Árbol
de la vida (fragmento)
El avión comenzó a descender sobre el golfo de Guacanayabo
y enseguida advertí el macizo verde, los cerros, las crestas
peladas sostenidas por las laderas frondosas de la Sierra Maestra,
un lugar sagrado de donde emanaba la majestad del poder, se enaltecía
con el rumor de la epopeya y se sacralizaba con los caídos.
A los pocos minutos volábamos sobre la bahía de
Santiago, que reconocí por los tejados de Cayo Smith en
el centro, y enseguida vimos el Morro. María del Carmen,
a mi lado, iba feliz con su primera visita a la ciudad.
Cuando
se abrieron las puertas el calor fue como una onda expansiva que
nos golpeara sin derribarmos envolviéndonos en su húmeda
pegajosidad. Descendí la escalerilla detrás de Máximo
hacia los rostros sonrientes que nos aguardaban y me dejé
palmetear la espalda; reconocí a varios que había
visto de visita en la corporación. Detrás de mí
bajó Sancristóbal y abordó enseguida un auto.
A
la residencia de Vista Alegre, recién abandonada por sus
propietarios, la llamaban Casa de Protocolo. Nos alojaron en una
de las amplias habitaciones con inmensos vestidores flanqueados
de closets y altas hileras de gavetas. Apenas nos dejaron tiempo
para asearnos antes de comenzar un rápido paseo. Estallaba
la sonoridad de la conga en todas las calles donde se alzaban
pabellones y carpas multicolores adornadas de mascarones; el carnaval
comenzaría al día siguiente.
El auto trepaba las calles empinadas o se deslizaba como un tobogán
por la vertiente opuesta. En casa de Máximo se habían
cosido uniformes para el Ejército Rebelde, se acumularon
víveres y medicinas para enviar a la Sierra, se realizaron
reuniones conspirativas y la policía la asaltó más
de una vez para registrarla mientras los revolucionarios se evadían
por los tejados. La sala se abría sobre un portalón
con mecedoras y un patio con brocal. Nos acogieron sus padres:
un juez jubilado y una matrona hospitalaria. Tomamos café
mientras llegaba distante el sonido juguetón de una cometa
china.