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Los prejuicios del siglo bárbaro. La pena de muerte y los crímenes oficiales*
         

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Julio Antonio Mella

El crimen oficial ya se consumó. En nombre de la Justicia, más vendada que nunca para no ver la iniquidad, unos hombres mataron, a sangre fría, cumpliendo una orden, a otro compañero, que no había cometido más delito que defender su vida y su honor según un criterio rudimentario, que la misma sociedad les enseña.

Cayó… cayó el cuerpo robusto del infeliz que no tuvo talento para matar dentro de la coraza de artículos del Código. Cayó el cuerpo de un hombre que no supo ser juez o gobernante para ordenar irreparables sentencias de muerte, y dormir y comer tranquilo, como si fuese el infalible Dios. Cayó asesinado legalmente por sus propios camaradas, que, con toda seguridad no le odiaban, y eran sus fraternales amigos de ayer. Cayó frente a un piquete de soldados uniformados, ante una pared expresamente levantada para el acto, entre músicas y banderas, ceremonias, presentaciones de armas, soldados rígidos en atención, toques de tétricos clarines profanados, multitudes de circo romano, que despertaban golosamente todos sus apetitos atávicos de nuestro antecesor el salvaje. Cayó, pero de veras, y sin gloria, y sin arte, como en una tragedia sangrienta del antiguo teatro helénico, un infeliz que no tenía más delito que ser soldado. Como si el uniforme pudiese matar la personalidad de hombre…!

¿Cuya será la culpa? ¿De la ignorancia de las clases dominantes, o de la monstruosidad criminal del pueblo corrompido que permitió el hecho terrible?

No importa; la responsabilidad cae toda sobre los que permitieron el crimen oficial.

¡Qué sonrisa, triste y despreciativa, provocará a nuestros nietos las tontas ideas de severidad de los hombres de la época presente! La misma que nos provoca el suplicio de Hatuey, o la prisión de Galileo. Cuba es libre a pesar de la hoguera encendida a su primer libertador, y la tierra gira, a pesar del fallo de la inquisición.

¡La Pena de Muerte! Se aplica desde que existe el hombre sobre la tierra, y la aplicaban, antes de esto, los animales para subsistir. Hoy el civilizado del siglo XX sigue el mismo procedimiento: «la Pena del Talión», «ojo por ojo y diente por diente», «quien con hierro mata, a hierro muere»… Desde Caín, «aplicando según sus medios legales», la Pena de Muerte a su hermano, y rival en el cariño de Jehová, hasta el tribunal sentenciador del soldado Cabrera, las sociedades han aplicado el castigo máximo sin poder terminar con la violencia sangrienta de los criminales.

En toda Universidad se enseña hasta el cansancio la inutilidad de la represión con la vida. Todos los textos nuevos, y profesores inteligentes, y alumnos estudiosos, están conformes en que a la sociedad no le interesa castigar, ni vengarse, sino defenderse y reformar. A pesar de esto, hombres de estudio ordenan la muerte de seres humanos, en nombre de un puesto de juez y de un título de doctor, otorgados para defender la sociedad; pero nunca para horrorizarla y degradarla con espectáculos canibalescos.

Los textos enseñan el efecto nocivo de las penas de muerte. En una ciudad europea unos niños «jugaban al ahorcado» como habían visto en la plaza pública el día antes, tomando tan buenas lecciones, que el compañerito que les servía de reo, murió por el frenesí diabólico con que los muchachos imitaron las ceremonias y gestos de esa gran propaganda del crimen que son las ejecuciones públicas y escandalosas. Cuando el último encuentro mundial de pugilato entre un bárbaro americano y otro francés, uno de los espectadores salió de la fiesta prehistórica tan sugestionado, que, al explicar el golpe decisivo de su ídolo, mató al oyente. Cuando se despierte la fiera anestesiada por la civilización no hay duda que igualaremos a los cavernarios.

La mitad de la sociedad cubana se habrá horrorizado, y la otra mitad habrá gozado como antropófagos ante el olor a sangre fresca.

¿Qué iban a buscar esas oleadas de público, antes de salir el sol, el día de la ejecución del reo Cabrera, otra cosa que el sádico placer de mirar cómo una vida termina sangrientamente?

La pena de muerte estaba de hecho abolida en Cuba. Todo el pueblo la repelía, y nunca se creyó que fuese bajo el régimen del Partido Liberal la época de su resurgimiento.

Es peligroso iniciar este festín sangriento. Una vez sentados a la mesa no nos importará de quién sea la sangre. El pueblo romano de la decadencia inició su era de circo con gladiadores esclavos, y con leones africanos. Pasado el primer momento, fueron los revolucionarios de aquella centuria, los que suplantaron a los esclavos y a los animales. Cuando el pueblo se acostumbre a ver periódicamente el asesinato legal de unos cuantos locos o enfermos, no sabrá distinguir la causa del delito. Entonces no serán los «criminales vulgares» los que subirán al patíbulo, sino los revolucionarios de hoy, los nuevos cristianos, los que la opinión pública tildará de «criminales sociales más peligrosos que los anteriores». En el mismo instrumento en que murió Narciso López van a ser ajusticiados criminales infelices. Para el régimen colonial no había diferencia entre los estudiantes de la Punta, Jaoquín de Agüero, el citado Narciso López, y cualquier asesino vulgar. Así podrá suceder aquí. Sucedió ya en Europa. Sería muy lamentable traer a Cuba los sistemas de las sociedades decadentes del Viejo Mundo. ¿Puede el cursi Mussolini, o el ridículo Primo de Rivera, tener imitadores en América? Allá se mata por tener ideas sociales y predicarlas.

¿Todas las guerras de independencia van a dejarnos con un sistema social que no sea nada distinto al de nuestra antigua metrópoli?

Proletarios, sois la única clase pura, la única clase que tiene interés en el futuro, ya que este es vuestro. No debéis pedir clemencia a los que realizan un crimen legal, porque sería inútil.

Con Mirabeau debemos pensar: «es lo mismo el juez que sentencia y el verdugo que mata», y añadiremos: «los que resucitan la pena de muerte, y teniendo potestad para indultar no la utilizan». Ante el caos presente no tengamos fe en la regeneración por los sistemas actuales; pero levantemos nuestro grito de protesta ante el terror que se inicia, ante la inútil severidad, ante el crimen cometido en nombre de la ley arcaica y contra los principios de la ciencia nueva.

Hoy todo es farsa. Se mata a un hombre con música y paradas militares. Se obliga a sus compañeros a convertirse en verdugos. Un soldado se alista para matarse, si es necesario, por defender el régimen; pero nada puede obligar a un ser humano a convertirse en verdugo.

Hoy todo es farsa. En nombre de Cristo unos descendientes de Judas aprovechan el crimen para hacer propaganda de la doctrina religiosa imponiendo al reo una ceremonia que le repugna. La mansedumbre de los discípulos del que hizo que el Apóstol envainase su arma cuando venían a prenderlo; porque ni aun a los enemigos se debía matar, demuestra cuán lejos están los clérigos de hoy de la doctrina cristiana de que se dicen ser intérpretes.

¡Hombres nuevos de Cuba! No podemos pedir clemencia a los que han demostrado no ser humanos; pero sí podemos, en este caso, como en todas las injusticias, sacar un nuevo odio y una nueva rebeldía contra los que oprimen.

Y… cuando nos llegue la hora nuestra, por fatalismo histórico, digamos a los romanos vencidos de este siglo la frase, todo un poema de justicia, de Breno: «Vae Victis»!

1925

* Tomado de El Heraldo, [La Habana], año 3. no. 536, 8 de julio de 1925, pp. 3, 4. Este artículo fue hallado por el prestigioso investigador Ricardo Hernández Otero.

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Compilación de Textos: ANA CAIRO / Edición: EMILIO HERNÁNDEZ /
Redacción editorial: JULIO C. GUANCHE / Diseño Web: YALIER P. MARÍN
Corrección editorial: RUTH LELYEN FERNÁNDEZ

Los Editores agradecen al Centro Pablo de la Torriente Brau y la Editorial Oriente por la cesión de los materiales incluidos en el libro Mella, cien años, editado en homenaje al centenario de Julio Antonio Mella.