Juego
interrumpido
Retorno a la terraza. Baldosas marrón, la pared blanca,
begonias de sangre en sus tiestos de barro, el aire tibio de la
noche. La velada comenzaba. ¿Era un día de mayo?
Camila sonríe. Junto a la puerta extiende su brazo a los
invitados, ofrece una copa, trata a cada quien como el personaje
más importante de su universo. Terminé unos estudios,
comienzo otros, trato de entrar en puerto seguro, no veo ningún
rostro familiar, me desconcierto, intento relajarme. Camila toma
una bandeja de manos de un sirviente y sale a servir en la terraza,
pero muy pronto se fatiga y la abandona sobre una mesa. María
Antonieta en su pequeña granja, jugando a ser humilde.
¿Era imprescindible estar allí? ¿Cómo
me comporté en este primer encuentro? ¿Fui demostrativo?
Probablemente: traté de aparentar desenvoltura: es mi primera
vez, Camila no sabe quien soy; sigue cercana, comunicativa, radiante,
entregándose como acostumbraba, vulnerable a todas las
pretensiones, sumisa ante cada tentación, desprovista de
identidad, poseída por sus invitados. Ninguno me conoce,
casi saboreo mi marginalidad. Más allá, en la penumbra,
permanece Álvaro Salinas, su promotor, propietario de los
cubiertos de plata, las copas de cristal, las salvillas, las licoreras,
los manteles de lino con malla de crochet; maestro de Camila,
rescatada después de varios intentos. Junto a la puerta
de la cocina Álvaro permanece expectante y silencioso pero
cuando emerge de esa gravedad logra calmar inquietudes, devolver
seguridad a irresolutos, restañar heridas. Llega el joven
luciferino, de cejas alzadas, y alumbra con ojos fulgurantes,
es un leopardo en acecho. El Musicólogo acude a su encuentro,
(florentinos en busca de dagas). Álvaro lo conduce hacia
Camila que estalla, lo besa en la frente, en el cuello, en la
boca. Anuncia su llegada y todos vienen al encuentro del leopardo,
lo abrazan, lo elogian. Desbordamiento operático. He leído
en los periódicos sobre su reciente y efímera nombradía.
Los invitados retornan a sus puestos y continúan gesticulando.
Salgo temporalmente de mi anonimato y me cubro con mi mejor máscara,
la más resplandeciente, la del buhonero mostrando su bisutería.
Ahora llevan a Camila junto al piano y todos se acercan. El leopardo
se sienta, ajusta la banqueta y presiona suavemente las teclas,
mueve sus dedos, partes del instrumento, martinetes de carne sobre
el marfil. Camila imita a la Piaff, con voz ronca y cigarrillo
en la comisura de los labios. Alguien no puede quedarse atrás
y remeda a Jacqueline François con J'ai deux amours.
Camila perdona que lo haya hecho mejor que ella. Un ágape
de afrancesados. Juntas van a la cocina y susurran, sonrientes,
mientras extienden la pasta sobre el pan tostado. Para prevalecer,
debía asistir regularmente a los viernes de Camila. Así
conocería a quienes hacen la historia, la refieren y la
enmarcan para el disfrute ajeno. La falsa Jacqueline François
me toma del brazo y apuñala a la anfitriona. Camila es
notablemente hiperkinética; el bocio, ¿sabes? ¡Es
fácil percatarse de sus ojos saltones! Iguales a los de
su padre. ¿Quién? Paulo Ponce. ¿El Paulo
Ponce? ¡El inmenso Paulo Ponce! Sí, el sapo mayor
de la plástica. Pero, ¿cuándo? Vivió
en París, la madre de Camila estuvo con él. Vamos
al amplio sofá de terciopelo morado obispo. Allí
está su foto. Un obeso tonel con expresión abúlica.
Ahí están los famosos ojos protuberantes, el mono
azul de obrero de la plástica, la rústica camisa,
el amotinado sombrero de paja. No hay nada que revele su capacidad
de mantener a sus invitados pendientes de su palabra durante horas;
nada indica su fantasía desbordada: su pretensión
de haber comido carne humana. Un gordo nauseabundo, sigue rejoneando
a Jacqueline. Un mentiroso compulsivo, criterio compartido. Un
genio, probablemente. ¿Te gustan sus cuadros? Algunas cosas.
Era mejor al principio, después se comercializó.
Eso le pasa a todo el mundo. Primero se dicen las cosas trascendentes
y después comienza uno a repetirse, porque hay que seguir
comiendo. ¿No viste su Invención Catorce?
Solamente entonces me percato del cuadro que cuelga junto al piano.
Conos y losanges en distintas tonalidades plomizas, jaspeados
de verde. Es de su etapa cubista, lástima que no continuara
por ese camino. Cuéntame, ¿dónde has estado
todos estos años? ¿Quién te habló
de esto? ¿Quién te trajo? ¿Cómo es
posible no saberlo? Si soy alguien debo estar aquí. Sus
conferencias son concurridas. Álvaro Salinas la trajo a
la isla. Pero el plato fuerte es el leopardo. Premio Nacional
de Cuento, se ha convertido en un semidiós, pero en realidad
sigue siendo un empleadito de la General Electric, en el salón
de Prado. ¿Quiere una tele o un refri? Nada excepcional.
Un don nadie, pero éste es un país chico, las glorias
aldeanas se magnifican. Ha realizado proezas en la cama: una loca
codiciada. Sí, es atractivo, ¿por qué no?
Camila siempre ha acariciado la posibilidad de acostarse con él,
si el leopardo venciera su repugnancia a las mujeres. Avisan que
la cena está servida. No hay protocolo pero todos se sientan,
intuitivamente, de acuerdo con un rango singular que parece ajustarse
a una valoración invisible. Embutidas en candelabros de
plata las velas esparcen una cálida intimidad. Álvaro
parece ahora más interesado en mí. ¿Qué
piensas hacer? ¿No te parece todo muy extraño después
de tanto tiempo? Pues no, hay algo de violencia, pero éste
ha sido siempre un país brutal. Traen las codornices asadas.
Me parecen diminutas para ser plato principal. Descuartizo el
frágil esqueleto de magra pechuga, mastico lentamente para
que dure más. Camila me pregunta cuál ha sido mi
más reciente gratificación y le respondo, en un
susurro, que mi nuevo auto, pero Álvaro alcanza a oírme.
¿Estás contento? Sí, se porta bien. ¿Qué
color? Negro. ¿Por qué negro? Es sobrio, elegante.
Me parece propio de obispos y embajadores, un joven de tu edad
debió escoger otro color; el negro indica un deseo de escudarse
tras la respetabilidad, no te manifiestas tal cómo eres.
El Musicólogo me sicoanaliza. ¿Y qué color
le habrías escogido tú?, indaga Camila. Quizás
un azul acqua; su color es el azul, definitivamente; ahora me
corteja. No me gusta ser desnudado en público, cambio de
tema. El postre es una nieve de limón, un leve escarchado
con poca azúcar, sin traza de lácteos. Escuchamos
el quejido agudo y lejano de un patrullero. Unos segundos de silencio,
quizás un minuto. Disparos lejanos y volvemos a nuestra
cena. Sirven el café en unas hermosas tazas chinas de un
amarillo vivaz; el color de los emperadores manchúes, digo;
quizás debí tener un auto amarillo. ¡Te caerían
atrás todas las locas! dice sonriente el leopardo. Debo
parecer capaz de osadías, emancipado, no rehuir ninguna
situación comprometida. Pero no es así, en verdad;
debo hacer un esfuerzo para situarme entre gente ficticia, necesito
palpar una realidad construida con fullerías. Álvaro
pasa sus dedos sobre las etiquetas de las botellas alineadas en
la cómoda Imperio, duda, selecciona. Un Grand Marnier vendría
bien, un buen alcohol ayuda la digestión. No, gracias,
prefiero un agua mineral. Los invitados se dispersan por el salón
para disfrutar de sus tisanas y digestivos espirituosos. Camila
me invita a pasar a una de las habitaciones. Es un apartamento
demasiado grande para dos personas, hay habitaciones en exceso
y las han saturado de objetos fascinantes. Entramos en una habitación
cargada de artificios chinescos con paredes cubiertas de damasco
escarlata y un gran Buda dorado sobre un pedestal. Tiene el inmenso
vientre desgastado por el roce de manos. Un gran colmillo de elefante
ha sido cincelado como un puente por donde cruzan diminutas caravanas
de hueso. El sofá está abrumado por cojines lila,
malva, vino. Camila enciende una espiga de incienso y la coloca
en un pebetero. El sahumerio me molesta pero no me quejo.
¿Por qué este afán de exotismo, este empeñarse
en ser diferente? Camila me toma del brazo. ¿Quién
eres, de dónde saliste? Trato de aparentar indiferencia,
mostrarme experimentado conocedor cuando en realidad estoy fuera
de mis límites, me asomo con timidez a un contacto insólito.
Busco un punto común. ¿Proust? La pequeña
frase de Vinteuil, pero eso le recuerda a Álvaro Salinas
y cambia de tema. Me toma las manos. Tienes manos demasiado grandes,
no son de intelectual, pareces un minero, un picapedrero. Sí,
demasiado robusto. Las voltea. Vamos a ver qué te depara
el destino. Una línea de vida demasiado corta, pero se
compensa con la mano derecha, aquí la línea del
amor está quebrada. Dos grandes pasiones, pero entre una
y otra hay como una especie de muerte y una resurrección.
Una estrella en la base del índice, buen augurio: estás
dotado para dirigir, te gusta, sabes hacerlo. No sé, hasta
ahora solamente he recibido órdenes. Ríe. ¿Quiénes
te dirigen? ¿Quiénes son determinantes en tu vida?
¿Tu madre? Vuelve a reír, se burla de mi inmadurez.
¿En París estuviste? Vamos a ver ¿qué
te dio Francia, qué le arrancaste a mi suelo? Puedo hacer
declaraciones solemnes y retóricas, pero debo esquivar
la trampa. Me enseñó a comer con mostaza, por ejemplo.
¿Nada más? Puedo decirle que aprendí a practicar
un cunilingüo superlativo, pero no sé cómo
recibiría esa declaración. ¿Ninguna relación
personal, una muchacha francesa que te dejara bien impresionado?
Le hablaría de la australiana Judith, capturada en el café
de la Cité Universitaire; puedo contarle de Susana, que
gustaba remar, cada domingo, en el estanque del Bois de Boulogne;
quizás me decida a referirle lo de Carmen y su temperamento
de mulata caribeña. Debo voltear la trampa. ¿Y a
ti, qué te ha aportado esta isla? ¿Cómo puede
sobrevivir una europea en el subdesarrollo? ¿Qué
aprendiste? Muchas cosas: el sentido de la irresponsabilidad,
por ejemplo. ¡Cómo saben esquivar el ángulo
dramático de las cosas! Sufren menos, eso me encanta. ¿Eres
irresponsable? Cuando me interesa serlo. Éste es un país
sin sentido de la tragedia, por eso puede ser una Arcadia despreocupada
y gozosa. ¿No aprendiste otra cosa en París, solamente
a comer mostaza? Nada más. ¿Y qué piensas
aprender en La Habana? Lo que quieras enseñarme. Soy una
buena maestra, pudieras beneficiarte con mi amistad. Ponme a prueba.
No sé cómo pude decir eso. Aquí se mostraba
como capitana de océanos ante un torpe grumete. Audacia
del profano: me acomodo entre almohadones, recompensado, pleno.
Camila se arrodilla a mi lado, se quita los zapatos. Cree en la
virtud de la conversación libre y ahora siente deseos de
hablar de nosotros, de nuestra relación futura. Álvaro
ha sido como un amigo, es un amigo. No oculta su fascinación
inicial con él y después sobrevino la extinción
de la pareja, que comenzó por el deterioro físico:
los vientres adiposos, la flatulencia indiscreta en la cama, el
eructo en el baño, la halitosis tras una digestión
pesada. Luego se advierte ese borde de pijama con un rastro de
suciedad y unas medias acartonadas. No puede compartirse el cepillo
de dientes, la intimidad es intransferible. Después, las
erecciones no son del todo consistentes, los senos no tienen la
misma firmeza, ambos necesitan nuevas incitaciones, renovados
estímulos para recuperar el vigor. Hace tiempo que atravesaron
ese umbral y han decidido mantener una relación abierta.
Cada uno busca un compañero satisfactorio, sin desconfianza
mutua ni mortificaciones, pero mantienen algo precioso entre ambos,
un astro apagado de cuerpo duro y órbita errante. Falto
de la experiencia matrimonial, no entiendo esa relojería.
Terminarán flotando en un mar tenebroso. Ella insiste.
Lo más interesante es saber la razón de esa tendencia
a mezclar ingresos y egresos, a compartir el lavamanos; casi siempre
termina desastrosamente. En un acto sexual se tiende a un canibalismo
cruel, existe un apetito feroz, cercano a la antropofagia, pero
no dura; después solamente permanece un cierto respeto
a las efemérides. No acepto su cinismo. Camila se defiende,
es realista, está dispuesta a confesiones. En su adolescencia
examinaba su cuerpo con perversa curiosidad. Cuando comenzaron
los primeros brotes capilares sobre su pubis supo que estaba llegando
el momento de la verdad última. Vendría una áspera
mano de hombre que se domesticaría con la tersura. Al despuntarle
los senos se acariciaba los pezones disfrutando el cosquilleo
allá adentro, en el centro de gravedad de todas las sensaciones.
Supo que estaba llegando el momento de enfrentarse a la razón
de aquellas concavidades y protuberancias dispuestas por la naturaleza
en su cuerpo, de saber el destino de esa conjunción de
huesos y cartílagos que armaban el enigma. Siempre mantuvo,
muy arraigado, el concepto del goce. Se masturbaba cada noche,
tan pronto su madre apagaba las luces y abandonaba la habitación.
No adquirió la noción del pecado; siempre fue inocente,
no importaba cuánto hiciera. Alvaro la inició en
el conocimiento de las causas del comportamiento humano. Leyó
textos que le permitieron entrar en los mecanismos que mueven
la historia y los personajes que gesticulan dentro de ella. Siempre
se mostró dispuesta a aprenderlo todo de sí misma:
era su mejor discípula y su mejor maestra. Sin embargo,
esa mezcla de represión con retórica persuasora,
que usaban allende el mar, no era lo que estaba esperando. El
hombre nunca podría ser enteramente libre porque habría
presiones que lo mantenían deambulando de una parte a la
otra. Advierto, entonces, las piernas ante mí. Hace rato
están ahí, desnudas -mostrando unos dedos largos,
como masculinos-, pero de músculos suaves, sin crispamientos
atléticos, de tenue curvatura sobre sus rodillas pulidas.
Siento necesidad de tocarlas, pasar las yemas de mis dedos por
esa piel tersa, por encima de esos poros depilados, casi lustrosos.
Camila tiene años sobre los míos, dama en plenitud;
soy, en cambio, un pusilánime aturdido, deseando no parecerlo.
Con aparente desdén comienzo a acariciarle las piernas.
¿Te complacen? Asiento sin hablar. Pretendo ser ajeno al
acto de palparla pero mi boca entreabierta me traiciona: otro
testimonio del deseo. Peor que la fatiga erótica es la
amistad humillada, esa complicidad sin inhibiciones no puede defraudarse.
¿Puedes ser mi amigo sin arrepentirte? Es probable, anuncio
sin comprometerme. Camila se acerca y me besa con un leve contacto,
apenas, de sus labios. Sorprendido trato de esquivarla pero una
cierta química me sostiene. ¿Qué sucedería
si Álvaro abriese la puerta? No vendrá, conoce sus
límites. Se echó sobre los almohadones, sí:
se derrumbó como una perra impúdica, sedienta. Me
arrodillo para besarle la cintura: una delgada bahía la
divide, un meandro como recompensa. Camila siente el suave deslizar
de mi mano buscándole el corazón. Regresamos a la
sala después de medianoche y ya muchos se despiden. Camila
los acompaña a la puerta. Siempre queda pendiente un compromiso.
Nos volveremos a ver. Recuerda traerme el Dinesen. Te espero delante
de la taquilla, ¡no tardes, si demoras entro sola! Pasaré
por tu casa a dejarte el cuarteto de Schumann. La casa está
más despejada ahora. Álvaro Salinas estaba junto
a nosotros. Perdona, apenas pude atenderte. Enarcando las cejas
pretendí restarle alcance a su descuido. Camila le contó
mi breve odisea. Siempre hay que ir a París cuando se es
joven. Trató de decirlo todo, pero no dijo nada. De ahora
en adelante vamos a verte con frecuencia ¿verdad, Álvaro?
El marido tolerante abrió las manos como quien aprueba
el hallazgo de un nuevo favorito. Los sirvientes han cesado de
pasar bandejas. Apenas quedamos unos pocos invitados y hacia el
fondo de la casa han apagado algunas luces. Camila me acompaña
a la puerta. Te llamaré mañana. Me sorprende.