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IX | Paradiso
VII
Novela
- Mientras esperaba tu regreso, pensaba en tu padre y pensaba
en ti, rezaba el rosario y me decía: ¿Qué
le diré a mi hijo cuando regrese de ese peligro?
El paso de cada cuenta del rosario, era el ruego de que
una voluntad secreta te acompañase a lo largo de
la vida, que siguieses un punto, una palabra, que tuvieses
siempre una obsesión que te llevase siempre a buscar
lo que se manifiesta y lo que se oculta. Una obsesión
que nunca destruyese las cosas, que buscase en lo manifestado
lo oculto, en lo secreto lo que asciende para que la luz
lo configure. Eso es lo que siempre pido para ti y lo seguiré
pidiendo mientras mis dedos puedan recorrer las cuentas
de un rosario. Con sencillez yo le pedía esa palabra
al Padre y al Espíritu Santo, a tu padre muerto y
al espíritu vivo, pues ninguna madre cuando su hijo
regresa del peligro, debe de decirle una palabra inferior.
Óyeme lo que te voy a decir: No rehúses el
peligro, pero intenta siempre lo más difícil.
Hay el peligro que enfrentamos como una sustitución,
hay también el peligro que intentan los enfermos,
ese es el peligro que no engendra ningún nacimiento
en nosotros, el peligro sin epifanía. Pero cuando
el hombre, a través de sus días, ha intentado
lo más difícil, sabe que ha vivido en peligro,
aunque su existencia haya sido silenciosa, aunque la sucesión
de su oleaje haya sido manso, sabe que ese día que
le ha sido asignado para su transfigurarse, verá,
no los peces dentro del fluir, lunarejos en la movilidad,
sino los peces en la canasta estelar de la eternidad.
La muerte de tu padre, pudo atolondrarme y destruirme, en
el sentido de que me quedé sin respuesta para el
resto de mi vida, pero yo sabia que no me enfermaría,
porque siempre conocí que un hecho de esa totalidad
engendraría un oscuro que tendría que ser
aclarado en la transfiguración que exhala la costumbre
de intentar lo más difícil. La muerte de tu
padre fue un hecho profundo, sé que mis hijos y yo
le daremos profundidad mientras vivamos, porque me dejó
soñando que alguno de nosotros daríamos testimonio
al transfiguramos para llenar esa ausencia. También
yo intenté lo más difícil, desaparecer,
vivir tan sólo en el hecho potencial de la vida de
mis hijos. A mí ese hecho, como te decía,
de la muerte de tu padre me dejó sin respuesta, pero
siempre he soñado, y esa ensoñación
será siempre la raíz de mi vivir, que esa
sería la causa profunda de tu testimonio, de tu dificultad
intentada como transfiguración, de tu respuesta.
Algunos impostores pensarán que yo nunca dije estas
palabras, que tú las has invencionado, pero cuando
tú des la respuesta por el testimonio, tú
y yo sabremos que sí las dije y que las diré
mientras viva y que tú las seguirás diciendo
después que me haya muerto.
(Paradiso, IX)