LISANDRO OTERO Y LA SITUACIÓN

Manuel Rojas

Acabo de ver en La Habana a Lisandro Otero. Lo había visto un poco antes en México, en los días del Segundo Congreso Latinoamericano de Escritores. Llegaba de París, en compañía de Alejo Carpentier, y se fue de México al día siguiente de terminado el congreso, en un avión carguero que iba a su isla. No quiso esperar más. Tomó parte en el congreso, trabajó en una de sus comisiones, conversamos, nos dijo una mañana, que creía que la policía había registrado su equipaje, visitamos esa maravilla que es la ciudad de Guanajuato, estuvimos juntos en la soleada Guadalajara y después, tal como había venido, desapareció hacia Cuba.
Una semana después llegamos también a La Habana, y en las primeras semanas de nuestra estada nos fue imposible verlo. Reapareció ante nuestros ojos, una noche, en la provincia de Pinar del Río, en un lugar llamado Guane. No hablamos con él, sin embargo; sólo lo miramos.
El gobierno cubano había invitado a todas las personas llegadas al país para la celebración del Primero de Mayo, a viajar hasta Pinar del Río y visitar lo que dos mil muchachas estudiantes de secundarias y algunos cientos de trabajadores realizaron en dos o tres meses. La región de Guane está en el sudoeste de la isla, en una tierra que hasta momentos antes permanecía abandonada por los gobiernos que ha tenido Cuba: hierbazales y malezales le cubrían, y aunque algunos hombres, ya dentro de la revolución, habían sido enviados para ver el modo de aprovechar de alguna manera esos suelos, los enviados no habían hecho sino lo que se les había ocurrido, sin consultar agrónomos e ingenieros, y Guane seguía tal como desde siglos, cubierta de marabú y de hierbas inservibles. Fidel Castro fue, finalmente, con sus expertos, a recorrer la región, y examinaron hasta la misma extremidad occidental de la isla, el Cabo San Antonio. Pudieron ver ahí los errores cometidos en la región, errores desde el punto de vista económico y agrícola; y descubrieron que la tierra se prestaba maravillosamente para plantaciones de cítricos. Enviaron a las dos mil muchachas y a los centenares de trabajadores y en tanto estos erigían un nuevo pueblo, en cambio del que había existido, las muchachas plantaron y fertilizaron seis millones de cítricos, mandarinas, toronjas, limones, naranjas, de todas las variedades imaginables, además de árboles forestales y café. Fidel Castro declaró esa noche que dentro de unos pocos años Cuba tendrá una producción de cítricos tan copiosa como la de Estados Unidos, y que por más toronjas, mandarinas, naranjas y limones, que consuma el pueblo cubano, sólo logrará consumir el veinte por ciento de la producción: el ochenta por ciento será exportado.
Se había preparado un programa que consistía en la presentación de una orquesta del Consejo Nacional de Cultura, orquesta que iniciaba esa noche sus actividades; una especie de cuadro teatral representado por unas cien muchachas de las que trabajaron ahí y en el cual recordarían sus juegos, sus trabajos, sus conversaciones, sus esperanzas, y un discurso del Primer Ministro. Soplaba un viento norte bastante fresco y algunas nubes de tierra se abatían de pronto sobre los concurrentes. Entre la concurrencia, los invitados, la gente que actuaba y los que trabajaban en el desarrollo del programa, deambulaba Lisandro Otero. Llevaba en la mano algo que parecía una pequeña radio portátil con una larga antena, pequeña radio del tamaño de una cajetilla de cigarrillos que, de seguro, le servía para comunicarse con otras personas que intervenían en la organización del acto.
Su imagen pasó una o dos veces ante nosotros y después desapareció. Terminado el discurso de Fidel, retornamos a La Habana. Dos días antes de partir para Chile, volvimos a verlo, esta vez en un restaurante en el que oíamos cantar a Bola de Nieve. Lisandro comía en una mesa vecina y vino a saludarnos. Nos dijo que ni siquiera sabía que estábamos en La Habana. Nos contó que había estado en la zafra y nos separamos con un abrazo.
Lisandro Otero es un hombre joven, robusto, que camina un poco inclinado y que parece que va a embestir a alguien. No embiste a nadie, sin embargo, cosa que sorprende, ya que su gesto, unido al hecho de que usa el pelo muy corto e inclina la cabeza, indica que más bien va a hacerlo. Sus ojos verdes resultan extraños, aunque la verdad es que no tienen nada de extraño en un individuo que lleva ese apellido: Otero es un apellido asturiano, según me parece, y en Asturias hay muchos individuos de ojos claros. Conversando con alguien, ese alguien se quejó de que este novelista no estuviese escribiendo más. Quizá esté viviendo más, mezclándose más a los hechos de la construcción de su país.
La novela que hoy vamos a comentar fue conocida por mí hará unos tres años. Un día en que fui a la oficina en que trabajaba Enrique Lafourcade, me mostró un ejemplar de La situación, diciéndome que era una novela que valía la pena, una novela que estaba bien y que había que leer. Me la prestó, la leí y no se la devolví nunca; todavía está en mi casa: es la edición que la Casa de las Américas hizo en 1963, pues resultó premiada en el concurso de ese año.
Me sorprendió y agradó mucho su lectura, pues su acción se desarrolla en el año en que efectué mi primera visita a Cuba, en 1951. Me pareció sentir, a una distancia catorce años, las mismas sensaciones que percibí entonces: en aquel año era presidente Prío Socarrás y había en La Habana muchos dólares, mucho cabaret, muchas casas de juego, mucha prostitución, mucho ron y whisky y candonga, al mismo tiempo que mucha hambre y mucha rabia; en ese año Juan Bosch, el cuentista dominicano, presidente después de su patria por unos pocos meses, recibía mensualmente de Prío Socarrás quinientos dólares por el posible consejo que podría pedirle y otros quinientos del director de Bohemia por si quería publicar allí algún cuentecito. Prío Socarrás además le pagó 10 000 dólares para que escribiera un libro sobre Cuba, libro que Bosch vino a terminar y publicar en Chile. Enrique Labrador Ruiz, novelista cubano, podía ganar mil dólares en un día y en verdad los ganó cuando Rómulo Gallegos aterrizó en La Habana luego de ser destituido por Pérez Jiménez: le hizo dos reportajes en un mismo día y por cada uno le pagaron quinientos dólares. Iban y venían las muchachas yanquis, los gánsters, los obreros desocupados -en esos años el obrero agrícola trabajaba cuatro meses al año y se moría de hambre los otros ocho-; pero todo el mundo, así se decía, era feliz en «Cubita linda», menos, por supuesto los que se morían de hambre y los que ya soñaban, desde el principio del siglo, con la revolución.
Entre ese mundo de servidores y de sirvientes, de dueños de ingenio y de vividores, un hombre joven se desliza: Luis Dascal, un joven descontento. No es un revolucionario, no es muy inteligente, ve más lo superficial que lo profundo, sobre todo en los seres, pero lo superficial es tan repetido y tan grotesco y tan repugnante, que termina por asquearlo; a pesar de ello lo atrae, vuelve de nuevo. En esa sociedad todo era superficial, la grosería apagaba lo espiritual, el dólar mataba la imaginación; los objetos, el automóvil, el yate, los puros, los colchones americanos, hundían la inteligencia en el barro de la comodidad y del lujo. «En la mesa de cristal sobre el césped -se lee en la página 35 de la edición chilena-, dos fuentes de plata contenían el pudín de pescado y la gelatina de pavo, con la simétrica decoración de la cocina francesa. En el centro, un gran bowl de cristal tallado brillaba con la dulce masa de la ensalada de frutas cubierta de nueces y crema. Junto a ella, el arroz a la milanesa. Más allá, el mousse de chocolate y el baba al ron. En una mesa auxiliar, los platos de porcelana Minton y los cubiertos de plata Gorham, modelo Renaissanse y las servilletas de hilo y encaje de Bruselas con el monograma S S bordado en un óvalo barroco.»
La novela, entonces, tiene el carácter de un documento sobre la vida y costumbres de la burguesía cubana, esa burguesía cubana que fue desplazada por la revolución de 1959 y que hoy vegeta en España, en Estados Unidos o en México, soñando con una reconquista que no es capaz de realizar por sí misma y ni siquiera por mano de sus hijos, niños bien de ayer, dedicados hoy al terrorismo. La prosa de Lisandro Otero la presenta tal como era, una prosa severa y manual, sin inmersiones en el subconsciente, pero también limpia, valiéndose de cambios en la tipografía para dar, ya estampas de un español, que viene a trabajar a Cuba, ya aspectos de la vida de un cubano que luchó en la guerra de la independencia, ya los pensamientos de Luis Dascal sobre los demás personajes y sobre sí mismo. En estos casos, Luis Dascal observa al individuo, sea hombre o mujer, de una manera curiosa; lo ve como una masa con colores y movimientos e incluso reacciones, pero sin ideas. Después de conversar un momento con Carlos Sarría Santos, uno de los niños bien de La Habana anterior a 1959, con casa en la playa, una playa propia en un lugar de Varadero llamado la Costa de Oro, monologa sobre él y dice: «Cada uno tiene su color y el tuyo es verde grisáceo. Verde de agua marina estancada. ¿Sabes por qué, Carlos? ¡Imagina si fueras de una malva brillante! (Naturalmente que en esa forma podrías atraer los mosquitos.) El tuyo es gris de ceniza, verde pútrido. El color de lo estacionario. Tú no tienes raíz, porque no te interesas en nada. Veamos esto de frente: no eres optimista. El optimismo se genera en las glándulas y está garantizado por una buena digestión.
»Un excremento pastoso, de consistencia homogénea -ni endurecido ni licuado-, de color siena crudo, es el mejor síntoma de que su productor espera de todo y de todos lo mejor. El grupo, en tu caso, actúa de polos eléctricos y tú te mueves como la aguja imantada, con movimientos de atracción y repulsión. Si fueras optimista enfrentarías un hecho y sanamente tomarías la decisión de seguir un camino.»
Cuando Luis Dascal habla íntimamente de sí mismo, su mirada es igualmente superficial. En realidad, parece no verse; el sí mismo lo lleva casi siempre a los demás, y, como los demás, se deja llevar por la corriente. De esta manera, la novela, que se lee con atención, que está bien escrita, que habla de un mundo que puede tener versiones parecidas en otras ciudades de la América Latina, no es sino lo que hemos indicado: una imagen de la sociedad cubana de 1951 y principios de 1952, año en que Batista derriba a Prío Socarrás y toma el gobierno.

     
     
     
     
   
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Redacción editorial: Pablo Vargas
Diseño: Yemly Figueredo
Corrección editorial: Ruth Lelyen