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Hortensia Pichardo Viñals nació en La Habana,
el 22 de enero de 1904. Su niñez y adolescencia transcurrieron
en un ambiente tranquilo, sin riquezas, pero sin grandes inquietudes.
Vivió en un hogar donde primó el amor y el respeto entre padres,
hijos y otros familiares. La savia familiar se enraiza en
la vida intelectual cubana del siglo XIX. Su abuelo Esteban
Pichardo Tapia fue autor de obras de importancia, entre las
que se destacan la primera geografía y el primer mapa de Cuba
de profunda exactitud.
Ingresó
en la Escuela Normal de Maestros de La Habana en 1917, y ya
desde esa época se manifestaba su espíritu investigativo y
su preocupación por los estudios. Después de graduada cursó
la carrera de Pedagogía en la Universidad de La Habana optando
por la modalidad de la enseñanza libre. Su trabajo de tesis
fue el Colegio de San Cristóbal
de La Habana conocido por San Cristóbal de Carraguao
por estar situado en el Cerro. Se graduó en 1924. De sus recuerdos
de la carrera de Pedagogía está el día en que conoció a Fernando
Portuondo del Prado con quien compartió su vida personal
y profesional; y de esa unión nació su único hijo. El matrimonio
se realiza el 5 de octubre de 1927.
Matriculó con posterioridad la carrera de
Filosofía y Letras de la cual quedó pendiente la Tesis doctoral,
que realizó en 1934, titulada Mercedes
Matamoros, su Vida y su Obra. No la concluyó en el
tiempo previsto por la política de terror de Gerardo Machado,
el cierre de la Universidad y debido a asuntos personales.
Cuando la crisis política de los años treinta
fueron a residir a Santiago de Cuba donde Fernando laboró
como Inspector Escolar. Allí la doctora Pichardo ejerció como
maestra de Escuela Pública. Ya desde esa época se manifestaba
su sentido del magisterio, nunca verbalista en la enseñanza.
«Cuando preparé la clase, en lugar de repetir y repetir
tenía que enseñar primer grado me esforcé por
poner en práctica la idea siguiente: me tocaba enseñar la
letra N y les busqué un nené y un nido. Después hablamos de
lo lindo que son los niños y de los nidos y a continuación
les decía: bueno vamos a escribir la letra con que empieza
nené y nido . Y así por el estilo, lo he hecho siempre».
De allí pasó a Maestra Rural en un lugar llamado Los Cocos,
en el municipio de Sagua de Tánamo donde le enseñó a los niños
a cantar el Himno Nacional que ellos nunca habían oído.
Regresan a La Habana en 1937. El doctor Portuondo comenzó
a escribir su Historia de Cuba. En 1944 la doctora
Pichardo fue nombrada profesora del Instituto
de la Víbora. Impartió Historia de Cuba, Antigua, Media,
Moderna, Contemporánea y de América. Continúa ampliando sus
criterios pedagógicos: medios audiovisuales, fuentes documentales
y la participación de los alumnos. Dio buenos resultados,
los estudiantes se acostumbraron a ir al estudio de las fuentes.
Esta fue la base de Documentos
para la Historia de Cuba.
Pasó a la Universidad en los primeros años
de la década del sesenta, en la Escuela de Historia de la
Facultad de Humanidades. Ocupó la cátedra de Técnica de la
Investigación Histórica. Considera que su enseñanza fue rigurosa
porque investigar no es leer, es más serio. Comprender lo
que significa y tomarle amor. Llevaba a sus alumnos a la Sala
de Colección Cubana de la Biblioteca Nacional "José Martí"
y al Archivo Nacional para que aprendieran el manejo de los
documentos, no a oír a la profesora, sino a investigar. También
se desempeñó en Historiografía General con un programa que
abarcaba desde la Biblia hasta los documentos actuales;
y en Historiografía de Cuba. La lectura es imprescindible
no solo para los profesores, sino para los investigadores.
El documento se trabaja textual, tal y como aparece, respetando
la ortografía y redacción de la época, corresponde a ella
y a su autor. De otro modo no les enseñaba a investigar, sino
a tomar notas. El profesor tiene que investigar para darles
a los alumnos lo mejor de sí, de la materia para que obtengan
buenos resultados. Si el profesor no tiene interés y vocación
no puede despertarlo. Ser exigente, pero no implacable. Trabajar
con dedicación, esa es la clave del éxito: «... cuando
los alumnos ven a un profesor dispuesto a enseñarles, a darles
lo mejor que tiene y no a convertirles el estudio en un suplicio,
sino que propicia su participación, los motiva con medios
audiovisuales, les enseña a buscar la verdad en fuentes primarias
y perciban que el profesor tiene su clase preparada, que no
fue a improvisar o ver pasar el tiempo, sí que cooperan. Y,
desde luego, no se puede preparar una clase por un texto como
si fuera una carretilla (...) se procura dejar una huella
sana pues con ello no solo se educa, también se forma al alumnado».
Con respecto a la investigación nos dice:
«Para el mejor desempeño de su trabajo a los investigadores
les recomiendo en primer lugar la necesidad de tener mucha
paciencia; en segundo lugar tener mucha fuerza de voluntad
para reconocer los errores y en tercer lugar acudir siempre
a las fuentes primarias». Considera que formó una
Escuela de Investigación, y en ella trató de dar a los alumnos
sus conocimientos. El sentido de la responsabilidad, la meticulosidad
y buscar lo inédito. No repetir los errores arraigados, imprescindible
para la historia científica, avalada por la crítica de las
fuentes. Acerca del género testimonio plantea que se deben
confrontar los de varias personas, completados con la búsqueda
en archivos, museos y bibliotecas. Formó parte de la Sociedad
de Estudios Históricos e Internacionales, una de las sociedades
que más hizo por el desarrollo de la cultura cubana.
En su artículo «Los niños de la calle»,
la doctora Pichardo planteaba la necesidad de dos sesiones
en las escuelas y hogares infantiles para los niños desprovistos
de todo, donde se denuncia la génesis del por qué se hizo
la Revolución. Nunca soportó las mentiras y su esfuerzo estuvo
encaminado a poner las cosas en su lugar. Por ejemplo, su
lucha para que no se diga Grito de Yara, ni Grito de Baire,
por no corresponderse con lo sucedido. Apasionada del Padre
Las Casas, Carlos Manuel de Céspedes
y José Martí: «Enseñar e
investigar creo que es lo mejor que pude haber hecho, y a
ello dediqué mis esfuerzos, no me imagino en otros desempeños.
No he podido soportar las cosas que por tradición se dicen
equivocadas... Tratar de hacer de mis alumnos lo mejor, que
sintieran el mismo amor que yo por Cuba, hacérselos comprender».
Es autora de numerosos trabajos relacionados
con la historia nacional. Con amplia participación en eventos
nacionales e internacionales de Historia. Asimismo, miembro
del Tribunal Nacional de Categorías Científicas y del Tribunal
Nacional de Grados Científicos. Se le ha otorgado el grado
de Doctora en Ciencias Históricas y Profesora de Mérito de
la Universidad de La Habana; además de habérsele conferido
la Orden "Carlos J. Finlay", la Orden "Ana
Betancourt" y la Distinción Por la Cultura Nacional.
Otros reconocimientos y condecoraciones han sido: Medalla
"150 Aniversario del natalicio del General Máximo Gómez";
Moneda Conmemorativa del Banco Nacional de Cuba; Visitante
distinguida de la ciudad de Las Tunas; Réplica del Machete
de Máximo Gómez; Bandera de Cárdenas, por el Centenario de
la Bandera; Hacha de Holguín; Diploma de Mérito de la Unión
de Escritores y Artistas de Cuba; Medalla "Félix Varela";
Distinción "23 de Agosto" de la Federación
de Mujeres Cubanas; Medalla "Fernando Ortiz"; Medalla
"Frank País"; Medalla "Alejo Carpentier";
Medalla "150 Aniversario del natalicio de Calixto García";
Medalla "250 Aniversario de la Universidad de La Habana";
Diploma de la Universidad de La Habana, por su labor creadora
y su dedicación a la formación de los jóvenes en el amor a
nuestros valores patrios; Héroe del
Trabajo de la República de Cuba; Orden "Carlos Manuel
de Céspedes"; Premio Nacional de Ciencias Sociales 1995.
Es miembro de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos
y del Caribe y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
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