Diario del primer viaje a México*
(1 de abril-21 de junio de 1920) 2
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[19 de abril]
Hoy hubo un
temblor de tierra. Me hallaba
a varios pisos del suelo, haciendo
una visita a una familia.
El miedo siempre es ridículo.
¡Oh dónde estará
su fuente para mandarla a secar!
A través del prisma con
que yo veo la vida no se mira
esa fuente. Mucho me felicito.
[20 de abril]
Se frustró.
Necesito salir de México
D.F. y realizar lo que me propongo.
Trataré de ver cuándo
será. Yo sé que
será como todo lo que
deseo.
[21 de abril]
Son las dos
de la mañana. Acabo de
cenar con unos amigos. Es la
despedida. Buena suerte me desean.
Así será. Mañana
me embarco.
Nada sé de mi Edith.
¡Qué cruel es esto!
¿Se habrá amenguado
su amor?
Por fin, hoy
a las 6:45 de la mañana
huí de México
D.F. Me gusta esta vida de peligros
y de aventuras, con tal que
no me salgan mal algún
día.
YA NO HAY PELIGRO
NINGUNO.
¡Ah!…
[23 de abril]
En Torreón,
el ex feudo de Francisco Villa.
Qué viaje más
incómodo, tan pronto
calor de Sahara como frío
de Canadá.
Hemos caminado casi todo el
día por un verdadero
desierto. Escribí a Silvia
una postal. ¿La Fontana?
La Fontana del amor. Otro día
le escribiré a Edith.
El paraíso.
¿Do voy?
[24 de abril]
En Escalón
nos detendremos siete horas,
a causa de los rebeldes. Allí
combatí en el carro blindado,
cuando este fue a explorar.
Me alegro de saber que ni en
el momento crítico tengo
miedo. Todo el terreno es un
desierto. ¿Cómo
vivirán las gentes?
Durante el día soñé
contigo. Silvia mía.
Por fin hoy
a las cinco llegamos a Ciudad
Juárez.
Hace frío. No nos permiten
pasar a El Paso, Texas.
Hay muchos gustos. Y así
no tengo dinero. No me importa.
De propósito hago esto.
Ya saldré bien.
[25 de abril]
En el Nancy
Hotel, vivimos mi compañero
de viaje —que disfrazado
de mecánico por temor
a los rebeldes, viajó
en segunda clase— y yo.
Sacamos ciertas fotografías
de los Estados Unidos por el
río. Creo poder pasar
mañana.
Veremos.
Hay unas casitas muy monas que
serían el encanto de
Silvia para vivir conmigo. Son
«chalets» estilo
americano, con jardines y terminados
en picos los techos.
[26 de abril]
Puse un cablegrama
a papá pidiéndole
dinero.
Fue una humillación,
que me duele intensamente en
el alma.
Ahora, después de puesto,
desearía que no me mandara
el dinero. Así trabajaría
en cualquier cosa y así
seguiría hasta Douglas.
[27 de abril]
Conforme, no
llegó el dinero. El crimen
que las leyes no castigan, pero
que la sociedad menos soporta,
es la Miseria. Es verdad que
es un crimen, puesto que se
mata por no ser pobre.
Es un crimen el asesinato, pero
parece que es mayor la miseria,
ya que los hombres matan por
no ser pobres.
De mi situación, me alegro
—yo lo quise. Ya triunfaré—.
Murió el MAESTRO, se
me dice. ¡Oh, si algún
día llego a «ser»,
tendrá un monumento cuya
base será de cristal
de roca, ya que él era
así: «firmeza y
luz como el cristal de roca»!
[28 de abril]
Aún duermo
en tierra mexicana. Me siento
algo enfermo.
En el momento que más
necesito de salud, esta me falta.
[29 de abril]
Hoy, por fin,
logré pasar a El Paso,
de «trampa». Estoy
muy enfermo. No sé que
va a ser de mí.
¡Oh, tan lejos de mi Silvia!
Al lado de ella todo me parecería
bien. Ninguna noticia de ella
ni de papá. Yo creo que
no me enviará dinero.
Y yo me muero de fiebre…
Las rosas tienen espinas.
[30 de abril]
Son las nueve
de la mañana, estoy sin
poder tragar saliva, hirviendo
por la fiebre.
La revolución como yo
la había previsto, triunfa
a pasos agigantados y quizás
no pueda regresar a México,
por esta tan inoportuna enfermedad.
Ya ayer ingresé
en esta cárcel. Separado
de los demás me hallo
[sic] para evitar el
contagio.
Ni un libro para calmar la sed
de mi cerebro, ni un ser humano
con quien disipar el tedio.
En tierra bárbara, oyendo
lengua bárbara y viviendo
costumbres bárbaras.
Muy triste todo esto. La nostalgia
de la patria me invade con sus
amores, sus amigos, sus fiestas,
su suelo, en fin todo lo que
es patria. Pero ¡No! Seamos
fuertes. El sentimentalismo
mata.
Pensemos en un nuevo combate
para rendir a la fortuna. ¿Qué
hacer? ¿Desmayar? NO.
¿Creerme vencido? ¡Nunca!
Es el imposible.
¡Oh, pensamiento, que
solo estás como mi cuerpo
en este cuarto en su estrecha
cárcel, tú que
eres fuego alúmbrame
y guíame!
Sí, el pensamiento me
ayuda. Ya elaboré un
nuevo plan de lucha.
Ahora tú, voluntad, haz
que jamás desmaye y lo
lleve hasta el fin que es el
éxito.
Siempre fue en la soledad donde
nacieron las grandes ideas que
llevadas a la acción,
condujeron al éxito.
Ya Barelina lo dijo: «Los
grandes meditativos, han sido
grandes activos», y cita
a Cristo, a Mahoma, a Buda,
a Pascal, a Napoleón,
etc.
[6 de mayo]
Veinte días
de soledad con mis pensamientos,
hicieron que este ardiera como
un nuevo anillo que se desprendiera
del sol y con esa luz me enseñara
el «camino del triunfo»,
camino que, venciendo y matando,
yo seguiré.
Primero analicé mi ambición.
Como el anatómico conoce
el cuerpo humano, así
sondeando en los abismos de
mi Yo, he logrado saber cuál
es mi ambición: La gloria
y el poder.
¿Sólo por vanidad?
No, he visto que en las cavernas
de mi Yo, habita un ser noble.
He visto que mi corazón
palpita al impulso de un ideal,
y para la realización
de este ideal sagrado, es que
deseo la gloria y el poder.
Los pueblos hermanos, que un
loco tenaz descubriera, cachorros
de un caduco león, son
presas de un águila estrellada.
¿Por qué razón?
¿Por qué justicia?
Por ninguna.
Por esa sinrazón, por
esa injusticia, es que un odio
furioso como un vendaval guarda
el pecho mío contra la
Nueva Cartago, que aún
no ha tenido un Aníbal,
y que jamás lo tendrá.
Ese amor a los cachorros de
mi sangre, y ese odio santo
al águila enemiga, son
los que engendraron mi ideal
de unir a los cachorros, cuyas
tierras descubiertas por un
loco tenaz y libertadas después
por otros locos tenaces, deben
ser poderosas ahora por el impulso
de otro loco tenaz, que soy
yo.
[ 7 de mayo]
Ver unidas
a las Repúblicas hispanoamericanas
para verlas fuertes, para verlas
respetadas, dominadoras y servidoras
de la libertad, diosa.
He allí mi ideal.
Y, además, porque comenzamos
en que si las hermanas han de
tener como todo lo existente,
principio y fin, ¿Por
qué no ser yo el principio,
si siempre ha de haber uno que
mande y muchos que obedezcan?
¿Por qué no ser
el uno que manda, si cuento
con fuerzas para hacerlo? O
por lo menos, luchar para serlo.
Creerlo ¡esto es divino!
He aquí mi ambición
bien esterilizada: la gloria
y el poder para servir y hacer
triunfar un ideal. Sagrado,
que aumente más mi gloria,
pudiéndose decir: «De
todos los hombres grabados en
la Historia, he ahí el
más esplendoroso. Y si
bien es verdad, que el gran
espíritu es Dios, no
es tangible, pero de todos los
grandes espíritus que
han probado su existencia, este
es el mayor.»
Conociendo mi ambición,
veamos ahora lo más importante:
el medio de saciarla.
Aquello era la ilusión.
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