Apolo en la Universidad (fragmento)
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José
Lezama Lima
I.
Apolo y Upsalón
Al inaugurarse
la mañana, Upsalón
ya había encendido su
tráfago temprano. Arreglos
en las tarjetas, modificaciones
de horarios, listas con los
nombres equivocados, cambios
de aula a última hora
para la clase de profesores
bienquistos, todas esas minucias
que atormentan a la burocracia
los días de trabajo excepcional,
habían comenzado a rodar.
Desde las ocho a la diez de
la mañana, los estudiantes
candorosos de provincia copiaban
en sus libretas las horas de
clase. Saludaban a las muchachas
que habían sido sus compañeras
en todos los días del
bachillerato. Si alguno conocía
a otros estudiantes de años
superiores, se mezclaba con
ellos muy orondo, risueño
en su disfraz de suficiencia
gradual. Los de último
año pertenecían
a una hierofanía especial:
únicamente sus parientes,
primos de provincia, podían
mezclarse con ellos. Intercambiaban
risotadas que eran el asombro
de los otros compañeros
bisoños. —Mi primo
esta noche vendrá conmigo
al baile de los novatos —dijo
al regresar al grupo, frotándose
las manos. —Yo iría
con este mismo traje, mi tía
de Camagüey me lo regaló
—dijo una de las muchachas,
se miró de arriba abajo
con mirada graciosa, después
hizo una reverencia como si
recogiese flores en la falda.
La escalera de piedra es el
rostro de Upsalón, es
también su cola y su
tronco. Teniendo entrada por
el hospital, que evita la fatiga
de la ascensión, todos
los estudiantes prefieren esa
prueba de reencuentros, saludos
y recuerdos. Tiene algo de mercado
árabe, de plaza tolosana,
de feria de Bagdad; es la entrada
a un horno, a una transmutación,
en donde ya no permanece en
su fiel indecisión voluptuosa
adolescentaria. Se conoce a
su amigo, se hace el amor, adquiere
su perfil el hastío,
la vaciedad. Se transcurría
o se conspiraba, se rechazaba
el horror vacui o se
acariciaba el tedium vitae,
pero es innegable que estamos
en presencia de un ser que se
esquina, mira opuestas direcciones
y al final se echa a andar con
firmeza, pero sin predisposición,
tal vez sin sentido. No tiene
clases por la tarde, pero sin
vencer su indecisión
se viste para ir a la biblioteca
de Upsalón, donde esperará
a que el que se sienta a su
lado comience a conversar con
él. El diálogo
no se ha entablado, pero la
tarde ha sido vencida. No son
aquellos días de finales
de bachillerato en que se sentaba
en el extremo de un banco, en
el relleno del Malecón,
colgaba un brazo del soporte
de hierro y sentía como
que la noche húmeda lo
penetraba y lo tundía.
Oye a los que están hablando
en un banco del patio de Upsalón,
al grupo que todos los días
va a la biblioteca, al que se
precipita sobre el profesor
para hacerle preguntas banales,
sin saber que cada vez que se
pone en marcha para esa forzada
salutación, se gana una
enemistad o un comentario que
lo abochornaría si lo
oyese.
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