En ciudad semejante (fragmento)

Retrato de un héroe

Por eso aceptaste cuando te propusieron el periódico. Tú creías otra cosa. No tenías la mejor opinión de ti mismo. No sabías qué reservas despliega una hormiga conduciendo una brizna. No eras apto para la acción, eso creíste. Pero te molestaba aquello. Te molestaba ver al mulato encaramado. Por eso aceptaste cuando te propusieron vender el periódico.

Te sorprendió que el diez de marzo transcurriese sin violencias. Que aquello fuese admitido en tranquilidad, sin conmociones ciudadanas, sin tormentas políticas, sin resistencias militares. ¿Batista en Columbia? Ese es un problema de Carlos Prío. Y cada quien a lo suyo. Fuiste allí por curiosidad. Viste a los que se movían inquietos en la Universidad esperando las armas prometidas por Prío. Te marchaste cuando supiste que no iba a pasar nada, igual que en todas partes, nada.

Te sorprendió porque en tu casa te acostumbraron a otra cosa. En los breves encuentros cotidianos, en las largas sobremesas de los almuerzos de domingo con los tíos, en las partidas de cartas, siempre escuchaste la voz de los inconformes. Sabías que te llamabas Raúl Figueroa, que estudiabas en la Universidad de La Habana, en la Facultad de Ingeniería, y que te molestaba ver al sargento encaramado. Te molestaba porque asesinó a Guiteras y en tu casa escuchaste que Guiteras era un patriota, alguien que siguió el trabajo iniciado por Céspedes y Agramonte, Maceo, Gómez y Martí. Y el que asesina a alguien así es un perro, un verdugo, un tirano. Sabías que Batista también dio palmacristi y bicho de buey y que mandaba a acostarse a las nueve a los cubanos cada vez que quería. Sabías que en sus estaciones de policía se abofeteaba a la gente, a los que eran así como tu padre y se atrevían a protestar en público. Eso es lo que sabías. Por eso te irritó el diez de marzo. Por eso también aceptaste cuando te propusieron vender Alma Mater. «Por lo menos en algo ayudo», pensaste. Te entregaron una edición donde se insultaba a Batista y te asustaste al terminar de leer aquella hoja minúscula desbordante de adjetivos peyorativos, denuestos, imprecaciones, llamados a la revolución. Caminaste en dirección a Radiocentro llevando los periódicos ocultos en una carpeta. Viste venir a un estudiante, inconfundiblemente un estudiante, con acné y libros bajo el brazo; decidiste actuar con rapidez antes que el miedo te paralizara: «Compañero, ¿Alma Mater?» El estudiante te entregó la moneda y puso el periódico dentro de sus libros sin leerlo. «Lo leerá en su casa, o en la clase, es peligroso leer eso en la calle. Peor es venderlo, coño, y ya estoy metido en esto», eso pensaste. «¿Y qué hago aquí con veintinueve ejemplares bajo el brazo? Si me agarran me rompen todo, me desbaratan, me ripian la vida». Sentiste que estabas llegando al límite de la audacia. Supiste que te sería imposible vender un solo ejemplar más porque por debajo de la piel te reptaba esa curiosa culebra amarilla, fría y cosquilleante en su deslizamiento, que se llama miedo.
Seguías caminando pero eras distinto a aquel que bajó la escalinata universitaria orgulloso de estar haciendo algo por Cuba. Ahora eras un pobre comemierda taciturno que buscaba su agujero. Trataste de ocultar aún más los periódicos confundiéndolos con las conferencias mimeografiadas. Doblaste por la calle veinticinco y viste esa amplia depresión del terreno a la que llamaban Hoyo de Aulet. Bajaste por una de sus veredas y allá en el bosquecito que había en el fondo, junto a un árbol de grueso tronco, oculto de los que transcurrían por la calle, depositaste todos los periódicos y te volviste para marcharte. Pero una nueva preocupación se sumó a las otras. No te inquietaba tanto la policía que pudiera descubrir aquel paquete, sino tus propios compañeros que quizás lo identificarían por la cifra de ejemplares abandonados, tus compañeros que sabrían de tu cobardía.
Encendiste un fósforo que te iluminó con su débil llama, te lanzaste sobre las revueltas hojas que el viento desordenaba y volviste sobre tus pasos. Cuando llegabas de nuevo a lo alto de la vereda, a la calle, a la vida un instante amenazada, te volviste para ver con alivio el leve incendio, allá abajo.

     
     
     
     
   
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Redacción editorial: Pablo Vargas
Diseño: Yemly Figueredo
Corrección editorial: Ruth Lelyen