Cuba,
ante todo, es una idea
Tupac Pinilla/Julio César Guanche
La
cultura cubana tiene nombres, hombres imprescindibles; y cuando
ha de enmarcarse en el período histórico de la segunda
mitad del siglo veinte, Lisandro Otero –escritor y periodista
de excelencia– deviene vértebra ineludible. No solo
su literatura esencial lo convoca; no es aconsejable pensar en
las principales instituciones culturales de la Isla (entiéndase
publicaciones, gremios y premios) sin considerar su presencia,
y más: su compromiso. Lisandro, además, anda de
fiesta por sus recién inaugurados 70 años y, como
buen cubano, los celebra en casa. Aprovechamos la oportunidad
de este regreso para, desde fuera de “La opinión”,
conocer sus opiniones sobre temas aparentemente menos actuales
y urgentes.
A
pesar de que reside en México desde hace varios años
ha mantenido un estrecho vínculo con Cuba y, particularmente,
con la vida cultural en nuestro país. ¿Por qué?
Porque Cuba es una idea, ante todo, y con ella se viaja, se labora
y se sueña. Martí vivió en Cuba poco tiempo,
pero nunca estuvo distante. Cirilo Villaverde escribió
su interpretación de la vida cubana en Nueva York. Heredia
nunca dejó de vivir en la Isla, aunque residía en
México. Carpentier y Lam transcurrieron por largos períodos
en el exterior y fue desde allá que afinaron su percepción
de lo cubano. No quiero decir que la ausencia es indispensable
para la asimilación de la esencia de nuestra identidad.
Lezama y Casal apenas se movieron de su sitio natal. Guillén
ya contaba con una imagen muy consumada de Cuba cuando comenzó
a viajar.
Su
estancia en el exterior por varios años quizás le
permita la posibilidad de hacer un juicio distanciado sobre la
cultura cubana. ¿Cómo valora usted el proceso vivido
por nuestra cultura en los años 90 y su momento actual?
Creo que el equipo que actualmente está dirigiendo la cultura
cubana es el de mayor excelencia que hemos tenido en cuarenta
años de Revolución. El fervor inmaduro de los primeros
tiempos ya se desvaneció; también han desaparecido
las incomprensiones y los distanciamientos del segundo decenio;
igualmente se han eclipsado las reiteraciones obsesivas de otro
período lamentable. Ahora hay tolerancia, madurez, armonía.
Es el mejor momento de la cultura cubana.
¿Pudiera
darnos su valoración sobre la literatura cubana que se
escribe en el exterior?
Hay escritores de mucho talento que confían básicamente
en sus habilidades literarias para descollar. Hay otros, desvergonzados,
que tratan de hacer una carrera con sus discrepancias y procuran
distinguirse usando las amplísimas facilidades editoriales
y propagandísticas que se les da a aquellos que disienten
de la Revolución.
¿Pudiera
darnos su visión, desde la perspectiva actual, del Moscú
perestroiko que conoció durante su estancia en la extinta
Unión Soviética como agregado cultural de nuestra
Embajada en aquel país?
Los años que viví en Moscú los recuerdo con
afecto y gratitud. Fueron muchos los amigos que cultivé
en ese tiempo, pero los cambios políticos todavía
no eran evidentes. Llegué al morir Andropov, estuve durante
el breve lapso de Chernenko y asistí al advenimiento de
Gorbachov –con quien he conversado en varias ocasiones–,
y pude advertir sus numerosos errores. Por la manera en que los
soviéticos entendían la vida pública, la
transición fue subterránea. Percibí muchas
señales que me permitían vislumbrar los desajustes
y la tormenta en lontananza, pero jamás imaginé
que la catástrofe iba a llegar tan lejos.
Usted,
como muchos buenos narradores, comenzó por el periodismo,
¿quisiera hacernos alguna anécdota significativa
de su faceta como periodista en Cuba?
Recuerdo cuando, en mis inicios como periodista, el director de
El País, Guillermo Martínez Márquez,
me increpó groseramente por algo que había escrito
en un artículo firmado. Pese a que mi padre era un destacado
periodista no hubo consideraciones conmigo. Fui tratado con insolencia,
despotismo, altanería y ello me reveló el absolutismo
que animaba la prensa cubana, pese a sus aires aparentemente democráticos.
Me percaté de que quienes detentaban el poder no vacilarían
en usar sus garras para preservarse en su sitio. Fue asombroso
que la Revolución lograra quebrar esas estructuras que
a mí, entonces, me parecían muy sólidas.
Después
de sus inicios en el periodismo dio el salto a la literatura.
Actualmente ha vuelto con bríos renovados al periodismo,
¿por qué?
No he vuelto con bríos renovados al periodismo, en realidad
nunca me he apartado de mi profesión. En estos últimos
años he colaborado en Excelsior de México,
ABC de Madrid, en el Washington Post, en Le
Monde de París, en Interpress Service, muchos
periódicos de la India a Suecia publican estas columnas,
pero quizás esto no se conoce en Cuba porque esos textos
se publican fundamentalmente en el extranjero. Ahora escribo una
columna que se publica cuatro veces por semana en los sesenta
periódicos de la cadena de la Organización Editorial
Mexicana. He colaborado mucho con Prensa Latina que nunca
dejó de difundirme. Más recientemente La Jiribilla,
Orbe y La Gaceta de Cuba, de la cual fui fundador,
están publicando en Cuba mis artículos.
¿Por
qué particularmente en La Jiribilla?
Me simpatiza La Jiribilla porque es una publicación
que era necesaria desde hacía tiempo, una gaceta de barricada,
ágil, con humor, imaginativa, cáustica, que saliera
al paso de la madeja de infundios que se urden en el exterior
sobre Cuba.
¿Cuáles
son, a su juicio, los mayores aciertos y desaciertos del periodismo
mundial y cubano actuales?
El periodismo mundial está atravesando una crisis de credibilidad
por la evidente distorsión de la verdad, por el uso interesado
que se hace de los medios de difusión. Eso ha sido innegable
por la manera tendenciosa en que se ha reportado lo referente
al atentado del 11 de septiembre y la guerra en Afganistán.
Sin embargo, cuenta con un enorme dispositivo de propagación,
tecnológicamente muy avanzado. El periodismo nacional tiene
todavía algunas insuficiencias que deben ser atendidas
para hacer justicia a la inmensa madurez política de los
cubanos.
¿Su
regreso al periodismo implica un abandono, al menos temporal,
de la narrativa? ¿Tiene alguna novela en preparación?
Tampoco he abandonado nunca la narrativa. La última novela
mía publicada en Cuba fue Árbol de la
vida, pero después de ella salió La
travesía, que no se conoce allá. Y
estoy terminando Juego interrumpido.
Tengo una nueva novela en preparación, Charada.
En
varias de sus novelas se aprecia cierta obsesión por el
tema de las revoluciones en sus distintas etapas, ¿es posible
entender esa obsesión como una necesidad personal de comprender
la esencia del proceso cubano en sus virtudes y contradicciones?
No solamente del proceso cubano, sino de todas las coyunturas
de cambio social profundo.
¿Cabría
esperar alguna nueva novela suya donde personajes comunes, como
lo son siempre los magníficos protagonistas de sus novelas,
hechos de la suma de los muchos que somos, se interroguen por
la realidad actual del proceso revolucionario cubano?
Es posible. Varios proyectos de ese tipo me han tentado, pero
solamente podré emprenderlos después de mi regreso,
cuando tome contacto nuevamente con la vida cubana de manera cotidiana
y profunda.
La
Jjiribilla, Nro 63.