Entre
la historia y la quimera
Charo Guerra
¿Cómo
se ve el país desde otro país?
Como
siempre suele suceder, la distancia permite ver mejor los volúmenes
y situar el panorama en la debida perspectiva. Lo pequeño
se ve pequeño y lo grande, grande.
Usted
es un hombre de vida pública, expuesto siempre al juicio
crítico, ¿es de los que identifican a un enemigo
en todo aquel que no haga la apología de su persona y de
su obra?
Bastaba
una vida literaria activa para estar expuesto a que me descuartizaran.
Haber tenido una vida pública... imagínate: miel
sobre hojuelas para los que quieren hacer pedazos de tu cuerpo.
He sido muy polémico. Siempre he estado en el ojo de la
atención pública. Antes, cuando recibía algún
comentario negativo, me preguntaba ¿cómo es posible
que digan tal cosa? ¡Qué falta de comprensión!,
y me sentía muy afectado; nunca al punto de paralizarme
como creador. Cuando uno es más joven eso hiere mucho,
pero luego terminas echándotelo todo a la espalda. Con
el tiempo vas madurando y convenciéndote de que es imposible
evitarlos y que, por otra parte, tienes a los amigos, a los leales
de siempre, gente con la que puedes contar, que te gratifican,
te dan confort espiritual. Una cosa compensa la otra. Y no pueden
descartarse los elementos de antipatía y aborrecimiento
que hay en todo eso; a veces es gente que aspira a emular lo que
eres. Hace muchos años que soy indiferente a la maledicencia.
Cuando veo que la crítica parte de la mentira, de argumentos
falaces, espurios, que deforman la realidad deliberadamente, que
es viciosa y maligna, en ese caso sí identifico a un enemigo.
A la crítica literaria sana no me niego, la admito muy
bien, la considero necesaria y legítima; me ayuda a ver
mi trabajo en otra dimensión.
En
los primeros días de junio, a propósito de su cumpleaños
setenta, ha hecho usted algunas reflexiones desenfadas sobre la
muerte, ha dicho, por ejemplo, que las celebraciones le han permitido
ver cómo serían sus obituarios, y un poco antes
deslizó referencias similares en algunos artículos.
Ese suceso inevitable ¿merece ya la anticipación?
Trato
de ser realista y ver la cercanía del término. A
veces me parece que jugando con el desenlace uno llega a familiarizarse
con él. Cuando se cumplen setenta años debe tenerse
la convicción de que uno no tiene futuro, solamente pasado.
¿Qué
debe su generación a las anteriores, y que está
dejando la suya a las posteriores?
En
Cuba hemos tenido varias promociones en el siglo xx. La generación
de la Protesta de los Trece, del Grupo Minorista y la Revista
de Avance participó en la revolución antimachadista
y nos enseñó la intransigencia ante el absolutismo
y la opresión. Nos educó en la idea de que no éramos
efectivamente independientes. También nos legó una
inquietud por la inserción de la Isla dentro de las grandes
corrientes artísticas y literarias de aquel tiempo. Existía
como un desasosiego por salir de nuestro retraso y aislamiento.
Ésa fue una generación de cólera y justa
violencia, de tendido de puentes y nexos fructuosos. Después
hubo una promoción intermedia, la del Grupo Orígenes,
que nos entregó tres lecciones: la lealtad al oficio literario,
la probidad intelectual y la devoción a la raíz
cubana. Nuestra generación creó la Sociedad Nuestro
Tiempo, que tuvo un papel aglutinante y absorbió esos principios
de las hornadas anteriores. Hicimos una contribución al
proceso revolucionario pero no pudimos evitar la exaltación
inmadura de los períodos de fundación, no logramos
impedir que el desbordamiento del fervor nos condujese a límites
indeseados. Hubo un momento en que uno no podía considerarse
un intelectual revolucionario a menos que conociese la diferencia
entre leguminosas o gramíneas, supiese la disparidad entre
un Holstein y un Cebú o comprendiese algo de inseminación
artificial. En los primeros años del ciclón revolucionario
la impaciencia por salir del subdesarrollo nos llevó a
un pragmatismo materialista que, sin embargo, no era una barrera
a la espiritualidad más genuina. Estimo que, aun con nuestras
torpezas e insuficiencias, en estos últimos decenios se
ha desarrollado una verdadera edad de oro de la cultura cubana,
superior incluso a la del período de formación de
la nacionalidad. Los tiempos del Círculo Delmontino, de
la Revista Bimestre y la primera Sociedad Económica
de Amigos del País han sido sobrepasados. La revelación
de nuevos talentos, la maduración de los que ya estaban
latentes, las ediciones masivas, la difusión en el exterior,
la asistencia multitudinaria a espectáculos y exhibiciones,
la imposición de un timbre de prestigio a los productos
culturales no tienen precedente en nuestros doscientos años
como nación. Tanto cuantitativa como cualitativamente se
ha alcanzado una cúspide que será recordada en los
tiempos venideros como una época de excepción. Ése
es nuestro legado.
¿Cómo
calificaría hoy la literatura de esos años?
Creo
que lo escrito en los primeros decenios del pasado siglo xx tiene
graves defectos formales pero cuenta con la virtud de haber intentado
desentrañar el carácter de lo nacional, de escudriñar
en la entraña de nuestros vicios republicanos y de proponer
alternativas visionarias. Quizás es una narrativa demasiado
invadida por la inquietud política y social, la lírica
es muy superior. Los primeros años de la Revolución
del 59 cuentan con una literatura apasionada por el redescubrimiento
de la patria. En los últimos tiempos veo algunas tendencias
preocupantes dirigidas a supeditarse a las demandas del mercado,
lo cual está propiciando la chabacanería y la trivialidad.
La
consulta rápida a su biobibliografía a cargo de
las hermanas Araceli y Josefina García-Carranza, da cuenta
de una obra amplia hecha a la par de una vida social muy activa,
¿de qué modo ha logrado ejercer ese género
de retiro -y madurez- que es la novela?
Escribo
temprano en la mañana, suelo alzarme con el canto del gallo.
Ya cercano el mediodía comienzo a dedicarme a otros asuntos.
Siempre he ejercido el oficio periodístico que es el que
me ha dado el pan cotidiano, pero el proyecto de cambio en Cuba
me responsabilizó con misiones de transformación
social que he ejercido al máximo de mi capacidad. Sí,
he llevado una vida saturada, plena de altibajos. No me he aburrido.
¿Cuál
es la rutina que sigue a partir del hallazgo del tema a desarrollar
en una novela? ¿Cómo afronta usted el proceso de
la escritura?
Lectura
de libros testimoniales o novelas, de periódicos y revistas,
ver filmes y programas de la televisión inteligente suelen
desatar el proceso de reflexión que me conduce a hallar
un tema, un nudo dramático, un posible desarrollo inicial
para una novela. Suelo escribir una apretada sinopsis. A veces
es una simple nota en una servilleta, una docena de palabras en
una libreta de notas. Después hago un primer tratamiento,
una especie de guión en el cual descompongo la obra por
capítulos y secuencias. Trazo una pequeña biografía
de los principales personajes. Casi nunca suelo respetar ese libreto
porque en la medida en que voy escribiendo aparecen nuevas ideas
y surgen caracteres diferentes, pero esos resúmenes son
importantes porque actúan como un bastón que me
ayuda a iniciar el camino. En esa primera etapa escribo abundantemente,
no me reprimo en nada, aunque dude de la calidad de lo que estoy
haciendo lo pongo todo en el papel. En esa fase hay que entregarse
a una catarsis derrochadora. Después viene una etapa difícil
que es de las correcciones, enmiendas y retoques. Ahí sí
hay que armarse de un severo sentido autocrítico y afinar
las posibilidades del idioma para encajar la palabra justa, como
quería Flaubert. Esa fórmula es la más larga,
a veces suele durar un año o dos. El advenimiento de los
procesadores de palabras y la computación ha facilitado
mucho ese procedimiento. Antes de 1988 todo ello debía
hacerlo pegando pedazos de papel, tachando y emborronando, añadiendo
notas al margen: un verdadero rompecabezas. De Temporada
de ángeles guardo cinco versiones completas
que a veces difieren notablemente entre sí. Picasso decía
que un cuadro nunca se termina, sino que se abandona. Con un libro
pasa igual. Uno lo entrega a la imprenta y se deshace de él
pero si lo guardara estaría sometido a cambios perpetuamente.
Mientras dura la escritura de una novela uno sueña con
ella, desayuna, se baña, camina inmerso en la obra y está
constantemente pensando en lo que hará, jugando con variantes
diversas de situaciones, buscando escenarios imaginativos y sucesos
que incrustar en la estructura narrativa. Cuando se termina el
libro ocurre como una especie de escape porque al fin puede uno
poner término a una obsesión persecutoria. El pulimento
no nos envuelve tan profundamente como la creación, es
más sereno y una racional frialdad sustituye a la cálida
vorágine de la imaginación. Después que sale
de la imprenta se produce un divorcio, no queremos saber nada
de él, ni releerlo, ni preocuparnos si acertamos o fallamos;
hay que tomar distancia para salvarse de ser engullido nuevamente
por el remolino. Sólo después de muchos años
se encuentra el valor necesario para volver a su lectura.
En
los últimos años ha dedicado más tiempo a
su obra novelística, sin embargo sigue activo en el periodismo,
¿por qué mantener esa dualidad? ¿Se agota
o no en ese ejercicio diario?
Uno
solamente se agota cuando acomete tareas que le desagradan.
Un
hombre como usted, con tantos proyectos, ¿ha padecido la
sensación de estar realizando funciones (necesarias pero)
de las que podrían llamarse «ladronas de tiempo»
de creación, o ha convertido en fuente de inspiración
cada uno de esos oficios que ha ejercido durante su vida?
A
veces sí pienso que podría haber escrito mucho más,
haber alcanzado una maestría a edad más temprana,
si no hubiera estado a cargo de tantas misiones como las que me
han encargado. Después, estimo que todo lo vivido ayuda
a retocar una visión del mundo, y que nunca habría
podido haber escrito como lo he hecho prescindiendo de las experiencias
múltiples que he tenido.
¿Cree
que el estudio de la obra de un autor es la vía más
segura para obtener una respuesta irrevocable sobre su existencia?
Creo
que es una de las vías, pero no es la única. Habría
que considerar también su relación con amantes,
la tensión arterial, los ataques de dispepsia y el tipo
de pintura que colecciona. Habría que tener en cuenta los
viajes que haya realizado, el entorno donde se educó y
las privaciones materiales que haya padecido. Nada es unilateral,
todo es multiforme.
En
la entrevista que le hiciera Ciro Bianchi Ross dijo que su obra
hasta ese momento (1990) no era más que un ensayo. Ese
mismo año publicó Árbol de la vida
en México, luego La travesía y
pronto saldrá Juego interrumpido. ¿Ya
pasó para usted un período de ensayo, o siente que
ha comenzado a escribir su verdadera obra?
A
menos que ocurra un relámpago en el ocaso no creo que pueda
escribir una obra de culminación a estas alturas. Soy un
autor inconforme con mi obra. Sigo pensando que lo realizado es
un gran ensayo. Quizás Temporada de ángeles
sea lo más trascendente que haya escrito, por lo menos
la crítica lo señala así. Y junto a ella
Árbol de la vida como culminación
de esa trilogía de novelas, aunque debo confesarte que
si volviera a escribir La situación la haría
de otra manera porque le veo hoy muchos defectos. Otra técnica
y otro lenguaje, quizás la estropearía, sin embargo
tengo que reconocer que conserva vigencia, la aprecio porque me
vistió de largo, con ella accedí al mundo literario.
La
travesía es una novela desconocida en nuestro país;
también Juego interrumpido, de la cual aquí
publicamos un fragmento, saldrá próximamente en
una editorial extranjera. ¿Cuáles son los temas
de estas novelas? ¿Ha pensado publicarlas en Cuba?
La
travesía, que muchos confunden suponiéndola
una novela erótica, presenta el conflicto de alguien que
ha perdido su motivación para vivir, un carácter
oblomoviano que vuelve a anclarse cuando halla un amor joven y
solamente logra superar este escollo destruyendo al objeto de
su sumisión. Es un personaje que tiene su vida vencida,
terminada, sin contenido programático, sin algo que hacer
ya. Es un individuo con miedo a vivir, a comer, a viajar, a comprometerse
en un empleo por las consecuencias que puede traerle la burocracia.
Un ser que padece una especie de abulia. Es una novela sobre la
falta de motivación para subsistir, carencia de objetivos,
de planes, de alegría de vivir. Una novela de orfandades,
de vacíos. Ha sido bien acogida por la crítica.
Ya está en manos de la Editorial Letras Cubanas. Juego
interrumpido trata del empeño de un grupo de intelectuales
trasterrados que regresan para intentar inscribirse en una quimera,
en condiciones adversas, y terminan revocando su destino. Digamos
que los personajes están inspirados inicialmente en aquel
grupo de escritores y artistas cubanos (Félix Pita Rodríguez,
Wifredo Lam, Alejo Carpentier), que vivieron en la Europa de los
años 30. Después, a medida que se desarrolla la
novela, los personajes no tienen nada que ver ni con Pita, ni
con Alejo ni con Lam, ni con nadie. Esa gente que vuelve a América,
con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, intentan fundar
una comunidad utópica, una especie de falansterio, una
hermandad. Tratan de crear un mundo nuevo, construir una quimera.
En
su entrevista-libro Clave para Matta comenta
usted, a partir de las palabras del entrevistado: «uno adquiere
una firmeza y poderío notables cuando comienza a actuar
de acuerdo con quien uno es realmente, sin concesiones, cuando
uno comienza a desdeñar las consecuencias de las acciones
propias». ¿Cómo aplica esa reflexión
en su caso?
Uno
vive poniéndose máscaras, siendo como los demás
quieren que uno sea, asumiendo el atavío que más
esté de moda, existiendo miméticamente. En el momento
en que se decide actuar con una lealtad absoluta a quien realmente
se es, desestimando las derivaciones positivas o negativas de
esa claridad, entonces siente que surge una fuerza interna nueva,
un amurallamiento con el cual puede desafiar muchos infortunios.
Hace años decidí proceder de esa manera y creo que
ésa es una de las razones de que me haya ganado algunos
enemigos. También a ello atribuyo los amigos invulnerables
con los que puedo contar. A ello abono la quietud en la cual vivo
hoy. No espero nada, no ansío nada, vivo serenamente en
un sencillo abrigo. Solamente espero reunirme con mi raíz
para entregar mis huesos a la tierra.
La
Habana, septiembre-octubre de 2002.