PASIÓN
DE URBINO. GENERAL A CABALLO. TEMPORADA DE ÁNGELES
Fernando Alegría
Se ha dicho que rara vez una revolución tiene de inmediato
una gran literatura que la interprete. Mientas la revolución
avanza y el narrador ensaya y repite sus voces, hombres y mujeres
luchan y caen; cuando llegan a las páginas de una novela
un hálito los envuelve, especie de nostalgia o de experiencia
heroica desde más allá de la muerte. He sentido
esto leyendo algunas novelas de Lisandro Otero, particularmente
En ciudad semejante (1970); aunque no solamente ella, sino
otras cuya visión pasa a través de los acontecimientos
históricos como una ráfaga que desarma el tiempo
y lo reorganiza o, más bien, lo reinventa: Pasión
de Urbino (1966), General a caballo (1980), Temporada
de ángeles (1983).
El lector está frente a crónicas de hechos vividos
por un testigo presencial multiplicado en misteriosos dobles.
Bajo la impresión de «novelas históricas».
E inmediatamente duda. La estrategia narrativa de Otero consiste
en sugerir la veracidad de un documento y, al mismo tiempo, en
proceder a la reconstrucción poética de su contenido.
Básicamente, me parece que sus novelas se afirman en un
movimiento libre de imágenes en que se impone un paralelismo
entre lo sucedido, lo que va a suceder y lo que pudo suceder y
no sucedió. Entonces pienso en las fascinantes nomenclaturas
verbales de don Andrés Bello: copretéritos, postpretéritos
y futuros hipotéticos de la experiencia subjetiva; trapecios
gramaticales en que oscila la significación del tiempo.
Otero, indudablemente, llega mucho más allá de los
límites de la novela histórica tradicional.
Lo que trasciende de su crónica testimonial no es tanto
la narración de hechos dramáticos durante el período
revolucionario, como la confirmación de un proceso dialéctico
en la historia de Cuba. Es por eso que en una novela como En
ciudad semejante las imágenes de Gómez, Maceo
y Martí se integran con tanta naturalidad en la persona
de los jóvenes estudiantes, obreros y campesinos del siglo
xx, y lo que resulta nada tiene de extraño, sino que impresiona
por la pureza del sacrificio anónimo en el ámbito
de una epopeya popular que rebasa las medidas del tiempo.
En ciudad semejante, como se sabe, es continuación
de otra novela, La situación, y parte de una trilogía.
Para mí que leo estas epopeyas como nexos básicos
e imprescindibles de la gran crónica de la liberación
latinoamericana, ellas constituyen un hecho estético y
un documento social en sí, iluminan episodios centrales
de la Revolución cubana desde ángulos nuevos, a
veces con la visión tolstoyana de los grandes panoramas
bélicos, a veces con el apunte rápido y dinámico
de Hemingway. Otero consagra sus mejores páginas a esos
héroes que no han subido y acaso no subirán jamás
al pedestal de ningún monumento y quienes, de la tierra
de nadie, pasan a la tierra y a la historia de todos.
Dice Lisandro Otero que aun su novela Bolero está
«escrita mediante un método usual en el proceso de
la creación narrativa, tomando elementos verídicos
de diferente caracteres y contextos y añadiendo recursos
de fantasía pura».
Otra consecuencia puede deducirse de las alternativas que marcan
el desarrollo de la novela de la Revolución cubana y de
la actividad creadora de Lisandro Otero: se encierra aquí
una función paradigmática. No olvidemos que un novelista
como Alejo Carpentier, de quien ha dicho Carlos Fuentes que ocupa
«el centro de la novela hispanoamericana», no atrajo
la atención de la crítica oficial sino en la década
del 60. Hoy no sólo es indiscutible su papel de pionero
en un período de ruptura con la tradición del regionalismo
decimonónico, sino también es reconocida su hegemonía
ente los novelistas que consolidan los experimentos narrativos
característicos del medio-siglo.
Si, como dice Rogelio Rodríguez Coronel en su ensayo "La
novela cubana en la revolución" y en su libro Novela
de la Revolución y otros temas, son varias las corrientes
y diversos los epicentros que marcan su evolución a partir
de 1959, también se advierten puntos de transición
y alcances definitorios en la producción novelesca de Lisandro
Otero entre 1964, fecha en que fue escrita Pasión de
Urbino, y 1982 en que da término a Temporada de
ángeles. Me parece que en este proceso Otero se mueve
desde un plano experimental de ascendencia joyceana hacia una
forma narrativa testimonial que coincide con las corrientes más
fuertes de la reciente novelística cubana.
Para el lector que reconoce las múltiples vías de
experimentación de novelistas como Lezama Lima -precursor-,
Desnoes, Soler Puig, Barnet, Vieta, tanto como de Reynaldo González
y Pablo Amando Fernández, Pasión de Urbino
habrá tenido una fascinación particular. No sé
de nadie que haya reconocido y definido en esta novela su línea
genérica: ese tipo de relato de fin de siglo, muy cubano
y muy español, preocupado hasta la obsesión por
la idiosincrasia del lenguaje y la creación de estados
de ánimo a base de ambientes, no ya costumbristas, sino
interiores, crisis psicológicas, conflictos ambiguos, al
modo de Pérez de Ayala, Gabriel Miró y del maestro
del género, olvidado hoy, pero muy en boga en su tiempo:
Alfonso Hernández Catá.
Narrativa límpida es esta, plácida, rica y densa
a nivel lingüístico, que en su complejidad barroca
encierra los signos de una decadencia social, no en plano de denuncias,
sino de alusiones y escarceos íntimos, sordos choques de
pasiones, caídas y condenaciones. Me refiero a una época
de novelas en clave y de raras flores, que ocultaban más
de lo que decían, a novelistas que se solazaban en desconcertar
a críticos académicos. Poco quedó de todo
eso. Subsistió el culto del lenguaje sugerente, salvándose
también los marcos del gran salón y, en ellos, los
rostros de la familia patricia defendiéndose de la invasión
de traspatios y vecindarios populares. Más de uno de esos
narradores se refugió en provincia. Otros siguieron soñando
y, decepcionados, guardaron silencio.
Novelistas de épocas recientes, experimentadores y sabios,
tomaron la voz y renovaron con audacia el coro. Maduraron alrededor
del medio-siglo y, como en el caso de Otero, consagráronse
en la década del 60.
Pasión de Urbino es buen ejemplo de lo que digo.
El primer plano de la narración es engañosamente
sencillo: una condición familiar, en ambiente de la alta
burguesía caribeña. El narrador expone las coordenadas
de un violento cruce pasional en que los personajes responden
a presiones de equívoca índole: al centro hay un
trío compuesto de dos hermanos y la mujer de uno de ellos.
Uno de los hermanos es tentado por la ambición, el otro
por la lujuria; la mujer, unida al ambicioso, desea al endemoniado.
Sobre el trío preside la matriarca familiar. Alrededor
de ellos pasan un ama de casa y un criado con sus propios y peculiares
demonios.
Nombres, situaciones, tensiones y ambiente encajan en el estilo
de la alta burguesía colonial de fin de siglo. El aire
familiar es el de una sociedad enriquecida, soplada y fofa, viajada
y tentada, al borde de una caída que acabará con
un régimen social a las puertas de una evolución.
Todo en la historia es, en cierto modo, previsible. Vamos sin
sorpresas de la mano del narrador. De pronto, estalla y se hace
añicos la máquina del tiempo: lo sucedido vuelve
a acontecer, en un tiempo nuevo. La historia se repite, pero no
se repite. Se aflojan los botones del tiempo y saltan; cosas terribles
ocurren y, de pronto también, dejan de suceder. ¿En
qué mundo estamos? ¿Qué tiempo nos rige?
El lector quisiera asirse de alguna transición lógica.
Pero, el narrador, como un malabarista, se la esconde. Vemos morir
a un hombre y, luego, lo vemos proseguir su rutina sin que nadie
advierta el misterio de su transmutación. Esa muerte es
irreal, se dice el lector, y no lo es. De algún modo que
rompe las reglas del juego la realidad se niega a sí misma,
el tiempo se traga sus propias unidades y se desfonda el globo
de la concepción histórica. El hombre, su realidad
y las secuencias que garantizan su identidad no tienen ya significación
absoluta, son signos cambiables en un espacio sin límites.
A manera de claves, Otero pone epígrafes de Shakespeare,
Pirandello y Marco Aurelio. Frases son que sugieren la relatividad
del conocimiento, la imprecisión del concepto del tiempo,
la carga subjetiva de las normas éticas con que juzgamos
la conducta de los demás. Pudiérase añadir
alguna frase de H. G. Wells para recordar su vehículo distraído
que, al cambiar de pista, abandona la carretera de este mundo
y sigue, sin inmutarse, por un desvío sideral. El lector
se sume en la ficción como en un vacuum de simultaneidad
y su conciencia del pasar de los hombres y las cosas no es ya
un órgano para medir, sino para soñar. Escritores
ingleses de variados moldes éticos y estéticos comenzaron
a sacar relojes que no medían el tiempo en horas, minutos
y segundos, sino en siglos; las agujas comenzaron a moverse en
múltiples e inseparadas direcciones. Chesterton borró
la identificación consciente de los espacios al crear su
ubicuo ladrón invisible en The Man Who Was Thursday.
Virginia Woolf atravesó barreras de tiempo, espacio y sexo
en su biografía de Orlando. John Balderston pone
al héroe de Berkeley Square frente a una puerta que, una
vez franqueada, le permite entrar a siglos pasados.
¿Cuándo empieza el desvarío de nuestra propia
rueda del tiempo y la fortuna? El cuándo no es, por cierto,
tan interesante como el modo en que narradores de nuestro siglo
y cronistas de siglos pasados se olvidaron del transcurrir cronológico
del tiempo y se entregaron al desorden poético de la geografía
y al caos de un mundo que, al dejar de ser histórico, cree
descubrir, por fe, la unidad de los confines de la Creación.
El caso es que Carpentier, Borges, Otero -¿y cuántos
más?- descartan sus relojes y se ponen a inventarle tiempos
al tiempo.
Pasión de Urbino, como novela, es un círculo
que se abre en el tiempo; los episodios seguirán sucediendo
eternamente repetidos: principio-final, tentación-caída,
final-principio.... Los hechos narrados crean la ilusión
del pasar del tiempo, pero éste los iguala, e igualándolos,
los borra, al fin se convierten en la ilusión de la realidad.
En la década del 70 aparecieron cinco novelas con un tema
común: la dictadura latinoamericana, y en ellas pudo apreciarse
hasta qué punto la conciencia de un mal endémico
y de una crisis inminente llevó a comprometerse políticamente
a figuras señeras de nuestra literatura. Este fenómeno
literario no fue, ciertamente, el resultado de una simple coincidencia.
La carga de conciencia venía de lejos con un historial
de caudillismo que se extiende desde el siglo xix hasta nuestros
días, con botes crecientes de gorilismo en Centro y Sudamérica
y una ofensiva de anti-insurgencia organizada, financiada e implementada
desde los Estados Unidos. Golpes militares ocurridos a medio siglo
en el Brasil, Argentina, Perú, Bolivia y Chile fueron,
sin duda, puntos claves en el repentino asalto contra los restos
de institucionalismo democrático en Latinoamérica.
La literatura acusó el golpe y denunció el desenfreno
desde variados puntos de vista. Las novelas de Augusto Roa Bastos
(Yo el Supremo, 1974), Alejo Carpentier (El recurso
del método, 1974), Gabriel García Márquez
(El otoño del patriarca, 1975), fueron de estructura
carnavalesca. Oficio de difuntos (1974) de Arturo Uslar
Pietri y General a caballo (1972-1977) de Otero, en cambio,
buscaron las raíces del fenómeno hurgando en la
motivación individual de dos tipos tradicionales de déspotas.
En este plano establecieron una línea de continuidad con
otras dos novelas que inician el género en nuestro siglo:
Ecce Pericles (1945) de Rafael Arévalo Martínez
y El señor Presidente (1946) de Miguel A. Asturias.
Interesa analizar la novela de Otero por una razón que
pudiera ser obvia: de todos los escritores nombrados, el cubano
es el único que, trabajando sobre la base de una abstracción,
intenta darnos en esencia el símbolo del déspota
y de la empresa descabellada con que interrumpe la historia de
un país en nombre de un orden que, en sus consecuencias,
no será sino el reino del caos.
El procedimiento narrativo de Otero es clínico; aísla
el caso de una nación imaginaria en el Caribe, lo mitifica
en el tiempo -24 horas-, y en este transcurso registra todo cuanto,
bajo el disfraz de gobierno, puede provocarse para destruir un
régimen civil: el golpe militar a rienda suelta (un general
depone a otro, otro lo depone a él, y otros aparecen en
el relevo en sucesión incontrolada a través de las
24 horas de la historia), la entrega del país al imperio
extranjero a base de fraudes, «coimas», persecución,
destrucción de organizaciones obreras, profesionales y
estudiantiles, y, finalmente, el reino del terror y de la muerte
por desaparición.
Las 24 horas que narra Otero aparecen en la lente de un microscopio
que, a la vez, aísla, aumenta y disminuye las circunstancias
del fenómeno político, mientas que, a fuerza de
detalles estratégicamente escogidos, profundiza en la complejidad
de la experiencia individual del general retirado Aniceto Mendoza,
a quien sacan de la cama una madrugada para ponerlo sobre el caballo
del poder, lo enredan en la tosca madeja del golpe y el contragolpe,
ármanlo y desármanlo, hasta que lo devuelven a la
cama de la paz y del olvido:
Se sintió cansado, se acostaría en seguida. El cholo
le trajo un vaso de leche caliente y don Aniceto bebió
con calma para incitar un sueño plácido.
-Sabes una cosa, Cholo -le dijo a su sirviente que esperaba junto
a la puerta dispuesto a seguirlo a su habitación-: esta
noche no voy a soñar con terremotos (pp. 91).
El peligro de una estrategia narrativa como ésta es que
la abstracción, si bien conduce a la metáfora y
al símbolo, también puede llevarnos al esquema y
al artificio. Lisandro Otero se defiende con el alma literaria
que no falla: la autenticidad del personaje, del ambiente y del
lenguaje, y la armazón sólida, impecable, de la
trama. A don Aniceto lo conocemos de sobra por más que
a veces se llame Martínez, Carías Ubico, Trujillo,
Gómez, o Stroessner. Se ha bajado del caballo en Miami
y en capitales europeas. Pero, más a menudo lo reconocemos
retirado ya en su finquita de las memorias, los remordimientos
y las puñaladas por la espalda. A don Aniceto, sin embargo,
le espera un destino especial: porque él tuvo la virtud
de desmontar a tiempo, después de acceder a todo pedido
de poder y de abandono. Va, pues, al limbo de quienes toman leche
y se acuestan temprano, sin botas ni espuelas, sin tentaciones
ya. Con retrato, eso sí, en la galería de los Presidentes,
y con su cuentecita en un banco sin nombre, solamente un número:
el del mausoleo que lo espera.
En su ya legendario texto La historia me absolverá,
Fidel Castro dejó un testimonio que, además de servir
de base ideológica a quienes ya delimitaban los hitos históricos
de la Revolución cubana, inspiró a Lisandro Otero
una de sus novelas más importantes. Dijo Castro:
"Sabido es que en Inglaterra, en el siglo xvii fueron destronados
dos reyes, Carlos I y Jacobo II, por actos de despotismo. Estos
hechos coincidieron con el nacimiento de la filosofía liberal,
esencia ideológica de una nueva clase social que pugnaba
entonces por romper las cadenas del feudalismo. Frente a las tiranías
de derecho divino esa filosofía opuso el principio del
contrato social y el consentimiento de los gobernados, y sirvió
de fundamento a la revolución inglesa en 1688, y a las
revoluciones americana y francesa, de 1775 y 1789. Estos grandes
acontecimientos revolucionarios abrieron el proceso de liberación
de las colonias españolas en América, cuyo último
eslabón fue Cuba".
Estas palabras son como un prefacio para la novela Temporada
de ángeles en que Otero narra el período de
evolución antimonárquica que dirigió Oliver
Cromwell. Leyéndola me he peguntado qué pudo llevar
al escritor cubano a emprender la formidable tarea de investigación
histórica que se requiere para recrear una época
tan compleja y abundante en datos de confrontaciones políticas
e intentos de reformas sociales y religiosas. Porque esta novela
se lee como un tratado de impecable autenticidad histórica,
un compendio de crónica militar y de observaciones sobre
las costumbres inglesas del siglo xvii, un gran fresco en que
no se mitiga detalle para reconstruir la imagen de la city en
agonía, de un lenguaje en pleno proceso de cambios, de
la crisis de una ideología nacional y de una sociedad que
entra dramáticamente a los tiempos del «progreso
indefinido» en el marco de una revolución republicana.
Las palabras de Fidel Castro, ofrecen, por supuesto, una motivación
posible. Pero el lector de hoy -pienso en los años postreros
del siglo xx y en el proceso que va llevando a la humanidad a
una asombrosa rectificación del contrato social-, no se
contentará con esta explicación y buscará
nuevas razones, queriendo descubrir, acaso, motivos que revelen
un examen de conciencia y sugieran un drama intelectual de inesperadas
proyecciones.
A mi juicio éste es el plano en que Temporada de ángeles
intrigará al lector: no tanto como el escenario de una
reconstrucción histórica de los estertores del feudalismo
y de un cruce de pasiones que contrasta fascinantes personalidades,
sino como el lance en que un vigoroso narrador se juega su propia
suerte ante el cruce de caminos que debe definir su conciencia
política y filosófica.
La ruta es larga: Lisandro Otero reconstruye el fatídico
período que precede a la caída de Calos I, el derrumbe
de su reinado y su ejecución. En minucioso registro va
contrastando la figura de un monarca que jamás duda del
origen divino de su poder, con la de un extraño jefe militar,
mezcla de genial estratega y de condotiero brutal, montado en
la Muerte -así se llama su caballo-, quien, en pocas batallas
de cargas suicidas y emboscadas mortales, acaba no sólo
con los ejércitos reales y sus aliados de Escocia, sino
con la armazón entera del régimen feudal británico.
Ni el monarca ni el héroe de a caballo, sin embargo, son
figuras de primer plano en la novela. El efecto y las proyecciones
del duelo político se dan en un contrapunto de dramas íntimos
que comprometen a figuras de la alta y mediana burguesías
-el abogado Stanton y el mercader Norton-, y a Luciano y Pierrepont,
individuos de origen humilde, aprendiz de panadero el uno y modelo
de artes picarescas el otro. A ellos se agregan Felipa y Carolina,
quienes administrando con astucia su condición de criadas
en grandes casas, escalan a saltos la jerarquía social
londinense.
El movimiento de esta gran masa narrativa es lento, minucioso,
y su interés depende de la autenticidad de los caracteres.
En la figura de Luciano y en su progresión de aprendiz
a capitán de la caballería de Cromwell, se juega
el narrador la validez del testimonio histórico y de la
causa liberal. Que su destino se decida al final y dependa de
una simple decisión de Cromwell es, sin duda, recurso de
la mejor épica.
Insisto, no obstante, en que, triunfante Cromwell y establecido
el régimen militar con su contradictorio aparato parlamentario
a rastras, es la resolución íntima del narrador,
quien consistentemente le habla en forma directa a Luciano, la
que alcanza el poder y la trascendencia de un juicio moral de
la historia. El debate que se desarrolla subterráneamente
a través de la narración atañe a la índole
del poder, a sus métodos, su validez y sus consecuencias:
El jorobado pensó en la extraña forma de gobernar
de los hombres: la necesidad política, la razón
de Estado, el filo de la espada tienen un lugar preponderante
en las relaciones humanas y las demás minucias se supeditan
al objetivo central: el control del poder; no era muy distinto
de la imposición de la violencia por los salteadores, la
diferencia estibaba en la legalidad: unos se acogían al
orden de las instituciones y otros se colocaban al margen de ellas;
la legitimidad oleaba y santificaba con tanta intensidad que,
incluso los que la violaban, como ahora hacía este coronel
Pride, eran readmitidos al concierto tan pronto ajustaban sus
diferendos. Fascinante palabra: poder: la apertura de todos los
caminos, la llave de todas las puertas, la aceptación de
todas las opciones, el propiciamiento de todas las tendencias,
la realización de todas las inclinaciones, el quebrantamiento
de todos los albedríos, la síntesis de todas las
autoridades, la concentración de todos los arbitrios: la
totalidad total.
¿Es posible que este coronel de extrañas luces y
de fuerza superior llegue a ejercer el poder con una conciencia
equívoca de sus fines, y que para atesorarnos el bien deba
imponer los rayos de su obsesión y, al fin, nos gobierne
con poder absoluto negándonos los derechos por «nuestro
propio bien»?, ¿es posible que en el camino se confundan
los propósitos y se nos vuelva a la servidumbre para que,
de nuevo, debamos conquistar la libertad?
Cromwell tendrá, al fin, el poder de vida o muerte sobre
Luciano y lo ejercerá. El lector seguirá preguntándose:
¿fue Luciano víctima de un engaño, de un
espejismo? ¿acaso la revolución de los burgueses
fue, en verdad, la cuna de otras tiranías? ¿quién,
qué sistema y qué programa llegará, por fin,
con la solución final?
El gran mérito de la brillante especulación histórica
de Lisandro Otero es que, de pronto, se transforma en un planteamiento
decisivo para el hombre de nuestro fin de siglo. La historia -nos
demuestra Luciano-, no acaba en este final de novela: empieza,
solamente empieza. De los grifos de la sangre del Estuardo y de
la nube súbita que aplasta al capitán proletario,
se alza una visión de libertad. La temporada de ángeles
empieza. Que haya sucedido en el siglo xvii, no importa, porque,
al igual que en Pasión de Urbino, la historia en
manos de Lisandro Otero tiene un curioso modo de repetirse, corregirse
y comenzar siempre de nuevo.
En esta novela, como en las otras de este volumen, Lisandro Otero
hace acopio de sus grandes virtudes de narrador: lenguaje rico
y castizo, personajes complejos, de arrebatada humanidad, y pensamiento
inquietante, de hondas proyecciones.