Mella y La zafra, de
Agustín Acosta
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Denia
García Ronda
En
1928, estando ya exiliado en
México, escribe Julio
Antonio Mella un corto artículo
sobre La zafra,
poemario que había sido
publicado dos años antes.
Aunque empieza por negar el
carácter de crítica
literaria de sus «comentarios»,
estos se pueden considerar dentro
de ese género, si entendemos
válido un acercamiento
sociológico a la obra
literaria, privilegiando su
función postulativa,
desde el punto de vista ideotemático.
En este sentido, Mella no estuvo
alejado del mundo literario.
Sólo hay que recordar
sus artículos sobre Vicente
Blasco Ibáñez
y Ramón y Cajal y, sobre
todo, su anatema a los falsos
intelectuales en «Intelectuales
y tartufos», que puede
servir de ejemplo del concepto
de Mella sobre la función
social y ética de los
escritores y artistas.
Intelectual
es el trabajador del pensamiento.
¡El rabajador!, o
sea, el único hombre
que, a juicio de Rodó,
merece la vida;
es aquel que empeña su
pluma para combatir iniquidades,
como otros empuñan el
arado para fecundar la tierra,
o la espada para libertar a
los pueblos, o los puñales
para
ajusticiar a los tiranos.
A los que denigran su pensamiento
esclavizándolo a la ignorancia
convencional o a la tiranía
oprobiosa no debe llamárseles
jamás intelectuales.
Guardemos las bellas palabras,
que son pocas, para las cosas
grandes, que son más
pocas todavía.
Es esta concepción funcional
y su partidismo a favor de las
clases populares —en especial
los obreros— son los que
están en la base de su
crítica a La
zafra. Su visión
trasciende, el análisis
socio-político de una
obra particular, para proyectarse
hacia lo que consideraba tarea
ineludible de la intelectualidad
cubana de la época: poner
su pensamiento y su obra al
servicio de los sectores desposeídos
y de la revolución social.
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