Discurso pronunciado en Hardman Hall,
Nueva York, el 30 de noviembre de 1889

Con orgullo y reverencia empiezo a hablar, desde este puesto que de buen grado hubiera cedido, por su dificultad excesiva, a quien, con más ambición que la mía y menos temor de su persona, hubiera querido tomarlo de mí, si no fuera por el mandato de la patria, que en este puesto nos manda estar hoy, y por el miedo de que el que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad, se levante en su silla de gloria, junto al sol que él cantó frente a frente, –y me tache de ingrato. Muchas pompas y honores tiene el mundo, solicitados con feo afán y humillaciones increíbles por los hombres: yo no quiero para mí más honra, porque no la hay mayor, que la de haber sido juzgado digno de recoger en mis palabras mortales el himno de ternura y gratitud de estos corazones de mujer y pechos de hombre al divino cubano, y enviar con él el pensamiento, velado aún por la vergüenza pública, a la cumbre donde espera, en vano quizás, su genio inmarcesible, con el trueno en la diestra, el torrente a los pies, sacudida la capa de tempestad por los vientos primitivos de la creación, bañado aún de lágrimas de Cuba el rostro.

Nadie esperará de mí, si me tiene por discreto, que por ganar fama de critico sagaz y puntilloso, rebaje esta ocasión, que es de agradecimiento y tributo, al examen, —impropio de la fiesta y del estado de nuestro ánimo,— de los orígenes y factores de mera literatura, que de una ojeada ve por sí quien conozca los lances varios de la existencia de Heredia, y los tiempos revueltos y enciclopédicos, de jubileo y renovación del mundo, en que le tocó vivir. Ni he de usurpar yo, por lucir las pedagogías, el tiempo en que sus propias estrofas, como lanzas orladas de flores, han de venir aquí a inclinarse, corteses y apasionadas, ante la mujer cubana, fiel siempre al genio y a la desdicha, y echando de súbito iracundas las rosas por el suelo, a repetir ante los hombres, turbados en estos tiempos de virtud escasa e interés tentador, los versos, magníficos como bofetones, donde profetiza:

Que si un pueblo su dura cadena
no se atreve a romper con sus manos,
puede el pueblo mudar de tiranos
pero nunca ser libre podrá.

Yo no vengo aquí como juez, a ver cómo se juntaron en él la educación clásica y francesa, el fuego de su alma, y la época, accidentes y lugares de su vida; ni en que le aceleraron el genio la enseñanza de su padre y la odisea de su niñez; ni qué es lo suyo, o lo de reflejo, en sus versos famosos; ni apuntar con dedo, inclemente la hora en que, privada su alma de los empleos sumos, repitió en cantos menos felices sus ideas primeras, por hábito de producir, o necesidad de expresarse, o gratitud al pueblo que lo hospedaba, o por obligación política. Yo vengo aquí como hijo desesperado y amoroso, a recordar brevemente, sin más notas que las que le manda poner la gloria, la vida del que cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas.

Donde son más altas las palmas en Cuba nació Heredia: en la infatigable Santiago. Y dicen que desde la niñez, como si el espíritu de la raza extinta le susurrase sus quejas y le prestara su furor, como si el último oro del país saqueado le ardiese en las venas, como si a la luz del sol del trópico se le revelasen por merced sobrenatural las entrañas de la vida, brotaban de los labios del «niño estupendo» el anatema viril, la palabra sentenciosa, la oda resonante. El padre, con su mucho saber, y con la inspiración del cariño, ponía ante sus ojos ordenados y comentados los elementos del orbe, los móviles de la humanidad, y los sucesos de los pueblos. Con la toga de juez abrigaba de la fiebre del genio, a aquel hijo precoz. A Cicerón le enseñaba a amar, y amaba él más, por su naturaleza artística y armoniosa, que a Marat y a Fouquier Tinville. El peso de las cosas enseñaba el padre, y la necesidad de impelerlas con el desinterés, y fundarlas con la moderación. El latín que estudiaba con el maestro Correa no era el de Séneca difuso, ni el de Lucano verboso, ni el de Quintiliano, lleno de alamares y de lentejuelas, sino el de Horacio, de clara hermosura, más bello que los griegos, porque tiene su elegancia sin su crudeza, y es vino fresco tomado de la uva, con el perfume de las pocas rosas que crecen en la vida. De Lucrecio era por la mañana la lección de don José Francisco, y por la noche de Humboldt. El padre, y sus amigos de sobremesa, dejaban, estupefactos, caer el libro. ¿Quién era aquél, que lo traía todo en sí? Niño, ¿has sido rey, has sido Ossian, has sido Bruto? Era como si viese el niño batallas de estrellas, porque le lucían en el rostro los resplandores. Había centelleo de tormenta y capacidad de cráter en aquel genio voraz. La palabra, esencial y rotunda, fluía, adivinando las leyes de la luz o comentando las peleas de Troya, de aquellos labios de nueve años. Preveía, con sus ojos de fuego, el martirio a que los hombres, denunciados por el esplendor de la virtud, someten al genio, que osa ver claro de noche. Sus versos eran la religión y el orgullo de la casa. La madre, para que no se los interrumpieran, acallaba los ruidos. El padre le apuntaba las rimas pobres. Le abrían todas las puertas. Le ponían, para que viese bien al escribir, las mejores luces del salón. ¡Otros han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!...: los de Heredia acababan en los labios de su madre, y en los brazos de su padre y de sus amigos. La inmortalidad comenzó para él en aquella fuerza y seguridad de sí que, como lección constante de los padres duros, daba a Heredia el cariño de la casa.

Era su padre oidor, y persona de consejo y benevolencia, por lo que lo escogieron, a más de la razón de su nacimiento americano, para ir a poner paz en Venezuela, donde Monteverde, con el favor casual de la naturaleza, triunfaba de Miranda, harto sabio para guerra en que el acometimiento hace más falta, y gana más batallas, que la sabiduría; en Venezuela, donde acababa de enseñarse al mundo, desmelenado y en pie sobre las ruinas del templo de San Jacinto, el creador, Bolívar. Reventaba la cólera de América, y daba a luz, entre escombros encendidos, al que había de vengarla. De allá del sur venía, de cumbre en cumbre, el eco de los cascos del caballo libertador de San Martín. Los héroes se subían a los montes para divisar el porvenir, y escribir la profecía de los siglos al resplandor de la nieve inmaculada. La niñez, más que el amor filial, refrenaba al héroe infeliz, que lloraba a sus solas, en su desdicha de once años, porque no le llegaban los pies traidores al estribo del caballo de pelear. Y allí oyó contar de los muertos por la espalda, de los encarcelados que salían de la prisión recogiéndose los huesos, de los embajadores de barba blanca que había clavado el asturiano horrible a lanzazos contra la pared. Oyó decir de Bolívar, que se echó a llorar cuando entraba triunfante en Caracas, y vio que salían a recibirlo las caraqueñas vestidas de blanco, con coronas de flores. De un Páez oyó contar, que se quitaba los grillos de los pies, y con los grillos vapuleaba a sus centinelas. Oyó decir que habían traído a la ciudad en una urna, con las banderas desplegadas como en día de fiesta, el corazón del bravo Girardot. Oyó que Ricaurte, para que Boves no le tomara el parque, sobre el parque se sentó, y voló con él. Venezuela, revuelta en su sangre, se retorcía bajo la lanza de Boves... Vivió luego en México, y oyó contar de una cabeza de cura, que daba luz de noche, en la picota donde el español la había clavado. ¡Sol salió de aquella alma, sol devastador y magnífico, de aquel troquel de diamante!

Y volvió a Cuba. El pan le supo a villanía, la comodidad a robo, el lujo a sangre. Su padre llevaba bastón de carey, y él también, comprado con el producto de sus labores de juez , y de abogado nuevo en una sociedad vil. El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame. Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra ella. Ver en calma un crimen, es cometerlo. La juventud convida a Heredia a los amores: la condición favorecida de su padre, y su fama de joven extraordinario, traen clientes a su bufete: en las casas ricas le oyen con asombro improvisar sobre cuarenta pies diversos, cuarenta estrofas: «¡Ese es Heredia!» dicen por las calles, y en las ventanas de las casas, cuando pasa él, las cabezas hermosas se juntan, y dicen bajo, como el más dulce de los premios: «¡Ese es Heredia!» Pero la gloria aumenta el infortunio de vivir, cuando se la ha de comprar al precio de la complicidad con la vileza: no hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí. Grato es pasear bajo los mangos, a la hora deliciosa del amanecer, cuando el mundo parece como que se crea, y que sale de la nada el sol, con su ejército de pájaros vocingleros, como en el primer día de la vida: ¿pero qué «mano de hierro» le oprime en los campos cubanos el pecho? ¿Y en el cielo, qué mano de sangre? En las ventanas dan besos, y aplausos en las casas ricas, y la abogacía mana oro; pero al salir del banquete triunfal, de los estrados elocuentes, de la cita feliz, ¿no chasquea el látigo, y pide clemencia a un cielo que no escucha la madre a quien quieren ahogarle con azotes los gritos con que llama al hijo de su amor? El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vio este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas. ¿Y la América libre, y toda Europa coronándose con la libertad, y Grecia misma resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, remora de América? Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas, que gimen estériles en vez de mandar? ¿Qué hacen los montes, que no se juntan falda contra falda, y cierran el paso a los que persiguen a los héroes? En tierra peleará, mientras haya un palmo de tierra, y cuando no lo haya, todavía peleará, de pie en la mar. Leónidas desde las Termopilas, desde Roma Catón, señalan el camino a los cubanos. «¡Vamos, Hernández!» De cadalso en cadalso, de Estrampes en Agüero, de Plácido en Benavides, erró la voz de Heredia, hasta que un día, de la tiniebla de la noche, entre cien brazos levantados al cielo, tronó en Yara. Ha desmayado luego, y aún hay quien cuente, donde no se anda al sol, que va a desaparacer. ¿Será tanta entre los cubanos la perversión y la desdicha, que ahoguen, con el peso de su pueblo muerto por sus propias manos, la voz de su Heredia?

Entonces fue cuando vino a New York, a recibir la puñalada del frío, que no sintió cuando se le entró por el costado, porque de la pereza moral de su patria hallaba consuelo, aunque jamás olvidó, en aquellas ciudades ya pujantes, donde, si no la república universal

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que apetecía su alma generosa, imperaba la libertad en una comarca digna de ella. En la historia profunda sumergió el pensamiento: estudió maravillado los esqueletos colosales; aterido junto a su chimenea, meditaba en los tiempos, que brillan y se apagan; agigantó en la soledad su mente sublime; y cuando, como quien se halla a sí propio, vio despeñarse a sus pies, rotas en luz, las edades de agua, el ¡Niágara portentoso le reveló, sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de un pueblo desdeñado halló, de un vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos de contemplación no habían sabido entender con tanta majestad sus propios habitantes.

México es tierra de refugio, donde todo peregrino ha hallado hermano; de México era el prudente Oses, a quien escribía Heredia, con peso de senador, sus cartas épicas de joven; en casa mexicana se leyó, en una mesa que tenía por adorno un vaso azul lleno de jazmines, el poema galante sobre el «Mérito de las Mujeres»; de México lo llama a compartir el triunfo de la carta liberal, más laborioso que completo, el presidente Victoria, que no quería ver malograda aquella flor de volcán en la sepultura de las nieves. ¿Qué detendrá a Heredia junto al Niágara, donde su poesía, profética y sincera, no halló acentos con que evocar la libertad? México empieza la ascensión más cruenta y valerosa que, por entre ruinas de iglesia y con una raza inerte a la espalda, ha rematado pueblo alguno: sin guía y sin enseñanza, ni más tutor que el genio del país, iba México camino a las alturas, marcando con una batalla cada jalón ¡y cada jalón, más alto!: si de la sombra de la iglesia languidece el árbol todavía tierno de la libertad, una generación viene cantando, y a los pies del árbol sediento se vacían los pechos; a México va Heredia, adonde pone a la lira castellana flores de roble el gran Quintana Roo. Y al ver de nuevo aquellas playas hospitalarias y belicosas, aquellos valles que parecen la mansión desierta de un olimpo que aguarda su rescate, aquellos montes que están, en la ausencia de sus dioses, como urnas volcadas, aquellas cúspides que el sol tiñe en su curso de plata casta, y violeta amorosa, y oro vivo, como si quisiera la creación mostrar sus favores y especial ternura por su predilecta naturaleza, creyó que era allí donde podía, no en el Norte egoísta, hallar en la libertad el mismo orden solemne de las llanuras, guardadas por la centinela de los volcanes; sube con pie de enamorado a la soledad donde pidieron en vano al cielo su favor contra Cortés los reyes muertos, a la hora en que se abren en la bóveda tenebrosa las «fuentes de luz»; y acata, antes que a los grandes de la tierra, a los montes que se levantan, como espectros que no logran infundirle pavor, en la claridad elocuente de la luna.

México lo agasaja como él sabe, le da el oro de sus corazones y de su café, sienta a juzgar en la silla togada al forastero que sabe de historia como de leyes y pone alma de Volney al épodo de Píndaro. Los magistrados lo son de veras, allí donde en el aire mismo andan juntos la claridad y el reposo: y a él lo proclaman magistrado natural, sin ponerle reparos por la juventud, y lo sientan a la mesa como hermano. La tribuna tiene allí proceres: y le ceden la voz los oradores del

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país, y lo acompañan con palmas. La poesía tiene allí pontífices: y andan todos buscándole el brazo. Las hermosuras, también allí, exhalan al paso del poeta, trémulas, su aroma. Batalla con los «yorkinos» liberales, para que no echen atrás los «escoceses» parricidas la república: escribe, canta, discute, publica, derrama su corazón en pago de la hospitalidad, pero no siente bajo sus pies aquella firmeza del suelo nativo, que es la única propiedad plena del hombre, y tesoro común que a todos los iguala y enriquece, por lo que, para la dicha de la persona y la calma pública, no se ha de ceder, ni fiar a otro, ni hipotecar jamás. Ni la fuerza de su suelo tiene, ni el orgullo de que en su patria impere la virtud, ni el honor puede ya esperar de que lloren sobre su sepultura de héroe, en el primer día de redención, las vírgenes y los fuertes, y sobre la tierra que lo cubra pongan una hoja de palma de su patria. ¿Qué tiene su poesía, que sólo cuando piensa en Cuba da sus sones reales; y cuando ensaya otro tema que el de su dolor, o el del mar que lo lleva a sus orillas, o el del huracán con cuyo ímpetu quiere arremeter contra los tiranos, le sale como poesía de juez, difícil y perezosa, con florones caídos y doseles a medio color, y no, como cuando piensa en Cuba, coronada de rayos?

No lo sostiene la vanidad de su persona; porque con valer mucho, y por lo mismo que lo valía, no era de esos de mirra y opopánax, que se ponen el mérito propio de botón de pechera, donde se lo vea todo el mundo, y alquilan el aire a que los publique y la mar a que les cante la gloria, y creen que debe ser su almuerzo el cielo y su vino la eternidad; sino que fue genio de noble república, a quien sólo se le veía lo de rey cuando lo agitaba la indignación, o fulminaba el anatema contra los serviles del mundo, y los de su patria. Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el manto. En su patria piensa cuando dedica su tragedia «Tiberio» a Fernando VII, con frases que escaldan: en su patria, cuando con sencillez imponente dibuja en escenas ejemplares la muerte de «Los Últimos Romanos». ¡No, era, no, en los romanos en quienes pensaba el poeta, vuelto ya de sus más caras esperanzas! Por su patria había querido él, y por la patria mayor de nuestra América, que las repúblicas libres echaran los brazos al único pueblo de la familia emancipada que besaba aún los pies del dueño enfurecido: «¡Vaya, decía, la América libre a rescatar la isla que la naturaleza le puso de pórtico y guarda!» Piafaba aún, cubierto de espuma, el continente, flamígero el ojo y palpitantes los ijares, de la carrera en que habían paseado el estandarte del sol San Martín y Bolívar: ¡entre en la mar el caballo libertador y eche de Cuba, de una pechada, al déspota mal seguro! Y ya ponía Bolívar el pie en el estribo, cuando un hombre que hablaba inglés, y que venía del Norte con papeles de gobierno, le asió el caballo de la brida, y le habló así: «¡Yo soy libre, tú eres libre; pero ese pueblo que ha de ser mío, porque lo quiero para mí, no puede ser

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libre.» Y al ver Heredia criminal a la libertad, y ambiciosa como la tiranía, se cubrió el rostro con la capa de tempestad, y comenzó a morir.

Ya estaba, de sí mismo, preparado a morir; porque cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y creación que la nutren, devora a quien la posee. En las ocupaciones usuales de la vida, acibaradas por el destierro, no hallaba su labor anhelada aquella alma frenética y caballeresca, que cuando vio falsa a su primera amiga, servil al hombre, acorralado el genio, impotente la virtud, y sin heroísmo el mundo, preguntó a sus sienes para qué latían, y aun quiso, en el extravío de la pureza, librarla de su cárcel de huesos. De la caída de la humanidad ideal que pasea resplandeciente, con la copa de la muerte en los labios, por las estrofas de su juventud, se levantó pálido v enfermo, sin fuerzas va más que para el poema reflexivo o el drama artificioso que sólo centellea cuando el recuerdo de la patria lo conmueve, o el horror al desorden de la tiranía, o el odio a las «intrigas infames». Al sol vivía él, y abominaba a los que andan, con el lomo de alquiler, afilando la lengua en la sombra, para asestarla contra los pechos puros. Si para vivir era preciso aceptar, con la sonrisa mansa, la complicidad con los lisonjeros, con los hipócritas, con los malignos, con los vanos, él no quería sonreír, ni vivir. ¿A qué vivir, si no se puede pasar por la tierra como el cometa por el cielo? Como la playa desnuda se siente él, como la playa de la mar. Su corazón tempestuoso, y tierno como el de una mujer, padece bajo el fanfarrón y el insolente como la flor bajo el casco del caballo. El tenía piedad de su caballo, a punto de llorar con él y pedirle perdón, porque en el arrebato de su carrera le ensangrentó los ijares; ¿y no tenían los hombres piedad de él? ¿Ni de qué sirve la virtud, si mientras más la ven, la mortifican más, y hay como una conjuración entre los hombres para quitarle el pan de la boca, y el suelo de debajo de los pies? Basta una visita aleve, de esas que vienen como las flechas de colores, con la punta untada de curare: basta una mirada torva, una carta seca, un saludo tibio, para oscurecerle el día. Nada menos necesita él que «la ternura universal». La casa, necesitada y monótona, irrita su pena, en vez de calmársela. En el dolor tiene él su gozo. ¡En su patria, ni pensar puede, porque su patria está allá, con el déspota en pie, restallando el látigo, y todos los cubanos arrodillados! De este pesar de la grandeza inútil, de la pasión desocupada y de la vida vil, moría, hilando trabajosamente sus últimos versos, el poeta que ya no hallaba en la tierra más consuelo que la lealtad de un amigo constante. ¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos los hombres que las doblan!

Hasta en las más acicaladas de sus poesías, que algo habían de tener de tocador en aquellos tiempos de Millevoye y de Delille, se nota esa fogosidad y sencillez que contrastan tan bellamente con la pompa natural del verso, que es tanta que cuando cae la idea, por el asunto pobre o el tema falso, va engañado buen rato el lector, tronando e imperando, sin ver que ya está la estrofa llueca. El temple heroico de su alma daba al verso constante elevación, y la viveza de su sensibilidad le lleva

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ba con cortes e interrupciones felicísimas, de una impresión a otra. Desde los primeros años habló él aquel lenguaje a la vez exaltado y natural, que es su mayor novedad poética. A Byron le imita el amor al caballo; pero ¿a quién le imita la oda al Niágara, y al Huracán, y al Teocali, y la carta a Emilia, y los versos a Elpino, y los del Convite? Con Safo sólo se le puede comparar, porque sólo ella tuvo su desorden y ardor. Deja de un giro incompletos, con dignidad y efecto grandes, los versos de esos dolores que no se deben profanar hablando de ellos. De una nota sentida saca más efecto que de la retórica ostentosa. No busca comparaciones en lo que no se ve, sino en los objetos de la naturaleza, que todos pueden sentir y ver como él; ni es su imaginación de aquella de abalorio, enojosa e inútil, que crea entes vanos e insignificantes, sino de esa otra durable y servicial, que consiste en poner de realce lo que pinta, con la comparación o alusión propias, y en exhibir, cautivas y vibrantes, las armonías de la naturaleza. En su prosa misma, resonante y libre, es continuo ese vuelo de alas anchas, y movimiento a la par rítmico y desenfrenado. Su prosa tiene galicismos frecuentes, como su época; y en su Hesíodo hay sus tantos del Alfredo, y muchos versos pudieran ser mejores de lo que son: lo mismo que en el águila, que vuela junto al sol, y tiene una que otra pluma fea. Para poner lunares están las peluquerías; pero ¿quién, cuando no esté de cátedra forzosa, empleará el tiempo en ir de garfio y pinza por la obra admirable, vibrante de angustia, cuando falta de veras el tiempo para la piedad y la admiración?

Nadie pinta mejor que él su tormento, en los versos graves e ingenuos que escribió «en su cumpleaños» cuando describe el

cruel estado
de un corazón ardiente sin amores

Por aquel modo suyo de amar a la mujer, se ve que a la naturaleza le faltó sangre que poner en las venas de aquel cubano, y puso lava. A la libertad y a la patria, las amó como amó a Lesbia y a Lola, a la «belleza del dolor» y a la andaluza María Pautret. Es un amor fino y honroso, que ofrece a sus novias en versos olímpicos la rosa tímida, la caña fresca, y se las lleva a pasear, vigilado por el respeto, por donde arrullan las tórtolas. Algo hay de nuestro campesino floreador en aquel amante desaforado que dobla la rodilla y pone a los pies de su amada la canción de puño de oro. No ama para revolotear, sino para fijar su corazón, y consagrar su juventud ardiente. Se estremece a los dieciséis años, como todo un galán, cuando en el paseo con Lesbia le rozan la frente, movidos de aquel lado por un céfiro amigo, los rizos rubios. Se queja a la luna, que sabe mucho de estas cosas, porque no halla una mujer sensible. Ama furioso. Expirará de amor. No puede con el tumulto de su corazón enamorado. Nadie lo vence en amar, nadie. Ennoblece con su magna poesía lo más pueril del amor, y lo más dulce: el darse y quitarse y volverse a dar las manos, el no tener que decirse, el decírselo todo de repente. Sale del baile, como monarca coronado de estrellas, porque ha visto reinar a la que

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ama. El que baila con la que ama es indigno, insensible e indigno. A la que él ama, Cuba la aplaude, Catulo le manda el ceñidor de Venus, los dioses del Olimpo se la envidian. Tiembla al lado de Emilia, en los días románticos de su persecución en Cuba; pero puede más la hidalguía del mancebo que la soledad tentadora. Pasa, huyendo de sí junto a la pobre «rosa de nuestros campos», que se inclina deslumbrada ante el poeta, como la flor ante el sol. Sufre hasta marchitarse, y tiene a orgullo que le vean en la frente la palidez de los amores. El universo ¿quién no lo sabe? está entero en la que ama. No quiere ya a las hermosas, porque por la traición de una supo que el mundo es vil; pero no puede vivir sin las hermosas. ¿Cómo no habían de amar las mujeres con ternura a aquél que era cuanto al alma superior de la mujer aprisiona y seduce: delicado, intrépido, caballeroso, vehemente, fiel, y por todo eso, más que por la belleza, bello? ¿al que se ponía a sus pies de alfombra, sumiso e infeliz, y se erguía de pronto ante ellas como un soberano irritado? ¿Ni cuál es la fuerza de la vida, y su única raíz, sino el amor de la mujer?

De la fatiga de estas ternuras levantaba, con el poder que ellas dan, el pensamiento renovado a la naturaleza eminente, y el que envolvía en hojas de rosa la canción a Lola, ensilla una hora después su caballo volador, mira —descubierta la cabeza— al cielo turbulento, y a la luz de los rayos se arroja a escape en la sombra de la noche. O cuando el gaviero, cegado por los relámpagos, renuncia en los mástiles rotos a desafiar la tempestad. Heredia, de pie en la proa, impaciente en los talones la espuela invisible, dichosa y centelleante la mirada, ve tenderse la niebla por el cielo, y prepararse las olas al combate. O cuando la tarde convida al hombre a la meditación, trepa, a pie firme, el monte que va arropando la noche con su lobreguez, y en la cumbre, mientras se encienden las estrellas, piensa en
la marcha de los pueblos, y se consagra a la melancolía. Y cuando no había monte que subir, desde sí propio veía, como si lo tuviera a sus pies, nacer y acabarse el mundo, y sobre él tender su inmensidad el Océano enérgico y triunfante.

Un día, un amigo piadoso, un solo amigo, entró, con los brazos tendidos, en el cuarto de un alguacil habanero, y allí estaba, sentado en un banco, esperando su turno, transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas. Temblando salió de allí, del brazo de su amigo: al recobrar la libertad en el mar, reanimado con el beso de su madre, volvió a hallar, para despedirse del universo, los acentos con que lo había asombrado en su primera juventud; y se extinguió en silencio nocturno, como lámpara macilenta, en el valle donde vigilan perennemente, doradas por el sol, las cumbres del Popocatepetl y el Iztaccihuatl. Allí murió, y allí debía morir, el que para ser en todo símbolo de su patria, nos ligó, en su carrera de la cuna al sepulcro, con los pueblos que la creación nos ha puesto de compañeros y de hermanos: por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes, donde aún, en la caoba sangrienta, y en el cañaveral quejoso, y en las selvas in

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victas, está como vivo, manando enseñanzas y decretos, el corazón de Guarocuya; por su niñez con Venezuela, donde los montes plegados parecen, más que dobleces de la tierra, los mantos abandonados por los héroes al ir a dar cuenta al cielo de sus batallas por la libertad; y por su muerte, con México, templo inmenso edificado por la naturaleza para que en lo alto de sus peldaños de montañas se consumase, como antes en sus teocalis los sacrificios, la justicia final y terrible de la independencia de América.

Y si hasta en la desaparición de sus restos, que no se pueden hallar, simbolízase la desaparición posible y futura de su patria, entonces ¡oh Niágara inmortal! falta una estrofa, todavía útil, a tus soberbios versos. Pídele ¡oh Niágara! al que da y quita, que sean libres y justos todos los pueblos de la tierra; que no emplee pueblo alguno el poder obtenido por la libertad, en arrebatarla a los que se han mostrado dignos de ella; que si un pueblo osa poner la mano sobre otro, no lo ayuden al robo, sin que te salgas, oh Niágara, de los bordes, los hermanos del pueblo desamparado!

Las voces del torrente, los prismas de la catarata, los penachos de espuma de colores que brotan de su seno, y el arco que le ciñe las sienes, son el cortejo propio, no mis palabras, del gran poeta en su tumba. Allí, frente a la maravilla vencida, es donde se ha de ir a saludar al genio vencedor. Allí, convidados a admirar la majestad del portento, y a meditar en su fragor, llegaron, no hace un mes, los enviados que mandan los pueblos de América a juntarse, en el invierno, para tratar del mundo americano; y al oír retumbar la catarata formidable, «¡Heredia!» dijo, poniéndose en
pie, el hijo de Montevideo; «¡Heredia!», dijo, descubriéndose la cabeza, el de Nicaragua; «¡Heredia!», dijo, recordando su infancia gloriosa, el de Venezuela; «¡Heredia!»... decían, como indignos de sí y de él, los cubanos de aquella compañía; «¡Heredia!», dijo la América entera; y lo saludaron con sus cascos de piedra las estatuas de los emperadores mexicanos, con sus volcanes Centro América, con sus palmeros el Brasil, con el mar de sus pampas la Argentina, el araucano distante con sus lanzas. ¿Y nosotros, culpables, cómo lo saludaremos? ¡Danos, oh padre, virtud suficiente para que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo, como te lloraron a ti las mujeres del tuyo; o haznos perecer en uno de los cataclismos que tu amabas, si no hemos de saber ser dignos de ti!

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  Artículo publicado en el Economista Americano
Nueva York, julio de 1888
 
   
  No por ser compatriota nuestro un poeta lo hemos de poner por sobre todos los demás; ni lo hemos de deprimir, desagradecidos o envidiosos, por el pecado de nacer en nuestra patria. Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto que el que exagera el mérito de sus hombres famosos. Ni se ha de adorar ídolos, ni de descabezar estatuas. Pero nuestro Heredia no tiene que temer del tiempo: su poesía perdura, grandiosa y eminente, entre los defectos que le puso su época y las imitaciones con que se adiestraba la mano, como aquellas pirámides antiguas que imperan en la divina soledad, irguiendo sobre el polvo del amasijo desmoronado sus piedras colosales. Y aún cuando se negase al poeta, puesto que el negar parece ser el placer más grato al hombre, las dotes maravillosas por que, después de una crítica austera, asegura su puesto en las cumbres humanas, ¿quién resiste al encanto de aquella vida atormentada y épica, donde supieron conciliarse la pasión y la virtud, anheloso de niño, héroe de adolescente, pronto a hacer del mar caballo, para ir «armado de hierro y venganza» a morir por la libertad en un féretro glorioso, llorado por las bellas, y muerto al fin de frío de alma, en brazos de amigos extranjeros, sedientos los labios, depedazado el corazón, bañado de lágrimas el rostro, tendiendo en vano los brazos a la patria? ¡Mucho han de perdonar los que en ella pueden vivir a los que saben morir sin ella!

Ya desde la niñez precocísima lo turbaba la ambición de igualarse con los poetas y los héroes: por cartilla tuvo a Hornero; por gramática a Montesquieu, por maestro a su padre, por dama a la hermosura, y por
sobre todo, el juicio; mas no aquel que consiste en ordenar las pasiones cautamente, y practicar la virtud en cuanto no estorbe a los goces de la vida, sino aquel otro que no lo parece, por serlo sumo, y es el de dar libre empleo a las fuerzas del alma —que con ser como son ya traen impuestos el deber de ejercitarse— y saber a la vez echarlas al viento como halcones, y enfrentarlas luego. No le pareció, al leer a Plutarco en latín, que cuando había en una tierra hecha para la felicidad esclavos azotados y amos impíos, estuviese aún completo el libro de las Vidas, ni cumplido el plan del mundo, que comprende la belleza moral en la física, y no ve en ésta sino el anuncio imperativo de aquélla: así que, antes de llevarse la mano al bozo, se la llevó al cinto. Salvó su vida y calmó su ansiedad en el asilo que por pocos días le ofreció la inolvidable Emilia. Llora de furor al ver el país de nieves donde ha de vivir, por no saber amar con mesura su país de luz. Lo llama México, que siempre tuvo corazones de oro, y brazos sin espinas,
donde se ampara sin miedo al extranjero. Pero ni la amistad de Tornel, ni la compañía de Quintana Roo, ni el teatro de Garay, ni la belleza fugaz de María Pautret, ni el hogar agitado del destierro, ni la ambición literaria, que en el país ajeno se entibia y vuelve recelosa, ni el pasmo mismo de la naturaleza, pudieron dar más que consuelo momentáneo a aquella alma «abrasada de amor» eme pedía en vano amante, y paseaba sombrío por el mundo, sin su esposa ideal y sin los héroes.

Aquel maestro de historia, aquel periodista sesudo, aquel político ardiente, aquel juez atildado, con una mano opinaba en los pleitos, y con la otra se echaba atrás las lágrimas. En el sol, en la noche, en la tormenta, en la lluvia nocturna, en el océano, en el aire libre, buscaba frenético, mas siempre dueño de sí, sus hermanos naturales. Disciplinaba el alma fogosa con los quehaceres nimios de la abogacía. Su poesía, marcial primero y reprimida después, acabó en desesperada. Más de una vez quiso saber cómo se salía pronto de la vida. Pide paz a los árboles, sueño a la fatiga, gloria al hombre, amor a la luna. Aborrece la tiranía, y adora la libertad. Arreglando tragedias, nutre en vez de apagar su ruego trágico. Borra con sus lágrimas la sangre que en la carrera loca sacó con la espuela al ijar de su caballo. ¿Quién le apaciguará el corazón? ¿Dónde se asilará la virtud? El exceso de vida le agobia; vive condenado a efectos estériles; jamás ¡infeliz! ser correspondido por la que ama. De noche, sobre un monte, descubierta la cabeza, alza la frente en la tempestad. ¡No se irá de la vida sin haber sembrado el laurel que quiere para su tumba! Aquietará su espíritu desolado con el frescor de la lluvia nocturna, pero donde se oiga, a los pies de una mujer, bramar el mar y rugir el trueno. Y murió, grande como era, de no poder ser grande.

Porque uno de los elementos principales de su genio fue el amor a la gloria, en que los hombres suelen hallar consuelos comparables al dolor de quien nada espera de ella: su poesía resplandece, desmaya o angustia, según vea las coronas sobre su cabeza o fuera de su mano: busca sin éxito, ya desalentado, poesía nueva por cauces más tranquilos: su lira es de las batallas, del amor «tremendo», del horror «grato», «bello» y «augusto». Del país profanado en que le tocó nacer, y exaltó desde la infancia su alma siempre dispuesta a la pasión, buscó amparo en la grandeza de su tiempo, reciente aún de la última renovación de la humanidad, donde, como bordas de fuego de un mar torvo, cantaba Byron y peleaban Napoleón y Bolívar. Grecia y Roma, que le eran familiares por su cultura clásica, reflorecían en los pueblos europeos, desde el trágico que acababa de imitarlas en Italia al inglés que había de ir a morir en Misolonghi; en los mismos Estados unidos, donde Washington acaba de vencer, Bryant canta a Tesalia, y Halleck celebra a Bozzaris. Pero ya tenía para entonces su poesía, a más del estro ígneo, la majestad que debió poner en ella la contemplación, entre helénica por lo armoniosa y asiática por el lujo, de la hermosura de los países americanos donde vivió en su niñez; de aquel monte del Avila y valles caraqueños, con el cielo que viene a dormir de noche sobre los techos de las casas; de aquellas cumbres y altiplanicies mexicanas, modelo de sublimidad, que hinchen el pecho de melancolía e imperio; de Santo Domingo, donde corre el fuego por las venas de los árboles, y son más las flores que las hojas; de Cuba, velada ¡ay! por tantas almas segadas en flor, donde tiene la naturaleza la gracia de la doncellez y la frescura del beso.

Pero nada pudo tanto en su genio como aquella ansia inextinguible de amor, que con los [sic] de la tierra crecía, por ir demostrando cada uno lo amargo de nacer con una sed que no se puede apagar en este
mundo. No cesan las hermosuras en cuanto habla de amores. Hay todavía «Lesbias» y «Filenos»; pero ya dice «pañuelo» en verso, antes que De Vigny. Cuando se prepara a la guerra, cuando describe el sol, cuando contempla el Niágara, piensa en los tiranos, para decir otra vez que los odia, y en la mujer a quien ha de amar. Es lava viva, y agonía que da piedad. Del amor padece hasta retorcerse. El amor es «furioso». Llora llanto de fuego. Aquella mujer es «divina y funesta». Una bailarina le arranca acentos pindáricos, una bailarina «que tiende los brazos delicados, mostrando los tesoros de su seno». No teme caer en alguna puerilidad amatoria, de que se alza en un vuelo a la belleza pura, ni mostrarse como está, mísero de amor, postrado, desdeñado: ¡cómo viviría él en un rincón «con ella y la virtud»! Y era siempre un amor caballeresco, aun en los mayores arrebatos. Para su verso era su corazón despedazado; pero salía a la vida sereno, domador de sí mismo. Acaso hoy, o por desmerecimiento de la mujer, o por mayor realidad y tristeza de nuestra vida, no nos sea posible amar así: la pasión es ahora poca, o sale hueca al verso, o gusta de satisfacerse por los rincones. Tal fue su genio, contristado por la zozobra inevitable en quien tiene que vivir de los frutos de su espíritu en tierras extrañas.

Así amó él a la mujer, no como tentación que quita bríos para las obligaciones de la vida, sino como sazón y pináculo de la gloria, que es toda vanidad y dolor cuando no le da sangre y luz el beso. Así quiso a la libertad, patricia más que francesa. Así a los pueblos que combaten, y a los caudillos que postran a los déspotas. Así a los indios infelices, por quienes se le ve siempre traspasado de ternura, y de horror por los «hombres feroces», que contuvieron y desviaron la civilización del mundo, alzaron a su paso montones de cadáveres, para que se vieran bien sus cruces. Pero eso, otros lo pudieron amar como él. Lo que es suyo, lo herédico, es esa tonante condición de su espíritu que da como beldad imperial a cuanto en momentos felices toca con su mano, y difunde por sus magníficas estrofas un poder y esplendor semejantes a los de las obras más bellas de la Naturaleza. Esa alma que se consume, ese movimiento a la vez arrebatado y armonioso, ese lenguaje que centellea como la bóveda celeste, ese período que se desata como una capa de batalla y se pliega como un manto real, eso es lo herédico, y el lícito desorden, grato en la obra del hombre como en la del Universo, que no consiste en echar peñas abajo o nubes arriba la fantasía, ni en simular con artificio poco visible el trastorno lírico, ni en poner globos de imágenes sobre hormigas de pensamiento, sino en alzarse de súbito sobre la tierra sin sacar de ella las raíces, como el monte que la encumbra o el bosque que la interrumpe de improviso, a que el aire la oree, la argente la lluvia, y la consagre y despedace el rayo. Eso es lo herédico, y la imagen a la vez esmaltada y de relieve, y aquella frase imperiosa y fulgurante, y modo de disponer como una batalla la oda, por donde Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar. Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. El es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas.

Ni todos sus asuntos fueron felices y propios de su genio; ni se igualó con Píndaro cuantas veces se lo propuso; ni es el mismo cuando imita, que no es tanto como parece, o cuando vacila, que es poco, o cuando trata temas llanos, que cuando en alas de la pasión dejar ir el verso sin moldes ni recamos, ni más guía que el águila; ni cabe comparar con sus odas al Niágara, al Teocali de Cholula, al sol, al mar, o sus epístolas a Emilia y Elpino y la estancia sexta de los Placeres de la Melancolía, los poemas que escribió más tarde pensando en Young y en Delille, y como émulo de Voltaire y Lucrecio más apasionado que dichoso; ni campea en las composiciones rimadas, sobre todo en las menores, con la soberanía de aquellos cantos en que celebra en verso suelto al influjo de las hermosas, el amor de la patria y las maravillas naturales. Suele ser verboso. Tiene versos rellenos de adjetivos. Cae en los defectos propios de aquellos tiempos en que al sentimiento se decía sensibilidad: hay en casi todas sus páginas versos débiles, desinencias cercanas, asonantes seguidos, expresiones descuidadas, acentos mal dispuestos, diptongos ásperos, aliteraciones duras: ésa es la diferencia que hay entre un bosque y un jardín: en el jardín todo está pulido, podado, enarenado, como para morada de la flor y deleite del jardinero: ¿quién osa entrar en un bosque con el mandil y las podaderas?

El lenguaje de Heredia es otra de sus grandezas, a pesar de esos defectos que no han de excusársele, a no ser porque estaban consentidos en su tiempo, y aun se tenían por gala: porque a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana: y bien pudo Heredia evitar en su obra entera lo que evitó en aquellos pasajes donde despliega con todo su lujo su estrofa amplia, en que no cuelgan las imágenes como dije, sino que van con el pensamiento, como en el diamante va la luz, y producen por su nobleza, variedad y rapidez la emoción homérica. Los cuadros se suceden. El verso triunfa. No van los versos encasacados, a donde los quiere llevar el poeta de gabinete, ni forjados a martillo, aunque sea de cíclope, sino que le nacen del alma con manto y corona. Es directo y limpio como la prosa aquel verso llameante, ágil y oratorio, que ya pinte, ya describa, ya fulmine, ya narre, ya evoque, se desata o enfrena al poder de una censura sabia y viva, que con más ímpetu y verdad que la de Quintana, remonta la poesía, como quien la echa al cielo de un bote, o la sujeta súbito, como auriga que dé un reclamo para la cuadriga. La estrofa se va tendiendo como la llanura, encrespando como el mar, combando como el cielo. Si desciende, es como una exhalación. Suele rielar como la luna; pero más a menudo se extingue como el sol poniente, entre carmines vividos y
negrura pavorosa.

Nunca falta, por supuesto, quien sin mirar en las raíces de cada persona poética, ni pensar que los que vienen de igual raíz han de enseñarlo en la hoja, tenga por imitación o idolatría el parecimiento de un poeta con otro que le sea análogo por el carácter, las fuentes de la educación o la naturaleza del genio: como si el roble que nace en Pekín hubiera de venir del de Aranjuez, porque hay un robledal en Aranjuez. Así, por apariencias, llegan los observadores malignos o noveles a ver copia servil donde no hay más que fatal semejanza. Ni Heredia ni nadie se libra de su tiempo, que por mil modos sutiles influye en la mente, y dicta, sentado donde no se le puede ver ni resistir, los primeros sentimientos, la primera prosa. Tan ganosa de altos amigos está siempre el alma poética, y tan necesitada de la beldad, que apenas la ve asomar, se va tras ella, y revela por la dirección de los primeros pasos la hermosura a quien sigue, que suele ser menor que aquélla que despierta. De esos impulsos viene vibrando el genio, como mar de ondas sonoras, de Hornero a Whitman. Y por eso, y por algunas imitaciones confesas, muy por debajo de lo suyo original, ha podido decirse de ligero que Heredia fuese imitador de éste o aquél, y en especial de Byron, cuando lo cierto es que la pasión soberbia de éste no se avenía con la más noble de Heredia; ni en los asuntos que trataron en común hay la menor semejanza esencial; ni cabe en juicio sano tener en menos las maravillas de la Tempestad que las estrofas que Byron compuso «durante una tormenta»; ni en el No me recuerdes, que es muy bello, hay arranques que puedan compararse con el ansia amorosa del Desamor, y aun de El Rizo de Pelo; ni por los países en que vivió, y lo infeliz de su raza en aquel tiempo, podía Heredia, grande por lo sincero, tratar los asuntos complejos y de universal interés, vedados por el azar del nacimiento a quien viene al mundo donde sólo llega de lejos, perdido y confuso, el fragor de sus olas. Porque es el dolor de los cubanos, y de todos los hispanoamericanos que aunque hereden por el estudio y aquilaten con su talento natural las esperanzas e ideas del Universo, como es muy otro el que se mueve bajo sus pies que el que llevan en la cabeza, no tienen ambiente ni raíces ni derecho propio para opinar en las cosas que más les conmueven e interesan, y parecen ridículos e intrusos si, de un país
rudimentario, pretenden entrarse con gran voz por los asuntos de la humanidad, que son los del día en aquellos pueblos donde no están en las primeras letras como nosotros, sino en toda su animación y fuerza. Es como ir coronado de rayos y calzado con borceguíes. Este es de veras un dolor mortal, y un motivo de tristeza infinita. A Heredia le sobraron alientos y le faltó mundo.

Esto no es juicio, sino unas cuantas líneas para acompañar un retrato. Pero si no hay espacio para analizar, por su poder y el de los accidentes que se lo estimularon o torcieron, el vigor primitivo, elementos nuevos y curiosos, y formas varias de aquel genio poético que puso en sus cantos, sin más superior que la creación, el movimiento y la luz de sus mayores maravillas, y descubrió en un pecho cubano el secreto perdido que en las primicias del mundo dio sublimidad a la epopeya, antes le faltaría calor al corazón que orgullo y agradecimiento para recordar que fue hijo de Cuba aquél de cuyos labios salieron algunos de los acentos más bellos que haya modulado la voz del hombre, aquél que murió joven, fuera de la patria que quiso redimir, del dolor de buscar en vano en el mundo el amor y la virtud.

 
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