Por los dones líricos, la cultura y la sensibilidad patriótica, José María de Heredia (1803-39) es nuestro primer poeta cabal. Su formación clásica y moderna y su diversidad de intereses, unidas a un temperamento ardiente y a una inteligencia clara y ordenada, le dan la calidad enteriza, el porte y la entonación del gran poeta, del hombre que encama y expresa bellamente las aspiraciones de su pueblo. Esa profunda y delicada identificación entre su intimidad y sus ideales, entre su vida emocional y sus convicciones políticas, es lo que hace de Heredia, sin disputa, el primer lírico de la patria, el primer vivificador poético de la nación como necesidad del alma.

José María Chacón y Calvo, el crítico que más ha estudiado la figura, le señala dos tipos de influencia: las neoclásicas y prerrománticas españolas: Meléndez, Jovellanos, Quintana, muy especialmente Cienfuegos; y las románticas difusas: Ossian, Millevoye, Byron. Dice también que lo caracteriza, como a Meléndez, en sus poesías amatorias, el erotismo físico; y como a Quintana, en su poesía civil, el tono oratorio. Le señala, en suma, «falta de espíritu lírico». Esta conclusión, así como la incomprensible premisa del erotismo físico, resultan para nosotros igualmente asombrosas. En cuanto virtudes propias y positivas, puntualiza dos, que se han hecho ya clásicas en la caracterización de Heredia: la visión sintética de las descripciones y la llamada poesía civil interna.1

Cuando Heredia escribe sus primeras poesías importantes, en México, Cuba y los Estados Unidos, ya los dioses y las divinidades agrestes han desaparecido casi completamente de nuestros campos, o vagan por ellos como fantasmas vacíos. Con él comienza un nuevo mito, el de la libertad que va a derramar su luz romántica sobre la naturaleza cubana durante todo el siglo XIX.

De los poetas recogidos en El laúd del desterrado (Nueva York, 1858), junto a Miguel Teurbe Tolón, José Agustín Quintero, Pedro Santacilia, Pedro Ángel Castellón, Juan Clemente Zenea y Leopoldo Turla, Heredia es el primero, el más famoso y el más influyente. Como se ve por sus poemas y más aún por sus cartas (en las que revela el tormento que para él significaba el idioma inglés), sufrió profundamente el destierro en Nueva York, ciudad a la que tuvo que escapar en 1823, contando sólo veinte años. Aunque más tarde en México, donde hizo carrera judicial, periodística y política intensa, fue víctima del desengaño y el pesimismo ante la situación caótica del país, según lo expresa en la desdichada carta a Tacón de 1° de abril de 1836; aunque en definitiva parece que, enfermo y desconcertado, se retractó verdaderamente de sus ideales revolucionarios, Heredia encarna de todos modos en su obra el anhelo separatista, y es el primer gran poeta nuestro sacrificado al ideal de la independencia de la isla.

En el proceso que venimos considerando, el de la expresión cada vez más desnuda y real de nuestra naturaleza, Heredia significa ya desde sus primeros poemas apreciables, en contraste con la objetividad enumerativa de los poetas hasta ahora comentados, la interiorización de la naturaleza. Dentro de aquella objetividad podíamos discernir el paso de los sentidos más primarios a los más espirituales, pero sin trascender el plano de la visión sensual. En cambio basta leer los pasajes descriptivos de la oda de Heredia «En el teocalli de Cholula» («Era la tarde: su ligera brisa/las alas en silencio ya plegaba...»), quizás su poema de más serena madurez, asombrosamente escrito en plena adolescencia, para sentirnos frente a una naturaleza espiritualizada, que sutilmente se identifica con un paisaje del alma. La naturaleza es un hecho que se da en nuestra circunstancia inmediata, aunque, como vimos, cuesta no poco esfuerzo llegar hasta ella a través de las convenciones literarias. El paisaje en cambio es una cierta unidad estética y sentimental creada por el alma. Con Heredia damos el paso de la naturaleza al paisaje propiamente dicho, no en el sentido pictórico que vimos asomar en Poey, sino como estado de ánimo.

Ahora bien, esa espiritualización de la naturaleza muestra en él dos dimensiones, que a ratos se funden: la amorosa y la patriótica. Vamos a considerarlas separadamente, en lo posible.

Típica del pathos romántico es la interpenetración de sentimiento y naturaleza, a tal punto que los espectáculos naturales resultan misteriosamente asumidos por el mundo de las pasiones. El romántico ve en la naturaleza un espejo de su alma. Temprano ejemplo de esta identificación hallamos en el poema de Heredia titulado «Misantropía», de 1821:

¡Qué triste noche!... Las lejanas cumbres
acumulan mil nubes pavorosas,
y el lívido relámpago ilumina
su densa confusión. Calma de fuego
me abruma en derredor, y un eco sordo,
siniestro, vaga en el opaco bosque.
Oigo el trueno distante... En un momento
la horrenda tempestad va a despeñarse.
La presagia la tierra en su tristeza.

Tan fiera confusión en armonía
siento con mi alma desolada... ¿ El mundo
padece como yo?...

La visión de la mujer que da Heredia es ya cubanísima y fascinante. Las parejas palma-mujer, palma-patria, que vimos reflejarse en algunos poetas comentados y que en Martí se fundirán («Las palmas son novias que esperan...»), aparecen separadamente en Heredia. Veamos ahora la primera:

El alma mía
se abrasó a tu mirar: entre la pompa
te contemplé del estruendoso baile,
altiva y majestuosa descollando
entre tanta hermosura,
cual palma gallardísima y erguida
de la enlazada selva en la espesura.

(«A... En el baile», 1821)

Un modo de enamorarse típico del XIX reflejan los dos últimos adjetivos de este pasaje, todo él fascinado por la belleza virginal, fresca y blanca flor inocente, inconsciente, hija todavía de la naturaleza edénica:

Cual azucena
que al soplo regalado
del aura matinal mueve su frente,
que coronó de perlas el rocío,
así, de gracias y de gloria llena,
giras ufana, y la expresión escuchas
de admiración y amor, y los suspiros
que vagan junto a ti; pues electriza
a todos y enamora
tu beldad, tu abandono, tu sonrisa,
y tu actitud modesta, abrasadora.

(ídem)

La aureola de electricidad, tanto más viva cuanto más involuntaria, de esta muchacha-azucena, nos recuerda ya «los invisibles átomos del aire» que «en derredor palpitan y se inflaman» de la rima de Bécquer. La modestia abrasadora nos señala, en insuperable síntesis, el ideal femenino de la época, del que será precioso ejemplo reflexivo el autorretrato de Luisa Pérez («vísteme sólo / de muselina blanca...»). En el ejemplo mundano de Heredia, tampoco hay ostentación, sino ufanía floral, y mientras más recatada y modesta brilla la hermosura, más inflama su atmósfera.

Un bellísimo ejemplo de naturaleza cubana íntimamente espiritualizada, que nos llega húmeda y trémula como la voz misma del poeta, con la adjetivación que después de él será tópico («el pomposo naranjo, el mango erguido»), penetrada de melancólica delicia ardiente, lo hallamos en «El desamor», de 1822:

Sola tu luz ¡oh luna! pura y bella
sabe halagar mi corazón llagado,
cual fresca lluvia el ardoroso prado.
Hora serena en la mitad del cielo,
ríes a nuestros campos agostados,
bañando su verdura
con plácida frescura.
Calla toda la tierra embebecida
en mirar tu carrera silenciosa;
y sólo se oye la canción melosa
del tierno ruiseñor, o el importuno
grito de la cigarra: entre las flores
el céfiro descansa adormecido;
el pomposo naranjo, el mango erguido
agrupados allá, mi pecho llenan
con el sublime horror que en torno vaga
de sus copas inmóviles. Unidas
forman entre ellas bóveda sombrosa,
que la tímida luna con sus rayos
no puede penetrar. Morada fría
de grato horror y oscuridad sombría,
a ti me acojo, y en tu amigo seno
mi tierno corazón sentiré lleno
de agradable y feliz melancolía.

El «grato horror» de la noche bajo el asilo de las frondas, ofrece ya un lugar de acuitamiento al nostálgico desamparo del desterrado. Retengamos este dato para futuras dilucidaciones de Zenea y de Casal. Pronto a la nostalgia se une la evocación idílica, anunciando también los penumbrosos acentos vesperales de Zenea; Así le dice «A la estrella de Venus» (1826), descubriendo la veladura mágica de la belleza y el amor, con sensitiva onda lírica indudable:

...Al asomarse
tu disco puro y tímido en el cielo,
a mi tierno delirio daba rienda
en el centro del bosque embalsamado,
y por tu tibio resplandor guiado
buscaba en él mi solitaria senda.

Bajo la copa de la palma amiga,
trémula, bella en su temor, velada
con el mágico manto del misterio,
de mi alma la señora me aguardaba.

¡Qué suave opulencia del alma en esta estrofa!

De su romántica identificación con el genio de la Naturaleza, habla siempre gustoso. Ese genio es esencialmente, para él, la Melancolía; pero la deliciosa, la ardiente, la «feliz melancolía», que tiene su trono en la conmoción de los elementos o la paz de las soledades. Por eso dice de ella:

Desde la infancia venturosa mía
era mi amor. Aislado, pensativo
gustábame vagar en la ribera
del ancho mar...

(Con Heredia empieza también entre nosotros la poesía del mar; véase su canto «Al océano».) Prosigue:

...Si los airados vientos
su seno hinchaban en tormenta fiera
mil pensamientos vagos, tumultuosos
me agitaban también; pero tenia
deleite inexplicable, indefinido
aquella confusión. Cuando la calma
remaba en tomo, y el espejo inmenso
del sol en occidente reflejaba
la noble imagen en columna de oro
yo en éxtasis feliz la contemplaba,
y eran mis escondidos pensamientos
dulces, como el silencio de los campos
de la luna en la luz.

(«Placeres de la melancolía»)

Ese «deleite inexplicable», oscuro Eros arrebatador, frenesí de una teluricidad siempre ligada al viento, es el mismo que estremece los versos titulados «En una tempestad», de septiembre de 1822. Es ésta la primera vez que nuestra poesía se enfrenta cara a cara con el ciclón, al estilo romántico; pero lejos de ser un poema de época, en sus estrofas hallamos la sugestión dionisiaca, y esencial para entender lo cubano, de un vehemente placer ante la impalpable fuerza arrasadora, de una teluricidad aérea que normalmente es edénica brisa, suave rumor, y que de pronto se desencadena:

Huracán, huracán, venir te siento,
y en tu soplo abrasado
respiro entusiasmado
del Señor de los aires el aliento.

La revelación de la terrible y a la vez embriagadora divinidad aérea cubana y antillana, que obsesionó a los indios,2 le da a este poema, mucho más allá de los trozos de bravura descriptiva, una profunda
inspiración sagrada:

Llega ya... ¿No lo veis? ¡Cuál desenvuelve
su manto aterrador y majestuoso...!
¡Gigante de los aires, te saludo...!
En fiera confusión el viento agita
las orlas de su parda vestidura...

(Anotemos esta palabra: «orla», vinculada aquí al torbellino.)
Finalmente el huracán se configura como escala hacia el Dios bíblico, el de Job y los Profetas:

...Yo en tí me elevo
al trono del Señor: oigo en las nubes
el eco de su voz; siento a la tierra
escucharle y temblar. Ferviente lloro
desciende por mis pálidas mejillas,
y su alta Majestad trémulo adoro.

Volviendo al tema de la melancolía, no olvidemos que Heredia era un joven lleno de fuego desamparado, y no esa estampa que ha hecho de él la posteridad académica y escolar. Su ardiente y exhalada sensualidad melancólica tiene, por debajo del consabido tono altisonante, un acento más personal y secreto, en el que a veces sentimos como una premonición del escalofrío de Casal. Así este pasaje de los «Placeres de la melancolía»:

...Mas ¡ay! pronto
siguió a los goces y delirio mio
la saciedad, el tedio devorante,
como sigue de otoño al sol brillante
el del invierno pálido y sombrío—,

nos recuerda una estrofa del soneto «El Arte» de Casal:

cuando probamos, con afán intenso,
de todo amargo fruto envenenado,
y el hastío, con rostro enmascarado,
nos sale al paso en el camino extenso...

O bien este fragmento de «Contemplación»:

En el fondo del alma pensativa
se abre un abismo indefinible: el pecho
con suspirar involuntario invoca
una felicidad desconocida,
un objeto lejano y misterioso
que del mundo visible en los confínes
no sabe designar...,

parece suscitar, como su octava más alta, los absolutos versos de Casal en «Pax animae»:

tan sólo llega a percibir mi oído
algo extraño y confuso y misterioso
que me arrastra muy lejos de este mundo.

Pasando ahora a la dimensión patriótica de su obra, lo que más nos interesa observar es que Heredia inicia la iluminación poética de Cuba desde la nostalgia del destierro. Ya durante su primera estancia en México, acompañando a su padre, y todavía sin motivación revolucionaria (tiene entonces unos dieciséis años), expresa la visión distante de la isla en el mar con ardiente nostalgia:

¡Oh! ¡cómo palpitante saludara
las dulces costas de la patria mia,
al ver pintada su distante sombra
en el tranquilo mar del mediodía!

(«A Elpino»,1819)

¡Su distante sombra en el cénit marino! ¡Cómo se renueva la imagen a través de los siglos, hasta hacerse inmemorial, soñada!

Seis años después, ya desterrado, en viaje, de Estados Unidos a México, vuelve a divisar en el mar la isla lejana (y ahora doblemente lejana: la isla imposible, a la que sólo podrá volver, enfermo y desilusionado, humillándose ante el general Tacón), y entonces escribé en el famoso «Himno del desterrado», en decasílabos de soleado y anhelante vaivén marino:

¡Tierra! claman: ansiosos miramos
al confín del sereno horizonte,
y a lo lejos descúbrese un monte...
Lo conozco... ¡Ojos tristes, llorad!

Es el Pan... En su falda respiran
el amigo más fino y constante,
mis amigas preciosas, mi amante...
¡Qué tesoros de amor tengo allí!

La ansiedad, el confín (esa misteriosa palabra que siempre nos turba); el cariñoso mundo perdido. En el mismo poema, donde la altivez del sentimiento y la gracia de la brillante espuma se unen tan gallardamente, exclama Heredia: «Pobre sí, pero libre me encuentro: / sólo el alma del alma es el centro». Pero si esto es verdad en el mundo moral, no lo es en el afectivo. Heredia lo sabe a tal extremo, que llega a atribuir su exaltada melancolía y su «impotencia cruel de ser dichoso» (otro rasgo precasaliano), a una especie de vínculo solar con su patria:

El sol terrible de mi ardiente patria
ha derramado en mi alma borrascosa
su juego abrasador: así me agito
en inquietud amarga y doloroso.
En vano ardiendo, con aguda espuela
el generoso volador caballo
por llanuras anchísimas lanzaba,
y su extensión inmensa devoraba,
por librarme de mi...

(«En mi cumpleaños», 1822)

(«Por librarme de mí...» Es el árido fuego de la adolescencia, que en él maduró, extrañamente. Alude a un poema escrito el año anterior, «A mi caballo», febril, amargo, de llama devorante y conmovedora:

Amigo de mis horas de tristeza,
ven, alíviame, ven. Por las llanuras
desalado, arrebátame, y perdido
en la velocidad de tu carrera,
olvide yo mi desventura fiera.

***

Perdona mi furor: el llanto mira
que se agolpa a mis párpados... Amigo,
cuando mis gritos resonar escuches,
no aguardes, no, la devorante espuela,
la crin sacude, alza la frente, y vuela.3

El ciclón, el sol, el caballo: la mitad inmediata y violenta de la isla se organiza en la poesía de Heredia, uniéndose a la otra mitad de nostalgia y lejanía.)

La palma, que ya vimos transformada en mujer, aparece como símbolo de la patria en un pasaje inolvidable de la oda al Niágara, de 1824; inolvidable, por la profunda sinceridad que en él coincide con el afortunado movimiento retórico:

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
y al soplo de las brisas del Océano
bajo un cielo purísimo se mecen?

En esa pausa que se abre, en ese ¡ay! que sale sin falsía del centro del alma, en ese adjetivo «deliciosas», está completa la imagen paradisíaca de la isla lejana, inocente y desdichada. Señala ese verso un momento en nuestra historia y en nuestra sensibilidad, que estará vigente hasta los días de Martí. Para generaciones de emigrados y desterrados —la flor del país—, Cuba será eso: «las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas». Pero esa delicia, que en la visión de Heredia eran los «placeres de la melancolía», se irá saturando cada vez más de dolor y cambiando la nostalgia por una frenética esperanza.

En los poemas patrióticos, las evocaciones de Heredia están concebidas a base del contraste entre «las bellezas del físico mundo» y «los horrores del mundo moral», según la fórmula acuñada en el «Himno del desterrado». Así dice en su bella epístola «A Emilia», de 1824:

Mis ojos doloridos
no verán ya mecerse de la palma
la copa gallardísima, dorada
por los rayos del sol en occidente...

(Recordemos los versos citados de Poey, Zambrana, García Copley...)

ni a la sombra del plátano sonante
(otra estampa vegetal que se hará tópico...)

el ardor burlaré del mediodía,
inundando mi faz en la frescura
que aspira el blando céfiro. Mi oído,
en lugar de tu acento regalado,
o del eco apacible y cariñoso
de mi madre, mi hermana y mis amigas...

(frescura, indolencia, cariño: naturaleza y familia...)

tan sólo escucha de extranjero idioma
los bárbaros sonidos: pero al menos
no lo fatiga del tirano infame
el clamor insolente, ni el gemido
del esclavo infeliz...

En medio de la naturaleza y del mundo femenino de la familia criolla, que es también esencialmente naturaleza, irrumpe el torcedor varonil de la historia; en medio de la edénica delicia natural, único ámbito de nuestra poesía antes de Heredia, aparecen los problemas de la conciencia: el escrúpulo, el eticismo, la indignación. A la inocente o despreocupada voluptuosidad de los dones, sucede la preocupación, la vigilia
lúcida y torturadora, el sentimiento cada vez más agudo de la injusticia y la responsabilidad. Sobre el fondo embriagador y disolvente, se levanta la ira del espíritu, testigo del mal:

En medio de tus campos
de luz vestidos y genial belleza,
sentí mi pecho férvido agitado
por el dolor, como el Océano brama
cuando le azota el norte. Por las noches,
cuando la luz de la callada luna
y del limón el delicioso aroma,
llevado en alas de la brisa tibia
a voluptuosa calma convidaban,
mil pensamientos de furor y saña
entre mi pecho hirviendo, me nublaban
el congojado espíritu y el sueño
en mi abrasada frente no tendía
sus alas vaporosas. De mi patria
bajo el hermoso y desnublado cielo
no pude resolverme a ser esclavo
ni consentir que todo en la natura
fuese noble y feliz, menos el hombre.

La misma «genial belleza» de los campos parece dar la lección de dignidad al hombre: vivencia que alcanzará su mayor plenitud en la obra de Martí. Según dijimos al comentar el poema de Iturrondo, los poetas están preparando el paisaje de la gesta cubana: por eso, no sólo se desmitologizan los campos y vemos salir desnudos los escuadrones de árboles y pájaros, sino que también se ilumina el perfil erguido, noble, ético, del paisaje, sobre la blanda ondulación voluptuosa. Tal es en definitiva el sentido del tránsito de la piña a la palma como símbolo de la isla.

Pero aún más profunda que esta revelación del mundo de la conciencia en nuestra poesía, es la imagen de Cuba como paraíso perdido. El destierro, la emigración, el propio Martí que tan entrañablemente habría de padecer el frío del Norte, se verán retratados en estos versos espléndidos:

¡Oh! no me condenéis a que aquí gima,
como en huerta de escarchas abrasada
se marchita entre vidrios encerrada
la planta estéril de distinto clima.

***

¿Do están las brisas de la fresca noche,
de la mágica luna inspiradora
el tibio resplandor, y del naranjo
y del mango suavísimo el aroma?
¿Dónde las nubecillas, que flotando
en el azul sereno de la esfera,
islas de paz y gloria semejaban?
Tiende la noche aquí su obscuro velo:
el mundo se adormece inmóvil, mudo,
y el aire punza, y bajo el filo agudo
del hielo afinador centella el cielo.
Brillante está a los ojos, pero frio,
frio como la muerte.

(«Placeres de la melancolía»)

Toda la nostalgia de lo paradisíaco insular parece concentrarse en un solo verso: «islas de paz y gloria semejaban». Todo el frío implacable del destierro, en una sola imagen sensitiva: «y bajo el filo agudo / del hielo afinador centella el cielo». ¡Qué frío puro, celeste, atroz, hay ya en estos versos!

En suma Heredia, además de los elementos cubanos que define y expresa, es el primero que le infunde un profundo aliento espiritual a nuestro paisaje y el primero que intuye la isla en función de distancia, o más bien de lejanía.

Al darle alma al discurso poético, le da también un tempo interior. En los poetas anteriores a él y en muchos de sus contemporáneos, el poema transcurre dentro de un tiempo abstracto, sin individuación ni matices: el tiempo de la gramática y de la retórica. Heredia introduce, con el alma, el tempo psicológico y musical. Y así se pueden distinguir perfectamente sus poemas lentos, extasiados, como «En el teocalli de Cholula», «El desamor», «Placeres de la melancolía», de sus poemas rápidos, arrebatados, como «El Niágara», «A mi caballo» y «En una tempestad».

Por otra parte, la distancia, la lejanía, que fue la atmósfera propia del mito de la isla, jugará siempre un papel decisivo en nuestra sensibilidad. Lo cubano, en una de sus dimensiones esenciales, se manifiesta como lejanía. No deja de ser significativo el hecho de que la primera iluminación lírica de Cuba se verifique desde el destierro. Lo que no pueden configurar las enumeraciones exhaustivas de la flora y la fauna (la imagen de la patria), lo da un suspiro y una visión nostálgica. Heredia hace que la isla (la «dorada isla de Cuba o Fernandina») se convierta en patria, pero no simplemente como tierra natal, sino en patria que brilla distante, lejana, quizás inalcanzable.

La distancia es un hecho físico; la lejanía pertenece al alma. Para el interés, lo más lejano suele ser lo que materialmente está más cerca. En El ser y el tiempo, Heidegger pone los ejemplos de los lentes, el auricular, la calle. Estos objetos, hallándose en inmediato contacto con nosotros, se encuentran en realidad más lejos que la cosa que vemos con los lentes, la voz que oímos con el auricular o el amigo que pasa por la calle. Entre dos cosas «a la mano», como él las llama, estará más lejos la que nos interese menos. Pero en estos casos se trata, creo, no de una lejanía en sentido propio, sino de una indiferencia, una invisibilidad, una verdadera nada en que la cosa queda sumergida. En cambio, cuando no es el interés o la atención, sino el deseo espiritual lo que nos domina, con entera independencia también de la distancia real a que se hallen de nosotros las cosas disponibles, será la más deseada siempre la más lejana. El interés o la atención acercan aquello sobre lo cual recaen; en cambio el deseo, mientras más profundo, más aleja su objeto. El deseo esencialmente lejaniza la realidad, quizás porque lo que en el fondo lo enciende, no puede ser nunca totalmente poseído en las formas sensibles.

Con Heredia la isla se vuelve, no sólo distante, sino también lejana, porque ha entrado en su intimidad, en su deseo, en el anhelo de su alma. Cuba empieza a ser esperanza a la vez que nostalgia; cielo futuro, que
no se gozará nunca, a la vez que paraíso perdido.

El verso más bello y misterioso que escribió (porque excede a la alusión clásica y al sentido lógico, irradiando una extraña luz distinta) es el último del soneto «A mi esposa», dedicatoria y cifra de toda su
experiencia:

Así perdido en turbulentos mares
mísero navegante al cielo implora,
cuando le aqueja la tormenta grave;

y del naufragio libre, en los altares
consagra fiel a la deidad que adora
las húmedas reliquias de su nave.

Si la voz de Heredia es altiva y ardiente, la de Plácido es la más humilde que ha tenido nuestra poesía. Heredia representa los ideales de la burguesía culta, que va a hacer la guerra del 68; Plácido, los sentimientos y las aspiraciones modestas de un juglar sencillo. Heredia ve a Cuba en la lejanía; Plácido expresa, o más bien trasluce, la cotidianidad de una vida que, fundada en la injusticia, busca su acomodo provisional a través de la fineza y el encanto de las costumbres criollas. Cumpleaños, muertes, nacimientos, saraos, funciones teatrales, despedidas y recibimientos (toda la gama de la vida social, especialmente en Matanzas), tuvieron en el improvisador solicitadísimo, un testigo sin hiel y un cronista instantáneo. (Sin hiél, pero no sin dolor, y quizás, alguna vez, humillación.)
(...)

Notas
1 Ver: «Las etapas formativas de la poesía de Heredia», conferencia de 1915, en Estudios heredianos. La Habana, 1939. Chacón y Calvo sigue aqui las orientaciones criticas de Marcelino Menéndez y Pelayo en su enjuiciamiento de Heredia (Historia de la poesía hispano-americana. Capítulo III, Cuba). En este enjuiciamiento se destaca el paralelo con Cienfuegos, a quien nuestro poeta imitó mucho, «aunque —como observa don Marcelino— Heredia sea siempre más ardiente y viril y Cienfuegos más enfermizo y nebuloso». Interesa también la comparación que establece entre la oda «Al Niágara» y el epilogo de Átala, donde Chateaubriand describe opulentamente las famosas cataratas, al parecer sin haberlas visto nunca. De ser cierta la tesis, seria un caso de influjo de la imagen fantástica sobre la experiencia real.

2 Véase el exhaustivo y apasionante estudio hecho por Fernando Ortiz (El huracán, México, 1947) en torno a las figuras y signos sigmoideos de la arqueología indocubana, como símbolos mitomórficos de la furiosa deidad aérea. Ortiz opina, con fundadísimas razones, que en el panteón de nuestros indios «Hurakán es el gran dios de las Antillas, y no lo es el sol». De enorme interés para nosotros es su examen comparativo de las mitologías del viento y de los símbolos espiroideos, rotatorios y sigmoidales; asi como sus consideraciones sobre el caracol y el tabaco. En cuanto al esquema de los iconos representativos del Dios del Huracán, hallados únicamente en la parte oriental de nuestra isla, concluye «que no hay otro símbolo más típico de la prehistoria cubana que éste».

3 En otro sitio hemos escrito: «Con Joaquín Lorenzo Luaces nuestro romanticismo pasa de la pintura o la música a la estatuaria. Si comparamos la última linea del poema "A mi caballo" de Heredia: "la crin sacude, alza la frente, y vuela", con el final del espléndido soneto de Luaces "La salida del cafetal": "y parte el bruto con su carga altivo", notamos que el movimiento se ha petrificado en dinamismo plástico.» Por otra parte, y ya en el plano casi onírico a que a veces nos conducen estas lecturas, sentimos que el caballo de Heredia se metamorfosea en el buque de la Avellaneda: «las olas corta y silencioso vuela» (1836). El caballo lo saca a él de si mismo; a ella el barco la separa de su isla.

 

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