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Con orgullo y reverencia
empiezo a hablar, desde este puesto que de buen
grado hubiera cedido, por su dificultad excesiva,
a quien, con más ambición que la
mía y menos temor de su persona, hubiera
querido tomarlo de mí, si no fuera por
el mandato de la patria, que en este puesto nos
manda estar hoy, y por el miedo de que el que
acaso despertó en mi alma, como en la de
los cubanos todos, la pasión inextinguible
por la libertad, se levante en su silla de gloria,
junto al sol que él cantó frente
a frente, y me tache de ingrato. Muchas
pompas y honores tiene el mundo, solicitados con
feo afán y humillaciones increíbles
por los hombres: yo no quiero para mí más
honra, porque no la hay mayor, que la de haber
sido juzgado digno de recoger en mis palabras
mortales el himno de ternura y gratitud de estos
corazones de mujer y pechos de hombre al divino
cubano, y enviar con él el pensamiento,
velado aún por la vergüenza pública,
a la cumbre donde espera, en vano quizás,
su genio inmarcesible, con el trueno en la diestra,
el torrente a los pies, sacudida la capa de tempestad
por los vientos primitivos de la creación,
bañado aún de lágrimas de
Cuba el rostro.
Nadie esperará
de mí, si me tiene por discreto, que por
ganar fama de critico sagaz y puntilloso, rebaje
esta ocasión, que es de agradecimiento
y tributo, al examen, impropio de la fiesta
y del estado de nuestro ánimo, de
los orígenes y factores de mera literatura,
que de una ojeada ve por sí quien conozca
los lances varios de la existencia de Heredia,
y los tiempos revueltos y enciclopédicos,
de jubileo y renovación del mundo, en que
le tocó vivir. Ni he de usurpar yo, por
lucir las pedagogías, el tiempo en que
sus propias estrofas, como lanzas orladas de flores,
han de venir aquí a inclinarse, corteses
y apasionadas, ante la mujer cubana, fiel siempre
al genio y a la desdicha, y echando de súbito
iracundas las rosas por el suelo, a repetir ante
los hombres, turbados en estos tiempos de virtud
escasa e interés tentador, los versos,
magníficos como bofetones, donde profetiza:
Que si un pueblo
su dura cadena
no se atreve a romper con sus manos,
puede el pueblo mudar de tiranos
pero nunca ser libre podrá.
Yo no vengo aquí
como juez, a ver cómo se juntaron en él
la educación clásica y francesa,
el fuego de su alma, y la época, accidentes
y lugares de su vida; ni en que le aceleraron
el genio la enseñanza de su padre y la
odisea de su niñez; ni qué es lo
suyo, o lo de reflejo, en sus versos famosos;
ni apuntar con dedo, inclemente la hora en que,
privada su alma de los empleos sumos, repitió
en cantos menos felices sus ideas primeras, por
hábito de producir, o necesidad de expresarse,
o gratitud al pueblo que lo hospedaba, o por obligación
política. Yo vengo aquí como hijo
desesperado y amoroso, a recordar brevemente,
sin más notas que las que le manda poner
la gloria, la vida del que cantó, con majestad
desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas.
Donde son más
altas las palmas en Cuba nació Heredia:
en la infatigable Santiago. Y dicen que desde
la niñez, como si el espíritu de
la raza extinta le susurrase sus quejas y le prestara
su furor, como si el último oro del país
saqueado le ardiese en las venas, como si a la
luz del sol del trópico se le revelasen
por merced sobrenatural las entrañas de
la vida, brotaban de los labios del «niño
estupendo» el anatema viril, la palabra
sentenciosa, la oda resonante. El padre, con su
mucho saber, y con la inspiración del cariño,
ponía ante sus ojos ordenados y comentados
los elementos del orbe, los móviles de
la humanidad, y los sucesos de los pueblos. Con
la toga de juez abrigaba de la fiebre del genio,
a aquel hijo precoz. A Cicerón le enseñaba
a amar, y amaba él más, por su naturaleza
artística y armoniosa, que a Marat y a
Fouquier Tinville. El peso de las cosas enseñaba
el padre, y la necesidad de impelerlas con el
desinterés, y fundarlas con la moderación.
El latín que estudiaba con el maestro Correa
no era el de Séneca difuso, ni el de Lucano
verboso, ni el de Quintiliano, lleno de alamares
y de lentejuelas, sino el de Horacio, de clara
hermosura, más bello que los griegos, porque
tiene su elegancia sin su crudeza, y es vino fresco
tomado de la uva, con el perfume de las pocas
rosas que crecen en la vida. De Lucrecio era por
la mañana la lección de don José
Francisco, y por la noche de Humboldt. El padre,
y sus amigos de sobremesa, dejaban, estupefactos,
caer el libro. ¿Quién era aquél,
que lo traía todo en sí? Niño,
¿has sido rey, has sido Ossian, has sido
Bruto? Era como si viese el niño batallas
de estrellas, porque le lucían en el rostro
los resplandores. Había centelleo de tormenta
y capacidad de cráter en aquel genio voraz.
La palabra, esencial y rotunda, fluía,
adivinando las leyes de la luz o comentando las
peleas de Troya, de aquellos labios de nueve años.
Preveía, con sus ojos de fuego, el martirio
a que los hombres, denunciados por el esplendor
de la virtud, someten al genio, que osa ver claro
de noche. Sus versos eran la religión y
el orgullo de la casa. La madre, para que no se
los interrumpieran, acallaba los ruidos. El padre
le apuntaba las rimas pobres. Le abrían
todas las puertas. Le ponían, para que
viese bien al escribir, las mejores luces del
salón. ¡Otros han tenido que componer
sus primeros versos entre azotes y burlas, a la
luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!...:
los de Heredia acababan en los labios de su madre,
y en los brazos de su padre y de sus amigos. La
inmortalidad comenzó para él en
aquella fuerza y seguridad de sí que, como
lección constante de los padres duros,
daba a Heredia el cariño de la casa.
Era su padre oidor,
y persona de consejo y benevolencia, por lo que
lo escogieron, a más de la razón
de su nacimiento americano, para ir a poner paz
en Venezuela, donde Monteverde, con el favor casual
de la naturaleza, triunfaba de Miranda, harto
sabio para guerra en que el acometimiento hace
más falta, y gana más batallas,
que la sabiduría; en Venezuela, donde acababa
de enseñarse al mundo, desmelenado y en
pie sobre las ruinas del templo de San Jacinto,
el creador, Bolívar. Reventaba la cólera
de América, y daba a luz, entre escombros
encendidos, al que había de vengarla. De
allá del sur venía, de cumbre en
cumbre, el eco de los cascos del caballo libertador
de San Martín. Los héroes se subían
a los montes para divisar el porvenir, y escribir
la profecía de los siglos al resplandor
de la nieve inmaculada. La niñez, más
que el amor filial, refrenaba al héroe
infeliz, que lloraba a sus solas, en su desdicha
de once años, porque no le llegaban los
pies traidores al estribo del caballo de pelear.
Y allí oyó contar de los muertos
por la espalda, de los encarcelados que salían
de la prisión recogiéndose los huesos,
de los embajadores de barba blanca que había
clavado el asturiano horrible a lanzazos contra
la pared. Oyó decir de Bolívar,
que se echó a llorar cuando entraba triunfante
en Caracas, y vio que salían a recibirlo
las caraqueñas vestidas de blanco, con
coronas de flores. De un Páez oyó
contar, que se quitaba los grillos de los pies,
y con los grillos vapuleaba a sus centinelas.
Oyó decir que habían traído
a la ciudad en una urna, con las banderas desplegadas
como en día de fiesta, el corazón
del bravo Girardot. Oyó que Ricaurte, para
que Boves no le tomara el parque, sobre el parque
se sentó, y voló con él.
Venezuela, revuelta en su sangre, se retorcía
bajo la lanza de Boves... Vivió luego en
México, y oyó contar de una cabeza
de cura, que daba luz de noche, en la picota donde
el español la había clavado. ¡Sol
salió de aquella alma, sol devastador y
magnífico, de aquel troquel de diamante!
Y volvió
a Cuba. El pan le supo a villanía, la comodidad
a robo, el lujo a sangre. Su padre llevaba bastón
de carey, y él también, comprado
con el producto de sus labores de juez , y de
abogado nuevo en una sociedad vil. El que vive
de la infamia, o la codea en paz, es un infame.
Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra
ella. Ver en calma un crimen, es cometerlo. La
juventud convida a Heredia a los amores: la condición
favorecida de su padre, y su fama de joven extraordinario,
traen clientes a su bufete: en las casas ricas
le oyen con asombro improvisar sobre cuarenta
pies diversos, cuarenta estrofas: «¡Ese
es Heredia!» dicen por las calles, y en
las ventanas de las casas, cuando pasa él,
las cabezas hermosas se juntan, y dicen bajo,
como el más dulce de los premios: «¡Ese
es Heredia!» Pero la gloria aumenta el infortunio
de vivir, cuando se la ha de comprar al precio
de la complicidad con la vileza: no hay más
que una gloria cierta, y es la del alma que está
contenta de sí. Grato es pasear bajo los
mangos, a la hora deliciosa del amanecer, cuando
el mundo parece como que se crea, y que sale de
la nada el sol, con su ejército de pájaros
vocingleros, como en el primer día de la
vida: ¿pero qué «mano de hierro»
le oprime en los campos cubanos el pecho? ¿Y
en el cielo, qué mano de sangre? En las
ventanas dan besos, y aplausos en las casas ricas,
y la abogacía mana oro; pero al salir del
banquete triunfal, de los estrados elocuentes,
de la cita feliz, ¿no chasquea el látigo,
y pide clemencia a un cielo que no escucha la
madre a quien quieren ahogarle con azotes los
gritos con que llama al hijo de su amor? El vil
no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el
que vio este crimen, y no jura, ante el tribunal
certero que preside en las sombras, hasta sacar
del mundo la esclavitud y sus huellas. ¿Y
la América libre, y toda Europa coronándose
con la libertad, y Grecia misma resucitando, y
Cuba, tan bella como Grecia, tendida así
entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado
de agua, remora de América? Si entre los
cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor
¿qué hacen en la playa los caracoles,
que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué
hacen las palmas, que gimen estériles en
vez de mandar? ¿Qué hacen los montes,
que no se juntan falda contra falda, y cierran
el paso a los que persiguen a los héroes?
En tierra peleará, mientras haya un palmo
de tierra, y cuando no lo haya, todavía
peleará, de pie en la mar. Leónidas
desde las Termopilas, desde Roma Catón,
señalan el camino a los cubanos. «¡Vamos,
Hernández!» De cadalso en cadalso,
de Estrampes en Agüero, de Plácido
en Benavides, erró la voz de Heredia, hasta
que un día, de la tiniebla de la noche,
entre cien brazos levantados al cielo, tronó
en Yara. Ha desmayado luego, y aún hay
quien cuente, donde no se anda al sol, que va
a desaparacer. ¿Será tanta entre
los cubanos la perversión y la desdicha,
que ahoguen, con el peso de su pueblo muerto por
sus propias manos, la voz de su Heredia?
Entonces fue cuando
vino a New York, a recibir la puñalada
del frío, que no sintió cuando se
le entró por el costado, porque de la pereza
moral de su patria hallaba consuelo, aunque jamás
olvidó, en aquellas ciudades ya pujantes,
donde, si no la república universal
(106-107)
que apetecía su alma generosa, imperaba
la libertad en una comarca digna de ella. En la
historia profunda sumergió el pensamiento:
estudió maravillado los esqueletos colosales;
aterido junto a su chimenea, meditaba en los tiempos,
que brillan y se apagan; agigantó en la
soledad su mente sublime; y cuando, como quien
se halla a sí propio, vio despeñarse
a sus pies, rotas en luz, las edades de agua,
el ¡Niágara portentoso le reveló,
sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de
un pueblo desdeñado halló, de un
vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos
de contemplación no habían sabido
entender con tanta majestad sus propios habitantes.
México es
tierra de refugio, donde todo peregrino ha hallado
hermano; de México era el prudente Oses,
a quien escribía Heredia, con peso de senador,
sus cartas épicas de joven; en casa mexicana
se leyó, en una mesa que tenía por
adorno un vaso azul lleno de jazmines, el poema
galante sobre el «Mérito de las Mujeres»;
de México lo llama a compartir el triunfo
de la carta liberal, más laborioso que
completo, el presidente Victoria, que no quería
ver malograda aquella flor de volcán en
la sepultura de las nieves. ¿Qué
detendrá a Heredia junto al Niágara,
donde su poesía, profética y sincera,
no halló acentos con que evocar la libertad?
México empieza la ascensión más
cruenta y valerosa que, por entre ruinas de iglesia
y con una raza inerte a la espalda, ha rematado
pueblo alguno: sin guía y sin enseñanza,
ni más tutor que el genio del país,
iba México camino a las alturas, marcando
con una batalla cada jalón ¡y cada
jalón, más alto!: si de la sombra
de la iglesia languidece el árbol todavía
tierno de la libertad, una generación viene
cantando, y a los pies del árbol sediento
se vacían los pechos; a México va
Heredia, adonde pone a la lira castellana flores
de roble el gran Quintana Roo. Y al ver de nuevo
aquellas playas hospitalarias y belicosas, aquellos
valles que parecen la mansión desierta
de un olimpo que aguarda su rescate, aquellos
montes que están, en la ausencia de sus
dioses, como urnas volcadas, aquellas cúspides
que el sol tiñe en su curso de plata casta,
y violeta amorosa, y oro vivo, como si quisiera
la creación mostrar sus favores y especial
ternura por su predilecta naturaleza, creyó
que era allí donde podía, no en
el Norte egoísta, hallar en la libertad
el mismo orden solemne de las llanuras, guardadas
por la centinela de los volcanes; sube con pie
de enamorado a la soledad donde pidieron en vano
al cielo su favor contra Cortés los reyes
muertos, a la hora en que se abren en la bóveda
tenebrosa las «fuentes de luz»; y
acata, antes que a los grandes de la tierra, a
los montes que se levantan, como espectros que
no logran infundirle pavor, en la claridad elocuente
de la luna.
México lo
agasaja como él sabe, le da el oro de sus
corazones y de su café, sienta a juzgar
en la silla togada al forastero que sabe de historia
como de leyes y pone alma de Volney al épodo
de Píndaro. Los magistrados lo son de veras,
allí donde en el aire mismo andan juntos
la claridad y el reposo: y a él lo proclaman
magistrado natural, sin ponerle reparos por la
juventud, y lo sientan a la mesa como hermano.
La tribuna tiene allí proceres: y le ceden
la voz los oradores del
(108-109)
país, y lo acompañan con palmas.
La poesía tiene allí pontífices:
y andan todos buscándole el brazo. Las
hermosuras, también allí, exhalan
al paso del poeta, trémulas, su aroma.
Batalla con los «yorkinos» liberales,
para que no echen atrás los «escoceses»
parricidas la república: escribe, canta,
discute, publica, derrama su corazón en
pago de la hospitalidad, pero no siente bajo sus
pies aquella firmeza del suelo nativo, que es
la única propiedad plena del hombre, y
tesoro común que a todos los iguala y enriquece,
por lo que, para la dicha de la persona y la calma
pública, no se ha de ceder, ni fiar a otro,
ni hipotecar jamás. Ni la fuerza de su
suelo tiene, ni el orgullo de que en su patria
impere la virtud, ni el honor puede ya esperar
de que lloren sobre su sepultura de héroe,
en el primer día de redención, las
vírgenes y los fuertes, y sobre la tierra
que lo cubra pongan una hoja de palma de su patria.
¿Qué tiene su poesía, que
sólo cuando piensa en Cuba da sus sones
reales; y cuando ensaya otro tema que el de su
dolor, o el del mar que lo lleva a sus orillas,
o el del huracán con cuyo ímpetu
quiere arremeter contra los tiranos, le sale como
poesía de juez, difícil y perezosa,
con florones caídos y doseles a medio color,
y no, como cuando piensa en Cuba, coronada de
rayos?
No lo sostiene
la vanidad de su persona; porque con valer mucho,
y por lo mismo que lo valía, no era de
esos de mirra y opopánax, que se ponen
el mérito propio de botón de pechera,
donde se lo vea todo el mundo, y alquilan el aire
a que los publique y la mar a que les cante la
gloria, y creen que debe ser su almuerzo el cielo
y su vino la eternidad; sino que fue genio de
noble república, a quien sólo se
le veía lo de rey cuando lo agitaba la
indignación, o fulminaba el anatema contra
los serviles del mundo, y los de su patria. Dos
clases de hombres hay: los que andan de pie, cara
al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia
descienda sobre los que viven sacándose
la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas,
y levantándose, por ir de sortija de brillante,
sobre la sepultura de su honra: y otra clase de
hombres, que van de hinojos, besando a los grandes
de la tierra el manto. En su patria piensa cuando
dedica su tragedia «Tiberio» a Fernando
VII, con frases que escaldan: en su patria, cuando
con sencillez imponente dibuja en escenas ejemplares
la muerte de «Los Últimos Romanos».
¡No, era, no, en los romanos en quienes
pensaba el poeta, vuelto ya de sus más
caras esperanzas! Por su patria había querido
él, y por la patria mayor de nuestra América,
que las repúblicas libres echaran los brazos
al único pueblo de la familia emancipada
que besaba aún los pies del dueño
enfurecido: «¡Vaya, decía,
la América libre a rescatar la isla que
la naturaleza le puso de pórtico y guarda!»
Piafaba aún, cubierto de espuma, el continente,
flamígero el ojo y palpitantes los ijares,
de la carrera en que habían paseado el
estandarte del sol San Martín y Bolívar:
¡entre en la mar el caballo libertador y
eche de Cuba, de una pechada, al déspota
mal seguro! Y ya ponía Bolívar el
pie en el estribo, cuando un hombre que hablaba
inglés, y que venía del Norte con
papeles de gobierno, le asió el caballo
de la brida, y le habló así: «¡Yo
soy libre, tú eres libre; pero ese pueblo
que ha de ser mío, porque lo quiero para
mí, no puede ser
(110-111)
libre.» Y al ver Heredia criminal a la libertad,
y ambiciosa como la tiranía, se cubrió
el rostro con la capa de tempestad, y comenzó
a morir.
Ya estaba, de sí
mismo, preparado a morir; porque cuando la grandeza
no se puede emplear en los oficios de caridad
y creación que la nutren, devora a quien
la posee. En las ocupaciones usuales de la vida,
acibaradas por el destierro, no hallaba su labor
anhelada aquella alma frenética y caballeresca,
que cuando vio falsa a su primera amiga, servil
al hombre, acorralado el genio, impotente la virtud,
y sin heroísmo el mundo, preguntó
a sus sienes para qué latían, y
aun quiso, en el extravío de la pureza,
librarla de su cárcel de huesos. De la
caída de la humanidad ideal que pasea resplandeciente,
con la copa de la muerte en los labios, por las
estrofas de su juventud, se levantó pálido
v enfermo, sin fuerzas va más que para
el poema reflexivo o el drama artificioso que
sólo centellea cuando el recuerdo de la
patria lo conmueve, o el horror al desorden de
la tiranía, o el odio a las «intrigas
infames». Al sol vivía él,
y abominaba a los que andan, con el lomo de alquiler,
afilando la lengua en la sombra, para asestarla
contra los pechos puros. Si para vivir era preciso
aceptar, con la sonrisa mansa, la complicidad
con los lisonjeros, con los hipócritas,
con los malignos, con los vanos, él no
quería sonreír, ni vivir. ¿A
qué vivir, si no se puede pasar por la
tierra como el cometa por el cielo? Como la playa
desnuda se siente él, como la playa de
la mar. Su corazón tempestuoso, y tierno
como el de una mujer, padece bajo el fanfarrón
y el insolente como la flor bajo el casco del
caballo. El tenía piedad de su caballo,
a punto de llorar con él y pedirle perdón,
porque en el arrebato de su carrera le ensangrentó
los ijares; ¿y no tenían los hombres
piedad de él? ¿Ni de qué
sirve la virtud, si mientras más la ven,
la mortifican más, y hay como una conjuración
entre los hombres para quitarle el pan de la boca,
y el suelo de debajo de los pies? Basta una visita
aleve, de esas que vienen como las flechas de
colores, con la punta untada de curare: basta
una mirada torva, una carta seca, un saludo tibio,
para oscurecerle el día. Nada menos necesita
él que «la ternura universal».
La casa, necesitada y monótona, irrita
su pena, en vez de calmársela. En el dolor
tiene él su gozo. ¡En su patria,
ni pensar puede, porque su patria está
allá, con el déspota en pie, restallando
el látigo, y todos los cubanos arrodillados!
De este pesar de la grandeza inútil, de
la pasión desocupada y de la vida vil,
moría, hilando trabajosamente sus últimos
versos, el poeta que ya no hallaba en la tierra
más consuelo que la lealtad de un amigo
constante. ¡Pesan mucho sobre el corazón
del genio honrado las rodillas de todos los hombres
que las doblan!
Hasta en las más
acicaladas de sus poesías, que algo habían
de tener de tocador en aquellos tiempos de Millevoye
y de Delille, se nota esa fogosidad y sencillez
que contrastan tan bellamente con la pompa natural
del verso, que es tanta que cuando cae la idea,
por el asunto pobre o el tema falso, va engañado
buen rato el lector, tronando e imperando, sin
ver que ya está la estrofa llueca. El temple
heroico de su alma daba al verso constante elevación,
y la viveza de su sensibilidad le lleva
(112-113)
ba con cortes
e interrupciones felicísimas, de una impresión
a otra. Desde los primeros años habló
él aquel lenguaje a la vez exaltado y natural,
que es su mayor novedad poética. A Byron
le imita el amor al caballo; pero ¿a quién
le imita la oda al Niágara, y al Huracán,
y al Teocali, y la carta a Emilia, y los versos
a Elpino, y los del Convite? Con Safo sólo
se le puede comparar, porque sólo ella
tuvo su desorden y ardor. Deja de un giro incompletos,
con dignidad y efecto grandes, los versos de esos
dolores que no se deben profanar hablando de ellos.
De una nota sentida saca más efecto que
de la retórica ostentosa. No busca comparaciones
en lo que no se ve, sino en los objetos de la
naturaleza, que todos pueden sentir y ver como
él; ni es su imaginación de aquella
de abalorio, enojosa e inútil, que crea
entes vanos e insignificantes, sino de esa otra
durable y servicial, que consiste en poner de
realce lo que pinta, con la comparación
o alusión propias, y en exhibir, cautivas
y vibrantes, las armonías de la naturaleza.
En su prosa misma, resonante y libre, es continuo
ese vuelo de alas anchas, y movimiento a la par
rítmico y desenfrenado. Su prosa tiene
galicismos frecuentes, como su época; y
en su Hesíodo hay sus tantos del Alfredo,
y muchos versos pudieran ser mejores de lo que
son: lo mismo que en el águila, que vuela
junto al sol, y tiene una que otra pluma fea.
Para poner lunares están las peluquerías;
pero ¿quién, cuando no esté
de cátedra forzosa, empleará el
tiempo en ir de garfio y pinza por la obra admirable,
vibrante de angustia, cuando falta de veras el
tiempo para la piedad y la admiración?
Nadie pinta mejor
que él su tormento, en los versos graves
e ingenuos que escribió «en su cumpleaños»
cuando describe el
cruel estado
de un corazón ardiente sin amores
Por aquel modo
suyo de amar a la mujer, se ve que a la naturaleza
le faltó sangre que poner en las venas
de aquel cubano, y puso lava. A la libertad y
a la patria, las amó como amó a
Lesbia y a Lola, a la «belleza del dolor»
y a la andaluza María Pautret. Es un amor
fino y honroso, que ofrece a sus novias en versos
olímpicos la rosa tímida, la caña
fresca, y se las lleva a pasear, vigilado por
el respeto, por donde arrullan las tórtolas.
Algo hay de nuestro campesino floreador en aquel
amante desaforado que dobla la rodilla y pone
a los pies de su amada la canción de puño
de oro. No ama para revolotear, sino para fijar
su corazón, y consagrar su juventud ardiente.
Se estremece a los dieciséis años,
como todo un galán, cuando en el paseo
con Lesbia le rozan la frente, movidos de aquel
lado por un céfiro amigo, los rizos rubios.
Se queja a la luna, que sabe mucho de estas cosas,
porque no halla una mujer sensible. Ama furioso.
Expirará de amor. No puede con el tumulto
de su corazón enamorado. Nadie lo vence
en amar, nadie. Ennoblece con su magna poesía
lo más pueril del amor, y lo más
dulce: el darse y quitarse y volverse a dar las
manos, el no tener que decirse, el decírselo
todo de repente. Sale del baile, como monarca
coronado de estrellas, porque ha visto reinar
a la que
(114-115)
ama. El que baila con la que ama es indigno, insensible
e indigno. A la que él ama, Cuba la aplaude,
Catulo le manda el ceñidor de Venus, los
dioses del Olimpo se la envidian. Tiembla al lado
de Emilia, en los días románticos
de su persecución en Cuba; pero puede más
la hidalguía del mancebo que la soledad
tentadora. Pasa, huyendo de sí junto a
la pobre «rosa de nuestros campos»,
que se inclina deslumbrada ante el poeta, como
la flor ante el sol. Sufre hasta marchitarse,
y tiene a orgullo que le vean en la frente la
palidez de los amores. El universo ¿quién
no lo sabe? está entero en la que ama.
No quiere ya a las hermosas, porque por la traición
de una supo que el mundo es vil; pero no puede
vivir sin las hermosas. ¿Cómo no
habían de amar las mujeres con ternura
a aquél que era cuanto al alma superior
de la mujer aprisiona y seduce: delicado, intrépido,
caballeroso, vehemente, fiel, y por todo eso,
más que por la belleza, bello? ¿al
que se ponía a sus pies de alfombra, sumiso
e infeliz, y se erguía de pronto ante ellas
como un soberano irritado? ¿Ni cuál
es la fuerza de la vida, y su única raíz,
sino el amor de la mujer?
De la fatiga de
estas ternuras levantaba, con el poder que ellas
dan, el pensamiento renovado a la naturaleza eminente,
y el que envolvía en hojas de rosa la canción
a Lola, ensilla una hora después su caballo
volador, mira descubierta la cabeza
al cielo turbulento, y a la luz de los rayos se
arroja a escape en la sombra de la noche. O cuando
el gaviero, cegado por los relámpagos,
renuncia en los mástiles rotos a desafiar
la tempestad. Heredia, de pie en la proa, impaciente
en los talones la espuela invisible, dichosa y
centelleante la mirada, ve tenderse la niebla
por el cielo, y prepararse las olas al combate.
O cuando la tarde convida al hombre a la meditación,
trepa, a pie firme, el monte que va arropando
la noche con su lobreguez, y en la cumbre, mientras
se encienden las estrellas, piensa en
la marcha de los pueblos, y se consagra a la melancolía.
Y cuando no había monte que subir, desde
sí propio veía, como si lo tuviera
a sus pies, nacer y acabarse el mundo, y sobre
él tender su inmensidad el Océano
enérgico y triunfante.
Un día,
un amigo piadoso, un solo amigo, entró,
con los brazos tendidos, en el cuarto de un alguacil
habanero, y allí estaba, sentado en un
banco, esperando su turno, transparente ya la
mano noble y pequeña, con la última
luz en los ojos, el poeta que había tenido
valor para todo, menos para morir sin volver a
ver a su madre y a sus palmas. Temblando salió
de allí, del brazo de su amigo: al recobrar
la libertad en el mar, reanimado con el beso de
su madre, volvió a hallar, para despedirse
del universo, los acentos con que lo había
asombrado en su primera juventud; y se extinguió
en silencio nocturno, como lámpara macilenta,
en el valle donde vigilan perennemente, doradas
por el sol, las cumbres del Popocatepetl y el
Iztaccihuatl. Allí murió, y allí
debía morir, el que para ser en todo símbolo
de su patria, nos ligó, en su carrera de
la cuna al sepulcro, con los pueblos que la creación
nos ha puesto de compañeros y de hermanos:
por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes,
donde aún, en la caoba sangrienta, y en
el cañaveral quejoso, y en las selvas in
(116-117)
victas, está como vivo, manando enseñanzas
y decretos, el corazón de Guarocuya; por
su niñez con Venezuela, donde los montes
plegados parecen, más que dobleces de la
tierra, los mantos abandonados por los héroes
al ir a dar cuenta al cielo de sus batallas por
la libertad; y por su muerte, con México,
templo inmenso edificado por la naturaleza para
que en lo alto de sus peldaños de montañas
se consumase, como antes en sus teocalis los sacrificios,
la justicia final y terrible de la independencia
de América.
Y si hasta en la
desaparición de sus restos, que no se pueden
hallar, simbolízase la desaparición
posible y futura de su patria, entonces ¡oh
Niágara inmortal! falta una estrofa, todavía
útil, a tus soberbios versos. Pídele
¡oh Niágara! al que da y quita, que
sean libres y justos todos los pueblos de la tierra;
que no emplee pueblo alguno el poder obtenido
por la libertad, en arrebatarla a los que se han
mostrado dignos de ella; que si un pueblo osa
poner la mano sobre otro, no lo ayuden al robo,
sin que te salgas, oh Niágara, de los bordes,
los hermanos del pueblo desamparado!
Las voces del torrente,
los prismas de la catarata, los penachos de espuma
de colores que brotan de su seno, y el arco que
le ciñe las sienes, son el cortejo propio,
no mis palabras, del gran poeta en su tumba. Allí,
frente a la maravilla vencida, es donde se ha
de ir a saludar al genio vencedor. Allí,
convidados a admirar la majestad del portento,
y a meditar en su fragor, llegaron, no hace un
mes, los enviados que mandan los pueblos de América
a juntarse, en el invierno, para tratar del mundo
americano; y al oír retumbar la catarata
formidable, «¡Heredia!» dijo,
poniéndose en
pie, el hijo de Montevideo; «¡Heredia!»,
dijo, descubriéndose la cabeza, el de Nicaragua;
«¡Heredia!», dijo, recordando
su infancia gloriosa, el de Venezuela; «¡Heredia!»...
decían, como indignos de sí y de
él, los cubanos de aquella compañía;
«¡Heredia!», dijo la América
entera; y lo saludaron con sus cascos de piedra
las estatuas de los emperadores mexicanos, con
sus volcanes Centro América, con sus palmeros
el Brasil, con el mar de sus pampas la Argentina,
el araucano distante con sus lanzas. ¿Y
nosotros, culpables, cómo lo saludaremos?
¡Danos, oh padre, virtud suficiente para
que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo,
como te lloraron a ti las mujeres del tuyo; o
haznos perecer en uno de los cataclismos que tu
amabas, si no hemos de saber ser dignos de ti!
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