Respuestas a Marilyn Bobes
 
¿Cuándo cobra usted conciencia de que sería escritor?  

En realidad, no puedo precisar el momento en que uno tiene la certidumbre de que sería escritor. En mi caso, más que con palabras, ha sido después de escribir una página o al culminar una novela, de las cuales me he sentido satisfecho, , que he creído, monologando, que ese texto tiene el sello, el acabado, propio de un escritor. Pero ni aún así siempre es igual. A veces, al concluir un texto, me doy cuenta de que algo cojea o peca de cierta reiteración aquí o allá, y entonces sí, uno no se queda tranquilo hasta hacer las correcciones cuantas veces sea necesario. Tal vez esa voluntad de perfección –o por lo menos de lucha contra la imperfección—sea un rasgo que, de algún modo, esboza al escritor, aunque no tanto como la suma de obras de valor que ha publicado.

Su novela La búsqueda se aparta de las corrientes de moda
cuando se publica en la década del sesenta. ¿Por qué esa decisión de escribirla y que me puede contar de su recibimiento por la crítica?

La búsqueda está muy lejos de ser una novela autobiográfica, sin embargo, hay elementos y ciertos afanes de muchos jóvenes que eran mis contemporáneos en aquellos tiempos, fines de la década de los años cuarenta, --aunque empecé a escribirla en 1957-- que tienen algún parentesco con las inquietudes de Anselmo, el flautista, protagonista de esa obra.
No puedo precisar hasta que punto se aparta esa obra de las corrientes de moda en los sesenta. No es menos cierto que a principios de esa década, en 1961, cuando se publica la primera edición de la misma, -----antes había sido finalista y Mención en el Premio "Casa de las Américas" de ese año--, todavía soplaban aires de ebullición social, cultural y política, aunque ya empezaba a asomarse aquí y allá el feo rostro de quienes posteriormente intentarían imponer una sola corriente, la del llamado realismo socialista, de tan estériles frutos en los países del este de Europa. Sin embargo, aquí, los artistas y los escritores no se adscribieron para nada a tan pobre receta estética.

Petronila Ferro, como se ha dicho y se ha escrito, es uno de los personajes más inquietantes de la literatura cubana del siglo veinte. Es el centro de su novela, Rebelión en la octava casa, igualmente Mención en el Premio "Casa de las Américas" en 1966, del cual fue jurado, Alejo Carpentier quien dijo: << La novela de Sarusky es de una notable originalidad. Tiene por protagonista el peligro; peligro, para dos revolucionarios, de lo que significa la calle; pero peligro también, indefinido, misterioso, raro, astral, de lo que significa la casa a cuya protección se han acogido. Hay momentos en que el peligro de la casa se vuelve más angustioso que el peligro circundante>>. ¿Cómo concibió esa novela?

Partí de una anécdota muy simple: el caso de dos revolucionarios que se ocultan durante la lucha contra la dictadura de Batista en la casa de una mujer que era espiritista. Cuando lo supe empecé a darle vueltas a la idea, a imaginar las contradicciones que surgirían entre dos concepciones muy diferentes del mundo, aunque me pareció preferible, desde el punto de vista literario y dramático, que se tratara de una astróloga. Así que desde los primeros capítulos está planteado el conflicto de Oscar y Agustín frente a Petronila Ferro, extraño ser que consulta los mapas del cielo, pretende controlar la vida y los actos de los dos jóvenes, aparecen en los rincones enigmáticos horóscopos en función de los designios de aquella mujer. Mientras unos personajes se liberan de sus ataduras, otros se aferran a un mundillo que empobrece su condición humana.

El periodismo y la literatura, ¿se complementan o se confrontan en su obra?

Más que confrontarse se complementan. Cuando hago periodismo no dejo de ser el escritor pues no puede y no debe flaquear la voluntad de estilo. A veces ocurre que el asunto de que se trate demande mayor ligereza o que uno se la imprima. Pero esto también sucede en la literatura. Todo radica en el balance, el equilibrio con que sean manejadas ambas profesiones. Aunque a veces las exigencias del periodismo son tan perentorias que uno se ve forzado a posponer, con más frecuencia de la que uno quisiera, entrar o asaltar el territorio propio de la literatura

Un hombre providencial, ¿es más ficción que investigación o todo lo contrario?

Creo que lo más importante es el resultado de ese empeño. Si al estudiar ese texto, usted cree que está leyendo un tratado de historia, obviamente, es un total fracaso literario y artístico. Pero ahí están la trama, los personajes, todos salidos de mi imaginación, incluso los que fueron de carne y hueso, en la novela son criaturas de mi invención. Hasta el propio Providence, el protagonista, basado en un William Walker que ha sido procesado a través del tamiz de la imaginación del autor, que él y los otros personajes fluyen en la trama, responden orgánicamente a las exigencias y las necesidades de lo que es la ficción, una novela, y no un texto de carácter histórico.
Tal vez la autenticidad de esos personajes, la coherencia y
organicidad con que actúan la han intrigado a usted al punto de formular la pregunta dudando de si se trata de personajes históricos o de ficción. De ser así, créame que la pregunta en sí misma es el mejor elogio que se le podía hacer a esa novela.

¿Qué piensa de la actual narrativa cubana?

Hace un buen tiempo que la actual narrativa cubana, que en mi opinión, no es sólo la que se está escribiendo en el día de hoy, sino la del último lustro, e incluso, la última década, parece revelarse con síntomas contradictorios. A veces transcurren los meses y no ocurre nada, no se publica algo que inquiete el ambiente literario y cultural. Recuerdo que en los años sesenta entre los escritores siempre se estaba esperando la llamada novela-pistola, o el relato-pistola que opacaría las aparecidas anteriormente. Es decir, había afanes y
una voluntad, no sólo de hacer literatura, sino que el espíritu de aquella sana competitividad estaba forjando una atmósfera y un interés por lo que se estaba <<cocinando>> en el campo literario, muy beneficiosa para todos, autores, críticos, lectores.
Ahora, ¿dónde estamos? ¿dónde está la confrontación propia de
la ebullición de ideas y proyectos y críticas?
Y, sin embargo, hay valiosos talentos jóvenes, menos jóvenes,
maduros y algo más añosos. Pero el diálogo ahora es esporádico, insuficiente y se manifiesta en pequeños grupos o individualidades.
Aunque no soy pesimista. Tal vez algún analista defina esta
descripción como un punto de giro en nuestro proyecto literario y hasta lo califique de crisis de crecimiento. Si fuera así, bienvenida sea.

¿Por qué le ha interesado tanto el tema de las inmigraciones?

Primero que todo, porque cuando comencé a internarme en el asunto, éste era virgen, apenas tocado en el periodismo en Cuba. Al mismo tiempo, era muy estimulante que ya en 1970 descubriera un pueblo como Omaja . Tuve la suerte de que, a pesar del tiempo y el deterioro, aún conservaba ese pueblito el nombre con que fue fundado, similar a Omaha, la capital del estado norteamericano de Nebraska. Pero también sus bungalows, semejantes a los del sur de los Estados Unidos, al igual que la pequeña iglesia protestante, también de madera, y la edificación, frente a la estación de ferrocarril, idéntica a una escenografía de una película del Oeste americano, y los nombres y apellidos sajones, escandinavos o finlandeses en las lápidas del cementerio.
Y después también pude reconstruir, tras varios años de investigación, la historia de una de las varias colonias de suecos que se establecieron en la Isla. A esa comunidad perteneció Erick Leonard Eckman, uno de los grandes botánicos del siglo veinte y, quizás, el que investigó y descubrió para la Isla y para el mundo, cientos de ejemplares y familias de la flora cubana. Fue, además, el primero que pudo acreditar la conquista del Pico Turquino. El resultado de esa y otras búsquedas fue La aventura de los suecos en Cuba, que apareció en 1999.
Antes, sumados al trabajo sobre Omaja, y luego los suecos, los indostanos, japoneses y yucatecos, se publicaron en 1986 en un volumen con el título de Los fantasmas de Omaja.
Y hubo y hay otras comunidades que se establecieron en Cuba ---- finlandeses, hebreos, japoneses nuevamente, haitianos y canadienses. Sobre ellas he publicado en Revolución y Cultura, la revista donde aún ejerzo como periodista, esos trabajos que ahora reuno, y que aparecerán en otro libro en los próximos meses.

¿De qué autores universales o cubanos se siente deudor?

Más que deuda, admiraba mucho en otros tiempos más juveniles, lo cual no quiere decir que hoy sienta lejanos a Stendhal, a Flaubert, a Tolstoi, a Hemingway, entre otros.
Claro que algunos clásicos: Cervantes, Quevedo. En estos tiempos,
más que de la cercanía de un autor en particular, admiro algunos momentos de determinadas obras. O, por ejemplo, la visión cosmogónica de Carpentier hacia nuestra América, la elegancia de la prosa de Borges, el García Márquez de Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, el desenfado y la formidable imaginación de Julio Cortázar, el arte de las técnicas en
Vargas Llosa, la fabulosa atmósfera y los caracteres, tan universales por tan mexicanos, en Pedro Páramo, de Rulfo.
Y así podría añadir algunos más. Pero nadie como Shakespeare, no sólo para penetrar el alma humana hasta los más recónditos recovecos, sino para descubrir, en la trama de intereses y pasiones, todos los horrores y toda la grandeza que puede emerger o puede desperdiciar esa misma alma.


¿Cómo definiría a Jaime Sarusky?

Es la más hamletiana de todas sus preguntas. To be or not to be. Ése es el problema. Concédame, entonces, la alfombra roja para ir más allá de este nudo dramático y acépte que no es nada fácil definir a alguien, a menos que corramos el riesgo de ser demasiado lights y hasta frívolos, estados que a veces son muy divertidos. Y mucho más en esta Isla donde nadie soporta a los arrogantes, execran la pedantería y se puede tolerar cualquier flaqueza, menos ser <<pesado>>. .

¿Qué significa para usted haber sido elegido Premio Nacional de
Literatura?

Además de ser un reconocimiento a mi trabajo como escritor y periodista, que, en alguna ocasión ha sido soslayado y hasta ignorado, me han emocionado las reacciones de alegría y de solidaridad multiplicada que todavía comparten muchos amigos y amigas, muchos afectos. Que tan sólo me llegaran esas muestras de calor humano, ya eran para mí el mejor regalo.
Pero, además, medio siglo después de tomar la crucial decisión de dejar atrás todo para intentar el camino de la literatura, y tratar de desentrañar la tremenda incógnita de si sería o no escritor, el Premio confirmaba que no me equivoqué al quemar las naves, que había una recóndita esperanza, que la vida misma se ha encargado de gratificarme concediéndome las luces suficientes para que yo pudiera hacer lo que llenaba y llena a plenitud y con alegría, mi existencia.