|
Este texto, conocido como la autobiografía
de Gertrudis Gómez de Avellaneda, es en realidad
la primera de las numerosas cartas dirigidas a Ignacio de
Cepeda y Alcalde, epistolario que abarcó desde esta
primera confesión, firmada en Sevilla, el 23 de julio
de 1839, hasta la última que se conserva, fechada
en Madrid, el 26 de marzo de 1854. Solo refiere los primeros
veinticinco años de su vida, pero resulta un capítulo
esclarecedor de lo que será después su vida.
Confesión
23
de julio, a la una de la noche. En Sevilla, año de
1839.
Amigo
mío:
La confesión, que la supersticiosa y tímida
conciencia arranca a un alma arrepentida a los pies de un
ministro del cielo, no fue nunca más sincera, más
franca, que la que yo estoy dispuesta a hacer a usted. Después
de leer este cuadernillo me conocerá usted tan bien
o acaso mejor que a sí mismo. Pero exijo dos cosas.
Primera: que el fuego devore este papel inmediatamente que
sea leído. Segunda: que nadie más que usted
en el mundo tenga noticias de que ha existido.
Usted sabe que he nacido en una ciudad del centro de la
Isla de Cuba, a la cual fue empleado mi padre en el año
de nueve, y en la cual casó, algún tiempo
después, con mi madre, hija del país (1).
No siendo indispensables extensos datos sobre mi nacimiento
para la parte de mi historia, que pueda interesar a usted,
no le enfadaré con inútiles pormenores, pero
no suprimiré tampoco algunos que puedan contribuir
a dar a usted más exacta idea de los hechos posteriores.
Cuando comencé a tener uso de razón, comprendí
que había nacido en una posición social ventajosa:
que mi familia materna ocupaba uno de los primeros rangos
del país, que mi padre era un caballero y gozaba
toda la estimación que merecía por sus talentos
y virtudes, y todo aquel prestigio que en una ciudad naciente
y pequeña gozan los empleados de cierta clase. Nadie
tuvo este prestigio en tal grado: ni sus antecesores ni
sus sucesores en el destino de los comandantes de los puertos,
que ocupó en el centro de la isla; mi padre daba
brillo a su empleo con sus talentos distinguidos y había
sabido proporcionarse las relaciones más honoríficas
en Cuba y en España. Pronto cumplirán diez
y seis años de su muerte; mas estoy cierta, muy cierta,
que aún vive su memoria en Puerto Príncipe,
y que no se pronuncia su nombre sin elogios y bendiciones;
a nadie hizo mal, y ejecutó todo el bien que pudo.
En su vida pública y en su vida privada, siempre
fue el mismo: noble, intrépido, veraz, generoso e
incorruptible.
Sin embargo, mamá no fue dichosa con él; acaso
porque no puede haber dicha en una unión forzosa,
acaso porque siendo demasiado joven y mi padre más
maduro, no pudieron tener simpatías. Mas siendo desgraciados,
ambos fueron por lo menos irreprochables. Ella fue la más
fiel y virtuosa de las esposas, y jamás pudo quejarse
del menor ultraje de su dignidad de mujer y de madre.
Disimule usted estos elogios: es un tributo que debo rendir
a los autores de mis días, y tengo cierto orgullo
cuando al recordar las virtudes, que hicieron tan estimado
a mi padre, puedo decir: soy su hija.
Aún no tenía nueve años cuando le perdí.
De cinco hermanos que éramos solo quedábamos
a su muerte dos: Manuel y yo; así es que éramos
tiernamente queridos, con alguna preferencia por parte de
mamá hacia Manolito y de papá hacia mí.
Acaso por esto, y por ser mayor que él cerca de tres
años, mi dolor en la muerte de mi papá fue
más vivo que el de mi hermano. Sin embargo, ¡cuán
lejos estaba entonces de conocer toda la extensión
de mi pérdida!
Algunos años hacía que mi padre proyectaba
volver a España y establecerse en Sevilla; en los
últimos años de su vida esta idea fue en él
más fija y dominante. Quejóse de no dejar
sus huesos en la tierra nativa, y pronosticando a Cuba una
suerte igual a la de otra isla vecina, presa de los negros,
rogó a mamá que se viniese a España
con sus hijos. Ningún sacrificio de intereses, decía,
es demasiado: nunca se comprará cara la ventaja de
establecerse en España. Estos fueron sus últimos
votos, y cuando más tarde los supe deseé realizarlos.
Acaso este ha sido el motivo de mi afición a estos
países y del anhelo con que a veces he deseado abandonar
mi patria para venir a este antiguo mundo.
Quedó mamá joven aún, rica, hermosa
(pues lo ha sido en alto grado) y es de suponer que no le
faltarían amantes, que aspiraran a su mano. Entre
ellos, Escalada, teniente coronel del regimiento que entonces
guarnecía a Puerto Príncipe, joven también,
no mal parecido, y atractivo por sus dulces modales y cultivado
espíritu. Mamá le amó acaso con sobrada
ligereza, y antes de los diez meses de haber quedado huérfanos,
teníamos un padrastro. Mi abuelo, mis tíos
y toda la familia, llevó muy a mal este matrimonio;
pero mi mamá tuvo para esto una firmeza de carácter,
que no había manifestado antes, ni ha vuelto a tener
después. Aunque tan niña, sentí herido
por este golpe mi corazón; sin embargo, no eran consideraciones
mezquines de intereses las que me hicieron tan sensible
a ese casamiento: era el dolor de ver tan presto ocupado
el lecho de mi padre y un presentimiento de las consecuencias
de esta unión precipitada.
Afortunadamente sólo un año estuvimos con
mi padrastro, pues, aunque una Real orden inicua y arbitraria
nos obligaba a permanecer bajo su tutela, la suerte nos
separó. Su regimiento fue mandado a otra ciudad,
y mamá no se resolvió a dejar su país
y sus intereses para seguirle. Ocho años duró
esta separación; sólo dos o tres meses cada
año iba Escalada a Puerto Príncipe con licencia,
y se portaba entonces muy bien con mamá y nosotros.
¡Por tanto, éramos felices! Aunque tenía
mamá otros hijos de sus segundas nupcias, su cariño
para con nosotros era el mismo. A Manuel, sobre todo, siempre
lo ha querido con una especie de idolatría, y a mí
lo bastante para no poder formar la menor queja. Dábaseme
la más brillante educación que el país
proporcionaba, era celebrada, mimada, complacida hasta en
mis caprichos, y nada experimenté que se asemejase
a los pesares en aquella aurora apacible de mi vida.
Sin embargo, nunca fui alegre y atolondrada, como lo son
regularmente los niños. Mostré desde mis primeros
años afición al estudio y una tendencia a
la melancolía. No hallaba simpatías en las
niñas de mi edad; tres solamente, vecinas mías,
hijas e un emigrado de Santo Domingo, merecieron mi amistad.
Eran tres lindas criaturas de un talento natural despejadísimo.
La mayor de ellas tenía dos años más
que yo, y la más chica dos años menos. Pero
esa última era mi predilecta, porque me parecía,
aunque más joven, más juiciosa y discreta
que las otras. Las Carmonas (que este era su apellido) se
conformaban fácilmente con mis gustos y los participaban.
Nuestros juegos eran representar comedias, hacer cuentos,
rivalizando a quién los hacía más bonitos,
adivinar charadas y dibujar en competencia flores y pajaritos.
Nunca nos mezclábamos en los bulliciosos juegos de
las otras chicas con quienes nos reuníamos.
Más tarde, la lectura de novelas, poesías
y comedias, llegó a ser nuestra pasión dominante.
Mamá nos reñía algunas veces, porque,
siendo ya grandecitas, descuidáramos tanto nuestros
adornos, y huyéramos de la sociedad como salvajes.
Porque nuestro mayor placer era estar encerradas en el cuarto
de los libros, leyendo nuestras novelas favoritas y llorando
las desgracias de aquellos héroes imaginarios, a
quienes tanto queríamos.
De este modo cumplí trece años. ¡Días
felices que pasaron para no tornar!...
25
por la mañana.
Mi
familia me trató casamiento con un caballero del
país, pariente lejano de nosotros. Era un hombre
de buen aspecto personal y se le reputaba el mejor partido
del país. Cuando se me dijo que estaba destinada
a ser su esposa, nada vi en este proyecto que no me fuese
lisonjero. En aquella época, comenzaba a presentarme
en los bailes, paseos y tertulias, y se despertaba en mí
la vanidad de mujer. Casarme con el soltero más rico
de Puerto Príncipe, que muchas deseaban, tener una
casa suntuosa, magníficos carruajes, ricos aderezos,
etcétera, era una idea que me lisonjeaba. Por otra
parte, yo no conocía el amor sino en las novelas
que leía, y me persuadí desde luego que amaba
locamente a mi futuro. Como apenas le trataba, y no le conocía
casi nada, estaba a mi elección darle el carácter
que más me acomodase. Por de contado me persuadí,
que el suyo era grande, noble, generoso y sublime. Prodigóle
mi fecunda imaginación ideales perfecciones, y vi
en él reunidas todas las cualidades de los héroes
de mis novelas favoritas: el valor de un Oroondates, el
ingenio y la sensibilidad emocionada de un Saint-Preux,
las gracias de un Lindor y las virtudes de un Grandisón.
Me enamoré de este ser completo, que veía
yo en la figura de mi novio. Por desgracia, no fue de larga
duración mi encantadora quimera; a pesar de mi preocupación,
no dejé de conocer harto pronto, que aquel hombre
no era grande ni amable sino en mi imaginación; que
su talento era muy limitado, su sensibilidad muy común,
sus virtudes muy problemáticas. Comencé a
entristecerme y a considerar mi matrimonio bajo un punto
de vista menos lisonjero. En aquella época mi futuro
tuvo precisión de ir a La Habana, y su ausencia,
que duró diez meses, me proporcionó la ventaja
de poder olvidar mis compromisos. Como no veía a
mi novio, ni casi se me hablaba de él, apenas, rara
vez, me acordaba vagamente que existía en el mundo.
La Amistad ocupaba entonces toda mi alma. Adquirí
una nueva amiga en una prima que, educada en un convento,
comenzó entonces a presentarse en sociedad. Era una
criatura adorable; yo, que no amaba a ninguna de mis otras
primas, me incliné a ella desde el primer momento
en que la vi.
He notado en el curso de mi vida, que si alguna vez se ha
engañado mi corazón, más frecuentemente
ha tenido un instinto feliz y prodigioso en sus primeros
impulsos. Rara vez he encontrado simpatía en aquellas
personas que, a primera vista, me han chocado, y en muchas
he adivinado en dicha primera vista el objeto de mi futuro
afecto.
Mi prima obtuvo desde luego mi simpatía, y no tardó
en ocupar un lugar distinguido en mi amistad. Únicamente
Rosa Carmona la rivalizaba, pues ninguna de las otras dos
Carmonas fueron para mí tan queridas como ella. Cuando
estábamos todas reunidas, hablábamos de modas,
de bailes, de novelas, de poesías, de amor y de amistad.
Cuando Rosa, mi prima, y yo estábamos solas, solíamos
ocuparnos de objetos más serios y superiores a nuestra
inteligencia. Muchas veces nuestras conversaciones tenían
por objeto los cultos, la muerte y la inmortalidad. Rosa
tenía mucho juicio en cuanto decía, y yo admiraba
siempre la exactitud de sus raciocinios; en cuanto a mi
prima, era como yo, una mezcla de profundidad y ligereza,
de tristeza y alegría, de entusiasmo y desaliento;
como yo, reunía la debilidad de mujer y la frivolidad
de niña con la elevación y profundidad de
sentimientos, que solo son propios de caracteres fuertes
y varoniles. ¡Yo no he encontrado en nadie mayores
simpatías!
Siendo las cinco jóvenes, no feas, y gozando reputación
de talento, fuimos pronto las señoritas de moda en
Puerto Príncipe. Nuestra tertulia, que se formó
en mi casa, era brillantísima para el país:
en ella se reunía la flor de la juventud del otro
sexo y las jóvenes más sobresalientes. Todos
los forasteros de distinción que llegaban a Puerto
Príncipe solicitaban ser introducidos en nuestra
sociedad, y nos llevábamos todas las atenciones en
los paseos y bailes. Atrajimos la envidia de las mujeres,
pero gozábamos la preferencia de los hombres, y esto
nos lisonjeaba.
Volvió en eso mi novio; pero yo no le vi sin una
especie de horror; desnudo del brillante ropaje de mis ilusiones,
parecióme un hombre odioso y despreciable. Mi gran
defecto es no poder colocarme en el medio y tocar siempre
los extremos. Yo aborrecía a mi novio tanto como
antes creí amarlo. Él no pudo apercibir mi
mudanza porque jamás habíale yo mostrado mi
afecto. Mis ilusiones nacieron y acabaron allá en
lo secreto de mi corazón, porque, tan tímida
como apasionada, no concebía yo que se pudiera, sin
morir de vergüenza, decir a un hombre: yo te amo.
Como no debía casarme hasta los diez y ocho años,
y sólo tenía quince, y como mi novio me visitaba
muy poco, aquel matrimonio me ocupaba menos de lo que debía.
Mirábalo remoto, gozaba lo presente y no interrogaba
al porvenir.
Lola (la segunda de las Carmonas) y mi prima, entablaron
relaciones de amor casi al mismo tiempo, y esta circunstancia,
al parecer sencilla para mí, tuvo, no obstante, una
notable influencia; ellas amaban y eran amadas con entusiasmo:
yo era la confidente de ambas. Entonces se operó
en mí una mudanza repentina y extraña. Híceme
huraña y caprichosa; las diversiones y el estudio
dejaron de tener atractivos para mí. Huía
de la sociedad y aun de mis amigas; buscaba la soledad para
llorar sin saber por qué, y sentía un abismo
en mi corazón. Yo no era ya el objeto más
amado de dos de mis amigas; ellas gozaban en otro sentimiento
una felicidad que yo no conocía. ¡Yo sentía
celos y envidia! Pensando en aquella ventura, que mi imaginación
engrandecía, invocaba al objeto que podía
dármela: ¡aquel objeto ideal que formé
en los primeros sueños de mi entusiasmo! Creía
verle en el sol y en la luna, en el verde de los campos
y en el azul del cielo; las brisas de la noche me traían
su aliento, los sonidos de la música el eco de su
voz. Yo le veía en todo lo que hay de grande y hermoso
en la naturaleza. ¡Deliraba como con una calentura!
Sin embargo, aquella situación no estaba destituida
de encantos. Yo gozaba llorando y esperaba realizar algún
día los sueños de mi corazón.
¡Cuánto me engañaba!... ¿Dónde
existe el hombre que pueda llenar los votos de esta sensibilidad
tan fogosa como delicada? ¡En vano le he buscado nueve
años! ¡En vano! He encontrado ¡hombres!,
hombres todos parecidos entre sí; ninguno ante el
cual pudiera postrarme con respeto y decirle con entusiasmo:
tú serás mi Dios sobre la tierra, tú
el dueño absoluto de esta alma apasionada. Mis afecciones
han sido por esta causa débiles y pasajeras. Yo buscaba
un bien que no encontraba y que acaso no exista sobre la
tierra. Ahora ya no le busco, no le espero, no le deseo;
por eso estoy más tranquila.
Esta tarde o mañana continuaré escribiendo.
Adiós.
25
por la tarde.
Fue
introducido en nuestra tertulia un joven, que apenas conocía.
Una antigua enemistad, trasmitida de padres a hijos, dividía
a las dos familias de Loynaz y Arteaga. El joven pertenecía
a la primera y mamá a la segunda; por consiguiente,
ninguna relación existió hasta entonces entre
nosotros. Un primo mío había sido el primero
que rompiera la valla, uniéndose en amistad con un
Loynaz. Las familias, que en un principio llevaron muy a
mal esa amistad, por fin se desentendieron, y Loynaz, prevaliéndose
de ella, solicitó visitarme. Mamá lo rehusó
algún tiempo; pero tanto instó mi primo, tanto
ridiculicé yo aquella enemistad rancia y pueril,
que al fin cedió, y Loynaz tuvo entrada en casa.
No tardó en granjearse la benevolencia de mamá,
y en ser el más deseado de la tertulia. Aunque muy
joven, su talento era distinguido, su figura bellísima
y sus modales atractivos.
Mis compromisos y la enemistad de nuestras familias eran
dos motivos poderosos para alejar de él toda esperanza
respecto a mí; pero sin tomar el aire de un amante,
él supo mostrar una preferencia que me lisonjeaba.
Nuestras relaciones eran meramente amistosas y toda la tertulia
las consideraba así. En cuanto a mí, no me
detenía en examinar la naturaleza de mis sentimientos;
leía con Loynaz poesías, cantaba dúos
al pino con él, hacíamos traducciones y no
tenía yo tiempo para pensar en nada, sino en la dicha
que era para mí la adquisición de un tal amigo.
Por el verano nos fuimos al campo, a una posesión
próxima a la ciudad, y me llevé conmigo a
Rosa Carmona, que, desde que mi prima tenía amante,
había llegado a ser mi amiga predilecta. Loynaz,
mis primos y muchos amigos de ambos sexos, iban a visitarnos
con frecuencia. ¡Tuve días deliciosos! Sin
embargo, entonces mismo se me ofrecieron motivos de inquietud
y de penas. Yo estaba encantada con Loynaz; pero me hallaba
muy lejos de creerle el hombre según mi corazón.
Encontrábale más talento que sensibilidad
y en su carácter un fondo de ligereza que me disgustaba.
Como amante, no llenaba él mis votos, mas le miraba
como amigo y me había aficionado mucho a su trato.
Rosa me hizo entrar en aprensión. Empeñóse
en persuadirme que nuestra pretendida amistad no era más
que un amor disfrazado, y por lo mismo más peligroso.
Recordábame sin cesar mis compromisos, y hacía
de mi novio elogios que yo hasta entonces no le había
oído. Ponderando las ventajas de aquel matrimonio,
me intimidaba al mismo tiempo con suponerlo inevitable,
porque sólo con escándalo y afligiendo a mi
familia, decía ella, podría yo romper un empeño
tan serio y tan antiguo.
A fuerza de decirme que yo amaba a Loynaz, llegó
a persuadírmelo; pero como siempre conocía
yo que no era él quien podía comprenderme,
y que no me inspiraba ni estimación ni entusiasmo,
aquel amor no me hacía dichosa cual yo deseaba, y
en vez del orgullo que debe sentir un corazón, que
encuentra o que busca, yo sentía aquella especie
de humillación que nos causa la persuasión
de habernos aficionado a un objeto que no nos merece.
Volvimos a la ciudad en el mes de septiembre a asistir a
las bodas de mi prima, que se casó entonces con el
hombre que amaba. Sus amores y los de Lola Carmona habían
comenzado al mismo tiempo, como ya he dicho, y al mismo
tiempo casi se casaron ambas, aunque de un modo bien diferente.
Mi prima vio aprobada su elección por toda la familia;
Lola, contrariada por la suya, se casó depositada
y marchó inmediatamente a la Habana con su marido.
Así me vi privada de una de mis amigas.
Acompañé al campo a los recién casados,
y cuando volví, un mes después, encontré
una gran mudanza. Loynaz había sido despedido de
la casa, y, bajo el pretexto de que quería marcharse
con su marido, mamá había fijado para dentro
de tres meses mi matrimonio, que antes señalara para
el cumplimiento de mis diez y ocho años. El novio
a todo se prestaba; ni me amaba (según he creído
siempre) ni me aborrecía. Deseaba establecerse con
una niña de su familia, que tuviese inocencia y alguna
hermosura. Mi abuelo había dicho que yo era la que
buscaba, y que me daría además todo su quinto
(que ciertamente no era despreciable) si me casaba con aquel
hombre. Esto le había decidido a él y esto
era lo que le movía.
Al llegar yo a saber las novedades ocurridas, quedé
anonadada y sin saber a qué atribuirlas. Pero no
tardé en saberlo todo y en sufrir el primero y más
terrible de mis desengaños.
26
por la mañana
La
despedida de Loynaz y la proximidad de mi casamiento fueron
para mí dos golpes tan sensibles como inesperados;
pero ¡cómo quedé al saber la mano con
la cual me habían sido asestados!... Rosa, mi amiga,
mi confidente Rosa, había persuadido a mi mamá
que existía una correspondencia amorosa entre Loynaz
y yo, que él me inducía a romper mis compromisos,
y conociendo ella mejor que nadie la pureza de mis sentimientos
y rectitud de mis intenciones, fue bastante vil para aparentar
temores de que, arrastrada por la pasión, que me
suponía, diese algún paso imprudente e irremediable.
¡Logró completamente su objeto! ¡Y sólo
tenía quince años aquella mujer! ¡Qué
habrá llegado a ser después!
Yo no conocía ni el mundo ni los hombres: era tan
inocente e inexperta como en el día en que nací:
había creído que Rosa me amaba y que era incapaz
su corazón de alguna perfidia. El conocimiento de
aquella primera decepción fue para mí un golpe
mortal, que cayó de lleno sobre mi alma.
¡Pero admire usted mi candor y sencillez! Rosa logró
persuadirme, que sólo mi interés y la ternura
de la amistad habían decidido aquel paso, y me juró
que sus intenciones eran las más puras y desinteresadas.
¡La creí y la perdoné!
Loynaz me escribió, y por primera vez dejó
de designar con el nombre de amistad el sentimiento que
yo le inspiraba. Refería cómo mamá
le había prohibido continuar visitándome y
se quejaba de un desaire que no había merecido. "No
ignoro, me decía, los compromisos que respecto a
usted ha contraído su familia, y usted sabe mejor
que nadie con cuanta delicadeza los he respetado, pero,
puesto que no se ha sabido apreciar mi conducta, no quiero
por más tiempo violentarme: sepa usted que la amo
y que a todo estoy dispuesto, si encuentro en usted iguales
sentimientos."
Me pareció que había en aquella carta más
orgullo que pasión, pero me conmoví sin embargo.
Tratando a aquel joven nunca le hubiera amado, porque su
frivolidad, tan visible, era un antídoto colocado
felizmente junto a cualquiera dulce emoción que me
inspiraba; pero cuando no le vi, cuando le creí desairado
injustamente, ofendido y desgraciado por mi causa, mi afecto
hacia él tomó una vehemencia, que acaso jamás
hubiera tenido de otro modo. Sin embargo, tuve bastante
prudencia para dominarme, y en mi contestación le
decía que estaba dispuesta a sacrificarme por complacer
a mi familia, casándome con un hombre que aborrecía.
"No soy insensible a su afecto de usted (le decía
al concluir); pero respetaré mis vínculos,
y suplico a usted que no vuelva a escribirme."
No hizo caso de esta súplica, me escribió
dos veces más cartas muy apasionadas, invitándome
a romper un empeño que le hacía infeliz y
a mí igualmente; pero no le contesté y cesó
de escribirme.
A pesar de esta conducta tan prudente y de la resignación
con que me prestaba a un enlace aborrecido, sufría
mucho de parte de mi familia. Mamá era, y es, un
ángel de bondad, pero el gran defecto suyo es un
carácter tan débil, que la constituye juguete
de las personas que la cerca. Mis tíos la inducían
a tratarme con rigor y continuamente la disponían
en mi contra, interpretando odiosamente las más sencillas
operaciones. ¿Y pensará usted que mis tíos
deseaban mucho la realización de mi matrimonio? Nada
de eso; aparentábanlo así, pero hubiesen dado
cualquier cosa por impedir dicho enlace. En primer lugar
les pesaban las mejoras que mi abuelo se disponía
a hacerme; en segundo, deseaban para su hija mi novio, y
acaso al emplear tanto y tan inmerecido rigor conmigo, no
tenían otro objeto sino precipitarme a una resolución
atrevida, que secundase sus miras secreta: ¡harto
lo lograron!
Estaba ya en vísperas de mi matrimonio; casa, ajuar,
dispensa, todo estaba preparado. Pero hubo un momento en
que no me hallé con fuerza para consumar el sacrificio,
uno de aquellos momentos en que se obra sin pensar. Yo dejé
furtivamente mi casa, y me refugié con mi abuelo,
que estaba en una quinta próxima a la ciudad. Me
arrojé desolada a sus pies y le dije que me daría
muerte antes de casarme con el hombre que me destinaban.
Aquel rompimiento fue ruidoso; toda mi familia se mostró
altamente sorprendida e indignada por mi resolución;
mis tíos, que en su interior se regocijaban, fueron
los primeros en declararse contra mí; solo en mi
abuelo hallé bondad e indulgencia, aunque nadie sintió
tanto como él la rotura de un casamiento que él
había formado ¡yo sufría mucho!; no
ignoraba que la opinión pública me condenaba;
¡despreciar un partido tan ventajoso!, ¡tener
el atrevimiento de romper un compromiso tan serio, tan adelantado,
tan antiguo!, ¡dar un golpe mortal a mi familia! Esto
pareció imperdonable; se dijo, desde luego, que yo
era una mala cabeza (mis tíos y mis primas fueron
los primeros en decirlo), que mi talento me perdía,
y que lo que entonces hacía, anunciaba lo que haría
más tarde, y cuánto haría arrepentir
a mamá de la educación novelesca que me había
dado. Mi padrastro fue entonces a Puerto Príncipe
y se apuró la medida de mis sufrimientos.
Una especie de fatalidad que me persigue, hace que siempre
se tomen circunstancias y casualidades funestas para hacer
parecer más graves mis ligerezas; digo ligerezas,
aunque ciertamente no creo que lo fuese la de romper un
compromiso que mi corazón reprobaba.
Circunstancias independientes de mí, originaron disgustos
entre mi abuelo y mi padrastro. Estos llegaron a ser tales,
que mi abuelo salió de casa, donde vivía cuando
no estaba en el campo, y se fue a la de uno de mis tíos.
El público, que sabía la rotura de mi casamiento
y no los disgustos posteriores entre Escalada y mi abuelo,
no dejó de declarar que mi abuelo salía de
casa altamente indignado conmigo. Mis tíos y mis
primas, que siempre vieron con envidia la predilección
que mi abuelo tenía por mamá y por mí,
se aprovecharon de tenerlo en su casa para combatir dicha
preferencia, haciéndole creer que era inmerecida.
Pintóseme como una loquilla novelera y caprichosa;
dijeron que mamá me perdía con su excesiva
indulgencia y la libertad que me dejaba de seguir mis extravagantes
y peligrosa inclinaciones; en fin, no desperdiciaron ningún
medio para prevenir en contra de mi mamá y de mí
al pobre viejo paralítico, que, sin vigor físico
ni moral, era una cera a propósito para recibir todas
las impresiones. ¡Consiguieron se objeto! Mi abuelo
murió tres meses después de mi rompimiento
y apareció un testamento, que anulaba el que había
hecho a favor de mi mamá y de mí, dejando
su tercio y un quinto a mi tío Manuel, en cuya casa
murió.
Mi padrastro, para descargarse de la culpabilidad de ser
la causa de esta mudanza y de los perjuicios de mamá,
pregonaba que por la incomodidad que le causara mi rompimiento,
había mi abuelo dejado la casa y variado sus disposiciones
a favor de mi tío echando sobre mí la culpa,
que sólo él tenía. Mi tío y
mis primas (que no me perdonaban el tener ningún
mérito, ni aún después que me habían
robado el afecto de mi abuelo), decían que el golpe
mortal que yo le había dado al pobre anciano, había
precipitado su muerte; en fin, todo el mundo decía
que mi locura en romper el matrimonio, había privado
a mi mamá del tercio de mi abuelo y a mí misma
de su quinto.
Yo tenía un alma superior a intereses de esta especie,
y ¡sábelo Dios!, en las lágrimas que
vertí, ninguna fue arrancada por el pesar de perder
aquella codiciada herencia. Pero mi corazón estaba
desgarrado por las injusticias de que era objeto. Yo tenía
el íntimo convencimiento de que mi abuelo no se marchaba
de casa por causa de mi rompimiento; sabía cuanta
indulgencia y cariño había hallado yo en él
después de aquella pretendida locura, que se decía
haberle exaltado tanto; ningún remordimiento tenía
de ser causa de su muerte; pero, no obstante, sentía
que me agobiaba el dolor y el arrepentimiento. ¡Cuántas
veces lloré en secreto lágrimas de hiel, y
pedí a Dios que me quitase la existencia, que no
le había pedido, ni podía agradecerle! ¡Cuantas
envidié la suerte de esas mujeres que no sienten
ni piensan; que comen, duermen, vegetan, y a las cuales
el mundo llama muchas veces mujeres sensatas! Abrumada por
el instinto de mi superioridad, yo sospeché entonces
lo que después he conocido muy bien: que no he nacido
para ser dichosa y que mi vid sobre la tierra será
corta y borrascosa.
Faltaba una cosa para colmar la medida de mis pesares y
la suerte no me la rehusó. Supe, sin poder dudarlo,
que Rosa Carmona y Loynaz se amaban. Sólo entonces
comprendí los motivos de la anterior conducta de
aquella falsa mujer, y el más profundo despreció
sucedió en mi corazón una amistad tan indignamente
burlada.
Estas fueron las primeras lecciones que me dio el mundo:
Esto encontré cuando inocente, pura, confiada, buscaba
amor, amistad, virtudes y placeres: ¡inconstancia!
¡perfidia! ¡sórdido interés! ¡envidia!
Crimen, crimen y nada más. ¿Soy culpable,
pues, de no amarle? ¿Puedo tener ilusiones?... Pero
vivo como si las tuviera, porque el mundo amigo mío,
se venga cruelmente del desprecio que se le hace. Es preciso
aparentar vida en la frente, aunque se lleve la muerte en
el corazón.
Por
la tarde.
Mi
única amiga era ya mi prima Angelita; era, como yo,
desgraciada, y, como yo, lloraba un desengaño. Su
marido, aquel amante tan tierno, tan rendido, se había
convertido en un tirano. ¡Cuánto sufría
la pobre víctima! ¡y con cuán heroica
virtud! Mi cariño hacia ella llegó al entusiasmo,
y mi horror al matrimonio nació y creció rápidamente.
Yo no trataba sino a mi prima, y aquella vida sedentaria,
triste y contemplativa, alteró mi salud. Púseme
tan delgada y enferma que, alarmada mamá, me llevó
al campo. Allí pasé tres meses de soledad:
soledad exterior y soledad del corazón; no mejoré
y volvimos a la ciudad. ¡triste, muy triste fue aquella
época de mi vida! Aún me aflige el recordarla.
Tenía la esperanza de morir pronto, pero momentos
tenía en que me parecían demasiado lentos
los progresos de mi mal y sentía impulsos de acelerar
yo misma su resultado; mis principios religiosos y el amor
entrañable que tenía por mi mamá y
mi hermano sofocaban este impulso.
Mi padrastro tenía también un salud quebrantada
y lo atribuía al clima. Persuadióse que moriría,
si no se venía a España, y como no aborrecía
la vida como yo, determinó realizarlo. Este proyecto
me sacó de mi desaliento; deseaba otro cielo, otra
tierra, otra existencia; amaba a España y me arrastraba
a ella un impulso del corazón. Disgustada de mi familia
materna, anhelaba conocer la de mi padre, ver su país
natal, y respirar aquel aire, que respiró por primera
vez, Tomé, pues, un empeño, en decidir a mamá
en establecerse en este antiguo mundo. Escalada, por su
parte, usaba de toda su influencia a fin de determinarla,
pintándole mil ventajas en el cambio. Pero mamá
resistía apoyada por sus parientes.
A pesar de esto, Escalada vino Puerto Príncipe y
empezó a vender tierras y esclavos y a mandar sobre
los bancos de Francia todo el numerario posible. Luego,
creyendo más fácil decidir a mamá si
la sacaba de su país y de su familia, le propuso
ir pasar unos meses en Santiago de Cuba, donde estaba de
guarnición su regimiento. Todos secundamos sus esfuerzos
y lo conseguimos.
Sensible, más sensible de lo que yo creía,
me fue el arranque de mi país y la separación
de mi prima; pero al llegar a Santiago los objetos nuevos
me dieron otra vida.
Santiago de Cuba es una ciudad poco más o menos como
Puerto Príncipe y más fea e irregular. Pero
su bellísimo cielo, sus campos pintorescos y magníficos,
su concurrido puerto y la cultura y amabilidad de sus habitantes,
la hacen muy superior bajo cierto aspecto. Tuve en aquella
ciudad una aceptación tan lisonjera, que a los dos
meses de estar allí ya no era un forastera. Jamás
la vanidad de una mujer tuvo tantos motivos para verse satisfecha.
Yo fui generalmente querida y obsequiada, y jamás
podré olvidar los favores que he debido a los habitantes
de Santiago. Entonces volví a tener gusto al estudio
y a la sociedad. Hice algunos versos, que fueron celebrados
con entusiasmo; entreguéme a las diversiones, en
las cuales era deseada y colmada de obsequios. Usted supondrá
que no me faltaron aspirantes: tengo algún orgullo
en decirlo: los jóvenes más distinguidos del
país se disputaban mi preferencia. Ninguno, empero,
la consiguió exclusiva. Mi predilecto en un baile
era el mejor danzarín; en un paseo, el que montaba
con mayor gracia el más hermoso caballo; en tertulia,
el que tenía más amena y variada conversación.
Ninguna ilusión de amor tuve en Santiago y, por consiguiente,
no saqué de ella ningún desengaño.
Acaso por esto la amo tanto.
Loynaz fue cuatro meses después que nosotros e intentó
renovar sus pretensiones. Excusaba sus amores con Rosa diciendo
que ella le había en cierto modo comprometido y me
juraba que yo era su único amor y que mi viaje o
tenía otro objeto que el de obtener mi perdón
y reconcialiarse conmigo. Yo no me negué ni a o uno
ni a lo otro: Perdonéle y le entregué mi amistad
pero fui inflexible con respecto al amor. Antes de volverse
a Puerto Príncipe solicitó promesa de seguir
con él correspondencia por escrito y, mediante que
prometió serían sus carta meramente amistosas,
condescendí a su demanda. En efecto, ambos seguimos
dicha correspondencia con admirable exactitud hasta su muerte,
acaecida medidos del año 37, cuando él cumplía
los veinticinco de su edad y yo y estaba en España.
Mi padrastro supo aprovechar tan bien su ascendiente sobre
mamá, y yo por mi parte lo secundé de tal
modo, que al fin logramos determinarla a venir a España.
El día 9 de abril de 1836 no embarcamos para Burdeos
en una fragata francesa, y sentidas y lloradas, abandonamos
ingratas aquel país querido, que acaso no volveremos
a ver jamás.
¡Perdone usted!; mis lágrimas manchan este
papel; no puedo recordar sin emoción aquella noche
memorable en que vi por última vez la tierra de Cuba.
La navegación fue para mi un manantial de nuevas
emociones. "Cundo navegamos sobre los mares azulados,
ha dicho Lord Byron, nuestros pensamientos son tan libres
como el Océano." Su alma sublime y poética
debió sentirlo así: la mía lo experimentó
también. Hermosas son las noche de los trópicos,
y yo las había gozado; pero son más hermosas
las noches del Océano. Hay un embeleso indefinible
en el soplo de la brisa, que llena las velas ligeramente
estremecida, n el pálido resplandor de la luna que
reflejan las aguas, en aquella inmensidad que vemos sobre
nuestras cabezas y bajo nuestros pies. Parece que Dios se
revela mejor al alma conmovida en medio de aquellos dos
infinitos -¡el cielo y el mar!-, y que un voz misteriosa
se hace oír en el ruido de los vientos y de las olas.
Si yo hubiese sido atea, dejaría de serlo entonces.
También experimentamos tempestades, y puedo decir
con Heredia:
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo
Palpitando gocé........................
Por fin, después de malos y buenos tiempos y de sentir
todas las impresiones consiguientes a una larga navegación,
el primero de junio saludamos con júbilo las risueñas
costas de la Francia.
Los días que pasé en Burdeos me parecen ahora
un lisonjero sueño. Abríase mi alma en aquel
país de luces y de ilustración. No amé,
no sufrí, apenas sé si pensaba. Estaba encantada
y mi corazón y mis ojos no me bastaban. Fue forzoso
dejar aquella seductora ciudad y no lo hice sin lágrimas.
Ningunas simpatías podía yo encontrar en Galicia,
y viniendo de una de las primeras ciudades de Francia, la
Coruña me pareció inferior a lo que realmente
es, pues hoy la creo una de las más bonitas poblaciones
de España. Pero el carácter gallego me desagradaba
y el clima me sentaba mal. Sin embargo, acaso me hubiese
acostumbrado y se disiparía la primera impresión
desagradable que sentí al llegara ella, si motivos
inesperados no me hubieran dado reales y positivos pesares.
Por
la noche.
MI
padrastro se había manejado bien con nosotros hasta
entonces: entonces se desenmascaró. Estaba en su
país y con su familia, nosotros lo habíamos
abandonado todo. Su alma mezquina abusó de estas
ventajas.
No molestaré usted con detalles enojosos de nuestra
situación doméstica; bástele saber
que no hubo pesares ni humillaciones que yo no devore en
secreto. Mamá era muy infeliz, y yo carecía
de fuerzas para sufrir sus pesares, aunque llevaba los míos
con constancia. Mi hermano Manuel tuvo precisión
de marcharse al extranjero; tan comprometido se vio por
mi padrastro. ¡Oh!, sería de nunca acabar si
quisiera contar por menor las ridiculeces, tiranías
y bajezas de aquel hombre, que yo deseo y quiero respetar
todavía como marido de mi madre. Dios lo sabe, y
será algún día juez de ambos.
En aquella situación doméstica tan desagradable
conocí a Ricafort y fui amada por él: también
yo le amé desde el primer día que le conocí.
Pocos corazones existirán tan hermosos como el suyo:
noble, sensible, desinteresado, lleno de honor y delicadeza.
Su talento no correspondía a su corazón: era
muy inferior, por desgracia mía. Conocí pronto
esa desventaja: aunque generoso, Ricafort parecía
humillado por la superioridad que me atribuía: sus
ideas y sus inclinaciones contrariaban siempre las mías.
No gustaba de mi afición al estudio y era para él
un delito que hiciese versos. Mis ideas sobre mucha cosas
le daban pena e inquietud. Temblaba de la opinión
y decíame muchas veces: ¿qué lograrás
cuando consigas crédito literario y reputación
de ingenio? Traerte la envidia y excitar calumnias y murmuraciones.
Tenía razón, pero me helaba aquella fría
razón.
Aunque mostraba de mi corazón el concepto más
elevado y ventajoso, no se me ocultaba que le desagradaba
mi carácter. Y me repetía que ese carácter
mío le haría y me haría a mí
misma desgraciada. Yo me esforzaba en reprimirlo y sofocaba
mis inclinaciones por darle gusto; pero esta continuada
violencia me entristecía, y, notándolo él,
se convencía de que no podría nunca hacerme
dichosa. Sin embargo de todo esto, nos amábamos más
cada día.
Mis pesares domésticos llegaron a afectarme tanto
que necesité desahogar mi pecho y se lo comuniqué:
¡nunca olvidaré aquel momento! ¡Yo vi
sus ojos arrasados de lágrimas! Entonces, con aquel
acento, que la falsedad no podrá nunca imitar, me
rogó aceptase su corazón y su mano y le diese
el derecho de protegerme y vengarme.
Muchos día vacilé: mi horror al matrimonio
era extremado; pero, al fin, cedí: mi situación
doméstica ya insufrible, mi desamparo, su amor y
el mío, todo e unió para determinarme, y cundo
le dije que consentí en ser su esposa, tomé
la decisión de consagrar mi existencia a hacer la
suya dichos, y quitármela en aquel momento en que
no pudiese llenar ese objeto. Talento, placeres, todo se
aniquiló para mí: sólo deseaba llenar
las severas obligaciones que iba a contraer y hacer canto
en mi poder estuviese por aligerar a Ricafort las cadenas
que le imponían. ¡Oh, ,Dios mío! ¿Por
qué no pude hacerlo?... Tú sabes si eran puras
mis intenciones y sinceros mis votos. ¿por qué
no los escuchaste? Yo no aseguré que hubiera amado
siempre a Ricfort, porque ¿quién puede responder
de su corazón?; pero cierta estoy de que siempre
le habría estimado y que nunca le obligaría
a maldecir el día en que se uniera a mi suerte, pues
si no puedo responder de mis sentimientos, puedo, por lo
menos, responder de mis acciones. Pero nada de esto debía
ser: la funesta debilidad de mi carácter debía
trastornarlo todo.
Nuestra unión no pudo verificarse por de pronto.
Él era altivo y yo también: ni uno ni otro
queríamos depender de nuestras familias ni un solo
día. Gracias mi padrastro mis intereses estaban embrollados,
y Ricafort no contaba sino con un sueldo mal pagado. Hice
proposiciones racionales a mi padrastro, ¡que no las
admitió!; solicité de la corte el derecho
de mayoría, pintando mi situación excepcional,
pero antes de obtener el resultado fue depuesto Ricfort,
padre, y el hijo tuvo orden de reunirse a su regimiento.
Hice justicia al General: Conocía su carácter
y franqueza y no dudaba que hallaría en él
un padre, pero yo tenía demasiado orgullo para entrar
en su familia como un mendiga, y decidí no casarme
hasta no poder aclarar mis intereses y decir a Ricafort
cuáles eran estos y la mayor o menor seguridad que
presentaban.
En fin, después de numerosas vacilaciones y penosas
escenas, Ricafort marchó a su destino. Dolorosa me
fue, muy dolorosa, esta separación, aunque yo estaba
muy lejos de creerla eterna, pero, pasados los dos primeros
meses, pensé mucho en las diversidades que existían
entre Ricafort y yo, y me pregunté a mí misma
si aquella superioridad, que él me suponía,
no sería, tarde o temprano, un motivo de desunión,
y reflexionando en las contras del matrimonio y las ventajas
de la libertad, me di el parabién de ser libre todavía.
Vino mi hermano por entonces a la Coruña. Mucho necesito
ahora de la indulgencia de usted, querido amigo, porque
me avergüenzo todavía de mi ligereza. Vino mi
hermano y desaprobó la unión. Me representó
la triste suerte de los militares en las actuales circunstancias;
hablóme con entusiasmo de un viaje, que quería
hiciésemos juntos a Andalucía para conocer
a la familia paterna (de la cual me hizo elogios que hoy
conozco inmerecidos) y de lo dichosa que sería yo
con mi mayoría, pudiendo gozar una vida cómoda
e independiente, conforme a mis inclinaciones; sobre todo,
me dijo, y fue loo que más impresión me hizo,
que si me casaba con Ricafort y le seguía, nos separaríamos
él y yo para siempre acaso. ¿Qué diré
a usted par justificarme?... Nada, nada es bastante. Fui
débil e inconsecuente. Marché con mi hermano
a Lisboa: no he vuelto a saber de Ricafort.
Si se exceptúa el dolor de la reparación de
mamá, puede decirse que dejé con placer Galicia.
Eran muy pocas las personas que en ella me merecían
algún afecto, y no ignoraba que yo tenía muchos
enemigos: De este número eran todos los parientes
de Escalada. Gracias al cielo, no podían herirme
en mi honor por mucho que lo desearan, pero daban mil punzadas
de alfiler a mi reputación bajo otro concepto. Decían
que yo era atea, y la prueba que daban era que leía
obras de Rousseau y que me habían visto comer con
manteca un viernes. Decían que yo era la causa de
todos los disgustos de mamá con su marido y la que
le aconsejaba no darle gusto. La educación que se
da en Cuba a las señoritas difiere tanto de la que
se les da en Galicia, que una mujer, un en la clase media,
creería degradarse en mi país ejercitándose
en cosas que en Galicia miran las más encopetadas,
como una obligación de su sexo. Las parientas de
mi padrastro decían, por tanto, que yo no era buen
para nada porque no sabía planchar ni cocinar, ni
calcetar; porque no lavaba los cristales, ni hacía
las camas, ni barrí mi cuarto. Según ellas
yo necesitaba veinte criadas y me daba el tono de una princesa.
Ridiculizaban también mi afición al estudio
y me llamaban la Doctora. Una hermana de escalada
dio de bofetones a una criada de casa, porque, interrogada
respecto a mí, en una casa en que ella había
dado tan brillantes informes, tuvo la pobre mujer
la extravagancia de decir que yo era una Ángel, y
que, lejos de ser imperiosa ni exigente en la casa, todas
las criadas me querían por mis buenos modos.
Usted supondrá cuán poco sentiría dejar
aquel país, y si podré volver a él
con gusto, aún cundo tenga la desgracia de que vuelva
él mi familia.
Luego que rompí mis compromisos y me vi libre, aunque
no más dichosa, persuadida de que no debí
casarme jamás y de que el amor da más penas
que placeres, me propuse adoptar un sistema, que ya hacía
algún tiempo tenía en mi mente. Quise que
la vanidad reemplazase al sentimiento y me pareció
que valía más agradar generalmente que ser
amada de uno solo; tanto más cuanto ese uno nunca
seria un objeto que llenase mis votos. Yo había perdido
la esperanza de encontrar un hombre según mi corazón.
No busqué y, pues, ni amor ni amistad; deseaba impresione
débiles y pasajeras, que me preservasen del tedio
sin pro mover el sentimiento. Sin embargo, no podía
aturdirme por más que me esforzaba. Separada por
primera vez de mamá, sin esperanza de volver a ver
a Ricafort (al cual amaba aún), sintiendo más
que nunca el vacío de mi alma, disgustada de un mundo
m que no realizaba mis ilusiones, disgustada de mí
misma por mi impotencia de ser feliz, en vano era que quisiera
aturdirme y sofocar en mí este fecundo germen de
sentimientos y dolores.
Otro desengaño tuve, demás, y no de los menos
doloroso. Yo amaba mucho mi hermano, con él había
llevado el desinterés hasta un grado que otros me
vituperaron; con él había sido siempre afectuosa,
condescendiente y delicada. Al verme sol con él por
el mundo esperaba que su conducta correspondiese la mía.
¡me desengañé muy pronto! Conocí
que el hombre abusa siempre de la bondad indefensa y que
hay pocas almas grandes y delicadas para no querer oprimir
cuando se conocen más fuertes.
Hubiera querido mudar mi naturaleza. Creí que sería
menos desgraciada cuando malograse no amar nadie con vehemencia,
desconfiar de todos, despreciándolo todo, desterrando
toda especie de ilusiones, dominando los acontecimientos
a fuerza de preverlos, y sacando de la vida las ventajas
que me presentase, sin darles, no obstante, un gran precio.
Yo me avergonzaba ya de una sensibilidad que me constituía
siempre en víctima.
Más de un años hace que trabajo por conseguir
ni objeto; no é si rá trabajo perdido. En
este tiempo dos veces he contraído pasajeras relaciones;
tan pasajeras, que un de ellas no duró quince días.
Mi corazón no la formó; fue la cabeza únicamente,
la necesidad de una distracción, el ejemplo de la
sociedad en que vivía; nada más. Fueron empeños
de sociedad más bien que de amor.
Bien en breve me fastidié, y rompí sucesivamente
aquellos semiamores sosos con tanta ligereza como los había
contraído. No hablaré del proyecto de mi tío
Felipe de casarme en Constatina con un mayorazgo del país
y de cómo mi hermano, que tan opuesto era a que yo
me casase, tomó un empeño entonces a favor
de mi novio. Esto no merece mayores detalles, pues en nada
ha influido semejante proyecto en mi corazón y en
mi destino. Pero debo extenderme más en la relación
de un compromiso recientemente concluído y que usted
no ignora. Es preciso no callar nada y que sepa usted los
motivo que tuve para formarlo y para concluirlo. ¡los
motivos que tuve para formarlo! Embarazada me veré
para decirlos. Más no importa. Mi franquea exige
que los diga; la delicadeza de ustedle ordena olvidarlos
tan luego concluya de leer esta.
Adiós; necesito un momento de descanso.
27
por la tarde.
Al
mismo tiempo que D. Antonio Méndez Vigo comenzó
a obsequiarme dirigirme otro algunas atenciones.
Ese otro me agradaba más de lo que deseaba.
Sentíame inclinada a él por una fuerza extraña
y caprichosa y me estremecía el pensar que aún
podía amar, tanto más que, creyendo entonces
que existía una enorme diferencia entre los caracteres
e inclinaciones de dicho aquel sujeto, yo preveía
en un nuevo amor un nuevo desengaño. Sin embargo,
un instinto del corazón parecía divertirme
que era llegado el momento en que debía expiar mis
pasadas inconsecuencias, y, sin saber por qué, me
sentía dominada.
Sé cuánto más fuerte se hace una inclinación
combatida y no quise combatir la mía, pero no quise
tampoco entregarme a ella exclusivamente, porque temía
se hiciese de este modo omnipotente. Era, pues, preciso
oponer la vanidad al sentimiento y distraer con un pasatiempo
el interés demasiado vivo que sentía. Prescindo
de todo para ser sincera. No me juzgue usted, ¡por
Dios!, con severidad.
El hombre que me interesaba se desviaba de mí, y
el que no me agradaba redoblaba sus atenciones y asiduidades.
El primero me causaba con su influencia en mi corazón
serias inquietudes y me picaba con su indecisión;
el segundo, me lisonjeaba y me divertía con su amor
de niño y me parecía bien poco peligroso.
Hice lo que me preció más conveniente a mi
tranquilidad y lo que supuse de menos consecuencia. Admití
los afectos del, uno y procuré sofocar los que el
otro me inspiraba. ¡ya está dicho
todo! Ahora olvídelo usted.
No disimularé que el candor de mi joven mate, su
amor entusiasta y mil prendas apreciables que descubría
en él llegaron a conmoverme. ¡Pobre niño!
¡cuánto me ha amado!; ¿por qué
este caprichoso corazón no supo corresponder dignamente?...
¡No lo sé!
Me inspiraba un afecto sin ilusiones, sin calor; un afecto
indefinible, que algunas veces me parecí debía
semejarse al que un madre siente por u hijo; no se ría
usted de esta comparación. ¿En qué
consistía que ese joven no me produjese otra clase
de amor? Yo no podré decirlo, porque no lo sé
a fe mía. No es mal parecido, ni tonto. Usted lo
sabe y aun puedo decir que existen ciertos puntos de simpatía
entre nuestro modo de sentir, pero él me amaba a
mí como yo amaría si encontrase un hombre
según mis deseos. Pero él no era ese hombre;
en vano me esforzaba, y a fuerza de decirle que le amaba
quería persuadírmelo a mí misma; en
vano me reprochaba de caprichosa e ingrata interiormente;
¡en vano! confesaré a usted lo que entonces
no quería confesarme a mí misma: Al lado de
aquel joven sentía momentos de insoportable tedio,
y sus expresiones más apasionadas hallaban frío
mi corazón y me producían a veces un no sé
qué de hastío.
¡Era esto un capricho inexplicable del corazón
porque yo le quería! ¡Sábelo Dios! Yo
le quería, repito, pero no podré, sin desmentir
mi íntimo convencimiento, decir que le amaba. No
puedo explicar esta diferencia, pero la concibo perfectamente.
Estaba él demasiado enamorado para limitar sus deseos
a unas sencillas relaciones pasajeras sin duda. Quiso arrancarme
la promesa de que sería su esposa y absolutamente
la rehusé. Manifestéle mi repugnancia al matrimonio,
y tampoco le oculté que mi amor no era de naturaleza
tal que me inspirase el deseo de ser suya. Llamóme
mujer original, fría, sin corazón. ¡Cuántas
lágrimas! ¡Cuámtas reconvenciones!
Yo hubiera roto con él, si la compasión no
me hubiese inspirado esperar para hacerlo que se pasase,
como no dudaba que sucediera, esa exaltación de amor,
que entonces le poseía. Le vi padecer tanto que me
conmoví, y como se ofrece la luna a un chiquillo,
que llora por ella, le ofrecí que sería suya
algún día. Una bagatela le indispuso luego
con mamá, y le trataba esta con tal esquivez, y aun
desatención, que, ofendida yo, le prohibí,
por su propio decoro, venir a casa en algunos días,
para que se calmase mamá y hacerla yo entender lo
desatenta que estaba con él por un motivo tan pueril.
El pobre muchacho creyó ya que no volvería
a verme; qué se yo lo que pasó en aquella
cabeza. Lo cierto es que hizo mil locuras irreparables.
Después de algunos días de afán y mortal
inquietud, que mis cartas las más tiernas no podían
calmar, cometió la imprudencia de hablar a su padre
y escribir a mi hermano, diciendo el deseo y resolución
que tenía de casarse conmigo, sin haber consultado
antes mi voluntad, acaso porque dudaba de ella.
Interrogada por mi familia, desde luego declaré seriamente
que no pensaba en semejante matrimonio, y mi hermano se
lo escribió así a Méndez Vigo.
¡Entonces fue Troya! No molestaré a usted con
pormenores enfadosos. El pobre chico creo que se trastornó,
pues entre mil disparates que dijo e hizo, me escribió
una carta (que conservo como casi todas las suyas) en la
que me juraba que se daría un pistoletazo si no me
casaba con él antes de tres meses.
Temí cualquier cosa de él, mucho más
cuando supe que andaba llorando en los paseos y cafés
como un loco; tuve, pues, con su situación, todas
las consideraciones que exigía, le escribí
unas cartas llenas de ternura y le ofrecí que sería
suya más tarde.
Pero nada bastó; no sé que espíritu
maligno se había apoderado del pobre joven. Saben
su amigos hasta qué punto se extraviaba por momentos
su razón. La piedad que tal vez me hubiera determinado
a casarme con él (a pesar que menos que nunca me
inspiraba aprecio ni confianza aquel carácter tan
débil ni aquella cabeza tan frágil), si el
orgullo de mi nombre no me lo hubiera absolutamente prohibido.
El padre de ese joven, que, según tengo entendido,
es responsable a u hijo del dote considerable que le llevó
su primera esposa (y que sin duda no deseaba desposesionarse
de él, como tendría que hacerlo casándose
su hijo), dijo que no aprobaba su matrimonio sino hasta
dentro de tres años, pues aún 4era muy joven
para contraer tan serio empeño. En consecuencia a
esta manifestación rehusó venir a pedir mi
mano, como parece quería su hijo, y este lo amenazó
con que pediría al jefe político la licencia
que él le negaba. Todo esto pasaba sin que yo supiese
nada, ni remotamente lo sospechase. ¡puede usted figurarse
mi indignación la primera noticia que llagó
a mis oídos! Se apuró mi sufrimiento y rompí
enteramente con el imprudente joven, escribiendo al padre
una carta donde le manifestaba que jamás había
tenido ni remotamente la intención de casarme con
su hijo ni con su aprobación ni sin ella. Por tanto,
debía mirar como locuras del joven todos los pasos
que hubiese dado con ese objeto y le aconsejaba y rogaba
le mandase a viajar para distraerle.
Pocas personas sabrán es Sevilla estos pormenores,
pero muchos han sido conocedoras de su desesperación
y de los reproches que me dirigía en su exaltación.
Así es que, por una fatalidad de mi estrella, siempre
me condenan las apariencias, se me juzga sin comprender
mis motivos. Yo sé que se me censura haber jugado
con la sensibilidad de ese joven y se me tacha de inconstancia
y coquetería,. ¡ya usted conoce mi culpa!;
no he tenido otra sino entablar (como hacen todas en Sevilla)
unas relaciones que suponía ligeras y sin consecuencias
de ninguna especie; ¡esta es toda mi culpa y sabe
Dios cuánto me he arrepentido de ella! Si después
no pude resolverme a sacrificar mi libertad y mi delicadeza
casándome con él sin la pública aprobación
de su padree, ciertamente no merezco por ello censura, y
sería muy despreciable mis ojos si hubiera procedido
de otro modo. La pasión no me haría faltar
mi decoro entrando a la fuerza en una familia; ¡cuanto
menos la compasión!
Marchóse, por fin, Antonio y yo respiré; parecióme
ver la luz después de una larga prisión o
lanzar un peso enorme largo tiempo sostenido.
Lo confieso: quedé cansada de amor; aquel amor delirante
y frenético, del que yo no había participado,
me causaba fatiga.
Por eso, me fijé más que anteriormente en
mi sistema de no amar nunca. Ha jurado no casarme nunca;
no amar nunca, y aun me propongo ya abjurar también
de todo empeño, aun los más sencillos y pasajeros.
Un mes después de la marcha de Méndez Vigo
volvió usted.
¡Está concluida mi historia!; pensé
antes no haberla escrito sino en ausencia de usted, porque
quería entablar con usted correspondencia, pero luego
varié de idea porque no pienso ya que debemos iniciarla.
Nada más me resta que decir, caro amigo; ahora recuerde
usted mis condiciones. Este original será reducido
a cenizas tan luego sea leído, y nadie más
que usted en el mundo sabrá que ha existido. Adiós;
no sé cuando nos veremos y podré dar a usted
este cuadernillo.
Acaso con él voy a disimular la estimación
con que usted me favorece y a debilitar su amistad; ¡no
importa! ¿Debo sentir el dar armas a usted para combatir
una amistad que acaso conviene a ambos deje de existir?
Yo seré siempre amiga de usted, aun cuando
no exista amistad entre nosotros. Es decir, le estimaré
a usted aun cuando cese de manifestarlo.
Adiós, querido amigo; sacuda usted esa melancolía
que me aflige. Créame usted: para ser dichoso modere
la elevación de su alma y procure nivelar su existencia
a la sociedad en que debe vivir.
Cuando la injusticia y la ignorancia le desconozcan y le
aflijan, entonces dígase usted sí mismo: Existe
un ser sobre la tierra que me comprende y me estima.
Sí, creo comprender a usted y estimarlo; ¡si
me engañase! ¡si fuese usted otro de lo que
yo le creo!... sería un desengaño más;
¡y qué importa uno más a la que ha sufrido
tantos!
P.D.- He leído esta y casi siento tentaciones de
quemarla. Prescindiendo de lo mal coordinada, mal escrita,
etc., ¿debo dársela a usted? No lo sé;
acaso no. Ciertamente, no tengo de qué avergonzarme
delante de Dios, no delante de los hombres Mi alma y mi
conducta han sido igualmente puras. Pero tantas vacilaciones,
tantas ligerezas, tanta inconstancia, ¿no deben hacer
concebir a aquel a quien se las confieso un concepto muy
desventajoso de mi corazón y de mi carácter?
¿Debo tampoco descubrir los defectos de personas
que me tocan tan de cerca como lo hago?... No, ciertamente;
no debo. Para resolverme a dar usted este cuaderno es preciso
que le estime a usted tanto, tanto, que no lo crea un hombre,
sino un ser superior.
No sé, pues, qué hacer; lo guardaré
y seguiré, para darlo o quemarlo, el impulso de mi
corazón cundo vea a usted por primer vez.
nota:
-
Los padres de la Avellaneda fueron el capitán de
navío D. Manuel Gómez de Avellaneda y D.a
Francisca Arteaga
|