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I
Ensayo
PASCAL
Y LA POESÍA
La
poesía es la anotación de una respuesta, pero
la distancia entre esa respuesta, el hombre y la palabra,
es casi ilegible e inaudible. En El libro de los muertos,
a la entrada y salida en la cámara subterránea,
los viajeros empuñan "pasteles de azafrán
en Tanenet ". Ejemplo de hieratismo indescifrable,
no obstante parece verse en un relieve funerario, entrar
en el mundo subterráneo y salir de él, comiéndose
un pastel de azafrán. Quizás ambos pasteles
representan el cielo y la tierra. Afirman que los pasteles
de azafrán son los ojos de Horus. Tanenet es la sepultura
de Osiris. El hecho de entrar en la muerte comiéndose
un pastel de azafrán, nos suspende y desazona. Pero
el relieve, con su visibilidad como arañada, le presta
la gravitación de la verdad poética. De pronto,
frente a ese enigmático relieve, cobra su hechizo
la reclamación de Pascal: un arte incomprensible
pero razonable. La incomprensión que se razona, una
desmesura que cobra un tiempo, un humillo a la altura del
hombre, es la agujeta que señala la forma tocada.
Toda materia tocada despide como un fulgor, su herida de
costado, por la que se ve y penetra.
Para completar ese ideograma plástico de lo indescifrable,
viene el apólogo de Pascal: el náufrago recibido
como el rey desaparecido. Obrar como rey y tratarse como
impostor, vivir en el misterio de la doble naturaleza. Vivir
en la visibilidad de la conducta y en el misterio de la
extrañeza de las alianzas. El contacto de los infusos
círculos de la sangre de que descendemos, que de
pronto afloran, según Pascal, para expresar la infinitud
que está en el otro extremo de la doble naturaleza,
de una visita que se esboza, del encuentro como forma de
conocimiento, una conversación, fuera de la causalidad,
en la que inopinadas preguntas y respuestas, se enlazan,
se corresponden, se hacen imprescindibles. La certeza del
naufragio, es aquí la correspondencia al encuentro
con el rey falso, aceptado violentamente en la necesaria
fatalidad de su falsía. He aquí una grandeza
que va por encima del ceremonial y del acto de escoger.
Devolver en el hombre es intuir el escoger de los dioses.
El único indicio que podemos tener es ese escoger
de la divinidad, es su correspondencia con el devolver de
los humanos. Luego ese devolver es la raíz de la
imagen. Devolver con los dones acrecidos es vivir dentro
de la gracia. La sobreabundancia en los dones corresponde
a la infinidad de la gracia. Devolver, como en el orden
de la caridad soñado por Pascal, la única
región no concupiscible, aclara como si recibiésemos
por el espejo, pero al mismo tiempo, devolviésemos
también por el espejo. Al "por enigma en el
espejo", podemos responder "por el acrecentamiento
en el espejo", buscando una correspondencia amistosa
entre el hombre y la divinidad. La grandeza del devolver
pascaliano es un relámpago en la historia de las
imágenes. El manteo y la voz de Bossuet, hallan así
su correspondencia con la noche jansenita en la que Pascal
cumplió treinta años, y comenzó lo
que pudiéramos llamar su comprobación de imágenes
en el misterio de Jesús.
Hay inclusive como la obligación de devolver la naturaleza
perdida. De fabricar naturaleza, no de recibirla como algo
dado. "Corno la verdadera naturaleza se ha perdido
-dice Pascal-, todo puede ser naturaleza." La elaboración
de la naturaleza en el hombre, que nada tiene que ver con
el hombre como enfermedad o excepción de la naturaleza
en los existencialistas. Si la pérdida de la naturaleza
se debió al pecado, no lo puede ser en el hombre
el afán de colocar en el sitio de la naturaleza después
de la caída, otra naturaleza segregada o elaborada.
En el sitio de esa naturaleza caída, enemiga del
hombre, no se percibe un misterio ni una claridad, ni el
misterio que desliza la sustancia de la fe ni la momentánea
claridad que se deriva de penetrar en las esencias quiditarias.
"Como las oscuridades no son misterios, y las claridades
son estúpidas", vuelve a decirnos Pascal, cerrando
aún más el camino para reemplazar la naturaleza
caída. Es ahí cuando percibimos que aun sin
haber tratado Pascal el tema de la poesía, algunas
de sus frases son su mejor preludio, tal vez su primera
fascinación irritada.
En frente de esa oscuridad sin misterio, de esa claridad
estúpida, Pascal, al señalar su inquietante
entre-deux, como una primera posición a superar,
señala, sin proponérselo acaso, la región
de la poesía. En realidad, la poesía es el
único hecho o categoría de la sensibilidad,
donde no es posible la antítesis, es la total ruptura
del entre-deux pascaliano. Nos acercamos a un bosque sin
árboles, donde, no obstante, el viento entona entre
los árboles, y donde la estrella, sobre una fría
región, exenta también de árboles,
recibe la cantidad de arbóreo perfume evaporado que
ella necesita. Bosque sin árboles, donde, paradojalmente,
el fuego recibe una prodigiosa combustión que exige
como inexorable materia prima resinas y ramajes.
Pascal mantiene su furia frente al padre Bouhous que parecía
capi tanear la pugna entre jesuitas mundanos y la iracundia
más tene brosamente exigente, que no acepta que el
gusto literario sea concupiscible, en un alegato que Sainte-Beuve
califica de "una página de buen sentido limpio
y vivo, un poco menudo y completamente superficial".
Pascal adolecía del misterio de lo concupiscible,
creía que el gozo de los sentidos impedía
hipostasiar lo simbólico, pero en la hipóstasis
los sentidos se transfiguran, necesario esplendor para la
irrupción de la gracia. No es en esos debates donde
se desprende su visión en la poesía. En su
afán de vulnerar la oscuridad desinflada y la claridad
insensata, al situar sus golpes al entre-deux, es ahí
donde hay que buscar las tierras incógnitas de la
poesía, colocándose cerca de San Agustín,
cerca también de Baudelaire. En la tradición
de Pitágoras, que creía que sólo el
símbolo deba el signo, y que la escritura, tesis
incomprensible para el contemporáneo romanticismo
antisignario, nace de un misterio, no de la horticultura
de la pereza.
8
de septiembre, 1956
(Tratados en La Habana, 1958