste despertar temprano esta mañana,
Salir antes que yo a saludar el día
Pero el sueño del alba los sella todavía.
Cien veces los besara y aún más de buena
gana
Y su seno hermosísimo de besos colmaría.
Para que compitiendo con la rosada aurora
Aprendas desde hoy a ser madrugadora. (3)
Hemos preferido traducir este soneto directamente
en lugar de escoger, por demasiado conocido, aquél
que comienza "Comme on voit sur le branch, o
mois de mai la rose". Compárese con la
imagen referida a la alondra en el soneto que acabamos
de leer, las expresiones de Shakespeare: "Was
not the lark it was the nightingale" en Romeo
y Julieta; en la canción "lark, lark,
the lark" de Cymbeline y esta otra del
soneto XXIX: "like to the lark at break of day
arising -from sullen earth, sings hymns at heavens
gate".
Todas aluden al amanecer personificado en la alondra
que llama a las puertas del cielo o confunde su canto
mañanero con el del cantor nocturno.
A HELENA (4)
En tu honor planto un pino, este árbol
de Cibeles
Donde podrá leerse tu elogio cada día.
He grabado en su tronco nuestros nombres que fieles
con la nueva corteza crecerán a porfía.
Faunos que hacéis morada de mi solar paterno,
que a este valle traéis vuestra danza embriagada;
Cuidad que en el estío y velad que en invierno
No se abrase esta planta ni la mustie la helada.
Pastor que guiarás a pacer tu rebaño
Al compás de la égloga que silbas en
tu avena,
Agregad a este pino un cuadro cada año.
Que cuente al caminante mi amor, mi dulce pena.
Luego rociando sangre y leche, sacro baño
Del cordero que el campo con su balido llena,
Proclamad que esta planta se consagra a mi Helena.
En lo referente a Helena hemos prescindido, pero
no debemos dejar de mencionarlo, del conocidísimo
soneto que comienza "Quand vous serez bien vielle
au soir de la chandelle"... Obsérvese
de paso el tono pastoral que mucho más tarde
aparece en el simbolista Mallarmé cuando canta:
Nombradme de esas risas que en partida frambuesa
tímida nieve asoman de corderos, Princesa,
prodigando en delirio su más tierno balido.
Nombradme, sí, que amor en abanico alado
con su flauta arrullándolas me dejará
pintado
Pastor de tus sonrisas quiero ser elegido.
ROSAS (5)
Aquí te mando una guirnalda entretejida
De botones y rosas que en el atardecer
A recoger viniera cuando aún frescos lucían.
(La aurora los verá mustios palidecer).
Sabrás por esta muestra que tus bellezas todas
Que en esplendor perfecto contemplas florecer
Caerán pétalo a pétalo tan sólo
en una hora,
Y al fin flores, bien pronto, verás su perecer.
¡Ah! Cómo vuela el tiempo, Señor,
¡qué apresurado!
¡Más no es el tiempo! Somos tú
y yo los que nos vamos
Y muy en breve iremos a dormir bajo un pino.
Nadie el coloquio nuestro oirá cuando muramos;
Todos ignorarán que en esta llama ardimos.
Y pues al polvo iremos lo mismo que la rosa,
Sed amable, amor mío, mientras que seáis
hermosa.
A CASANDRA (6)
Mignonne, acércate curiosa
Conmigo a ver si aquella rosa
Que desplegara esta mañana
Al sol su veste empurpurada
No pierde a la hora vespertina
El suave olor y la divina
Tez que por fresca y por lozana
De la tuya parece hermana.
Mira que un instante solo
Goza esta rosa de su trono
Bajo la luz que la envolvía
Y al marchitarse hoja por hoja
De su belleza se despoja
Abdicando su lozanía.
No llames Madre a la Natura
Que descuidada en demasía
Deja morir a su criatura:
A aquella flor que sólo dura
El breve espacio de este día.
Así, tanto como la rosa
Tu reino ha de durar, hermosa,
Y haz de gozar mientras florezca
En tu rostro la risa fresca
De la juventud armoniosa.
Anda aprisa y en la mañana
Antes que la tarde decrete
Que perezca la flor lozana
Haz un fragante ramillete
De tanta púrpura de olor.
Pues al igual que a nuestra rosa
Ha de llegarte la vejez
Y tu mejilla primorosa
Apagará la palidez.
Hemos dejado para el final la fina canción
"A Casandra", porque la clave de ésta
como la de muchas de sus poesías amorosas está
en la breve joya lírica de uno de los poemas
de la Antología griega, obra que por
cierto se asegura que fue traducida por Ronsard. Es
el poema de Argentario que dice:
A pesar de que tu soplo mientras duermes sea una
brisa embriagadora, apresúrate a despertarte
para recibir la corona que te hacen mis manos; sus
flores están abiertas, no dejes que se marchiten
sin gozar de ellas, como se marchita la juventud
en el espacio de un instante.
Tal vez en este punto padezca Ronsard el defecto
de la insistencia sobre un tema; la monotonía
de un motivo sobre el que vuelve a menudo para expresar
que siendo la vida corta, la juventud es más
corta aún; recurriendo inevitablemente a la
imagen de la caducidad de las rosas; rosas que, como
en Calderón, se sitúan en un tiempo
abstracto y ahistórico, al revés de
la concreta sucesión histórica y verdadero
movimiento con que Jorge Manrique pintara el perecer
de todo.
Dejemos estas investigaciones a pluma más perspicaz.
Y quede mejor aquí el testimonio de nuestra
alabanza al poeta, a la lengua armoniosa que cultivó;
a lo mucho que ha enseñado a los poetas que
vinieron después. Tal vez nuestras reflexiones
fueron el pretexto para decir con garganta hispánica
sus versos inmortales.
Quitad lo que ha habido de más; suplid lo que
ha habido de menos y tendréis para vosotros
un Ronsard sin más y sin menos. El que seguramente
tuve la intención de entregaros sin conseguirlo.
Notas al pie:
1. Elegía contra los leñadores de
la selva de Gatine
2.Del inglés, traducido por Emilio Ballagas
3. Del francés, traducido
por Emilio Ballagas.
4. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.
5. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.
6. Del francés, traducido por Emilio Ballagas.
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