Entre
la historia y la quimera
Charo Guerra
Un
día del mes de julio se inició esta conversación
con Lisandro Otero. La elección por él de la hora
del encuentro parecía virtud de Luis Dascal (seis de la
tarde), momento en que comienza a ceder el bochorno con su sensación
diabólica de castigo cayendo sobre la ciudad. Me gustó
la relación de identidad que, de inicio e inconscientemente,
se establecía entre el autor y su personaje, sin apenas
mediar otro comentario que no fuera el término del encuentro
en su casa de Miramar. Fue una visita breve pero decisiva para
acometer la entrevista que luego continuaría completándose
en envíos de La Habana a México, y de México
a La Habana, tratando de suplir la cercanía que demanda
la conformación del ser peculiar que es todo humano. Lisandro
es un hombre de participación intensa en la vida cultural
del país, a la que suma el legado de una obra literaria
considerable, y más de cincuenta años de ejercicio
periodístico en publicaciones cubanas y extranjeras. En
1992, impresionada por una novela que constituyó un suceso
entre los lectores (Árbol de la vida) -última
de su Trilogía cubana- busqué otros libros suyos.
Temporada de ángeles, a pesar de ser anterior y
no poseer vínculo aparente de contenido con las de la trilogía,
redondeaba en mí una lectura sobre la interpretación
personal del autor acerca de la relación de las masas con
el poder, en la realización de los eternos ideales sociales.
A pesar de su indudable rigor histórico, y de estar centrada
en la Inglaterra convulsa del siglo xvii, Temporada...
no se pierde en los deslumbramientos epocales sino, por el contrario,
aporta una visión aguda y polisémica del fenómeno
que es su tema, pero lo hace desde la intemporalidad. Lo inmediato,
lo cercano, es su materia real. Sí, Temporada...,
publicada en 1984, es la escritura de Lisandro Otero, la novela
que establece un vínculo sutil con el resto de su obra
y, de alguna manera, juega y se impone para él mismo como
un paradigma.
Ha dicho que Temporada... está inspirada no sólo
en los sucesos de la revolución de Inglaterra sino en la
rusa, la mexicana, la cubana... y las motivaciones, los comportamientos
humanos que narra en ella lo evidencian. Al escribirla ¿tenía
conciencia de la familiaridad que establecía con nuestra
realidad y escogió un telón de fondo apropiado para
crear -y recrear libremente- sin la amenazante ojeriza que despertaban
esos temas en los 70-80, mientras la escribía?
De
una parte quería exponer algunas situaciones ocurridas
dentro del proceso cubano que habrían podido ser mal interpretadas
en aquel momento de distanciamientos e incomprensiones en el campo
cultural, por tanto la ficción era un manto protector contra
los equívocos y el conflicto. De otra parte quería
dotar a mi novela de una percepción de mayor vuelo que
la anclada en una época y un país. Deseaba presentar
el desarrollo revolucionario en toda la dimensión de su
hermosura romántica, con la belleza inherente a la intención
de cambiar la vida y, de otra parte, las crueldades involuntarias,
la dinámica inclemente que desata la lucha de clases y
la severidad a que se es sometido dentro de ese proceso. Para
lograrlo tenía que servirme de un vehículo universal.
Es lo que pretendí.
La
suya es una escritura precedida por una investigación o,
al menos, una cierta constatación de hechos, ¿ha
sentido, al hacerlo, el impulso de abandonar su primer fin, y
apropiarse de la historia real, o de lo que los historiadores
dan por sentado que es la realidad?
La
dificultad mayor de la novela histórica reside en olvidar
la masa de información investigada y dejar que fluya la
imaginación. Mientras escribía algunas de mis narraciones
tuve la impresión momentánea de que estaba realizando
un texto histórico, un ensayo, un vehículo doctrinario
y no una pieza quimérica. En muchas ocasiones he reescrito
capítulos, mutilando gran parte de los hechos auténticos
para permitir que la fantasía asumiese su espacio propio.
He dedicado mucho tiempo a la investigación en bibliotecas
y archivos antes de escribir algunas de mis obras. La situación
fue incubada en la Biblioteca Nacional "José Martí"
y Temporada de ángeles no habría podido
existir sin la Biblioteca Británica, en Londres. También
he investigado y leído mucho en mi biblioteca personal;
tengo una buena cantera de materiales en mi casa. Pero una de
las reglas principales, como dice George Lukacs en su ensayo sobre
la novela histórica, consiste en no moldear como personajes
de ficción a los protagonistas reales de los sucesos políticos.
Éstos deben aparecer como decorados de fondo y pasar subrepticiamente
sin monopolizar la atención. Hay que recordar que en una
novela histórica no deben dominar los acontecimientos que
uno pueda leer en los periódicos de la época. La
novela histórica es como un diario privado de una etapa,
no es una crónica pública de lo que todos vivieron.
Los anales tienen su ubicación en otro contexto. Decía
Marguerite Yourcenar que el novelista debe escribir desde adentro
lo que el historiador ha escrito desde afuera. Siempre he tenido
como meta principal realizar una obra de arte, no una interpretación
de la epopeya.
¿En
cuál de sus novelas siente que el escritor está
mejor impresionado por el investigador?
Sin
duda alguna, en Temporada de ángeles.
¿Cree
en la historia, o es de quienes piensan que en la historia que
heredamos hay una buena dosis de ficción?
Se
ha dicho, con razón, que la historia la escriben los vencedores.
Y es cierto. No creo que exista ficción en la historia
que heredamos sino que los acontecimientos son distorsionados
para favorecer la óptica de una tendencia o de un personaje,
según quien lo perciba. Tomemos el ejemplo del bonapartismo.
Los partidarios de las glorias eternas de Francia endiosan a Napoleón
como genio militar pero los analistas británicos lo condenan
como demente ambicioso que desestabilizó Europa; incluso
aquellos que poseen una óptica liberal lo ven como el enterrador
de las conquistas democráticas de la Revolución
Francesa motivado por su imperio absolutista, en tanto otros lo
ven como el internacionalista que propagó las ideas de
libertad, igualdad y fraternidad por todo el viejo continente.
¿Dónde está la objetividad? A veces un suceso
que ha ocurrido hace pocos minutos es contado de maneras diversas
por quienes lo presenciaron, ¿qué podemos esperar
de lo ocurrido hace cientos de años? La película
japonesa Rashomon es un admirable ejemplo de esta
apariencia multifacética de la realidad. En mis investigaciones
yo me he servido de puntos de vista discrepantes y trato de hallar
el nivel medio antes de llegar a mis propias conclusiones.
Más
allá de la censura externa, ¿cómo se libra
un escritor de esa autocensura que pesa sobre él, en obediencia
a la moral, y a las contradicciones que genera, en el ámbito
de lo familiar y de lo íntimo de la vida, la necesidad
de ser leal consigo mismo?
La
autocensura pertenece, sin duda alguna, al campo de la eticidad.
Es cuestión de valorar qué es más importante,
si la exhibición irrestricta del ego o la obtención
de un ideal colectivo. He llamado «inhibición responsable»
a una manera de eludir las lesiones que se pueden causar a un
cuerpo social comprometido con un diseño superior de la
conducta humana. Cuando se vive en una plaza sitiada no hay margen
de colaboración con las posiciones enemigas. Eso no constituye
una evasión del papel que corresponde a los intelectuales
en sus intentos de enmienda de lo desatinado.
¿Hasta
dónde es lícita esa «inhibición responsable»?
¿No cree que ella podría convertirse en un obstáculo
para la escritura?
Es
difícil responder. A veces está en primer lugar
el deber hacia la colectividad, a veces, la lealtad al oficio
de la creatividad. Depende de las circunstancias históricas,
de las presiones de la conciencia, de las propias inseguridades.
A
propósito de su trilogía de novelas ha dicho Graziella
Pogolotti que ningún personaje es totalmente propio al
escritor, ni siquiera en los libros de memorias, porque el escritor
nunca se entrega del todo. En la certeza de este juicio quisiera
saber ¿hasta dónde Luis Dascal se sirve de Lisandro
Otero?
Luis
Dascal es un personaje creado a partir de una suma de diversas
personalidades, casi todos amigos de mi adolescencia y juventud,
en el período que antecedió al estallido de la insurrección
contra la dictadura batistiana. Es obvio que hay algo de mí
en él, pero no es un personaje autobiográfico. Dascal
es un típico pequeñoburgués, con sus vacilaciones
y proyectos, su noble idealismo y su codicia terrenal, coexistiendo
en lucha abierta. Es una especie de Julián Sorel criollo;
alguien que detesta el medio social en el cual está inscrito
pero que aspira desesperadamente a ocupar un lugar en él.
Los
personajes van corporeizándose, apegándose a los
lectores como seres reales, ¿se ha sentido alguna vez enjuiciado
por la pureza del Luciano de Temporada de ángeles?
Muchas
veces, sí; pero uno es quien es con todas las taras, adherencias,
vicios y cicatrices.
Si
a partir de su obra tuviera que escoger un prototipo de personaje
que explicara la persona que es (y ha sido), supongo que entre
todos elegiría al idealista incorregible Luciano, ¿es
así?
La
persona que soy y he sido está diluida en muchos personajes
de mis novelas, incluso en los femeninos. Recuerde a Flaubert:
«Madame Bovary soy yo.» Pero no me siento encarnado
en Luciano porque éste es un hombre de pueblo que parte
de su analfabetismo y lentamente va aprendiendo a asumir las posiciones
revolucionarias. A Luciano lo he conocido en las calles de Cuba:
es el campesino recién alfabetizado que lee con avidez,
o el negro que deja de ser discriminado y se complace con su recién
adquirida inserción social. Mi origen burgués me
aleja de ese tránsito entre la pureza rudimentaria y el
idealismo inflamado que caracteriza a Luciano. He pecado demasiado
y no puedo considerarme irreprochable.
Sin
embargo, de ese idealismo inflamado parece nutrirse toda su obra.
Cuando Luciano aprende a leer, busca con avidez a Tomás
Moro, Erasmo de Rotterdam, Francis Bacon... Ha dicho que en Juego
interrumpido, su última novela, retoma un asunto
universal: la metáfora de la utopía y sus dificultades
de realización práctica. De alguna manera, el idealismo
es un tema recurrente en su creación...
Así
es, creo que en el fondo soy un romántico incurable, enamorado
de lo inalcanzable, de las grandes utopías.
Volviendo
a su galería de personajes, ¿retomaría alguna
vez a esos secundarios de Temporada de ángeles que
más parecen los protagonistas de un cuento, me refiero
a El jorobado y El melancólico? ¿Es un autor que
olvida a sus personajes?
No
los olvido, los utilizo para un efecto deseado y los dejo en su
lugar. Esos dos caracteres fueron moldeados con emotividad, tratando
de reproducir en ellos a los atribulados y míseros, a quienes
padecen el infortunio de sus carencias. Cumplieron su papel y
no los retomaría más.
¿Árbol
de la vida es la novela que inaugura en usted un punto
de vista crítico sobre la realidad cubana? En el contexto
de esa propia realidad, ¿no sintió temores al asumir
el tema con un lenguaje directo? ¿Cómo siente que
fue recibida esa última parte de su trilogía en
el difícil año de su publicación (1992)?
No
creo que esa novela inaugure en mi obra un punto de vista crítico
sobre la realidad cubana. La amonestación social está
presente ya en La situación y creo que Temporada
de ángeles enjuicia, con severidad, a las sociedades
en proceso de cambio. Leyendo entre líneas puede percibirse
lo mismo en Pasión de Urbino o en Bolero.
Fue 1992, efectivamente, un año difícil tras la
disolución de la Unión Soviética y la introducción
del período especial y por ello temo que la novela no recibió
una buena acogida. Hasta el día de hoy no ha aparecido,
que yo sepa, una sola reseña en la prensa cubana; tampoco
tuvo una buena difusión en librerías. Sin embargo,
creo que hemos arribado a un momento de madurez y que la actual
reedición, dentro de la Trilogía cubana, permitirá
un parecer diferente.
¿Vivir
en México, desde hace varios años, ha obstaculizado
o paralizado su noción de la realidad cubana tan rica para
la ficción? ¿Cuánto influye esa circunstancia
en su literatura?
Tendría
que hablar de Martí y Heredia, Carpentier y Lam para dar
ejemplos de quienes han vivido mucho tiempo fuera de Cuba y no
por ello perdieron el contacto con la tierra natal. Otros, sin
embargo, nunca salen del país y olvidan completamente la
identidad que les corresponde y desconocen el tiempo que les ha
tocado vivir. Durante años la mayor parte de mi obra tuvo
una fuerte raíz histórica y temporal. En las dos
novelas que he escrito en México consideré que debía
abordar otros temas, más desarraigados de su ubicación
en ciclos y etapas.