PREMIO NACIONAL DE LITERATURA
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Una frontera muy sutil separa la literatura de ese otro orden del espíritu donde, sin enterarte mucho de sí mismos, el arte y el ser se confunden. Por él se ha movido siempre Fina García Marruz, tal como avanzaba por la feria la joven de la balada irlandesa, cuyo simple paso iba orientándolo todo a la poesía. Desde niña, y sin que ella o los demás pudieran remediarlo, comenzó a irradiar su extraña luz sobre el contorno, convirtiendo a sus tías en las conmovedoras criaturas que pueden verse en las miradas perdidas, y en los barrios, parques y niños más de veras que haya nadie soñado nunca. . . . En este libro [Visitaciones], escrito en el idioma que Fina García Marruz pide para sí –«quiero escribir con el silencio vivo»–, se encuentran algunos de los poemas de más apasionada belleza que se hayan compuesto en lengua española desde que asomó el mil novecientos.

Eliseo Diego


9 de enero 1971

Sra. Dª Fina García Marruz
La Habana

Querida Fina: Estoy deslumbrado y maravillado con estas «visitaciones». Desde los «Diez poetas cubanos» ya tenía presente su voz, aún mejor en alguna otra colección y poesía suelta que luego me fue llegando, pero esto es la inundación de la riqueza. Y la misma abundancia variada ilumina la calidad de cada uno de los poemas por separado. En la segunda lectura, por manía innata o por leer mejor, me puse a marcar el puñado de los poemas predilectos, pero cuando los conté, eran sesenta y tantos.

Sería absurdo que le enviara juicios «literarios» aunque fueran sinceros: quizás, incluso, esté fuera de lugar que le diga que su voz se me ha puesto ahora entre las tres o cuatro que me importan de veras en nuestra lengua –y ya sabe quién es otra de ellas –. Sencillamente, es una gran poesía que me alumbra y me emociona, una poesía «querida» y fraternal, pero a la vez sutilmente renovadora, inesperada, inventiva. . . Uno de sus encantos es la vacilación «deslavazada», en la rima que no llega a rimar del todo o el verso al que se le van los pies: así se mantiene esa pureza de intimidad tan femenina y no-profesional, tan a lo Teresa de Ávila.

Pero Ávila, por ejemplo, qué maravilla los poemas de España –sólo que no somos dignos de que se llame «Español» a nuestra habla peninsular, sobre todo para que lo diga alguien de Cuba, donde nuestra lengua está conquistando una nueva dignidad, con el heroico trabajo de ustedes, nuestros rescatadores históricos.

Claro, ya sabe en qué pienso: su inmenso poema al Che –aunque tal vez no sea el «mejor» – es el que más me ha estremecido y agitado, el que me habría convertido, si no estuviera ya más que convertido –y el toque final de persuasión, si quedaran dudas, me lo pondrían voces como la de usted y la de Cintio en sus «testimonios» finales–. Es providencial que sea su voz delicada, pura y cristiana, la que haga el canto más profundo de exaltación a ese sacrificado por el pueblo, y por consiguiente, «bendito del Padre», aunque él no se lo imaginara. Al reunir este poema con poemas tan escalofriantemente íntimos como «Ya yo también estoy entre los otros» tengo la medida de toda la anchura y la profundidad de su mundo y de su obra.

Cada vez que vuelvo al libro y repaso el poema, lo disfruto más. No es una poesía que se «valora» y se admira, dejándola luego en la estantería de la cultura; es una compañía que crece y crecerá. Le he dado ya varias vueltas a todo el libro, y me parece que todavía no lo he leído; tanto es lo que me da cada nueva «cala». Lo mejor será poder llegar a leer los poemas uno por uno, no seguidos, como ahora, todavía con la impaciencia de la exploración. Entonces parecerán nuevos, otra vez.

En realidad, apenas he hecho más que empezar a leer Visitaciones. Con tan pocos días –me llegó el libro para acabar bien el año– todavía no he pasado de los primeros gritos de asombro. Pero me urgía decirle enseguida mi agradecimiento, y ya seguiremos hablando más despacio, interminablemente. .

Jose María Valverde


 

 

   

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