Apolo en la Universidad (fragmento)
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José
Lezama Lima
En
la segunda parte de la mañana,
desde las diez en adelante,
la fluencia ha ido tomando nuevas
derivaciones, ya los estudiantes
no suben la escalera de piedra
hablando, ni se dirigen a la
tablilla de avisos en los distintos
decanatos, para tomar con precisión
en sus cuadernos los horarios
de clase. Algunos ya han regresado
a sus casas con visible temor;
habían oliscado que en
cualquier momento la francachela
de protestas podía estallar.
Otros, que ya sabían
perfectamente todo lo que podía
pasar, se fueron situando en
la plaza frente a la escalinata.
De pronto, ya con los sables
desenfundados, llegó
la caballería, movilizándose
como si fuera a tomar posiciones.
Miraban de reojo [a] los grupos
estudiantiles, que ocupaban
el lado de la plaza frente a
la escalera de piedra. Cuchicheaban
los estudiantes, formando islotes
como si recibieran una consigna.
Llegó al grupo una figura
apolínea, de perfil voluptuoso,
sin ocultar las líneas
de una voluntad que muy pronto
transmitía su electricidad.
Por donde quiera que pasaba
se le consultaba, daba instrucciones.
La caballería se ocultaba
en el lado opuesto al ocupado
por los estudiantes. Usaban
unas capas carmelitas, color
de rata vieja, brillantes por
la humedad en sus iridiscencias,
como la caparazón de
las cucarachas. Hacían
vibrar sus espadas en el aire,
saltando un alacrán por
la sangre que pasaba al acero.
Su sombrero de caballería
lo sujetaban con una correa,
para que la violencia de la
arremetida no los dejase en
el grotesco militar de la testa
al descubierto. La violencia
o el caracoleo de los potros
justificaba la correa que le
restaba toda benevolencia a
la papada. El que hacía
de Apolo, comandaba estudiantes
y no guerreros, por eso la aparición
de ese dios, y no de un guerrero,
tenía que ser un dios
en la luz, no vindicativo, no
obscuro, no ctónico.
Estaba atento a las vibraciones
de la luz, o los cambios malévolos
de la brisa, su acecho del momento
en que la caballería
aseguró la hebilla de
la correa que sujetaba el sombrero
terminado en punta. Pareció,
dentro de su acecho, buscar
como un signo. Tan pronto como
vio que la estrella de la espuela
se hundía en los ijares
de los caballos, dio la señal.
Inmediatamente los estudiantes
comenzaron a gritar muerte para
los tiranos, muerte también
para los más ratoneros
vasallos babilónicos.
Unos, de los islotes arremolinados,
sacaron la bandera con la estrella
y sus azules de profundidad.
De otro islote, al que las radiaciones
parecían dar vueltas
como un trompo endomingado,
extrajeron una corneta, que
centró el aguijón
de una luz que se refractaba
en sus contingencias, a donde
también acudía
la vibración que como
astillas de peces soltaban los
machetes al subir por el aire
para decidir que la vara vuelva
a ser serpiente. El que hacía
de Apolo parecía contar
de antemano con las empalizadas
invisibles que se iban a movilizar
para detener la caballería
en los infiernos. Las espuelas
picaron para quemar al galope,
pero las improvisadas empaladizas
burlescas se abrieron, para
darles manotazos a los belfos
que comenzaron a sangrar al
ser cortados por los bocados
de plata. Las guaguas comenzaron
a llenar la plaza, chillaban
sus tripulantes como si ardiesen,
lanzaban protestas del timbre,
buches del escape petrolero,
enormes carteras del tamaño
de una tortuga, que cortaban
como navajas tibias. Rompieron
por las calles que fluían
a las plazas, carretas frutales
que ofrecían su temeridad
de colores a los cascos equinales,
que se estremecían al
sentir el asombro de la pulpa
aplanada por la presión
de la marcha maldita. La pella
que cuidaba la doradilla de
los buñuelos, se volcó
sobre los ojos de los encapuchados.
Una puerta de los balcones de
la plaza, al abrirse en el susto
de la gritería, escurrió
el agua del canario que cayó
en los rostros de los malditos
como orine del desprecio, transmutación
infinita de la cólera
de un ave de jaula dorada. La
mañana, al saltar del
amarillo al verde del berro,
cantaba para ensordecer a los
jinetes que le daban tajos a
la carreta de frutas y la jaula
del canario.
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