Obras
| Cangrejos, golondrinas
Cuento
CANGREJOS, GOLONDRINAS
Eugenio
Sofonisco, dedicaba la mañana del domingo a las cobranzas
del hierro trabajado. Salía de la incesancia áurea
de su fragua y entraba con distraída oblicuidad en
la casa de los mayores del pueblo. No se podía saber
si era griego o hijo de griegos. Sólo alcanzaba su
plenitud rodeado por la serenidad incandescente del metal.
Guardaba un olvido que le llevaba a ser irregular en los
cobros, pero irreductible. Volvía siempre silbando,
pero volvía y no se olvidaba. Tenía que ir
a la casa del filólogo que le había encargado
un freno para el caballo joven del hijo de su querida, y
aunque el ayuda de cámara le salía al paso,
Sofonisco estaba convencido de que el filólogo tenía
que hacer por la mano de su ayuda de cámara los pagos
que engordaban los días domingos. Para él,
cobrar en monedas era mantener la eternidad recíproca
que su trabajo necesitaba. Mientras trabajaba el hierro,
las chispas lo mantenían en el oro instantáneo,
en el parpadeo estelar. Cuando recibía las monedas,
le parecía que le devolvían las mismas chispas
congeladas, cortadas como el pan.
Agudo y locuaz, le gustaba aparecer como lastimero y sollozante.
El domingo que fue a casa del filólogo se entró
al ruedo, oblicuo como de costumbre, y al atravesar el largo
patio que tenía que recorrer antes de tocar la primera
puerta, vio en el centro del patio una montura con la inscripción
de ilustres garabatos aljamiados. Ilustró la punta
de sus dedos recorriendo la tibiedad de aquella piel y la
frialdad de los garabatos en argentium de Lisboa. Apoyado
en su distracción avanzaba convencido, cuando la
voz del mayordomo del filólogo llenó el patio,
la plaza y la villa. Insolencia, decía, venir cuando
no se le llama, nos repta en el oído con la punta
de sus silbidos y se pone a manosear la montura que no necesita
de su voluptuosidad. Orosmes, soplillo malo. No vienes nunca
y hoy que se te ocurre, mi señor el filólogo
fue a desayunar a casa del tío de un meteorólogo
de las Bahamas que nos visita, y no está ni tiene
por qué estar. Usted viene a cobrar y no a acariciar
la plata de las monturas que no son suyas. Empieza por hacer
las cosas mal, y después acaricia su maldad. Un herrero
con delectación morosa. Te disfrazas de distraído
amante del argentium, pero en el puño se te ve el
rollo de los cobros, las papeletas de la anotación
cuidadosa. Te finges distraído y acaricias, pero
tu punto final es cerrar el pañuelo con arena aún
más sucia y con las monedas en que te recuestas y
engordas. No te quiero ver más por aquí, te
presentas en el instante que sólo a ti corresponde,
alargas la mano y después te vas. No tienes por qué
acariciar la plata de ninguna montura. La voz se calló,
desaparecieron los carros de ese Ezequiel, y Sofonisco saltó
de su distracción a una retirada lenta, disimulada.
El domingo siguiente se levantó con una vehemencia
indetenible para volver a repetir la cobranza en casa del
filólogo. Se sentía avergonzado de los gritos
del mayordomo, vaciló, y le dijo a su mujer la urgencia
de aquel cobro y el malestar que lo aguantaba en casa. La
mujer de Sofonisco se cambió los zapatos, se alisó,
mientras adoptaba la dirección de la casa del filólogo.
Se le olvidó acariciar la montura antes de que su
mano cayese tres veces en el aldabón.
No le salió al paso el mayordomo, sino la esposa
del filólogo. Insignificante y relegada cuando su
esposo estaba en casa si éste viajaba adquiría
una posición rectificadora y durante la ausencia
del esposo presumía de modificar y humillar al mayordomo.
Le había mandado que ayudase a fregar la loza, que
abandonase el plumero y sus insistentes acudidas a la más
lejana insinuación a su presencia, llenada con mimosas
vacilaciones. Había visto la humillación de
la noble distracción de Sofonisco, anonadado por
la crueldad y los chillidos del mayordomo. Y ahora quería
limpiarle el camino, reconciliarse.
A la presencia del deseo de cobranza, contestó con
muchas zalemas que su esposo continuaba las visitas dominicales
al meteorólogo de las Bahamas, ya que tenían
mucho que hablar acerca de la influencia de la literatura
birmana en el siglo II de la Era Cristiana. Ella no tenía
dinero en casa, pero se afanaría por hacer el pago
en cualquier forma. Sorprendió una indicación
lejana. Ah, sígame, le dijo. La traspasó por
pasadizos hasta que llegaron como a un oasis de frío,
estaban en la nevera de la casa. Le enseñó
colgada una buena pierna de res. Es suya, le dijo, se la
cambio por el recibo. No tengo por ahora otra manera de
pagarle. Quizás el domingo siguiente el mayordomo
le entregue unas cuantas monedas que le envía mi
esposo el filólogo. Pero no, dijo como iluminada,
prefiero pagarle yo ahora mismo. Es suya, llévesela
como quiera, pero no la arrastre, requiere un buen hombro.
Vaya a buscar a su esposo. Las puertas quedarán abiertas
para que no se moleste. Dispense, adiós.
Al llegar a su casa el herrero descansó la pierna
de la res cerca del baúl, indeciso ante la situación
definitiva del nuevo monumento que se elevaba en su cámara.
Tenía unos fluxes que nunca usaba, esperando una
solemnidad que nunca lo saludaba, los empapeló y
los llevó hasta una esquina donde fueron desenvueltos
en un cromatismo xántico. Izó la pierna y
la situó en el respeto de una elevación que
no evitase la tajada diaria al alcance de la mano, y salió
a airearse, el olor penetrante de la res le había
comunicado una respiración mayor que necesitaba de
la frecuencia de los árboles en el aire que él
iba a incorporar.
La
esposa se desabrochó, esperando el regreso del herrero
para hacer cama. Desnuda se acercó a la pierna de
la res, la contempló, acariciándola con los
ojos desde lejos. La pierna trasudó como una gota
de sangre que vino a reventar contra su seno. No reventó,
al golpe duro de la gota de sangre en el seno sintió
deseos de oscurecer el cuarto antes de que regresase el
herrero. Sintió miedo de verse el seno y miedo de
ver el esposo. El sueño, uno al lado del otro, los
distanció por dos caminos que terminaban en la misma
puerta de hierro con inscripciones ilegibles. Cierto que
ella era analfabeta; él, había comenzado a
leer en griego en su niñez; a contar los dracmas
limpiando calzado en Esmirna y había hecho chispas
en los trabajos de la forja colada en la villa de Jagüey
Grande. Cuando dormía después que había
penetrado con su cuerpo en su esposa diversificaba su sueño,
ocurriéndosele que recibía un mensaje de Lagasch,
alcalde de Mesopotamia, comprando todas sus cabras. Al terminar
el sueño, soñaba que estaba en el principio
de la noche, en el sitio donde se iniciaba la inscripción
de los soplos benévolos.
Al
despertar la esposa tuvo valor para contemplarse el seno.
Había brotado una protuberancia carmesí que
trató de ocultar, pero el tamaño posterior
la llevó a hablar con Sofonisco de la nueva vergüenza
aparecida en su cuerpo. El no le dijo lo que tenía
que hacer. Se sintió tan indeciso, después
consideró la aparición de algo sagrado, luego
respetaba más que nunca a su mujer, pero no la tocaba
ya. Todos los vecinos le hablaron del negro Tomás,
cuyo padre había alcanzado una edad que los abuelos
del pueblo en su niñez ya lo recordaban como viejo.
Había curado viruelas, andaba con largo cayado de
rama de naranjo, cuando se tornaban negras, abrazándose
con blancas. Allí fue y el negro le habló
con sílaba lenta, de imprescindible recuerdo: me
alegra el herrero y me voy a entretener en devolverle a
su esposa como un metal. Hay que hacer primero túnel
y después salida. Yo tengo el aceite del túnel,
no preveo la salida que Dios tiene que ayudar. Hay un aceite
de nueces de Ipuare, en el Brasil, que es caliente y abre
brecha e inicia el recorrido. Con esa dinamita aceitada
su pelota desaparecerá, no desaparecer, va hacia
dentro buscando una salida. Se lo pone una semana, dejando
caer la gota de aceite hirviendo a la misma altura donde
cayó la gota de sangre. Después, vuelva. Algo
tiene que ocurrir. Ya no se espera que algo ocurra. Antes,
cuando tocaban la puerta, se sentía que podía
ser Dios. Ahora se piensa que sea un cobrador y no se abre.
Mientras se aplica el aceite hirviendo, tiene que tocarla
su esposo todos los días. Ya tiene túnel,
ahora espere salida.
Se sentía penetrada, la penetración estaba
en tan mínima dosis en su recorrido que no sentía
dolor. El topo seguido de la comadreja, el oso hormiguero
seguido de una larga cadena la recorrían. Buscaban
una salida, mientras sentía que la protuberancia
carmesí se iba replegando en el pozo de su cuerpo.
Un día encontró la salida: por una carie se
precipitó la protuberancia. Desde entonces empezó
a temblar, tomar agua -orinar- tomar agua, se convirtió
en el terrible ejercicio de sus noches. Estaba convencida
que había sanado ¿acaso no había visto
ella misma a la protuberancia caer en el suelo y desaparecer
como una nube que nunca se pudo ver? Tuvo que ir de nuevo
a ver al negro Tomás. Hubo túnel y salida,
le dijo, ésta la ganó usted. Yo no podía
prever que una carie sería la puerta. Ahora le hace
falta no el aceite que quema, sino el que rodea la mirada.
Yo no podía ver a una carie como una puerta, pero
conozco ese aceite de calentura natural que se va apoderando
de usted como un gato convertido en nube. Vaya a ver al
negro Alberto, y él, que ya no baila como diablito,
le ofrecerá los colores de sus recuerdos, las combinaciones
que le son necesarias para su sueño. Usted fue recorrida
por animales lentos, de cabeceo milenario. Ahora salga,
siga con sus pasos la lección que le va a dictar
su mirada. Tiene que convertir en cuerda floja todo cuanto
pise.
Fue a ver al negro Alberto. Vivía en una casa señorial
de Marianao, la casa solariega de los Marqueses de Bombato
había declinado lentamente hacia el solar. En 1850,
los Marqueses daban fiestas nocturnas, maldiciendo la llegada
de la aurora. En 1870, se había convertido en una
casona gris de cobrar contribuciones. En 1876, era el estado
ciudad de un solar de Marianao. Ahora se guardaba una colilla
para ser fumada tres horas después, en el blasón
de una puerta de caoba. La pila bautismal recibía
diariamente la materia que hace abominables a las pajareras.
El negro Alberto estaba sentado en una pieza que tenía
la destreza de trabajo de un sillón de Voltaire con
la destreza simbólica de un sillón Flaubert.
Al verla se levantó para otorgarle las primeras palmatorias.
Ya hubo túnel, le preguntó con una solemnidad
jacarandosa. Con una elasticidad madura que guardaba la
enseñanza de sus gestos.
Lo hubo y la carie sirvió de puerta. Pero a pesar
de que yo vi, estaba muy despierta, rebotar la bolita contra
el suelo que todos los días brillantó, no
me siento bien y sufro.
Alberto había sido diablito en su juventud. Cuando
era adolescente bailaba desnudo, a medida que recorría
los años iba aumentando su colección de túnicas.
Cuando se retiró mostraba sus colecciones a los enviados
por el negro Tomás con fines curativos. Transcurría
diseñando los vestidos que ya no podía ponerse
para ninguna fiesta, y su mujer costurera copiaba como si
en eso consistiese su fidelidad. Algunos se complicaban
en laberintos de hilos, sedas y cordones, que rememoraba
a Nijinsky entrevisto por Jacques Emile Blanche. Otros se
aventuraban en el riesgo sigiloso de dos colores contrastados
con una lentitud de trirreme. Los fue entreabriendo en presencia
de la esposa de Sofonisco. Las correas con campanillas que
ceñían sus brazos y piernas estaban invariablemente
resueltas siguiendo las vetas de oro en el fondo verde oscuro
del cobre. Las más retorcidas combinaciones dejaban
impávidas a la mujer del griego. Parecía que
ya Alberto tocaría el final de su colección
de túnicas y ni él se intranquilizaba ni la
visitante mostraba la serenidad que había ido a rescatar.
Por fin, mostró entre las últimas túnicas,
la lila que mostraba grabada en sus espaldas una paloma.
Los collares que ceñían sus brazos y sus piernas
ya no eran circulares. En la boca de la paloma no se observaban
ramas de trigo o aceitunas, sino muy roja, mostraba su boca
en doble rojez. Alberto anotó fríamente en
su memoria: blanco, lila y rojo. Como quien vuelve del sueño
aparta los pañuelos que se le tienden, la esposa
del herrero dijo: ya estoy en la orilla.
Fue a pagarle los servicios suntuosos del negro Alberto.
Recordó lo horrible que era para ella cobrar, llevar
a su casa aquella enorme pieza de res. Pensó que
pagar era como lanzar una maldición a un rostro que
no la había provocado.
No busque, le dijo Alberto, coja el hueso de la pierna y
entiérrelo. Recuérdalo, pero no lo mire. La
ironía del túnel es la paloma, siempre encuentra
salida. Yo creí que había que despertarla,
pero su propia sangre la llevaba a poner la mano en un cuerpo
blando. La paloma blanca y la lengua roja colocan su mirada
en lo cotidiano de la mañana.
Sin embargo, le contestó, el negro Tomás me
aconsejaba que Sofonisco me tocara y yo comprendía
que él me tenía miedo. Me pasaban cosas extrañas
y él huía. Me abrazaba, pero mostraba en el
fondo de sus averiguaciones carnales una indiferencia, como
si me hubiese convertido en una imagen desatada de la carne.
Ahora me recordará con más precisión
y podré caber de nuevo dentro de él sin atemorizarlo.
Entonces se sacó del seno un hilo que el negro Alberto,
siempre avisado, fue tirando, cuando todo el hilo estaba
desconcertado por el suelo, lo cogió y lo lanzó
en la saya de su mujer que seguía cosiendo, recorriendo
mansamente sus diseños.
Habían pasado los años que ya mostraba el
hijo de Sofonisco y el pitagórico siete se mostraba
con el ritmo que golpeaba la pelota contra el suelo. Su
frenesí lo llevaba a golpear tan rápidamente
que parecía que en ocasiones la pelota buscaba su
mano como si fuera un muro, con la confianza de ser siempre
interrumpida. Otras veces, después de tropezar con
el suelo la pelota se levantaba como si fuese a trazar la
altura de un fantasma imposible. La madre contemplaba con
una lánguida extrañeza aquel frenesí
de su hijo. Crecía, se volvía roja como cuando
el padre martillaba las chispas. Parecía estar ciego
en el momento en que le pegaba a la pelota contra el suelo
y luego casi con indiferencia no recobraba el orgullo de
la mirada al ver la altura alcanzada. Al alcanzar una altura
increíble para el golpe de su pequeña mano,
alcanzó una altura misteriosa que ya más nunca
podría rebasar. La pelota vaciló, recorrió
una canal invisible y al. fin se quedó dormida en
la pantalla de grueso cartón verde que cubría
el bombillo. La madre del nuevo Sofonisco, se movilizó
jubilosa para entregarle a su hijo la alegría del
reencuentro. Como si hubiese resuelto la invención
de poblar el aire de peces, fue al patio y cogió
la vara que alzaba a la tendedora lo más alto posible
de las manchas de la tierra. Le dio un golpe muy ligero
a la pelota para ver que rodase por la pantalla. No pudo
prever la velocidad devoradora que adquiriría la
pelota, muy superior a la huida de sus piernas. Le cayó
en la nuca. El niño escondió la pelota para
que llenase el mismo tiempo que le estaba dedicado al día
siguiente. El herrero se fue a dormir, sus músculos
estaban muy espesos por su ración diaria de martillazos
y necesitaba del aceite flexible del sueño. El niño
necesitaba esconder algo para dormirse. Ella ocupó
su lugar: dormir sin despertar al que estaba a su lado.
Soñó que por carecer de piernas, circulizada,
se movía, pero sin poder definir ningún camino.
Con una lentitud secular soñó que le iban
brotando retoños, después prolongaciones,
por último, piernas. Cuando iba a precisar que caminaba
se encontró la entrada de un túnel. Ya ella
sabía, el sueño era de fácil interpretación
llevado por sus recuerdos y se sintió fatigada al
sentirse la más aburrida de las aburridas.
Dejó el sueño en el momento en que entraba
en el túnel, pero al despertar se llevó la
mano a la nuca y allí estaba de nuevo la protuberancia
carmesí. Ya está ahí, dijo, como quien
recibe lo esperado.
Viene como siempre, contestó Sofonisco despertándose,
a hacer su mal y lo peor es que tenemos que salir con él.
Cualquiera que se quede sin el otro hasta el último
momento, hasta entrar, es el que no podrá recordar.
Hay que averiguarlo, seguirlo, dijo ella, ya es la segunda
vez y ahora viene a destruir como quien trabaja sobre un
cuerpo relaxo que no tiene prolongaciones para atraer o
rechazar. Puerta, túnel, carie, la paloma encuentra
salida, todo eso está ya desinflado, Y no sé
si el negro Tomás al surgir el nuevo hecho en la
misma persona no se distraerá, fingirá que
se pone al acoso para descansar. Yo misma he borrado la
posibilidad de la sorpresa que mi cuerpo recién lavado
puede ofrecer. Me veo obligada a recorrer un camino donde
los deseos están cumplidos.
Sí, dijo Sofonisco, que ya no se rodeaba de un halo
de chispas, pero eso sucede delante de mí y no puedo
contemplar un espectáculo tan terrible sin ver las
contradicciones que recibo cuando estoy dormido y siento
que te acuestas a mi lado.
Entonces, dijo ella, tengo que buscar tu salud y aunque
estoy ya convertida en cristal, tengo que girar para que
tus ojos no se oscurezcan.
De pronto, cuando llega el cangrejo, dijo el herrero tiritando,
me veo obligado a retroceder y ya no puedo tocarte. Cuando
tú luchas con esas contradicciones que te han sido
impuestas, me asomo y veo que lo que me transparentaba se
borra, que es necesario reencontrarlo después de
un paréntesis peligroso. Aunque ya tú no tengas
curiosidad, me es necesario comprender una destreza, la
forma que tú adquieres para caer en tu separación
de mi cuerpo. Esa monotonía que tú esbozas,
esa impertinencia para comprobar tus deseos, revela un endurecimiento
que yo disculpo, pues en los caminos que te van a imponer,
requieres una gran opacidad, ya que la luz te iría
reduciendo, descubriéndote en un momento en que ya
tú no puedes ser conocida por nadie.
Ah, tú, silabeó la esposa, ahora es cuando
surges y ya no necesitas tocarme. Cuando surge ese escorpión
sobré mi cuerpo te entretienes con los esfuerzos
que yo hago para quitármelo de encima. Cuando veas
que ya no puedo quitármelo entonces empezará
tu madurez. Al día siguiente, con la flor del aretillo
sobre el seno, fue a ver al negro Tomás.
Atravesó la bahía. El negro la situó
entre una esquina y un farol que se alejaba cinco metros.
Precipitadamente le dejó el frasco con aceite y el
negro se hizo invisible. La esposa del herrero distinguió
círculos y casas. El semicírculo de la línea
de la playa, el círculo de los carruseles que lanzaban
chispas de fósforo y latigazos, y más arriba
las casas en rosa con puertas anaranjadas y las verjas en
crema de mantecado. Negros vestidos de diablito avanzaban
de la playa a los carruseles y allí se disolvían.
Empezaban desenrollándose acostados en el suelo,
como si hubiesen sido abandonados por el oleaje. Se iban
desperezando, ya están de pie y ahora lanzan gritos
agudos como pájaros degollados. Después solemnizan
y cuando están al lado de los carruseles las voces
se han hecho duras, unidas como una coral que tiene que
ser oída. Los carruseles como si mascasen el légamo
de ultratumba cortan sus rostros con cuchilladas que dejan
un sesgo de luna embadurnada con hollín y calabaza.
La calabaza fue una fruta y ahora es una máscara
y ha cambiado su ropa ante nuestro rostro como si la carne
se convirtiese en hueso y por un rayo de sol nocturno el
esqueleto se rellenase con almohadas nupciales. Aquellas
casas girando parecen escaparse, y golpean nuestro costado.
Es lo insaciable; los diablitos avanzan hasta los carruseles
y éstos lo rechazan otra vez y otra hasta la playa.
Los soldados momificados soportan aquella lava. Uno saca
su espada y surge una nalga por encantamiento y pega como
un tambor. Un negrito de siete años, hijo de Alberto
el de las túnicas, vestido de marinero veneciano,
empina un papalote para conmemorar la coincidencia de la
espada y la nalga. La esposa, portadora del cangrejo, acostumbrada
a las chispas del herrero griego, retrocede de la esquina
hasta el farol. Cuando los diablos son botados hasta la
playa, ella avanza cautelosamente hasta la esquina. Cuando
los diablitos llegan hasta los bordes del carrusel, ella
retrocede hasta el farol. Sintió pánico y
la voz le subía hasta querer romper sus tapas, pero
el cangrejo que llevaba en la nuca le servía de tapón.
Las grandes presiones concentradas en los coros de los negros
se sintieron un poco tristes al ver que nada más
podían trasladarla de la esquina hasta el farol.
Y a la limitación, a la encerrona de su pánico
oponían la altura de sus voces en un crecento de
mareas sinfín. Después supo que un poeta checo
que asistía para hacer color local, acostumbrado
a los crepúsculos danzados en el Albaicín,
había comenzado a tiritar y a llorar, teniendo un
policía que protegerlo con su capota y llevarlo al
calabozo para que durmiese sin diablos. Al día siguiente,
las páginas de su cuaderno lucían como pétalos
idiotas entre el petróleo y la gelatina de las tambochas,
devueltas por los pescadores eruditos a las aguas muertas
de la bahía.
Y más allá de los carruseles, las casas pobladas
hasta reventar, con las claraboyas cerradas para evitar
que la luz subdivida a los cuerpos. Bailándole a
las esquinas, a los santos, al fango tirado contra cualquier
pared, en cada casa apretada se repite la caminata de la
playa hasta el carrusel. De pronto, un cuerpo envuelto en
un trapo anaranjado es lanzado más allá de
las puertas. Los soldados enloquecidos lanzan tiros como
cohetes. Pero las casas cerradas, llenas hasta reventar,
desdeñan el fuego artificial. "Aquí te
encontré y aquí te maté". Y la
cuchillada... Ah... La esposa del herrero siente que le
clavan la cabeza y retrocede hasta el farol. Pasan por encima
de ella, como en un asalto, todo el botín de la fiesta.
Recibe una claridad, la mañana comienza a acariciarla.
Empieza a sentir, a recuperar y sorprende que el frasco
de aceite del Brasil hierve queriendo reventar. Cree que
aún separa a los grupos, pide permiso y nadie la
rodea. La lancha que la devuelve como única tripulante,
le permite un sueño duro que galopa en el petróleo.
Sale de la lancha con pasos raudos, como si la fuese a tripular
de nuevo. Cuando llega a su casa percibe a su esposo y a
su hijo respetuosos de las costumbres de siempre. Y lleva
el aceite hirviendo hasta su nuca. Ya encontró camino,
le dice de nuevo el negro Tomás cuando lo visita,
y saldrá más allá del túnel.
Por la mañana lanza de nuevo la protuberancia carmesí.
Ahora ha saltado por el túnel de la cuenca del ojo
izquierdo. Pero la zozobra que la continúa es insoportable.
El esposo alejado de ella, en una soledad duplicada, se
lleva de continuo el índice a los labios. Y aunque
está solo y muy lejos de ella, repite ese gesto,
que la vecinería a su vez comenta y repite. Y el
hijo, más huraño, antes de entrar en el sueño,
se obstaculiza a sí mismo en tal forma que la pelota
rueda como si fuese agua muerta o una cucharada despreciada
cuyo vuelo es seguido con indiferencia.
¿Qué les pasa a ustedes?, dice después
de la sobremesa, lanzándole la pelota a su hijo que
la deja correr, importándole nada su desenvolvimiento.
Estás en vacaciones, ahora se dirige al esposo, para
ver si tiene mejor suerte, no quieres hacer nada y las monturas
de hierro van formando por toda la casa una negrura que
será imposible limpiar cuando nos mudemos.
Nos mudaremos, le contesta casi por añadidura, y
los hierros se quedarán, ya con ellos no se puede
hacer ni una sola chispa. Me gusta más ver una luciérnaga
de noche que arrancarles una chispa a esos hierros de día.
Ahora, le decía días más tarde el negro
Tomás, no puedo predecir el combate de la golondrina
y la paloma. Ni en qué forma le hablarán.
Sé que la golondrina no puede penetrar en la casa
y conozco la sombra de la paloma. Sin embargo, una golondrina
se obstinará en penetrarla y la paloma le hará
daño. Siempre que pelean la golondrina y la paloma
se hace sombra mala.
Buscaba la huida de su casa. Con un paquete a su lado, por
si tenía que permanecer en los parques a la noche,
mostraba aún sobre su seno la flor del aretillo.
En varias ocasiones la flor rodaba, queriendo escapársele,
pero su indiferencia aun podía extender la mano y
recuperarla. Su atención fue indicando los carros
de golondrinas que borraban las nubes. No era su intención,
hasta donde su mirada podía extenderse, poner la
mano en el cuello de ninguna de ellas. El verso de Pitágoras,
domésticas hirundines ne habeto que aconseja no llevar
las golondrinas a la casa, existía para ella. Observaba
sus perfectas escuadras, sus inclinaciones incesantes y
geométricas. Apenas
pudo hacer un vertiginoso movimiento con la mano derecha
para ahuyentar a una golondrina que se apartaba de la bandada
y había partido como una flecha marcada a hundirse
en su rostro. Rechazada, volvió un instante a la
estación de partida como para no perder la elasticidad
que la lanzaba de nuevo, como el rayo se hace visible mientras
la nube retrocede. Aterrorizada asió a la golondrina
por el cuello y comenzó a apretarla. Cuando sintió
la frialdad de las plumas, asqueada abrió las manos
para que se escapase. Entontada, el ave ya no tenía
fuerza para alejarse y la rondaba a una distancia bobalicona.
Le hacía señas y gritos a la golondrina para
que huyese, pero ella
insistía, idiotizada como en las caricias de un borracho.
Tuvo que huir volviendo el rostro para asegurar que el ave
ya no tenía fuerza para perseguirla. A la otra mañana,
como sucede siempre en la vergüenza de la conciencia,
repasó aquel sitio donde se había manifestado
el conjuro. Al lado del paquete, la golondrina lucía
con sofocada torpeza la última frialdad. Pudo oír
los comentarios de las esquinas que le indicaban que la
golondrina había hecho esfuerzos contrahechos para
acercarse al paquete. Esa misma noche soñó,
mientras el herrero y su hijo guardaban de ella una distancia
regida por la prudencia: la golondrina era de cartón
mojado; el rocío había traspasado los papeles
del paquete y algodonado los cordeles que lo custodiaban.
Dentro, un niño gelatinoso, deshuesado en una herrería
que manipulaba con martillos de agua, ofrecía su
ombligo con una protuberancia carmesí para que abrevase
el pico de caoba de la golondrina.
Después de tanto guerrear había ido volviendo
a sus paseos del crepúsculo. Tuvo deleite de atar
dos recuerdos, entremezclándolos y separándole
después sus pinzas, irónicas. Creían
que la habían dejado serena, no la huían,
pero ya a su lado nada se le ponía en marcha para
su destino. Creía recordar las cosas que pasaban
a su lado con una dureza de arañazo. Alejaba tanto
el rostro que se le acercaba o la mano que se le tendía
que los gozaba como una estampa borrosa. Podía reducir
el cielo al tamaño de una túnica y la paloma
que le echaba la sombra a la otra inmovilizada con su lengua
de rojez contrastada en la túnica lila. Gozaba de
una sombra que le enviaba la paloma que no se acerca nunca
tanto como la golondrina cuando está marcada. La
luz la iba precisando cuando ya el herrero y su hijo no
sentían el paseo del cangrejo por su nuca o por el
seno que había impulsado con levedad acompasada la
flor del aretillo. El cangrejo sentía que le habían
quitado aquel cuerpo que él mordía duro y
que creía suyo. Le habían quitado aquel cuerpo
que él necesitaba para lo propio suyo, semejante
al enconado refinamiento de las alfombras cuando reclaman
nuestros pies.