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IX | Paradiso
VII
Novela
La
casa de Prado, donde Rialta seguía llorando al Coronel,
se expresaba por las dos ventanas de su pórtico.
Una verja de hierro aludía a un barroco que desfallecía,
piezas de hierro colado colocadas horizontalmente, abriéndose
a medida que ascendían en curvaturas que se juntaban
en una boca floreada. Por la mañana, a la hora de
la limpieza, las otras dos puertas se abrían, quedando
la verja detrás de un portal apuntalado por tres
columnas macizas, con una base corintia. Una de las verjas
era tan sólo una ventana, aunque respaldada también
por puertas. La otra se abría como si fuese también
una puerta. Ambas ventanas, de las que una era también
puerta, eran seguidas por dos puertas con persianas. Después,
dos piezas de madera que se plegaban, cerraban en su totalidad
las dos piezas anteriores, que abrían la sala al
portal. La puerta que sólo servía como ventana,
era muy codiciada los días de carnaval, regalaba
una posición más cómoda para la visión,
y daba un resguardo para la irrupción violenta de
las serpentinas, para el fluir de las gentes, llenas de
gritos y de gestos en aspa o esgrima sonambúlica.
La puerta, de impresionante tamaño para la era republicana,
contenía la puerta mayor, cerrada de noche, con la
otra pequeña puerta que se abría cuando la
familia regresaba de la ópera, de bailes o de fiestas
familiares. El aldabón de bronce, limpiado una vez
a la semana, representaba un león, hirsutamente enmarañado,
pero su nariz, breve y respingada, lo asemejaba a un gato.
Cuando el metal se abrillantaba por la limpieza reciente,
los reflejos lanzados sobre la diminuta nariz, la oscurecían,
haciéndola desaparecer en un remolino de oscilante
oscuro. Cuando era pulsado con fuerza, la resonancia de
sus ondas se propagaba hasta la cocina, donde los cazos
y las sartenes recibían aquella vibración,
tan semejante al temblor que los recorría cuando
recibían algún fantasma sencillo, que no deseaba
otra cosa que reflejarse en los metales trabajados de la
cocina. Allí las criadas, cocinera y sirvienta, sobreponiéndose
a aquella llamada surgida del rostro del leoncillo, corrían
a calmar al solicitante, vendedor, limosnero, o familias
que habían anunciado su visita. Estas últimas
eran conducidas a la sala, de acuerdo con su edad eran recibidas
por doña Augusta o por Rialta, una de las dos entraba
y hacía los primeros saludos y preguntas de la conversación.
Después, se presentaba alguna hija de Augusta que
estuviese en la casa. Las dos pequeñas hijas de Rialta,
entraban como si respondieran a una cortesía que
se hubiese vuelto ordenanza, señal obligada del ceremonial.
Generalmente, el último en entrar era José
Cemí, enfurruñado, pálido o encogido,
según la respuesta del temperamento al instante.
Sentado, sin hablar, aprovechaba la primera ocasión
para ir a juguetear al portal o al parque del Prado. Se
veía después las manos sudadas, sofocado,
comenzando el angustioso ritmo de la disnea asmática.
Después de la puerta mayor, aparece la escalera que
comunicaba con el piso superior, que sólo se visitaba
cuando se quedaba desalquilado, dos o tres veces en quince
años, convirtiéndose entonces en una excursión
playera, cuando se recorría por la mañana
con las puertas olorosas a pintura, con la cocina vuelta
a pintar en fondo blanco, con los hierros de negro. Una
puerta de hierro más pequeña en relación
con la gran puerta de caoba, comunicaba el zaguán
con el comedor, pues la entrada a la sala se hacía
por las dos puertas del portal. Muy pronto, el pasamanos
se convertirá en una resbaladiza montura para José
Cemí, con una canana regalada por su padre, con una
pequeña tercerola española; así el
infante se convertía en seguidor de Buffalo Bill,
en paseante del Prado colonial, en guerrillero, que al ladearse
en el pasamanos en función de montura, oteaba a la
cocinera abanicando las pavesas, impidiendo el mosqueo.
Entre la puerta mayor y la verja, existía otra puerta,
muchas veces entreabierta, que reanimaba el zaguán,
con la refracción de la luz en los distintos objetos,
cuadros, cerámica, biscuits. Desde esa puerta entreabierta
se veían, en la pared de la sala, los dos retratos
de los abuelos paternos. El abuelo vasco, don José
María, prototipo de esa raza, con su cuello corto
de toro, la anchura o base muy predominante sobre la altura.
A su lado, la abuela, hija de ingleses, muy esbelta, con
una piel muy pulimentada, con ese sello especial que se
ve en los retratos de los familiares que mueren temprano.
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Doña Augusta indicó que ya podían pasar
al comedor. Fue distribuyendo a toda la familia en los asientos
que según ella le correspondían. Se sentó
en una de las presidencias de la mesa, señalando
la otra para el doctor Santurce.
-Es el ceremonial clásico -dijo-, el que representa
la familia invitada debe estar en la presidencia de homenaje.
Si Leticia no fuera de la familia, si fuera de otra familia
invitada, nos presidiría. Además, Santurce
nos puede ayudar en el cuidado de los que están más
al alcance de su mano. Sobre todo puede oír las peticiones
de la mesa donde están los muchachos-. En efecto,
los dos hijos de Leticia y los tres de Rialta se alegraban
en una mesa más pequeña, con un mantel muy
coloreado, mostrando una juvenil impaciencia por la llegada
de la menestra dotada de un humo aromoso que comenzaba a
chirriar en la alfombrilla de la lengua. La inicial entrega
de la presidencia a Santurce, tenía todas las peculiaridades
de la manera de doña Augusta, por una parte se mostraba
con la más depurada cortesía; por la otra,
el enlace de esa presidencia con la mesa menor de los muchachos,
le restaba cierta jerarquía al puesto otorgado, dándole
como una eficiencia de servicio más que el acatamiento
a un don o alcurnia de señorío. Los hijos
de Augusta disfrutaban con sutileza las dualidades de ese
estilo, pero era Alberto el que más rápidamente
insinuaba una sonrisa, que desaparecía al tiempo
que se esbozaba.
-Mucho silencio, turbado sólo por la trituración
de las mandíbulas -dijo Santurce, con el rostro vuelto
forzadamente sobre la mesa de los garzones. Un tintineo
del tenedor sobre la vajilla, hecho con malicia por Cemí,
fue la primera violación de la norma dictada por
Santurce. El tintineo pareció el eco de la inicial
ironía al ofrecer la cabecera al visitante familiar.
Doña Augusta se había preocupado de que la
comida ofrecida tuviese de día excepcional, pero
sin perder la sencillez familiar. La calidad excepcional
se brindaba en el mantel de encaje, en la vajilla de un
redondel verde que seguía el contorno de todas las
piezas, limitado el círculo verde por los filetes
dorados. El esmalte blanco, bruñido especialmente
para destellar en esa comida, recogía en la variación
de los reflejos la diversidad de los rostros asomados al
fugitivo deslizarse de la propia imagen...
A la muerte de Cambita, la hija del oidor, ese mantel, que
recordaba la época de las gorgueras y de las walonas,
había pasado a poder de doña Augusta, que
sólo lo mostraba en muy contadas ocasiones, semejantes
a las que ella lo había visto en su juventud. El
día de la primera invitación a comer hecha
a Andrés Olaya en la casa de la hija del oidor, ese
mantel, que Augusta recordaba con volantes visos de magia,
había mostrado la delicada paciencia de su elaboración,
como si lejos de ser destruido cada noche, como la tela
de una de las más memorables esperas, se continuase
en noches infinitas donde las abejas segregasen una estalactita
de fabulosos hilos entrecruzados. El color crema del mantel,
sobre el que destellaba la perfección del esmalte
blanco de la vajilla, con sus contornos de un verde quemado,
consiguiendo el efecto tonal de una hoja reposada en la
mitad del cuerno menguante lunar.
Doña Augusta destapó la sopera, donde humeaba
una cuajada sopa de plátanos. -Los he querido rejuvenecer
a todos -dijo- transportándolos a su primera niñez
y para eso le he añadido a la sopa un poco de tapioca.
Se sentirán niños y comenzarán a elogiarla,
como si la descubrieran por primera vez. He puesto a sobrenadar
unas rositas de maíz, pues hay tantas cosas que nos
gustaron de niños y que sin embargo no volveremos
a disfrutar. Pero no se intranquilicen, no es la llamada
sopa del oeste, pues algunos gourmets, en cuanto ven el
maíz, creen ver ya las carretas de las emigraciones
hacia el oeste, a principios del siglo pasado, en la pradera
de los indios sioux -al decir eso, miró la mesa de
los garzones, pues intencionadamente había terminado
su párrafo para apreciar cómo se polarizaba
la atención de sus nietos. Sólo Cemí
estiraba su cuello, queriendo perseguir las palabras en
el aire, miraba después a sus otros primos, asombrado
de que no escuchasen la flechita que su abuela les habla
lanzado.
-Doña Augusta nos debe haber preparado tantas delicias,
que habrá que tener cuidado con el embolia ceroso,
el más fulminante de los conocidos -dijo el doctor
Santurce.
-Es aquel que en la clínica médica -dijo Alberto,
impulsándose en la broma-, Martí ha descrito
cuando dice: el corazón se me salió del pecho
y lo exhalé en un ay por la garganta.
-Todos los males que se derivan del exceso de comer son
menores, decía Hipócrates -añadió
el odontólogo Demetrio, que siempre le gustaba mostrar
su conocimiento del cuerpo discrepando del doctor Santurce-,
que los males que se derivan del exceso de no comer. Añadamos
otro cuarto, ahora el de un santo, Pablo llamado de Tarso,
que aconseja que el que no coma no se burle del que come,
aconsejando también el viceversa. Después
de la de un santo, la de un demonio, Antonio Pérez,
el asesino que se rebeló, opinaba que sólo
los grandes estómagos digerían veneno. Por
cierto que a José Martí le gustaba mucho esa
frase del secretario perverso. Hay que ser muy secretario
y muy perverso para enamorarse de una tuerta, sobre todo
cuando sabemos que ese ojo tuerto ha sido besado por Felipe
II, que el diablo siga bendiciendo por los siglos de los
siglos.
-Comienzas como dietético y terminas como teólogo
-dijo Alberto-, lo cierto es que todavía no se conocen
los secretos de nuestro vaso de barro. El riñón,
por ejemplo, segrega catorce jugos, de los que únicamente
seis son conocidos. Los chinos distinguen entre el cuerpo
derecho y el izquierdo. Consideran la neurosis y la locura,
en distintas dosis, la falta de adecuación entre
ambas partes del cuerpo. Un médico nuestro sólo
aprecia dos ritmos cardiacos, allí donde un médico
chino logra encontrar cuatrocientos sonidos bien diferenciados.
-No son sonidos nítidos, sino los que irregularmente
brotan de una especie de rasgueo fibrinoso que se origina
en el músculo cardiaco -intervino el doctor Santurce,
que creyó obligado traer la última palabra
sobre esas cuestiones científicas, a las que como
médico creía que debía aportar su autoridad-.
Un canario -añadió-, aparentemente tiene doscientas
pulsaciones, son sólo otras tantas descargas fibrinosas.
-Troquemos -dijo doña Augusta para terminar la ociosa
discusión-, el canario centella por el langostino
remolón-. Hizo su entrada el segundo plato de un
pulverizado soufflé de mariscos, ornado en la superficie
por una cuadrilla de langostinos, dispuestos en coro, unidos
por parejas, distribuyendo sus pinzas el humo brotante de
la masa apretada como un coral blanco. Una pasta de camarones
gigantomas, aportados por nuestros pescadores, que creían
con ingenuidad que toda la plataforma coralina de la isla
estaba incrustada por camadas de camarones, cierto que tan
grandes como los encontrados por los pescadores griegos
en los cementerios camaroneros, pues este animal ya en su
madurez, al sentir la cercanía de la muerte, se abandona
a la corriente que lo lleva a ciertas profundidades rocosas,
donde se adhiere para bien morir. Formaba parte también
del soufflé, el pescado llamado emperador, que doña
Augusta sólo empleaba en el cansancio del pargo,
cuya masa se había extraído primero por círculos
y después por hebras; langostas que mostraban el
asombro cárdeno con que sus carapachos habían
recibido la interrogación de la linterna al quemarles
los ojo saltones.
Después de ese plato de tan lograda apariencia de
colores abiertos, semejante a un flamígero muy cerca
ya de un barroco, permaneciendo gótico por el horneo
de la masa y por las alegorías esbozadas por el langostino,
doña Augusta quiso que el ritmo de la comida se remansase
con una ensalada de remolacha que recibía el espatulazo
amarillo de la mayonesa, cruzada con espárragos de
Lubeck. Fue entonces cuando Demetrio cometió una
torpeza, al trinchar la remolacha se desprendió entera
la rodaja, quiso rectificar el error, pero volvió
la masa roja irregularmente pinchada a sangrar, por tercera
vez Demetrio la recogió, pero por el sitio donde
había penetrado el trinchante se rompió la
masa, deslizándose: una mitad quedó adherida
al tenedor, y la otra, con nueva insistencia maligna, volvió
a reposar su herida en el tejido sutil, absorbiendo el líquido
rojo con lenta avidez. Al mezclarse el cremoso ancestral
del mantel con el monseñorato de la remolacha, quedaron
señalados tres islotes de sangría sobre los
rosetones. Pero esas tres manchas le dieron en verdad el
relieve de esplendor a la comida. En la luz, en la resistente
paciencia del artesanado, en los presagios, en la manera
como los hilos fijaron la sangre vegetal, las tres manchas
entreabrieron como una sombría expectación.
Alberto cogió la caparazón de los dos langostinos,
cubrió con ella las dos manchas, que así desaparecieron
bajo la cabalgadura de delicadas rojeces. -Cerni, dame uno
de tus langostinos, pues hemos sido los primeros en saborear
su masa, para que cubra la otra media mancha-. Graciosamente
remedó, con el langostino de Cemi ya en su mano,
que el deleitoso viniese volando, como un dragón
incendiando las nubes, hasta caer en el mutilado nido rojo
formado por la semiluna de la remolacha.
El friecito de noviembre, cortado por rafagazos norteños,
que hacían sonar la copa de los álamos del
Prado, justificaba la llegada del pavón sobredorado,
suavizadas por la mantequilla las asperezas de sus extremidades,
pero con una pechuga capaz de ceñir todo el apetito
de la familia y guardarlo abrigado como en un arca de la
alianza.
-El zopilote de México es mucho más suave
-dijo el mayor de los hijos de Santurce. -Zopilote no, guajolote
-le rectificó Cemí-. A mí me han recomendado
caldo de pichón de zopilote para curar el asma, para
no decir el feo nombre de ese avechucho entre nosotros,
pero prefiero morirme a tomar ese petróleo. Ese caldo
debe saber como la leche de la cochina que según
los antiguos producía la lepra.
-Se desconoce en realidad el origen de esa enfermedad -dijo
Santurce, que como médico no sentía la impropiedad
de hablar de cualquier enfermedad a la hora de la comida.
-Hablemos mejor del ruiseñor de Pekín -dijo
doña Augusta, molesta por el giro de la conversación.
La alusión de Cemí a la leche de la cochina
había sido graciosa por lo inesperado, pero el desarrollo
de ese tema en esa oportunidad por el doctor Santurce, era
tan temible como la posibilidad de ras de mar que comenzaban
a vocear los periódicos nocturnos.
-Las manchas rojas del mantel deben haber favorecido el
tema de los vultúridos, pero recuerde también,
madre, que el ruiseñor de Pekín cantaba para
un emperador moribundo -expresó Alberto, comenzando
a repartir el pavón vinoso y almendrado.
-Yo sé, Alberto, que toda comida atraviesa su remolino
sombrío, pues una reunión de alegría
familiar no estaría resuelta si la muerte no comenzase
a querer abrir las ventanas, pero las humaredas que despide
el pavón pueden ser un conjuro para ahuyentar a Hera,
la horrible.
Los mayores sólo probaron algunas lascas del pavo,
pero no perdonaron el relleno que estaba elaborado con unas
almendras que se deshacían y con unas ciruelas que
parecían crecer de nuevo con la provocada segregación
del paladar. Los garzones, un poco huidizos aún al
refinamiento del soufflé, crecieron su gula habladora
en tomo al almohadón de la pechuga, donde comenzaron
a lanzarse tan pronto el pavón dio un corto vuelo
de la mesa de los mayores a la mesita de los niños,
que cuanto más comían, más rápidamente
querían ver al pavón todo plumado, con su
pachorra en el corralón.
Al final de la comida, doña Augusta quiso mostrar
una travesura en el postre. Presentó en las copas
de champagne la más deliciosa crema helada. Después
que la familia mostró su más rendido acatamiento
al postre sorpresivo, doña Augusta regaló
la receta: -Son las cosas sencillas -dijo-, que podemos
hacer en la cocina cubana, la repostería más
fácil, y que enseguida el paladar declara incomparables.
Un coco rallado en conserva, más otra conserva de
piña rallada, unidas a la mitad de otra lata de leche
condensada, y llega entonces el hada, es decir, la viejita
Marie Brizard, para rociar con su anisete la crema olorosa.
Al refrigerador, se sirve cuando está bien fría.
Luego la vamos saboreando, recibiendo los elogios de los
otros comensales que piden con insistencia el bis, como
cuando oímos alguna pavana de Lully.
Al mismo tiempo que se servía el postre, doña
Augusta le indicó a Baldovina que trajese el frutero,
donde mezclaban sus colores las manzanas, peras, mandarinas
y uvas. Sobre el pie de cristal, el plato con los bordes
curvos, donde los colores de las frutas se mostraban por
variados listones entrelazados, con predominio del violado
y el mandarina disminuidos por la refracción. El
frutero se había colocado al centro de la mesa, sobre
una de las manchas de remolacha. Alberto cogió uno
de los langostinos, lo verticalizó como si fuese
a subir por el pie de cristal, hasta hundir sus pinzas en
la pulpa más rendida. El frutero, como un árbol
marino al recibir el rasponazo de un pez, chisporroteó
en una cascada de colores, estirándose el langostino
contento de la nueva temperatura, como si quisiera llegar
al cielo curvo del plato, pintado de frutas.
Discretamente doña Augusta había eliminado
los vinos de la comida. Donde estuviesen reunidos Santurce,
Alberto y Demetrio, era preferible evitarlos para no encender
discusiones excesivas, pues cualquier nimiedad engendraba
un hormiguero bajo la advocación de Pólemos.
Santurce con su cientificismo trasnochado, Alberto que era
imprevisible y Demetrio siempre a la zaga de los pruritos
sabichosos y de la pedantería dura como cuero del
médico provinciano, se arremolinaban en discusiones
hasta empalidecerse y temblar las manos.
Después café, después los puros, con
esas luciérnagas salieron de nuevo al frío
del portal, desde donde se divisaban las olas que venían
en anchurosos toneletes sobre el Malecón, rompían
sus aros, lanzaban sus mantos que querían clavarse
en las estrellas amoratadas y después avergonzados
se deshilachaban en sucesivas capitulaciones sobre los troncos
rocosos.
(Paradiso,
Capítulo VII)