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OBRA  
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EPISTOLARIO

A JOSÉ ANTONIO SACO

Habana, 30 de mayo de 1836


Carísimo mío: hasta el diecinueve en que llegó el coreo de la Isla no supimos acá la elección que Cuba había hecho en usted el tres del mismo. ¿Qué le diré yo a usted, Saco de mi alma? Mi placer es inefable, mi alborozo tan grande cuanto puede permitirlo la idea de que nuestros clamores serán oídos, por más levantada y sentida que sea la voz que los exhale. Pero al fin, hoc unum, ¡oh patria mía!, es cierto, ciertísimo: tú acabas de dar el mejor testimonio de tu justicia, el más seguro garante de que, contigo, vale también la fuerza de la opinión: tú has puesto en la cumbre al primero de tus hijos, al mismo hombre que la mano impura del despotismo trató de avasallear y pisotear. Confesemos que este rasgo es digno de la soberbia Albión. Yo desde aquí le estrecho a usted en mis brazos y en mi corazón, amiguísimo mío, a quien amo más que si mi sangre circulare por sus propias venas; (…) ¿Y quién fue el primero que me dio la noticia? Nuestro apasionado y constante Arazoza. Apenas lo supe, llegó nuestro inmejorable Gonzalo con la Gaceta en la mano. Yo experimentaba una alegría indecible, una alegría mezclada de tristeza, como en toda impresión fuerte; (…). Sagarra, sabe usted, Sagarra, mi discípulo predilecto, es quien ha obtenido la victoria: quien ha enderezado la opinión, acallando las hablillas de los malos y los temores de los ilusos o cobardes, quien empeñó todas sus fuerzas porque se hiciese justicia, nada más que justicia al mérito (porque nadie nació para diputado más que usted), y honor eterno a su país. ¡Dios bendiga y conserve en nuestro suelo esas pocas almas bien templadas, para que puedan dirigir y alentar a los débiles!

Ahora, pues, amigo mío, por ningún motivo vaya usted a renunciar; y cuidado que se lo aconseja a usted el mismo que le dijo que, si acaso lo hubiesen sacado a usted de suplente los habaneros residentes en Madrid, debería usted renunciar desde luego, porque yo que quiero la opinión de usted tanto o más que la mía misma, no gustaba de que J. A. Saco apareciese como nombrado por un partido, cual era fácil hacerlo creer, atento al corto número de votantes e influyentes. Mas en el caso presente la elección de usted es el voto de la gran mayoría de la Isla, de la Isla, sí; que si en la degradada Habana (perdóneme mi tierra, que tal la han puesto), cuenta usted algunos enemigos aun en medio de tantos y tan buenos amigos, en lo interior, y en el resto en general todos son amigos: es mucho el prestigio del nombre de Saco. Usted, pues, por ningún motivo frustre las esperanzas de esta patria que adora. Esta no es sólo mi opinión sino la de Nicolás, Domingo, Gonzalo y de todos los buenos pensadores. Ni se diga que poco o nada se podrá hacer, pues ya es tarde para esa legislatura. Pero cuente usted de seguro con la reelección, tanto más fácil cuanto el nuevo sistema de elecciones, por malo que sea, ha de ser más amplio que el presente, y nuestro partido gana en razón directa de la amplitud. (…)

Me han vuelto a dar en estos días unos deseos vehementísimos de hacer lo que siempre he ardido por hacer, pero que jamás me lo han consentido ni me lo consentirán mientras aquí no haya imprenta. Quisiera salir a la palestra desafiando al mundo entero (sin que sea esto andaluzada) al que hiciese a J. A. Saco y sus escritos cuantos cargos e imputaciones pudieran vomitar el miedo, la prevención, la envidia y la calumnia aunados, para aplastarlos a todos a fuerzas de razones, haciendo de este modo uno de los más importantes servicios a mi patria. Pero ya que a mí no me es dado, porque no me dejan, lo que siento en el alma, pues en ciertos puntos en que la modestia detendría la pluma de usted, andaría muy suelta la mía, es de toda necesidad que usted dé un manifiesto a sus comitentes mostrándoles lo que es usted y lo que de usted deben esperar. Si en todos los países donde rige el gobierno representativo, aún en circunstancias ordinarias , es lo más corriente ver a un diputado hacer su profesión de fe política, ¿cuántas razones especialísimas no concurren respecto de nosotros, máxime después de lo ocurrido con Montalvo, de nuestra distancia, de las facultades omnímodas, y sobre todo respecto de usted? ¿No ha habido siempre ese tolle-tolle, que ahora por supuesto han procurado revivir, con el espantajo de que usted pedirá la emancipación de los africanos, y demás cosas que usted sabe? (…)


Es necesario que usted, tomando aquel tono digno y elevado que sabe adoptar, clasifique a todos sus antagonistas, no irritando las pasiones de la mayoría de ellos, que casi todos son ilusos (seruum pecus), sino tratando de conciliarse la opinión, desengañándolos, ilustrándolos. Este es un servicio que la patria se lo pide a usted de voz en grito. Es menester que queden aplastados todos de una vez(…). Ya usted bien sabe que algunos pretenden que la isla de Cuba perecerá sin el tráfico: pues demostrarles lo contrario; otros hay que lo dicen, porque así conviene al Gobierno, otros por su interés, otros porque no examinan, otros que afectan saber y no saben, también repiten. Es necesario desenmascarar al mundo entero. Mas para que la cosa sea con mejor éxito, es necesario hacer ver que ese es un torrente, como dijo usted bien, que viene despeñado por la política –que pongamos remedio antes que nos inunde-; apele usted a sus propios escritos, y afianzándose en ellos, eche usted la culpa a los ingleses. Esta es la cuestión. Supongamos que sea bueno o malo; prescindamos de la justicia o la injusticia; se trata tan sólo de los hechos: los ingleses, el mundo cristiano, todos a una tratan y les interesa abolir la esclavitud. ¿Qué hacemos nosotros? Aquí envío también ese número de las "Memorias de la Sociedad" de aquí, donde ya se trata la cuestión de ingenios por blancos; y esto con la triple censura, y bajo los auspicios del gobierno de aquí, etc., etc. (…)Muchos dicen: Saco es excelente, escribe muy bien, etc.¡pero es demasiado vivo! Confúndalos usted diciéndoles que precisamente sus escritos de usted, más que por las flores, se distinguen por el lastre, por los hechos, por las cifras: que vean la diferencia: usted no es un zurcidor de frases como el difunto Betancourt (Guerra), sino de práctica y muy práctica; pero con brío para decir siempre la verdad. (…) En fin, por más que sea para usted un sacrificio, acuérdese que así se lo pide por mi boca esta malhadada patria, y que todos los buenos, todos los imparciales, cada vez que se ha tratado de diputación, siempre han señalado con la voz y el dedo a Saco, y siempre Saco. (…) ¿Cuándo ha dicho usted que se dé la libertad a los negros? Si usted, por el contrario, el argumento que más ha esforzado es el del interés privado, los males que nos trae y nos traerá la continuación de la trata (…)


Su

[José de la Luz]

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Redacción editorial: Julio Tang     Diseño: Yalier Pérez
Corrección editorial: Ruth Lelyen y Nora Lelyen
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