HISTORIA
DE UNA PASIÓN CUBANA
Luis Rogelio Nogueras
Cuando
uno va a juzgar la novela de un autor cubano joven se ve atrapado
en una antinomia filosa como una espada e impenetrable como un
muro: por una parte, compararla con la mayoría de las novelas
cubanas del período posterior al triunfo de la Revolución
es ya regalarle 25 metros y la arrancada; por otra, compararla
con la actual novelística latinoamericana es ponerla a
correr en una pista demasiado larga y fangosa. Preferimos ser
un poco parciales a muy injustos: analizaremos la novela de Otero,
pues, en el contexto de la actual literatura cubana solamente.
Si se piensa en las novelas publicadas en Cuba después
del triunfo de la Revolución, excepción hecha de
las de Alejo Carpentier y José Lezama Lima, y luego se
lee Pasión de Urbino (o viceversa: si se lee Pasión
de Urbino y luego se piensa en las novelas publicadas en Cuba...
etc.; el orden de los factores, como se sabe, no altera el producto)
debemos de concluir en que, a pesar de Sartre y Mme. de Sévigné,
la novela de Lisandro Otero es importante, no sólo en la
obra de Otero sino también en la literatura cubana actual.
El 75 por ciento de las novelas publicadas en Cuba entre los años
1959-66 son bastante malas: esquemáticas, aburridas, superficiales.
El 75 por ciento de las novelas publicadas en Cuba (que no necesariamente
es el anterior 75 por ciento) padecen de un mismo defecto: son,
más que novelas, ejercicios, experimentos, tentativas,
calistenia literaria. Con Pasión de Urbino ocurre
algo muy diferente. En primer lugar la trama «agarra»
enseguida al lector (hic et nunc, eso es ya una virtud), que se
siente sumergido de pronto en los conflictos erótico-ético-religiosos
del padre Urbino y de Fabiola. El supuesto lector no se siente
tentado a abandonar la lectura y no le sucede como a mí,
que nunca he podido pasar de la página 43 de El cataclismo
de Edmundo Desnoes, o de la página 27 de Los muertos
andan solos de Juan Arcocha. Un grave, por no decir gravísimo
defecto de las novelas cubanas del período posrevolucionario
es la falta de personajes. Sobran los nombres. Evelio «el
humilde cafetero», Quique «el estudiante joven»,
Rosa «la mujer de sociedad», Oberto y su hijo, Pailock
el prestidigitador, Nicanor Alcejo; pero debajo de esos hombres
no hay nada: son sombras, fantasmas, seres neblinosos y deslavados,
todo menos personajes. En la ¿novela? ¿noveleta?
¿novelita? de Otero los personajes son reales, o al menos
uno los siente así; están ahí, con sus contradicciones,
y aunque en momentos actúen de otra forma, sean diferentes,
completamente diferentes incluso, siguen siendo los mismos, precisamente
por ser enteramente distintos, como le hubiera gustado decir a
Chesterton haciendo de la frase un apotegma. Lisandro Otero ha
intentado mostrar cómo el mundo de las posibilidades se
impone a veces sobre el destino de los hombres: Urbino muere,
pero también vive, se suicida, pero a su vez es asesinado
o perece en un accidente: todo se escapa, el verdadero rostro
de la historia es confuso, cambiante; el tiempo y la distancia
esconden la verdad, la disfrazan a nuestros ojos, todas las soluciones
son posibles soluciones. Como técnica, nada de esto es
nuevo (Durrell, Robbe-Grillet). Sin embargo, Lisandro Otero demuestra
haber asimilado positivamente esas técnicas y haberlas
amoldado a su forma de expresión. Digo a su forma de expresión
y me refiero a la segunda parte del libro (mi división
es arbitraria). En la primera parte Otero no logra desembarazarse
de una atmósfera demasiado a lo Aura y de un estilo demasiado
a lo Carpentier (¿no se ha confesado Fuentes deudor de
nuestro primer novelista?) En la segunda parte del libro Otero
se desencadena y vuelve al estilo cortado, periodístico
de su primera novela.
Si las novelas se derrumbaran por algún sitio (cómo
las casas o los castillos) la de Otero se derrumbaría por
la elección misma del argumento, por la falta de pasión
conque está tratada y por el exceso de Urbino. Pero una
novela no es una casa o un castillo y no bastan estas cosas para
desmoronarla. Y si bien pudieran señalársele estos
y otros defectos, también cuentan las virtudes de que he
hablado arriba, y sobre todo, también cuenta que Pasión
de Urbino es el salto al profesionalismo en la novelística
de los hombres de la generación de Lisandro Otero.