Apolo en la Universidad (fragmento)
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José
Lezama Lima
Al
llegar al Parque Maceo ya los
estudiantes habían recibido
nuevos contingentes de alumnos
de bachillerato, de las Normales,
escuelas de comercio; en conjunto
serían unos mil estudiantes,
que afluían en el sitio
donde la situación se
iba a hacer más difícil.
La caballería había
logrado rehacerse y cerca de
allí estaba una estación
de policía. Pero entonces
acudió el veloz como
Apolo, de perfil melodioso,
dando voces que recurvaran al
mar. El que hacía de
jefe de la caballería
reunió de nuevo a sus
huestes que convergieron por
los belfos de las bestias. Se
veía como un grotesco
rosetón de ancas de caballos.
Les temblaba todo el cuerpo,
después coceaban al aire
con sus dos patas traseras,
se sentían perseguidos
por demonios mosquitos invisibles.
Un tribilín sin domicilio
conocido, entraba y salía
por las patas de los caballos.
Alguno de los jinetes quiso
con su espadón apuntalar
al perrillo, pero fue burlado
y raspó el adoquinado,
exacerbando chispas que le rozaron
los mejillones.
Los gendarmes de la estación
salieron rubricando con tiros
la persecución, pero
ya los estudiantes tenían
la salida al mar.
Entrando y dispersándose
por las calles travesañas
a San Lázaro, los estudiantes
se hicieron casi invisibles
a sus perseguidores. Quedaba
el peligro supremo del Castillo
de la Punta, pero el que remedaba
las apariciones de Apolo, dio
la consigna de que sin formar
un grupo mayor fueran por Refugio,
hasta entrar por uno de los
costados de Palacio. Hasta ese
momento José Cemí
había marchado solo desde
que los grupos estacionados
frente a Upsalón habían
partido con sus aleluyas y sus
maldiciones. Se ponía
el cuenco de la mano, como un
caracol, sobre el borde de los
labios y lanzaba sus condenaciones.
Aunque había sentido
la mágica imantación
de la plaza, de los grupos arremolinados
en el parque, de la retirada
envolvente hacia el mar, estaba
como un duermevela entre la
realidad y el hechizo de aquella
mañana. Pero intuía
que se iba adentrando en un
túnel, en una situación
en extremo peligrosa, donde
por primera vez sentiría
la ausencia de la mano de su
padre.
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