Pablo de la Torriente Brau
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Julio Antonio Mella, joven,
bello e insolente, como un héroe
homérico, agonizaba de
manera dramática en la
Quinta del Centro de Dependientes,
abatido día a día
por una decisión de no
ingerir alimentos, como protesta
por su arbitraria prisión.
Machado, que
era lépero en política,
y astuto en los negocios, se
cegaba al olor de la sangre.
El subconsciente de carnicero
lo perdía. ¡Machado
era incapaz de comprender lo
que significaba Mella, muerto
de hambre por pedir justicia!…
¡Y Mella se moría!…
Por muy
revolucionarios que fueran los
compañeros de Mella,
y por mucho que comprendieran
la extraordinaria significación
que tendría para el avance
del movimiento revolucionario
en Cuba la muerte de Julio Antonio
Mella, asesinado por hambre,
eran, también, sus camaradas,
sus amigos, y, por el conocimiento
que tenían de él,
adivinaban todo lo que podía
esperarse de aquella exuberancia
incomparable de vida, puesta
con la pasión de una
juventud extraordinaria, al
servicio total de la revolución.
¡Y Mella se moría!…
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