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I
Ensayo
CORONA DE LAS FRUTAS
Bastaba
en lo quede la prisa o madroñuelo, un grano de pulpa
para que aromoso se esparciera por toda la noche de la doncella.
Había en ese buen olor como una conseja del diablo,
como la bolsita que abandona cuando tiene que saltar por
los campanarios. Delicia momentánea de lo infernal,
abejas del gusto frente a la avutarda de la estancia perenne,
un instante frente a una bocanada fría. Antes de
venir la fruta a calmar o exacerbar el mediodía inmóvil,
era también un arquetipo para los sentidos de interrogante
felpa. La fruta, antes que una provocación del gusto,
era una coronación de los sentidos, un triunfete
de la mansión, al lado de los cuernos del caracol,
la curvatura de la hoja, la espina de oro, la oreja. En
las vicisitudes de lo frutal, primero la emanación
olorosa, pensamiento de un demiurgo que fue de la corteza
del dios fluyente.
En la exquisitez de sus agriculturas a lo divino, San Francisco
de Sales nos toca con su sabiduría, cuando nos recuerda
que si en la lasca lunada de una almendra, grabamos un nombre
y lo ajustamos de nuevo a su nuez, todo el fruto repetirá
el secreto allí impreso. Parece como si en la almendra
hubiésemos deslizado el nombre de María. Y
todo el nombre dijese y alzase la que de sus entrañas
dio un fruto. La alabanza y la parábola repleta,
la alianza de la húmeda sombra y del huevo solar,
los dones habladores en la canasta de las ofrendas, al lado
de un Hermes priápico, que parece responder a la
risotada con la cascada semioculta.
Cuando revisamos la maravilla frutal en manos de un cronista
de Indias, nos parece contener, junto al penacho del faisán
alabancioso, como una decepción comparativa. Como
quien elogia una piel, pero sueña con un reverso
pecoso. Uno de esos cronistas alza el mamey, celebra el
rugoso leonado y el suave infierno absorto. Subraya que
el hueso tiene "el color y la tez de las castañas
injertas mondadas; luego está antes que la pulpa,
previo en la ajena golosina de la navidad, y ninguna cosa
faltaría para ser las mismas castañas si aquel
sabor tuviese". Está todavía en el recuerdo
barroco del gongorino erizo, el zurrón de la castaña.
En medio de la pulpa americana, busca el cronista la convicción
de la almendra amarga, la compresura de la corteza que la
fruta alzó por lo terrosa.
Pero el cronista va orientando su navegación de olores,
en persecución de las dimensiones de la tipicidad
americana. La guanábana, gorgona sin misterio, chorrea
nectarillos y hormigas. Ascendió bondad albina, mariscala
azucarada, basta ya el rasguño para limpiarle la
corteza. Apunta el cronicón: "aunque un hombre
se coma una guanábana de éstas, que pese dos
o tres libras y más, no le hace daño ni empacho
en el estómago". Aquí el horno de las
transmutaciones pudo llevar la pulpa azucarada al mismo
Pegaso sanguinoso, aumentó el horno porque se lanzó
en combustión la misma cabeza de árbol, hablando
con una vocecilla de alquimia dulzaina, terrón por
lo melosa.
En el ondular americano parece como si la naturaleza hubiese
alcanzado los frutos de la sabiduría. Aquí
el fruto se ha sacado la magia o la maldición para
amigarse con las virtudes salutíferas. Si una mujer
en el menstruo, nos dice la graciosa sabiduría de
Plinio el joven, pasea por debajo de un árbol, los
frutos aún verdeantes, se desprenden inservibles.
Por nuestras planicies parece como si el fruto oyese la
melodía de una sangre, que no enemistó, la
criatura con la naturaleza, sino por el contrario, parece
como si el juego ascensional, que descansa en la fruta,
sintiese las vueltas circulares de una sangre, que transparentó
hasta el límite el misterio de una dependencia, al
organizar el espíritu de una naturaleza invisible,
pero exasperada y clamante. Logra así el fruto como
la ley del traspaso de una plenitud sucesiva. En esa cosmogonía
el fruto se forma en una naturaleza, ni naturalizada ni
naturalizante, pero que forma parte del balido, de la sucesión
del oleaje de la respiración de los astros, de la
dilatación de las plantas, prolongados dictados donde
la sucesión de la plenitud de las formas logra inscribir
la posibilidad de una aventura que camine dándonos
la espalda.
De la medianoche del desierto, dice el profeta Jeremías,
viene el agua turbia, que da los melones del retortijo.
De la posibilidad americana, viene un agua ejercitada en
adentrarse como un buñuelo por las entrañas
de la fruta, redondeándose en la obesidad fuerte
del luchador japonés. Los antiguos descifradores
de lo estelar ponían en sujeción con el planeta
Júpiter, lo dulce, la sangre, lo verde y cetrino.
Claros signos de lo americano junto con un agua ligerísima,
llevada por la pimienta solar, que se adueña como
en el sueño de la carnosidad de la fruta, destilándose
un humor, que hace que el sabor se rinda a la pesadumbre
de la pulpa, al mismo tiempo que un escozor se extiende
por el marfil, la costa de las encías y el cuenco
lingual.
Cuando en el tratamiento barroco de las frutas, un Góngora
se acerca a la opilada camuesa, subrayándole que
pierde el amarillo ante el acero del cuchillo, o un canónigo
Soto de Rojas, encuentra que el melocotón al ser
cortado sangra, tienen ambos que ir a una marcha verbal,
en donde la exageración de los primores, revela que
el exceso está en la verba, que subraya un encuentro
menor, una golosina de melindres. Pero en el paisaje
americano, y ahora lo insistimos de nuevo, lo barroco es
la naturaleza. Es decir que si un papayo, mantequilla de
las frutas, o una guanábana, plateado pernil de la
dulzura, recibiese el tridente de la hipérbole barroca,
sería un grotesco, imposible casi de concepción.
Lo barroco, en lo americano nuestro, es el fiestón
de la alharaca excesiva de la fruta, lo barroco es el opulento
sujeto disfrutante, prendido al corpachón de unas
delicias, que en las miniaturas de la Persia o Arabia, eran
sopladas escarlatas, yemas de los dedos, o pelusillas.
En la clasificación arbitraria de nuestras frutas,
las hay en las que predomina la pasta lunar, con líquido
azucarado, como caimitos, con sus ribetes de monseñorato,
o la derramada guanábana. Las hay con el mismo líquido
aljofarado labrando la tierra, como el mamey, que atolondra
al extranjero, brindándole por el color un infierno
cordialísimo. Hay las grandes bandas frutales, tan
vehementes como las dos familias de gatunos y caninos, los
que alzan el mamey sobre la piña. No soy yo de los
que me encuentre en esa banda del gusto, que sigo manteniendo
como la postura de1 triunfo de la piña, dicho por
todos los citaredos. Su corteza no es de las que ceden al
rasguño, antes bien sus escamas parecen guardarla
hasta de la caída al mar. Su pulpa hay que reencontrarla
con el cuchillo, librándola de unas tachuelas que
están como ijares que acicatean la perfumada evaporación.
Llevarla al gusto, en el punto donde su dulzor proclama,
es ya una muestra de saber trabajar los manjares. Su perfección
sutilísima es tan grande, que es como una visagra
con su corrupción. Cuando el color cremoso de la
masa comienza a trazar como unos eclipses y oscurecimientos,
parece que convertidos en sombra nos deslizamos por las
estalactitas del paraíso. Desde Carlos V hasta Talleyrand,
nombres de clásica robustez o de la demoníaca
exigencia, han proclamado la extensión de sus dominios
en el cielo del paladar.
Los cronistas de aguacate llaman pera, sorprendidos de esa
mezcla de almendra y de pera, de aceite y de misteriosa
linfa. Don Juan Montalvo, le llama con desdén carne
de perro vegetal y la rehúsa en sus banquetes. Qué
horror. Deslumbra tanto como la piña, aunque su carne
es muy a lo humano. Gran asimiladora de la lluvia, la piña
se le adelanta por su absorción del rocío
del amanecer. Pero hay un rocío de la medianoche,
casi lluvia de caladillo, que parece irle derechamente a
la entraña del aguacate. Esta natural retorta de
almendras, regala todos los días de medio año,
el puré cotidiano de lo maravilloso incorporado.
Como esos combates entre divinidades lunares y solares,
tan frecuentes en la India, el mango guarda en su corteza
como la diversidad de una paleta crepuscular, o unas valvas
moluscoidales de amanecer. Medialuna morada, espirales amarillos,
crecientes verdeantes, guardan el ofrecimiento de una pulpa
solar acompasada. El yodo que decanta, prez de los capilares,
está en las muscíneas de los comienzos. Yodo
de algas, de estrellas de mar, de holoturias que chillan
los bandazos de la marea. Cuando nos enteramos que dio cuatro
frutos el primer árbol de mango sembrado, que fueron
vendidos a onza cada uno, precisamos la magia equivalente
de aquella contratación, un oro de pulpa, que era
cambiado por un oro de fiducia. El precio del sabor de este
fruto, guarda siempre como la nostalgia de aquella onza.
Nuestro gusto paga siempre una onza por este asombro de
germen solar.
En un trópico que no es el nuestro, el de Pablo y
Virginia, el crecimiento de un árbol es la marca
de una ausencia. En el nuestro, el árbol frutal forma
parte de la casa, más que del bosque. Forma plena
la de la fruta, es la primera lección de clásica
alegría. Es un envío de lo irreal, de una
naturaleza que se muestra sabia, con un orden de caridad,
indescifrable, que nos obliga a ensancharnos. No dan esas
frutas por la incorporación, una plenitud más
misteriosa que la imagen en el camino del espejo. Si tapásemos
todos los espejos, por donde transita la muerte, las frutas
de nuestro trópico, al volver a los comienzos, alcanzarían
la plenitud de su diálogo en ese tiempo mitológico.
Son un eco, no descifrable, de la dicha total interpretada.
Preludian el árbol que acoge la transparencia del
ángel, las conversaciones del hylamhylam con el colibrí.
Lunes
de Revolución. La Habana, diciembre 21, 1959
(Recogido en Imagen y posibilidad)