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La
gran figura literaria del período comprendido
desde 1790 hasta 1835, es sin lugar a dudas, José
María Heredia y Heredia (Santiago de Cuba,
1803- Méjico, 1839) considerado como nuestro
poeta nacional, y cuyo relieve en la vida política
es al mismo tiempo de extraordinaria importancia.
Heredia fue el faro de la juventud cubana de todo
este período conspirativo; y a él
volvían los ojos para mirar su conducta
y leían sus versos para templar el corazón,
los espíritus de la joven Cuba que hicieron
de su "Himno del Desterrado" un índice
de patriotismo.
Hijo
de padres dominicanos, como del Monte, realizó
sus estudios en los diversos lugares en que profesó
su progenitor la magistratura (Pensacola, Santiago
de Cuba, Caracas, Méjico y La Habana).
En esta última ciudad cursó estudios
de Derecho, que completó en la capital
mejicana al morir su padre, retornando a La Habana,
donde se graduó de bachiller en Leyes;
comenzando el ejercicio de su carrera en Matanzas
y haciendo el grado de licenciado, ante la Audiencia
de Puerto Príncipe. Durante sus años
de estudios en Cuba, estrechó amistad con
del Monte, Fernández Madrid y Miralla;
y en la logia masónica Los Caballeros Racionales
prestó sus servicios a la conspiración
de Soles y Rayos de Bolívar, viéndose
obligado al ser descubierta ésta, a emigrar
a los Estados Unidos, donde se dedicó a
la enseñanza del español e hizo
la primera edición de sus Poesías
(1825), en la ciudad de New York. Este mismo año
pasó a Méjico, país al que
se vinculó intensamente, casándose
con una mejicana, desempeñando importantes
cargos en la judicatura entre ellos el de
fiscal de la Audiencia de Méjico
y participando en las luchas políticas
al lado del General Santa Ana, con quien se había
sentido compenetrado desde la organización
de la conspiración del Águila Negra,
que laboraba por la independencia de Cuba. Fue
asimismo catedrático de literatura y de
historia en el Instituto de Toluca, y Rector del
Instituto Literario de Méjico, ciudad en
que fundó las revistas ya citadas, Iris
y Miscelánea. Víctima de
la tuberculosis murió en la ciudad de Méjico,
después de haber pasado en Cuba una brevísima
temporada, realizada con el único propósito
de saludar a su anciana madre. Su estancia en
Cuba, autorizada por el general Tacón (a
quien se dirigiera el poeta para lograr su consentimiento)
fue motivo de graves censuras, por parte de los
cubanos separatistas. Heredia, al dar este paso,
sentía el peso de su enfermedad, de las
más hondas decepciones y del presentimiento
de su cercana muerte.
Formado en
una seria y amplia educación humanística,
Heredia leía los autores latinos en su
lengua, desde muy tierna edad; y a los dieciseis
años componía, en Caracas, sus Ensayos
Poéticos, integrados por apólogos
y poesías líricas amatorias. La
aparición de sus Poesías consagró
su fama de gran poeta y saludáronla con
cálidos elogios, Andrés Bello, Lista,
Quintana, Villemain, Amunátegui. En aquel
libro, la crítica admiraba su selecto gusto,
su inspiración ardiente, el dominio de
la técnica, la belleza y corrección
de sus giros, que expresan toda la gama del sentimiento,
desde el arranque vehemente hasta las tonalidades
más suaves. Horacio formó su gusto
poético; y poetas españoles horacianos,
como Meléndez Valdés, Cienfuegos
y Quintana, le impresionaron e influyeron en el
estilo. Fue clásico en la forma; pero de
hondo acento liberal: encarnaba sin duda la transición
prerromántica.
Lo más
significativo de su obra poética, desde
el punto de vista estético, se halla en
sus cantos inspirados en la naturaleza; principalmente
en sus odas tituladas "En el Teocalli de
Cholula" y "Niágara". La
primera, escrita a los diecisiete años,
canta la exuberancia de la tierra mejicana, variada
hasta condensar todas las vegetaciones de todos
los climas. Sentado al pie de la pirámide,
contempla el poeta el color y la fecundidad de
las campiñas, que contrastan con las nevadas
cimas de los volcanes; la noche le sorprende mientras
rememora las grandezas del pasado azteca, cuyo
poder había desaparecido, en tanto que
las montañas continúan enhiestas.
Surge entonces la duda: tal vez un día
caerán también, porque "todo
perece por ley universal". Es impresionante
esta composición por su elevación
y por su sentido poético, que hizo apreciarla
a Menéndez y Pelayo como "poesía
de puesta de sol". El "Niágara"
(que es la más célebre de las poesías
de Heredia) denota más tensión lírica,
inspiración arrebatada y espontánea,
entusiasmo ardiente, verbo inflamado, vigor de
colorido. Fue escrita en 1824. El cantor desborda
su fervor ante el espectáculo grandioso,
y lo exalta, expresando cómo siente estremecida
su sensibilidad. Afirma que en aquel paisaje Dios
mismo se mira, y que los vapores de oro de la
catarata, elevados hasta las nubes, son como ofrendas
perennes de la Divinidad. Con pinceladas magistrales
describe la caída de las aguas y analiza
las emociones que se suceden en su espíritu,
hasta evocar la patria, doliéndose de no
hallar allí las palmas y lamentando su
soledad de desterrado. Finaliza despidiéndose
del Niágara y anhelando lo que la posteridad
se ha encargado de satisfacer: que todo viajero
ante la catarata, le recuerde. Son dos obras maestras
de la literatura universal.
Heredia ocupa
lugar primordial en la poesía patriótica,
y sus cantos inspirados en los ideales de Cuba,
fueron el punto de partida de esta fase de nuestra
poesía, durante la primera mitad del siglo
XIX. "El Himno del Desterrado", la epístola
"A Emilia", "La Estrella de Cuba",
entrañan sus ansias por una patria de igualdad
sincera, de respeto, de seguridad, de garantía
para todos. Llama la atención en esta cuerda
de la lira de Heredia, cómo supo expresar
sus ideas de ardiente separatismo, sin perder
nunca el buen gusto literario, ni caer en denostaciones
chocarreras, ni declamaciones chocantes, ni ripios
detestables. Su poesía patriótica
dignifica el tema y enfebrece al propio tiempo
la pasión de la libertad.
Excelente
fue Heredia como traductor; y no sólo en
la lírica (en que hizo magníficas
versiones de Byron, Millevoye, Goethe, Foscólo,
Ossian, Delavigne, etc.) sino en la dramática
(Voltaire, André Chenier, Jouy, Ducis)
la que también cultivó con algunas
obras originales. Poseyó una prosa elegante
y correcta, puesta de manifiesto en trabajos críticos,
en obras históricas, como biografías
y sus Lecciones de Historia Universal (siguiendo
el plan del profesor inglés Tytler); en
cartas literarias sencillamente deliciosas y en
discursos que revelan al estadista. También
hizo notables traducciones en prosa, como novelas
de Walter Scott y de Thomas Moore y discursos
de Daniel Webster.
Tomado de
Historia de la nación cubana
Publicada bajo la dirección de Ramiro Guerra
y Sánchez, José M. Pérez
Cabrera, Juan J. Remos, Emeterio S. Santovenia
(Tomo III) Desde 1790 hasta 1835
1952 Editorial Historia de la Nación Cubana,
S.A. La Habana
Libro quinto
Cultura y educación. Capítulo I.
Desarrollo literario
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