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No ha habido una página de promoción de la literatura
cubana sin el concurso desinteresado de Jaime Sarusky, fino lector,
periodista, editor, narrador, animador de infinitas tertulias citadinas.
Con el rumor de sus orígenes a cuestas, Jaime ha contribuido
como nadie al dibujo certero de esas minorías étnicas
que en el Caribe nuestro han aportado y siguen aportando al perfil
definitivo de una existencia sometida, como se sabe, a una de las
dislocaciones más brutales de todo el hemisferio occidental.
Por eso lo veo como un gigante y como un duende cotidiano.
Las páginas de Rebelión
en la octava casa (1967) no sólo expresaron aquella sensación
de derrumbe, de cataclismo, sino que trajeron consigo el aliento
de un legítimo sentimiento de rebeldía, conciente
su creador de que en él nos iba la vida. Por ello creo que
su nombre se inscribe por derecho propio en la narrativa de los
fecundos y -¡oh fugaces!- años sesenta, llenos de vigor
y audacia, de mucha luz (…)
Nancy Morejón
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