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Alfonso Bernal del Riesgo
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Mella comerciaba
muy poco con el embullo, los arrebatos
de exaltación y el repentino
abatimiento que nos caracteriza.
Experimentaba altibajos, desde
luego, pero suaves, y nunca explosivos.
Ya dije una vez que el choteo
no era su pieza predilecta. E
igual cabe decir, aunque parece
innecesario, que despreciaba nuestra
forma peculiar de astucia, la
famosa viveza. Embullo, choteo
y viveza, ¿no son los tres
grandes rasgos distintivos del
carácter criollo? Los otros
rasgos, los menores, tampoco se
veían en él muy
destacados. Por ejemplo, la lipidia
y la parejería le eran
desconocidas. Y la impuntualidad
y la mentirilla, así como
el alarde, le molestaban mucho,
aunque él no fuera en sus
citas un pedante reloj inglés
ni diese a sus palabras valores
notariales.
¿Era él un dechado
perfecto, un espíritu infalible,
una máquina de lograr aciertos?
No. Ciertamente sólo era
todo un hombre. Y un líder
natural.
Un defecto se le ha atribuido,
la indisciplina, y de cierto modo
lo padecía. Pero su indisciplina
no provenía del capricho
ni del afán de contradecir.
Era una indisciplina motivada
y justa, más hija de la
orden impropia y torpe que de
su personal resistencia al acatamiento;
aunque, líder al fin, le
agradaba mandar más que
obedecer. ¿Será
necesario que se diga que él
pertenecía a la breve lista
de cubanos con criterio propio,
que tanto elogiara el doctor Fidel
Castro en uno de sus memorables
discursos? No le gustaba seguir
consignas prefabricadas, quizás
porque no le inspiraba confianza
la autoridad de los consignatarios.
Era un dirigente de cabeza libre,
la usaba de acuerdo con la realidad,
tal y como la observaba y entendía.
Contaba Mella, al asumir tan difícil
responsabilidad, poco más
de veinte años. ¿Podrá
exigírsele el acierto sin
falta, la actuación sin
error? Sin embargo, errores políticos
no cometió ninguno. Y,
¿errores contra sí
mismo? Atrás
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