Raúl Roa
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Mella se transformó en
pocos días en un gran
líder estudiantil, en
el más auténtico
líder estudiantil que
hasta ahora ha producido Cuba.
El histórico Patio de
los Laureles fue el escenario
de sus más resonantes
triunfos de entonces. Tantas
veces lanzó su palabra
violenta y magnética
desde aquel sitio, que cree
uno aún percibir el eco
de su oratoria encrespada y
sonora. Recuerdo la última
vez que lo oí hablar.
Fue el 26 de noviembre de 1925.
Ya Machado había descargado
su aparato de represión
y terror sobre el estudiantado
en rebeldía, amenazando
con arrebatarle las conquistas
logradas en la revolución
de 1923, lo que al cabo obtuvo
con la ayuda de los estudiantes
traidores. La atmósfera
era tensa. Mella —aclamado
por todos— subió
a la improvisada tribuna. Su
mirada resuelta y brillante
se recogió un momento
en sí misma, y luego,
con gesto dominador y altivo,
la melena flameante, el brazo
poderoso rubricando el aire,
rompió a hablar. Cuando
concluyó toda aquella
muchedumbre de jóvenes
enardecidos pugnaba por estrecharlo
en sus brazos.
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