El estudiante y París
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Alejo
Carpentier
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Florecían los castaños,
desflorecían los castaños,
reflorecían los castaños,
arrojando fechas al cesto de
papeles, y tenía el sastre
de Monsieur le Président
que regresar y regresar a la
Rue de Tilsitt para remodelar
sus paños sobre una anatomía
desgastada que se esmirriaba
de día en día.
La cadena del reloj le retrocedía
visiblemente sobre un chaleco
menos abultado, en tanto que
los hombros, antaño empinados
en inflexible tiesura, se replegaban
ahora sobre clavículas
ya liberadas de las grasas del
tórax —como observaba
la Mayorala que, en hora del
baño, daba esponja y
guante de crin al pecho de su
Primer Magistrado. Y, por lo
mismo que la alarmaba esa progresiva
delgadez y no creía en
medicinas de pomo, de las que
aquí vendían,
por carta dictada —balbuceada,
más bien— al Cholo
Mendoza, logró que una
comadre Balbina, del Palmar
de Siquire, donde no había
oficina de correos, le mandara
un paquete de yerbas curanderas
—el mismo que, viajando
por burro, mula, bicicleta,
autobús, varios trenes,
dos barcos y un ferrocarril,
iba a recoger hoy Elmira al
Despacho de Bultos Postales
de la Rue Étienne Marcel.
La acompañaban su Ex
Presidente y su Ex Embajador,
pues era preciso llenar muchas
papeletas, poner muchas firmas,
y eso era para gente que supiera
leer y escribir —y en
francés, que era lo peor…
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