BOLERO

Leonardo Acosta

Lisandro Otero se ha caracterizado por su incesante búsqueda y experimentación en el terreno de la novela, y nos ha entregado obras tan distintas como La situación, Pasión de Urbino y Temporada de ángeles. Con su novela Bolero, el autor incursiona en un mundo relativamente poco transitado por nuestros narradores, el de la música popular cubana, el ambiente en que se desarrolla y los personajes que se mueven dentro de ese mundo.
En una nota aclaratoria que encabeza el libro, Lisandro Otero dice:
Esta novela ha sido escrita mediante un método usual en el proceso de creación narrativa: tomando elementos verídicos de diferentes caracteres y contextos y añadiendo recursos de fantasía pura. No es, por tanto, una biografía sino una novela. Aunque el lector puede hallar huellas que le induzcan a atribuir ciertas apariencias como correspondientes a identidades varias, no ha sido la intención del autor efectuar una investigación objetiva sino crear una fábula, realizar un ejercicio imaginario de ficción.
Esta aclaración nos parece fundamental, máxime cuando la nota que aparece en la contraportada del libro pudiera inducirnos a pensar que se trata de una biografía más o menos novelada de Benny Moré. Desde luego que el personaje protagónico, el bolerista y sonero Esteban María Galán, o Beto Galán, posee muchos rasgos de nuestro sonero mayor, del que incluso se toman algunas anécdotas muy conocidas. Pero también podremos encontrar elementos comunes a otros cantantes y músicos que comparten con Benny Moré ciertos rasgos carismáticos y sobre los cuales la imaginación popular ha creado una aureola de leyenda, como pudieran ser Daniel Santos, Pablo Quevedo, Chano Pozo, Orlando Guerra (Cascarita), Desi Arnaz e incluso un Carlos Gardel o un Elvis Presley. No es casual que algunos de ellos aparezcan en la novela, como aparece el propio Benny Moré, con lo cual el autor traza un deslinde entre éste y el personaje de ficción que es Beto Galán.
Pero hay más. Este personaje posee también rasgos de compositores como Alejando García Caturla o Gilberto Valdés, en su intención de crear un «oratorio criollo», o «cantata criolla» y por su afán de experimentación, todo lo cual lo acerca igualmente a un personaje protagónico de Alejo Carpentier, el Músico-Explorador de Los pasos perdidos. Esto tampoco es casual, pues el propio Lisandro dedica su obra a «la presencia creciente de Alejo Carpentier».
Hay otros personajes que pudieran asociarse a seres de carne y hueso que poblaron este mundo de los años cuarenta y cincuenta. Hay un músico, Blas Cabral, que nos recuerda a Dámaso Pérez Prado; un empresario que acaso pudiera ser Alipio García (como el Ensueño Bar pudiera ser el Alí Bar); aparece también un cronista farandulero a la manera de Don Galaor y otros; vemos fugazmente a un dictador caribeño asimilable a Rafael Leónidas Trujillo y a un esbirro que acaso pudiera identificarse con un Policarpo Soler, así como a un boxeador que pudiera ser indistintamente Kid Gavilán o Ciro Morasen, Baby Coullimber o el Gallito del Ring. Y el escultor Chartrand, organizador de extravagantes orgías en su mansión llena de esculturas eróticas, ciertamente existió, aunque fuera otro su nombre. Y al adjudicarle ese sonoro Chartrand el autor nos hace evocar a otro personaje de la época, aquel artista del lente conocido como «Armand, el fotógrafo de las estrellas».
Asimismo, bien sea mediante su simple mención o inmersos en la trama novelesca, hay toda una constelación de figuras de la música (y no sólo de la cubana) tales como Ernesto Lecuona, Miguel Matamoros, Josephine Baker, Agustín Lara, María Grever, Arsenio Rodríguez, Sindo Garay, Moisés Simons, Arcaño, Rita Montaner, Cascarita, Guty Cárdenas, Chano Pozo, Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Billie Holliday, John Coltrane, Miguelito Valdés, Pérez Prado, Armando Oréfiche, Pedro Vargas y otros muchos. Y en un alucinante final, durante el entierro del ídolo caído Beto Galán, vemos desfilar las sombras de Rita y de Benny, de Chano Pozo, de Caturla y Roldán, de Saumell y Cervantes, de Sánchez de Fuentes, de Miguel Faílde, José Urfé y Claudio Brindis de Salas. Citemos sólo un extraordinario fragmento:
"Llegó Benny Moré con su saco largo, su sombrerón alón y haciendo molinetes con su caña de paseo y detrás de él, calzado con las alpargatas de sus inicios, Chano Pozo, de sonrisa amistosa y ojos exageradamente separados. Cercanos a la resplandeciente caja se situaron varios íremes: Aberiñán, Moruá Yuansá, Eribangandó, y Aberisuá, con sus trajes de tela de saco, sus capuchones puntiagudos, el pequeño sombrero circular tras el cuello, la faja de colores, los ribetes de soga deshilachada en mangas y perneras, el rostro velado por una gasa: los enviados del Ekue, del Gran Misterio, que aguardaba no lejos de allí".
Por otra parte, hasta el propio autor se desdobla en personaje, y el periodista (un personaje de importancia vital) que recoge testimonios sobre la vida del ídolo popular Beto Galán, en cierto momento reproduce como documento testimonial un artículo de otro periodista llamado Lisandro Otero. Porque el humor ocupa también su espacio en la novela, y en otro momento se reproduce una décima sobre la muerte de Beto Galán del poeta apellidado Sacerio, que le fue entregada al periodista por el folclorista Samuel Feijóo.
Otro personaje principalísimo es Olimpia, la mujer de Beto, eje de una trama de celos y de infidelidad real o sospechada, de desengaño amoroso, en fin, que es el tema casi obsesivo de las letras de boleros. Pero Olimpia es además el personaje que nos pone en contacto directo con otro mundo, el de la mitología. Es obvia la referencia al Olimpo de los griegos, repletos de dioses y diosas que constantemente se pegan los cuernos unos a otros, e incurren además en el incesto con frecuencia inusitada. Si nos remitimos a la historia antigua, encontraremos a una Olimpia, reina de Epiro, que se casó con su propio hermano, y del cantor Beto Galán se nos dice, por una parte, que su nacimiento fue el producto de un incesto, mientras por otra se afirma que «Beto no vino al mundo de un vientre de mujer, descendió del Olimpo». A su vez Olimpia es relacionada con el culto de Astarté, a Esmirna (hija del rey de Siria) y con divinidades griegas como Afrodita y Proserpina. Lo cual nos remite a las letras de boleros y canciones en que se compara a la mujer amada con una diosa, como en el clásico de Manuel Corona, «Longina» («te comparo con una santa diosa...»)
Las alusiones a las mitologías orientales y africanas (y no sólo a la griega) es una de las claves de la novela. Y es que podemos afirmar que el autor ha creado una verdadera mitología del bolero. Las técnicas narrativas empleadas para lograr sus propósitos muestran una indiscutible maestría en el difícil oficio de escribir. Por ejemplo, a diferencia de las novelas-testimonio a la manera de Truman Capote, que toman el elemento testimonial como materia prima y lo elaboran en forma novelada, Lisandro Otero ha hecho todo lo contrario: una novela de ficción escrita en forma de testimonio, narrada a veces por «el periodista» y más a menudo por sus múltiples informantes, cada uno con su punto de vista.
Pero hay otro recurso estilístico aún más importante y original: la inserción constante dentro del texto narrativo de letras de boleros de Agustín Lara, María Grever, César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez y otros autores consagrados. Y si algunos momentos de la trama parecen reiterarse veinte páginas, cuarenta o cien páginas más atrás, la clave nos la da ese bolero de boleros de Arsenio Rodríguez, el «ciego maravilloso» que dice: «Después que uno vive veinte desengaños, qué importa uno más.» Las reiteraciones son deliberadas, y nada es gratuito en esta novela, uno de cuyos logros más definitivos consiste en narrar páginas enteras en el estilo de las letras de boleros. Y a propósito de la citada obra de Arsenio, comenta el novelista:
Todo puede hallarse en el bolero: ética y filosofía, estética y sociología, así como estímulo emotivo y alivio para el afligido, orientación para el extraviado, orden para el desconcertado, esparcimiento para el entristecido, contentamiento para el solitario, resignación para el abandonado, avenencia para los distantes, exaltación para el abatido, conformidad para el acongojado, ¿qué panacea puede ser más variada en su aplicación, más ventajosa en su aprovechamiento, más beneficiosa en su eficacia?
Estas y otras reflexiones semejantes las hallamos a todo lo largo del libro. Pero el hallazgo más sensacional y sorpresivo es la inserción de poemas nada menos que de don Francisco de Quevedo en el mismo contexto bolerístico, como por ejemplo cuando dice del amor: «Es hielo abrasador, es fuego helado / es herida que duele y no se siente / es un soñado bien, un mal presente / es un breve descanso muy cansado.» O también: «Tras arder siempre, nunca consumirme / y tras siempre llorar nunca acabarme. / Tras tanto caminar, nunca cansarme y tras siempre vivir, jamás morirme.» Lo que hace afirmar al novelista: «Quevedo habría sido más popular que Agustín Lara.» Después de esto, ¿qué dirán los que se pasan la vida denunciando los malos textos de nuestra música popular, o el mal gusto popular, hoy llamado con peor gusto camp o kitsch, según el término de moda sea norteamericano o europeo?
Así como otros narradores han elevado un pequeño mundo a la categoría de mito (y baste recordar los cuentos en que Julio Cortázar hacía esto mismo con el tango, el jazz o el fútbol), Lisandro Otero ha hecho del bolero un mito de dimensión universal. Como hicieron, cada cual a su manera, Alejo Carpentier y José Lezama Lima, ahora Lisandro ha logrado la incorporación del mundo, de la cultura y las mitologías universales, a este mundo cubano y caribeño del bolero. Y a pesar de su carta trágica y a la vez nostálgica, para todo amante de nuestra auténtica música popular y, por supuesto, de la buena literatura, este «ejercicio imaginario de ficción», de Lisandro Otero resultará una verdadera fiesta, una fiesta de la imaginación. Lo cual nos permite, para ser consecuentes con el tema, terminar con la letra de un famoso bolero, casi surrealista y casi quevediano, de la compositora Martha Valdés:

Quién serás, que así me incitas a amar,
quién serás que me has podido dejar
en mi locura, mientras se me escapa
tu posible visión,
y sospecho que tú,
que tú eres Nadie,
que está de fiesta la imaginación.

     
     
     
     
   
Arriba
Redacción editorial: Pablo Vargas
Diseño: Yemly Figueredo
Corrección editorial: Ruth Lelyen