Néstor Kohan
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Nadie como
Julio Antonio Mella (1903-1929)
lo sintetizó tanto. En
él se conjugaron los dos
afluentes de la revolución
latinoamericana. Rebelión
y racionalidad, impulso práctico
de lucha e intento por dotar a
esa lucha de un marco cultural
y teórico que la legitime
y la promueva hacia nuevos niveles.
Como el Che o como Mariátegui,
Mella fue un hombre de acción,
pero también de pensamiento.
En su corta y afiebrada biografía
política expresó
esas dos dimensiones al mismo
tiempo. Un precursor.
¿Son
estas razones acaso suficientes
para que volvamos a reflexionar
sobre él? Creemos que
sí, porque ello implicaría
comenzar a conjurar el límite
de hierro que, cual sentencia
divina —fatalmente inmodificable—,
pesa hoy sobre los intelectuales
latinoamericanos. Límite
que, asegurado por las rígidas
cadenas del mercado en lo económico,
por las consecuencias ideológicas
del derrumbe del socialismo
burocrático europeo en
lo político y por la
moral fláccida y el pensamiento
«débil» en
lo cultural, nos neutraliza
y pone en sordina de antemano
hasta el más tímido
gesto de pensamiento revolucionario
o al menos crítico.
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