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A pesar de que comencé a tocar el
piano y luego a emborronar algunos cuadritos, y esas cosas, no
tengo nada que decir, nada de ello tiene importancia. Me ha gustado
y me gusta mucho, claro, la música, la pintura, como afición,
pero eso es todo. Lo mejor, lo menos malo que me ha ocurrido en
la vida es mi encuentro con la poesía que ha estado junto
a mí desde mi juventud y que me ha acompañado siempre
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MAR (fragmento) |
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De Trópico, 1930.
3
Viaja en descenso feliz
para un resbalar de luz
sobre la mar, al trasluz,
quintaesenciado matiz.
Hay una fuga, un desliz
de materia. La altivez
perdida, vive otra vez
incierta vida sin voz.
Y la pupila precoz
bifurca falso doblez.
4
Mar, con el oro metido
por decorar tus arenas;
ilusión de ser apenas
por dardos estremecido.
Viven en cálido nido
aves de tu luz, inquietas
por un juego de saetas
ilusionadas de cielo,
profundas en el desvelo
de llevar muertes secretas.
5
Roto en espinas al peso,
cielo, de urgente llamada;
por anhelo de ser nada
en marina cárcel preso,
ábrese suicida beso
de nube en sendas oscuras,
frágil a las inseguras
luces de mentido día
hundido ya en la sombría
cuna de nubes futuras.
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MARTIRIO DE SAN SEBASTIÁN
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De Doble acento, 1937.
A mi hermano Ricardo
Sí, venid a mis brazos, palomitas de hierro;
palomitas de hierro, a mi vientre desnudo.
Qué dolor de caricias agudas.
Sí, venid a morderme la sangre,
a este pecho, a estas piernas, a la ardiente mejilla.
Venid, que ya os recibe el alma entre los labios.
Si, para que tengáis nido de carne
y semillas de huesos ateridos;
para. que hundáis el pico rojo
en el haz de mis músculos.
Venid a mis ojos, que puedan ver la luz;
a mis manos, que toquen forma imperecedera;
a mis oídos, que se abran a las aéreas músicas;
a mi boca, que guste las mieles infinitas;
a mi nariz, para el perfume de las eternas rosas.
Venid, sí, duros ángeles de fuego,
pequeños querubines de alas tensas.
Sí, venid a soltarme las amarras
para lanzarme al viaje sin orillas.
¡Ay! qué acero feliz, qué piadoso martirio.
¡Ay! punta de coral, águila, lirio
de estremecidos pétalos. Si. Tengo
para vosotras, flechas, el corazón ardiente,
pulso de anhelo, sienes indefensas.
Venid, que está mi frente
ya limpia de metal para vuestra caricia.
Ya, qué río de tibias agujas celestiales.
Qué nieves me deslumbran el espíritu.
Venid. Una tan sólo de vosotras, palomas
para que anide dentro de mi pecho
y me atraviese el alma con sus alas...
Señor, ya voy, por cauce de saetas.
Solo una más, y quedaré dormido.
Este largo morir despedazado.
como me ausenta del dolor. Ya apenas
el pico de estos buitres me lo siento.
Qué poco falta ya, Señor, para mirarte,
Y miraré con ojos que vencieron las flechas;
y escucharé tu voz con oídos eternos;
y al olor de tus rosas me estaré como en éxtasis;
y tocaré con manos que nutrieron estas fieras palomas;
y gustaré tus mieles con los labios del alma.
Ya voy, Señor. ¡Ay! qué sueño
de soles,
qué camino de estrellas en mi sueño,
Ya sé que llega mi última paloma...
¡Ay! ¡Ya está bien, Señor, que
te la llevo
hundida en un rincón de las entrañas!
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A LA MARIPOSA MUERTA |
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De Reino, 1938.
Tu júbilo, en el vuelo;
tu inquietud, en el aire;
tu vida, al sol, al aire, al vuelo.
Qué pequeña tu muerte
bajo la luz de fuego vivo.
Qué serena la gracia de tus alas
ya para siempre abiertas en el libro.
Y en ti, tan suave, en tu morir callado,
en tu sueño sin sueños,
cuánta ilusión perdida al aire,
cuánto desesperado pensamiento.
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LA COMPAÑERA |
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De Asonante final, 1950.
A Cintio Vitier
A veces se la encuentra
en mitad del camino de la vida
y ya todo está bien. No importa nada.
No importa el ruido, ni la ciudad, ni la máquina.
No te importa. La llevas de la mano,
compañera tan fiel como la muerte,
y así va con el tren como el paisaje,
en el aire de abril como la primavera,
como la mar junto a los pinos,
junto a la loma como está la palma,
o el chopo junto al río,
o aquellos arrayanes junto al agua.
No importa. Como todo lo que une
y completa. Junto a la sed el agua,
y al dolor el olvido. El fuego con la fragua,
la flor y la hoja verde,
y el mar azul y la espuma blanca.
La niña pequeñita
con el brazo de amor que la llevaba,
y el ciego con su perro lazarillo,
y el Tormes junto a Salamanca.
Lo uno con lo otro tan cerrado
que se completa la mitad que falta.
Y el cielo con la tierra.
Y el cuerpo con el alma.
Y tú, por fin, para decirlo pronto,
mi soledad, en Dios transfigurada.
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VERSOS |
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De Asonante final y otros poemas, 1955.
Como no sabes lo que pasa
te parece la noche más oscura
dentro del vaso de cristal
y ya ni tienes miedo
a que salgan los sueños a morderte,
que están seguros en su Puesto.
Como no sabes lo, que pasa
no quieres ver lo que te ronda
sobre el giro del día
y ya no temes ni la flecha,
ni el color, ni la llaga
de la luz que nos pesa.
Y como pues no sabes
ni lo que pasa ni lo que se queda
no te angustia la flor
que allí en su rama temblorosa
lejos de ti, puesto que no la miras,
se está quedando de ti sola.
No sabes lo que pasa
porque de ti no sabe nada nada.
Como no se sabe qué color tiene Dios
-¿será blanco y azul como este libro,
o rojo y púrpura como el ocaso,
o amarillo y rosado de la aurora,
verde tal vez como este mar,
como la cinta, como son las hojas?-
Ay, que Dios sin color se me desliza
y se me queda gris como ceniza.
Ceniza gris, Dios gris me gusta:
gris de pensar lo permanente,
gris de llover, de transitar palabras,
gris de pasar la rueda,
gris de torcer el hilo de las tardes
y de mirar lo que nos queda.
Y como no se saben los colores
que aquí y allí nos dejan en la mano
temblorosos de fines los adioses.
Pero es que ni tú, ni yo, ni aquél,
ni nadie, ni cualquiera
sabemos lo que pasa o lo que queda.
New York, 13 de enero de 1949.
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EL DESEO |
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De Antología poética (1930-1955),
1956.
El mar esta mañana
Me alegra con su sal.
Permite, Señor-Nada.
Lo que quieras será.
Pero si acaso, acaso
Me quieres escuchar,
Señor, de vez en cuando
Déjame ver el mar.
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CARACOLAS |
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De Hábito de esperanza, 1965.
A Alcides Iznaga,
El mar preso en las manos.
Y no tan solo el mar: el universo.
Y más que el universo: preso Dios,
que me habla en el ruido de la ola
?espiral interior de caracola-
con la sola palabra de su verso.
2
SE vuelve a tu color, siempre;
al nácar, a la aurora nueva.
Se te mira, lejana aquí
del sol, la sal, el mar, la arena;
pobre sin ellos,
y rica, a su pesar, en tu belleza.
¡Y que ilusión de ayer, que gloria,
qué luz del que te tiene cerca!
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EL MAR |
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De Tiempo y agonía,
1974.
«Un ambiente especial de serena inquietud...»
¿Puede ser esto así?
Vienen las olas
rizando su copete, deslizándolo
en giros desiguales, y seguras
de su destino de acabar, volviendo
a su eterno moverse, en la serena
ordenación del mar que nunca cesa.
Cerca es el ondular, y más allá, la calma.
Por fin, el horizonte estático
unido al cielo fijo, gris, que apenas dibuja
su línea.
Ahora, en la desierta playa,
sin cuerpo que tocar, quedan las olas
en su inquietud de agua serena
para esperar los cuerpos de mañana. |
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MOMENTO |
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De Obras completas,1983-1991.
Si no me falta nada. Si estoy bueno.
Si hay sol con frío por el aire.
Tengo cariño a mano. Mas no tengo
el que dentro de mi tener querría.
Es tranquila esta paz, pero me duele
con un vacío que no tiene nombre.
Y no acierto a decir lo que quisiera. . .
Tal vez un poco de melancolía.
5 de febrero, 1974, después de leer a Bécquer.
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EL CREYENTE |
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DE Obras completas, 1983-1991.
Yo creí que era un ángel,
Y era sólo un papel que iba volando.
Creí que llamarían por teléfono,
Y era alguien equivocado.
Creí que llovería,
según mi bruja lo estaba anunciando,
y era el calor, la niebla, el desespero
y el pensar en lo lejos y hasta cuándo.
Creí, creí. No sé cuánto creía
Y cuánto no creer entra en mi cuarto.
Pues sí, hay que no creer;
no creer en ti, ni en ti, ni en otro, dando
un revés a todo, menos a una,
la que yo sé que me está esperando.
La que siempre me espera.
La diosa ciega de los velos blancos.
1975.
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EL TESORO |
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De Niño de ayer, 1991.
Lo claro, sí. Ya es gracia perdurable.
Porque la noche calla
y en el hondo decir
tiene la oscura lumbre de la estrella.
Porque en la noche, ahora
que se piensa, además, como llorando,
está lo de verdad,
lo que se queda al aire tras la muerte.
Y lo que Tú, Señor, vas a guardarnos
para la vida allá, sobre tu nombre.
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DESTINO |
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De Hasta luego, 1992.
Mejor ámbito aquí, dentro de casa,
para escribir lo ancho
y lo pequeño de este mundo.
Apenas diferente
conocer la distancia de una estrella
o el alado camino
de la hoja caída de su árbol.
Preciso es dar al aire
este amargo sabor que muerde dentro,
que pide luz de fuera, la que arde
de su estar siempre fiel a su destino
que es el lucir en las palabras
y saltarse los mundos que conoce
y los que aún no han sido revelados.
Un ámbito que esconde
en sí el oculto pensamiento
-brillante piedra que en su día
nos pidió rescatarla,
a ella, la escondida de los siglos,
humilde aún, que espera
el roce misterioso de unos dedos ...
Ahora, despertada
de su soñar antiguo,
nacida a luz y sol,
hecha ya una palabra.
Milagro al fin que vive
al amor de su dueño:
de quien soñó con ella
en la forma final de su destino.
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