Bolero, ¿es un testimonio escrito
en forma de novela? ¿Un reportaje? ¿Explota Ud.
la figura de Benny Moré? Hay en las páginas de Bolero
un Benny tan real que provocó una declaración airada
y altisonante de la madre de sus dos hijas: "esa no soy yo",
dijo refiriéndose a Olimpia. ¿Concibió Ud.
que sucediera algo así?
No es ni testimonio, ni reportaje, Bolero
es una novela escrita con todos los requerimientos del género.
Interpreto la pregunta como un intento de esclarecer el equilibrio
entre imaginación y realidad. Ya me he referido anteriormente
a ello.
Partí de la figura de Benny Moré. Leí todo
lo que pude sobre el cantante y gracias al musicólogo Odilio
Urfé conocí a la familia Moré. Me hice amigo
de Virginia, su madre, de sus hermanos y sobrinos, que viven no
muy lejos de mi casa. Llegó un momento en que casi me convertí
en uno más de la familia: me invitaban a las celebraciones,
participaba en los cumpleaños. Disfruté de su confianza
y me informaron abundantemente de la vida de Benny. Esa franqueza
la respeté escrupulosamente, evadiendo cualquier pormenor
embarazoso, siempre he procedido así.
Durante años, desde la lucha clandestina contra la dictadura
batistiana, estuve muy vinculado a Haydée Santamaría,
escuché muchas de sus intimidades, custodié sus
documentos personales, fui tomando notas. No es un secreto que
el personaje de Julia de En ciudad semejante
es casi una biografía de ella. Sin embargo, cuando terminé
esa novela se la remití a Haydée en primera instancia
otorgándole el derecho de vetar todo lo que encontrara
inconveniente; era una manera de respetar la confianza con que
me había honrado. No tachó una línea.
De la misma manera traté de honrar la figura de Benny,
pero el personaje de la novela no está integrado solamente
por él. Por ejemplo utilicé, entre otras muchas
fuentes, un extenso testimonio que el periodista venezolano Héctor
Mujica recogió de Daniel Santos. Tanto fue así que
poco después de salir mi novela leí un cable en
el que Daniel Santos afirmaba, refiriéndose a Bolero,
que recién habían publicado su "biografía"
en Cuba.
Odilio Urfé me proporcionó un cuantioso material sobre
la historia de la música popular cubana; pasé con
él innumerables mañanas de trabajo en la antigua Iglesia
de Paula donde asentaba su centro de investigaciones. A Odilio le
debo mucho, él alimentó mis indagaciones, fue el primero
que leyó cuidadosamente la versión final de la novela,
me hizo señalamientos muy útiles.
Ese material factográfico se fue entretejiendo con la imaginación,
se fue alterando y desaparecieron las aristas de la realidad erosionadas
por la fábula: las apariencias se disolvieron con las quimeras;
después ya no se sabe dónde comienza o termina la
realidad, hasta dónde es responsable la fantasía.
A veces ocurren exageraciones desconcertantes. Cuando Bolero
se publicó en Venezuela constituyó un éxito
inmediato, se convirtió en un best seller en pocas
semanas. Y un día leo en uno de los periódicos de
mayor circulación de Caracas, El Nacional, una
entrevista con Noraida Rodríguez, que había sido
mujer de Benny y en un cintillo de seis columnas proclamaba YO
NO MATÉ A BENNY MORÉ. Hasta ese instante nunca supe
de la existencia de esa señora.
Se refería a mi novela, naturalmente, y estimaba que yo había
pretendido usarla como modelo al crear el personaje de Olimpia.
Noraida creía que Beto Galán era Benny y ella era
la única "viuda" posible y negaba ¡con razón!,
ser la Olimpia del libro.
Había leído la novela y confesó: pienso que
hay datos verdaderos pero también hay muchos errores. Cuando
el periodista le recuerda el pasaje en que Olimpia golpea a Beto
en la cabeza con un candelabro Noraida se defendió: ¡Esa
no soy yo! ¡eso es mentira! Puede haber ocurrido con Juanita
Bocanegra, la mexicana, aunque lo dudo, porque ella no era corista.
Es un ejemplo de hasta qué extremo la historia y la ficción
pueden enredarse y confundirse.
El lector común, por lo general, le reprocha a Bolero
que Beto no sea realmente el Benny. Me parece que si su
propósito hubiese sido que el Benny fuese el protagonista
de su novela, habría resultado difícil lograr que
todos los lectores se hubiesen sentido complacidos con la recreación
porque cada cubano tiene su Benny Moré. Algunos se sorprenden
de que Ud. se haya valido de un bolerista para plantear el problema
de la creación artística como búsqueda y
agonía, el problema del artista enfrentado a la angustia
de la creación. Bolero ¿es una novela
de la contracultura?
No es el primer caso en que un músico popular es utilizado
para plantear el problema de la creatividad artística. Julio
Cortázar utilizó al saxofonista Charlie Parker en
"El perseguidor" para iguales fines.
Sí, es una novela de la contracultura, o sea ése fenómeno
típico del siglo XX que es la democratización de la
cultura, el acceso de las grandes masas que reclaman, a su vez,
que los temas que les interesan sean tratados.
La difusión de valores culturales se desarrolló
en el siglo XIX a una escala no conocida por una variedad de factores
ocurridos en edades anteriores. Primero, la imprenta, después
el abaratamiento del costo del papel, la proliferación
de universidades, el grabado, la estereotipia, los periódicos
de circulación masiva, el folletín por entregas,
las revistas ilustradas. Aún más tarde, en nuestro
siglo, el arte de las vanguardias, el Bauhaus, el suprematismo,
el proletkult, el constructivismo, el Dadá, el surrealismo,
el cine, la radio, la televisión, y más recientemente
la comunicación por satélites, la fibra óptica,
las fotocopiadoras, las microfichas de sílice, la revolución
informática de los computadores y el envío facsimilar
telefónico, nos conducen a un esparcimiento ilimitado de
la cultura que está produciendo una revolución de
consecuencias incalculables.
Miremos hacia atrás, detengámonos solamente en la
Edad Media cuando todo el saber humano estaba confinado en los monasterios
y los clérigos pendolistas eran el único modo de reproducción,
y comparémosla con la explosiva dispersión del presente.
Al actual fenómeno se le ha dado en denominarlo: contracultura,
o cultura de masas. ¿Debemos volver al cuadrivio medieval
donde la única cultura legítima estaba integrada por
vagas nociones de música, aritmética, geometría
y astronomía?
Un aspecto interesante y poco señalado, creo, por la crítica,
es el de la relación de la pareja Beto-Olimpia, una relación
contradictoria de amor y de odio, una pareja que se construye mutuamente
y mutuamente se destruye.
Es una observación perspicaz: no son muchos los que han advertido,
o subrayado, este rasgo fundamental en los contradictorios vínculos
de los protagonistas. Para mí es tan importante que le diría
que comencé la novela por ahí, lo demás se
fue dando por añadidura: busqué pedazos de armazón
necesarios para levantar el tinglado. Primero vislumbré esta
pareja que se amaba exaltadamente y se embestía con aborrecimiento,
que transcurría por ciclos sucesivos de acercamientos y repulsiones,
que se agraviaba por rivalidad pero se estimaba hasta el apasionamiento.
Conocí a un matrimonio que se comportaba así; en él
me basé para el punto de partida.
Se ha dicho que en Bolero Ud. hace concesiones
a la Revolución cuando elude mencionar a cantantes que
se fueron de Cuba y cuando presenta a un Beto Galán como
"fidelista y héroe del pueblo".
Quizás los que hacen tales reproches eran demasiado pequeños
-en todos sentidos-, en los años iniciales de la Revolución,
cuando una verdadera marea de emotividad, de expectativas, de confianza
en que finalmente nuestras frustraciones desaparecerían,
cubrió nuestro país con un desbordamiento de masas.
Ninguno advertía entonces quiénes se iban, ni cuándo,
ni por dónde. Ese es el instante en que cronológicamente
está situada la última parte de la novela. Beto Galán
muere -igual que Benny-, en los primeros años de la Revolución.
Quizás aún no se habían ido muchos que lo hicieron
después. En esa época todos éramos "héroes
del pueblo".
¿Qué quedó del proyecto cinematográfico
de Bolero?
Una firma de Caracas iba a acometer la filmación con capitales
venezolanos y colombianos, pero como suele suceder en este tipo
de empresa, no lograron reunir el monto necesario para la producción.
Ahora hay en curso otro intento del que mejor es no hablar.
¿Lo sorprendió el éxito de Bolero?
¿Hubiera querido para otras de sus novelas el mismo éxito
que ha tenido ésta?
El éxito siempre es una sorpresa. No escribo nunca una línea
con la certidumbre de que será bien recibida. No sé
cómo será el caso de otros escritores pero yo siempre
albergo inmensas dudas sobre todo lo que hago: no sé si realicé
un acierto o un fracaso hasta que comienzan a llegar los criterios;
no todos: hay gente que cuenta y gente que no importa.
Efectivamente Bolero ha tenido un éxito
excepcional. Han transcurrido apenas cinco años de su publicación
y aparte de la edición cubana aparecieron varias reimpresiones
en Venezuela, donde estuvo varias semanas en la lista de libros
más vendidos, y la traducción al alemán,
que ha tenido una crítica excelente. En el primer trimestre
del 90 saldrán ediciones en México y Buenos Aires.
También está avanzada la traducción al francés
que aparecerá en Francia y Canadá a finales del
90. Alessandra Riccio trabaja en la traducción al italiano
que se publicará en Milán. Está casi concluida
la traducción al ruso por Natasha Zemskov. También
hay contratadas ediciones en Checoslovaquia y Turquía.
Pasión de Urbino es una novela
que habría sido bien recibida en su momento de no haber
estado envuelta su salida en una atmósfera de escándalo.
Bolero ¿es un libro de añoranza?
En todos mis libros está presente la añoranza. Constantemente
me vuelvo hacia el pasado buscando mis raíces, tratando de
escudriñar en mi sombra cuál es mi verdadero perfil.
A veces la nostalgia se hace tan hiriente que resulta intolerable,
como un estilete contra el pecho. Me pregunto si la causa está
en una niñez feliz, en una adolescencia armoniosa, pero no,
tuve los mismos desequilibrios, las mismas neurosis, las mismas
desorientaciones de cualquier muchacho.
A veces creo que me entristezco por el tiempo transcurrido porque
es como un anticipo de mi extinción. Nadie muere de un golpe,
vamos sucumbiendo un poco todos los días en la medida en
que cancelamos etapas.
¿Marcó Temporada de ángeles
una ruptura en su narrativa?
En lo absoluto. En todos mis libros existe una tendencia historicista,
una intención de contar la vida a través de las
gestas que la conforman. La novedad está señalada
por el tema foráneo. Algunos han criticado esta elección
y afirman que la Revolución inglesa no puede ser abordada
por un novelista cubano. De acuerdo con esta tesis Hamlet
sería una obra danesa, Fedra de
Racine pertenecería a la literatura griega y Salambó
formaría parte del patrimonio cultural norafricano.
Buscó en la Inglaterra del siglo XVII concordancias y significaciones
actuales? ¿Qué hay de contemporáneo en Temporada
de ángeles?
Muchos críticos han señalado que este es un libro
de doble lectura y es así efectivamente; a veces, incluso,
de triple lectura. Una de las razones por las que comencé
a escribir esa novela fue por la similitud entre situaciones y personajes
de la revolución inglesa y la cubana. Después fui
extendiendo las comparaciones y advertí que existían
paralelos notables con la Revolución de Octubre, con la mexicana,
con la francesa de 1789, con la Comuna; es decir, hay ciertas constantes,
que se mantienen en los procesos profundos de transformación
social.
He sido marxista desde que comencé a reflexionar con seriedad
y creo que la novela está estructurada desde la lucha de
clases; otros que me ayudaron con sus puntos de vista fueron Crane
Brinton, Hannah Arendt y Max Beer; también, Tomás
Moro, Bacon, Campanella, Milton, Erasmo, Giordano Bruno, Harrington,
Hobbes.
Creo que la esencia del poder político se ha mantenido inalterada
a través de los tiempos: la capacidad que un hombre o un
grupo adquiere para modificar el contexto en que vive, el ascendiente
y la autoridad que permiten actuar como árbitro de las acciones
humanas, son las coordenadas de ese poder. Cuando se expresa la
intención de reordenar las instituciones para alcanzar su
perfeccionamiento, cuando un impulso rectificador impele a intentar
una mayor justicia, rectitud, eticidad, una sustitución de
la ineficacia por la habilidad, el viejo régimen opone resistencia
a ser sustituido y se produce un enfrentamiento violento. Una clase
social sustituye a otra. Creo que esas son constantes, leyes de
la historia. De eso trata mi libro que es, ante todo, una narración
y no un ensayo.
¿Qué necesidad tuvo, con tantos personajes reales
a la mano, de inventar a Luciano?
No sólo inventé a Luciano sino a Stanton, Felipa,
Pierrepont, Fuller, Norton, etc. Los personajes reales son Cromwell,
Carlos I, Manchester, Fairfax, el príncipe Ruperto, Lilburne,
Winstanley, etc. La novela está hecha con los caracteres
de ficción. Los personajes reales -y esa es una norma que
sigo para la novela histórica-, aparecen como un telón
de fondo y no deben asumir primeros planos protagónicos.
Se corre un riesgo grande de no hacerlo así.
Creo que la novela histórica debe hacer énfasis en
lo que no puede hallarse en los textos históricos, en los
periódicos. El autor debe leer extensivamente las crónicas
de la época, debe intentar que se le introduzca bajo la piel
cada detalle del período que intenta presentar, pero no puede
competir con la documentación. El espacio del narrador pertenece
a la fantasía y no es el del dato corroborado.
Luciano es un personaje perfectamente creíble, pero uno siente
que sabe más de lo que se sabía en su época,
que puede llegar a conclusiones a las que en su época no
se llegaron.
Aquella fue una época más avanzada de lo que muchos
suponen. Ahora se habla de la igualdad de la mujer pero todas esas
doctrinas surgieron entonces. Fue durante la Revolución inglesa
que se afirmó una primera vez que el matrimonio no era un
sacramento sino un contrato civil, que la virginidad antes del matrimonio
no tenía ningún valor ni era prueba de nada, que la
mujer tenía derecho al voto, que la incompatibilidad de caracteres
era una razón tan válida para el divorcio como el
adulterio (el único motivo reconocido hasta entonces), que
las mujeres tenían derecho a ser educadas. Todo el mundo
cree que esas reivindicaciones son reclamaciones recientes.
Por ejemplo, el poeta John Milton solamente es conocido como el
poeta ciego del Paraíso perdido,
un austero puritano preocupado por los arcángeles, pero
pocos conocen que fue autor de furibundos panfletos políticos,
actuó como secretario del Consejo de Estado de Cromwell
y combatió ideológicamente porque se reconociera
el derecho al divorcio.
Lo que sucede que el lector contemporáneo sabe menos de esa
época que quienes vivieron en ella. Hice un trabajo de cuidadosa
comprobación informativa, hay pocas licencias en los decorados
y guarniciones, en los hechos, en la ideología imperante,
toda la imaginación quedó reservada para la vida interior
de las criaturas inventadas, para el desarrollo de sus relaciones.
¿Cómo se le ocurrió la idea para esa novela?
En 1973 fui designado para un cargo diplomático en Londres.
Al comenzar mi preparación para asumir esa tarea releí
la historia inglesa y me sedujo el proceso revolucionario encabezado
por Cromwell. Allí comencé a profundizar: acudía
por las noches a la biblioteca del Museo Británico, tuve
entre mis manos documentos de un gran valor ilustrativo, se me incendió
la imaginación; comencé a establecer paralelos entre
la historia vivida -la Revolución cubana en la que estuve
inmerso- y lo ocurrido más de trescientos años atrás;
las coincidencias eran deslumbrantes. Comencé a escribir
los primeros capítulos en Londres y vine a terminarla en
La Habana siete años después.
¿Cómo cree Ud. que se inserta Temporada
de ángeles en la actual novela histórica
latinoamericana? ¿Por qué el auge de la novela histórica
en América Latina?
Es indudable que hay un auge de la novela histórica en
América latina: Noticias del Imperio
de Fernando del Paso, Terra Nostra
de Carlos Fuentes, La guerra del fin del mundo
de Vargas Llosa, Los perros del paraíso
de Abel Posse, La tragedia del generalísimo
y La esposa del doctor Thorne de Denzil
Romero, El general en su laberinto
de García Márquez, Lope de
Aguirre, príncipe de la libertad de Miguel
Otero Silva, son sólo algunos ejemplos -sin olvidar a Roa
Bastos y Carpentier-, de obras de este corte aparecidas en los
últimos diez años.
Pudiera objetarse que Temporada de ángeles
trata de la historia inglesa y no de nuestro continente, pero
repito que Temporada... admite una doble
lectura y que ahí se dicen cosas que nos conciernen, que
son nuestras en la misma medida en que son universales. ¿No
trata Terra Nostra de Felipe II?
Es otra dimensión más de la búsqueda de la
identidad. No hay certidumbre del perfil propio sin hurgar en las
raíces.
¿Está de acuerdo con Benedetti cuando califica a
General a caballo como "una posdata humorística
a las grandes novelas sobre los dictadores latinoamericanos"?
¿No temió meterse en un tema tan trillado por otros
narradores?
Pudiera ser que General a caballo se
haya convertido en eso que afirma generosamente Benedetti, pero
en todo caso no fue mi motivación. Cuando salió
esa novela estaban muy recientes las obras mayores de Carpentier,
García Márquez y Roa Bastos y yo no pretendí
oportunistamente convertirme en un furgón de cola. Me explico.
Al iniciarse la década del setenta viví en Chile
durante el gobierno de la Unidad Popular y el presidente Allende.
Creo que fue entonces que entendí la gran tragedia de nuestro
continente, sus inmensas contradicciones, su magnitud física,
el valor de sus epopeyas, los obstáculos en su desarrollo.
Para mí aquello era una vivencia cotidiana: cada vez que
caminaba por las calles de Santiago, hablaba con los amigos o
leía los periódicos, se ponía de relieve
la dimensión de nuestro drama.
Tampoco se me escapaba que había aspectos bufonescos, folklóricos,
operáticos, en los gobiernos de Guzmán Blanco, Melgarejo,
Leguía, Ibáñez, Laureano Gómez, Jorge
Ubico; existían ribetes de retórica y cursilería
en los bicornios emplumados de Porfirio Díaz, en las procesiones
de Santa Ana, en la afición al Kaiser de Juan Vicente, en
las corridas de toros de Galo Plaza, en los títulos que Trujillo
otorgaba a sus hijos. Y luego, esta fusión de mayas y gallegos
tenía que dar algo insólito.
No solamente pretendí reflejar el autoritarismo y la arbitrariedad
de los caudillos, que era uno de los elementos, sino todo el contexto:
desde el Aconcagua a Chichen-Itzá. Naturalmente una escultura
de ese tamaño me habría llevado una vida hacerla y
me decidí por una miniatura: elaboré una filigrana:
entre Miguel Ángel y Cellini escogí el último.
Después, la crítica vio esa novela como otra de las
obras sobre los dictadores latinoamericanos y lo acepté porque
también ese elemento está presente, pero no partió
de ahí la intención original.
Pasión de Urbino es un experimento con el tiempo
y las alternativas posibles del ser; un intento de dar fe de su
capacidad estilística, de probarla. ¿Cómo
la ve desde hoy?
La recuerdo más por la polémica que suscitó
que por ella en sí.
Es una novela que vio ahogada sus posibilidades por el escándalo
en que se vio envuelta. El editor Carlos Barral que visitó
La Habana se interesó en dos escritores cubanos: Calvert
Casey y yo, y nos solicitó que presentásemos obras
nuestras en el premio "Biblioteca Breve". La intervención
de dos tiernos enemigos frustró que esa novela fuese premiada
y quedó como primera finalista. Barral, entonces, prometió
publicarla pero la prohibió la censura franquista por los
problemas que presentaba para los eclesiásticos.
Cuando salió editada en Cuba, otro de mis encarnizados y
gratuitos opositores la asaeteó con entusiasmo, buscando
la notoriedad de los apóstatas, lección que había
aprendido en la distante Moscovia. Ya he hablado suficientemente
de ese episodio ingrato. En fin, que ese trajinado y breve opúsculo
merecía mejor suerte.
Sigo pensando que Pasión de Urbino
fue un paso de madurez en mi prosa, que solté las amarras
y me liberé por vez primera de mis influencias de la narrativa
norteamericana, intenté un experimento con el tiempo circular,
con las alternativas posibles del destino, traté de evadir
las sujeciones de un realismo demasiado historicista, busqué
otros aires de estilo que me oxigenaron muy bien. Lo que aprendí
escribiéndola me ha servido mucho después.
¿Sigue considerando La situación
como su novela más lograda?
Hasta que se publicó Temporada de ángeles
consideré La situación
mi mejor obra porque no la escribí con tinta, como he dicho,
sino con adrenalina: fue la materialización de los fantasmas
que me habían asediado hasta entonces y logré, al
darles vida, eliminarles su capacidad de asedio. Ahora creo que
la obra que he realizado con mayor dedicación y cuidado
es Árbol de la vida.
Ud. se inició en la literatura con un libro de cuentos.
Un cuento suyo, "En el Ford azul", se ha publicado mucho
y hace algunos años, con "Lucha de clases", ganó
Ud. el Premio "Plural" de México. Sin embargo,
a juzgar por lo que publica, ha cultivado poco ése género.
¿Es así? ¿Por qué? ¿Qué
piensa hoy de Tabaco para un Jueves Santo?
Comencé a escribir haciendo narraciones cortas. Tabaco
para un Jueves Santo recoge los cuentos menos malos
de ese período inicial. Hace muchos años que no
los escribo, me encuentro más cómodo en la novela.
A Balzac le solicitaron para una revista un relato breve y le
dieron de plazo una semana. Balzac respondió que no podía
escribirlo en ese lapso pero que sí realizaría una
novela. Es una anécdota que se utiliza para ejemplificar
las dificultades del cuento.
No obstante dos de mis cuentos han contado con buena fortuna. "El
bastón", lo escribí en Madrid en 1953, intentando
hacer una síntesis mítica de la sociedad cubana. En
los años siguientes fue muy publicado. Incluso llegó
a ser texto oficial para la enseñanza del español
en las universidades suecas. El otro relato que ha aparecido en
decenas de antologías es "En el Ford azul", que
se basa en una anécdota real de la clandestinidad durante
la lucha contra la dictadura. Ahora es también texto oficial
para los alumnos de literatura española en La Sorbona de
París.
"La tercera escalera", "La cabeza de Memling",
un volumen de ensayos sobre la realidad de América Latina...¿qué
fue de esos libros?
Durante los años que viví en Europa escribí
muchos relatos, esos que menciona, entre ellos. Algunos salieron
publicados en Cuba, en Bohemia, Carteles, Lunes
de Revolución. Intenté incluso publicarlos en
un libro que titulé "Estar allí". Entonces
triunfó la Revolución y me pareció que los
temas que había manejado hasta entonces, se desvanecían
ante las nuevas urgencias.
En 1959 comencé a escribir un libro de ensayos sobre los
problemas de América Latina y los medios de difusión
masiva y avancé bastante pero la realidad era tan cambiante
en aquellos años que apenas había terminado un capítulo
los acontecimientos imponían otro ángulo de análisis;
terminé por abandonarlo. En alguna gaveta quedan por ahí
esos ensayos inacabados y muchos cuentos impublicados. Quizás
algún día me anime a recopilar y rescribir algunos
de los relatos, lo otro está definitivamente muerto.
Ud. ha escrito para el teatro, comedias musicales, guiones de
cine, guiones para espectáculos de cabaret. ¿Qué
persiguió con eso, lograr un ámbito más amplio,
un nuevo público?
Siempre he creído que la democratización de la cultura
es uno de los rasgos fundamentales de nuestra época. La cultura
cotidiana, mas cercana al kitsch o poncif, pesa más en los
países donde la cultura académica y la información
de nivel superior es deficiente. Es más influyente en los
países subdesarrollados -como el nuestro-, la música,
la canción, la moda, el entretenimiento, que la llamada alta
cultura.
He propuesto en reiteradas ocasiones rescatar el mundo del cabaret,
de las comedias musicales, que habían sido deformadas con
las evasiones desproporcionadas, aunque gratas, de Florence Ziegfield
y George White. Pretendía que ese ámbito -entre otras
alternativas, (siempre el camino único es empobrecedor)-,
siguiese el rumbo del cabaret cantante berlinés de los años
veinte, que contó con Bertolt Brecht, Kurt Weill y Hans Eisler
entre sus animadores: centros de resistencia antifascista, promotores
de un pensamiento liberal usando un vehículo festivo en un
contexto opresivo. Mi idea era que el espectáculo fuese también
un vehículo de ideas a la vez que un esparcimiento.
Por eso escribí el ballet El Solar, del cual salió
la película Un día en el solar
-en la cual no tuve ninguna intervención y fue considerada
un fracaso-, entonces realicé la comedia musical Mi
Solar. También hice el espectáculo de cabaret
L'Abana y antes, la pieza teatral Una lata de pintura.
Traté de demostrar que hay formas funcionales en la cultura
que sin grandes pretensiones estéticas pueden ser muy importantes
en la conformación de tendencias en la vida cotidiana.
El único guión de cine que he escrito lo hice para
un documental titulado Hemingway que
dejó de exhibirse hace muchísimos años, supongo
que porque el director se marchó del país. El Instituto
de Cine nunca me ha solicitado, después, que colabore con
ellos.
El Solar y la comedia musical que salió de ahí,
en colaboración con Alberto Alonso, fueron éxitos
extraordinarios. El día que dejó de representarse,
la cola para adquirir entradas era de varias cuadras. El causante
de su eliminación fue nuestra absurda planificación
teatral que permite que piezas aclamadas desaparezcan del repertorio
para dar paso a cositas mediocres.
También patrociné un teatro ligero, móvil,
de temática actualizada, a la manera de los minstrel shows
o de la commedia del arte, sin mucha escenografía, ni vestuario,
ni grandes locales, un teatro móvil, callejero. Llegué
a hacer un número de la revista Revolución y Cultura
(RC), que entonces dirigía, dedicado a ese tema con las teorías
de Piscator, Brecht, Peter Weiss, Joan Littlewood, sobre un teatro
popular, un teatro documental. Afortunadamente, tiempo después,
apareció Teatro Escambray.
La obra de teatro ha logrado el mayor espaldarazo popular: ha pasado
a ser anónima. Se ha representado miles de veces por grupos
de aficionados, por entusiastas oficinistas, por estudiantes simpatizantes,
y he llegado a verla en cartel, en programas mimeografiados, sin
el nombre del autor. Eso, para mí, es el mayor reconocimiento:
el pueblo asimiló las palabras, las hizo suyas, como las
obras de juglaría medievales. También estuvo durante
años en el repertorio de Teatro Estudio.
El espectáculo de cabaret tuvo un mayor reconocimiento entre
quienes cuentan con una educación. Recuerdo que cada noche
en el cabaret Capri los espectadores de dos o tres mesas se marchaban
disgustados por el espectáculo. Pero quienes se quedaban
se convertían en fanáticos y venían varias
veces.
Como narrador ¿qué le aportó su experiencia
como reportero policiaco?
Cuando escribía un cuento lo hacía con demasiada seriedad,
esperando la opinión de mis amigos que podían levantarme
hacia una exaltación optimista con un elogio o deprimirme
durante semanas con una observación negativa.
En el reportaje policiaco manejaba las estructuras con gran desenfado,
aprendí a ordenar mis materiales como más me convenía
dramáticamente. Como no respetaba mucho lo que estaba haciendo
me permitía disponer la armazón con ingravidez, podía
experimentar, distribuir, combinar, sin temor a las consecuencias:
cualquier desastre no sería tomado en serio: no se trataba
más que de un simple reportaje policiaco.
¿Cómo escribe?
Comencé a escribir, a los catorce años, directamente
a máquina, en una vieja Remington que mi padre había
dejado de usar (cambió para una Underwood). El último
libro que escribí enteramente a máquina fue En
ciudad semejante. Después comencé
a escribir a mano porque estimé que me permitía
una mayor reflexión, enriquecía la prosa. Ahora
escribo directamente en computadora, en un procesador de palabras,
y no me explico cómo pude hacerlo de otra manera durante
tanto tiempo.
¿Qué opinión tiene de su obra publicada?
Algunas obras son mejores que otras, algunas obras son más
sentidas que otras, algunas obras son mejor acogidas que otras.
Pienso que los catorce libros que he realizado hasta ahora no son
más que un gran ensayo general para comenzar a escribir.
La Habana, 29 de diciembre de 1989.