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Domingo Pantoja tenía la mala costumbre de llevarse a las mujeres.
De día o de noche: le daba lo mismo. Y ya su fama se extendía
por toda Isla de Pinos. Tenía una mujer que le dijo: «Domingo,
te lo digo por última vez, si no me llevas no eres hombre.»
Y a Domingo no le quedo más remedio que demostrarle lo que
él era de verdad y se la llevó. Fue un día de
Año Nuevo. La mujer estaba contenta. Se agarraba de la cintura
de Domingo que tiraba de las bridas del caballo mientras ella, las
piernas suspendidas en el aire, saltaba en la grupa del animal que
marchaba con trote seguro-.
Domingo se la llevó al sur de la Isla, a un corte de leña
con. hornos de carbón vegetal. Un lugar que llamaban Yemitete.
Allí la tuvo unos doce días, hasta que una madrugada
se le apareció el padre de la muchacha y le dijo: «Bueno,
Domingo, ahora te vas a casar con ella o si no te vas a casar conmigo.»
Domingo no retrocedió. Le dijo: «Bueno, eso como a usted
le convenga mejor... Si usted tiene dinero para casarme, pues cáseme,
yo no tengo...»
Se fue el padre, pero volvió muy pronto. Había alquilado
una lanchita, Llevo al cura con el y la boda sacrosanta se realizó
en el sur de la Isla al fin y al cabo, a pesar de los resabios de
Domingo.
A Domingo no le gustaba aquello. El mismo lo dice: «Yo tenía
dinero, pero no quería porque me había andado con veinte
soquetás, veinte músicas ahí... que a mi NO se
me puede andar con esas cosas... Ya él sabe que yo camino pa'
arriba del muerto...»
Tres años después la muchacha que había saltado
alegremente a la grupa del caballo de Domingo se quedó sola.
Su hombre se fue para Oriente. «<;Usted sabe?, cuando la
guerrita de razas estuve en la cumbancha de esa gente...» —dice
Do¬mingo con ojos de nostalgia.
Seis meses estuvo trabajando en Oriente. Allá en Jobabo. Cuando
regresó a su isla nativa venía mas tostado por el sol
y mas cargado, porque regresaba con otra mujer que ahora ya no se
agarraba de su cintura sino que le tiraba de la camisa, del brazo
«Ya la picardía —dice Domingo, y sus ojos negros
le brillan— la sabe uno mas bien que el demonio. ¡Que
el demonio!.
A pesar de sus historias
ricas en peripecias, a pesar de sus setenta y siete anos, Domingo
sigue siendo Domingo. Fuerte, tieso, sonriente.
Cuentan de Domingo que sus vecinos siempre se quejaban de la misteriosa
desaparición de las aves y no pocas veces de los cochinos.
Al día siguiente, Domingo, con soberana hidalguía,
como todo un gran señor, invitaba al vecino a que gustase
en su mesa un delicioso arroz con pollo o un rico lechón
asado. Y después nadie se quejaba porque no había
manera de decirle nada a Domingo. .
De ahí que hoy se cante en toda Isla de Pinos un famoso sucu-sucu
que el propio Domingo, con su conjuntito típico, ha puesto
de moda más de una vez. Y aunque Domingo se atribuye su paternidad,
los viejos pineros afirman que el mentado sucu-sucu fue .compuesto
en honor de un ilustre antepasado de Domingo, llamado Toribio, como
él de apellido Pantoja, bucanero de profesión.
{Quien- tiene la culpa? Domingo Pantoja "
no hay cosa que- vea que no se la coja,
la culpa del puerco: Domingo Pantoja,
la culpa del pollo: Domingo Pantoja, i
la culpa del gato: Domingo Pantoja,.. -
la culpa del perro: Domingo Pantoja^ .
la culpa del blanco: Domingo Pantoja,
la culpa del negro: Domingo Pantoja.
iAy, pobre del pobre Domingo Pantoja.'
No hay polo perdido que el pobre no coja
con culpa o sin culpa, Domingo Pantoja.
Tal parece que Domingo se atribuye buena parte de los andares y
desventuras de su ilustre predecesor o; por lo menos,ha tratado
de que su vida sea una imitación. bastante Iograda por cierto.
de la de aquel famoso Toribio, burlón como el.
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